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Capítulo 3

Author: Viejo Verde
Esas manos que hacía un momento se movían sin freno entre las piernas de la mujer ahora recorrían mi cuerpo por todos lados.

Sus manos eran suaves y resbalosas, y traían algo de humedad; cuando me di cuenta de qué era esa humedad, un incendio de deseo me quemó la razón.

Como lobo hambriento que llevaba mucho tiempo sin comer, le arranqué el vestido y hundí la cabeza en su pecho sin contenerme.

—Sss... mmm... ah... me duele, me duele, me duele, no... no me muerdas, todo es tuyo... nadie te lo va a quitar.

El grito de dolor de la mujer me hizo recuperar algo de cordura; me apuré a aflojar el mordisco y le pedí perdón.

—No... no... no te disculpes, solo no uses los dientes, pero me gusta que seas brusco.

Mientras lo decía, la mujer me indicó con un gesto que siguiera, y al mismo tiempo me tomó la mano y la llevó hacia abajo...

Al sentir esa humedad en la punta de los dedos, la cabeza me retumbaba, todo el cuerpo me empujaba a lanzarme ya.

Pero entonces se me cruzó la imagen de mi esposa, que en ese mismo instante dormía en casa, a una pared de distancia.

Llevábamos ocho años casados; aunque siempre me reclamaba que no tenía futuro, que no podía darle una buena vida, también me dio una hija preciosa, y bajo su empuje llegué a vivir en un fraccionamiento con áreas verdes.

¡No podía traicionarla! Y si mi esposa se enteraba de que la engañaba, seguro me pedía el divorcio.

¡No iba a destruir mi familia feliz por este poco de deseo! Apenas lo pensé, frené la mano que se metía dentro de mi pantalón.

—Perdón, yo... yo... yo mejor te llevo al hospital, ahí han de tener alguna forma de bajarte el efecto de la droga.

La mujer hizo un puchero con los labios rojos y, en voz suave, dijo:

—No... no quiero ir al hospital, te quiero a ti.

La mujer creyó que me preocupaba lo de hacerme responsable; rio bajito y aclaró que no necesitaba que me hiciera responsable, y que además no le iba a contar a nadie.

Al ver mi indecisión, suspiró y, con un fingido enojo coqueto, me reclamó:

—No me digas que no puedes, ¿es eso?

Se soltó con fuerza de la mano con que yo cubría la suya y, sin que me diera tiempo a reaccionar, las dos manos suyas se metieron entre mis piernas.

Cuando atrapó esa cosa, se me erizó la piel; la mujer, no sé si por la sorpresa o por el calor, inhaló varias veces hondo.

Después de un buen rato, suspiró con la voz temblorosa:

—Sss, mmm, qué grande, qué duro, qué caliente...

Me apuré a sujetarle otra vez las manos inquietas y le dije que no jugara, que no quería traicionar a mi esposa.

Al ver mi actitud firme, la mujer rompió en un llanto. Levantó la cabeza y, con los ojos llenos de lágrimas, dijo:

—Por favor… Dámelo, me arde mucho ahí abajo, el calor me está matando... ¿En serio puedes quedarte mirando cómo me consume el fuego hasta acabarme?

Volvió a zafarse de mí, me agarró la mano al revés y la llevó otra vez entre sus piernas.
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