LOGIN―¡Claro que sí! Puede venir ahora, él está en su hora libre. ¿Quiere que vaya por usted?
Después de aquella terrible cena, Helena se dedicó a revisar la oficina de su padre en casa después del trabajo. Encontró bastante información, pero nada relevante.
Consultó a su madre sobre algún asunto que él le hubiera comentado, pero ella tampoco tuvo idea.
Sin alternativa, quiso escribirle a Russell, quería saber un poco más del caso, pues el policía tampoco quiso dar información.
Pero por alguna razón, orgullo, nunca le envió el mensaje.
―No, yo solo quería saber si él, si... ―Su mente quedó en blanco.
Helena había llamado al chico, Ulises, con la intención de sacar algo de información sobre Russell, ya que este desapareció por dos semanas.
―No se preocupe, señora, de inmediato estaremos ahí.
Falló en el intento.
Recibió el mensaje del chico; el auto estaba en la puerta. Bajó a la sala y vio a su madre vestida de luto. Sus dedos acariciaron un retrato familiar.
―Mamá, ya regreso, no tardaré... ―murmuró.
―Sí, hija... ―Su voz sonó ausente.
Antes de que se le formara el nudo en su garganta, salió de su casa. Aquel auto lujoso, el mismo que usó para ir a la cena, la esperó aparcado a un lado de la calle.
Ella se subió y su mente estaba tan dispersa que no se dio cuenta cuando el vehículo paró justo delante de un ascensor, conectado al estacionamiento privado.
Helena le dio una sensación de que el personal de Russell estaban desesperados por enviarla al matadero.
Picó al botón del piso según las indicaciones de Ulises y al abrirse las puertas del ascensor, él apareció sonriente.
―Bienvenida, señora Russell, acompáñeme ―dijo el chico con cortesía.
Helena le siguió. Vio al chico, era delgado, alto y su cabello afro, era un auténtico lío de mechones rizados que contrastaron con su piel morena clara.
Él la miró y mostró los dientes con esa sonrisa tan amplia que incluso achicó sus ojos. Dejó de observar, apenada por ser atrapada de nuevo. Vio el edificio de techo alto y diseño moderno.
―Aquí, puede pasar. Él está adentro.
Miró la enorme puerta. Se le ocurrió regresar a última hora, pero Ulises fue tan amable de abrir por ella que no pudo retroceder.
Al entrar vio un juego de sala y al fondo un enorme escritorio. Ahí lo vio. En el sofá grande, acostado con ambas manos detrás de su nuca.
Sus piernas no cambian, por lo que una estaba sobre el sofá y la otra en el suelo. El pantalón negr0 se ciñó en esas piernas torneadas, la camisa de tela blanca se le adhirió al torso, más en su pecho, pues los botones estaban a punto de salir disparados.
Helena se colocó a su lado, entre el sofá y la mesita de cristal, y esperó que él dijera algo. Era un Alfa, sus sentidos debían ser más agudos que el resto, así que esperó, pero nada ocurrió.
―Buenas tardes ―dijo, su voz salió más suave de lo normal.
Tosió fuerte y aclaró la garganta, tampoco reaccionó.
―Hola ―habló... nada.
Lo admiró detenidamente. Su cabello oscuro y sedoso, le provocó las ganas de tocarlo, para saber que tan suave era. Pero estaba peinado hacia atrás, así que no se atrevió.
El rostro despejado poseía unas facciones cinceladas y una mandíbula cuadrada, libre de vellos. Se acercó más cuando vio un pequeño lunar en el cuello. Aquel punto contrastó con la palidez, casi enfermiza, de la piel y la cadena plateada debajo de la camisa.
Sus ojos fueron atraídos por una mancha negra en el hombro derecho. Debido a la camisa blanca y la posición de su brazo, no pudo detectar qué era, pero Helena supuso que era alguna especie de un tatuaje.
Buscó en su memoria, porque en la cena de su suegra no lo había visto. ¿Fue reciente o ya lo tenía? Miró una vez más a aquel hombre dormido.
El jefe/marido le dio más vibras de jefe mafioso que un CEO empresarial.
Dejó de lado esos pensamientos.
Lo vio de nuevo y pudo notar ojeras y el aura de cansancio en él. «¿Está bien, jefe? ¿Tan siquiera come bien?». Se preguntó con lástima. Pensó que el pobre debía pasarlo muy mal, como para quedarse sin energía y no detectarla.
Escuchó un murmullo. Se acercó a él, pero no logró entender nada. Se colocó el cabello cobrizo detrás de la oreja y se acercó de nuevo, casi se colocó sobre él.
Un gran brazo la envolvió con lentitud y la arrastró hacia el interior del sofá.
Helena no gritó, el miedo a despertarle pesaba más que la sorpresa del abrazo. Dormido, él la tomó como una almohada y la colocó debajo, incluso le puso una pierna encima.
―Russell, soy yo... ―dijo Helena, tiesa como una tabla debajo del tipo lleno de músculos.
Russell colocó su cara en sus pechos e incluso restregó la mejilla como si aquello fuera lo más mullido del mundo. El maldit0 suspiró de la comodidad.
Helena no supo qué hacer, se estaba ahogando con el peso muerto.
―Russell... ―Intentó una vez más. Le picó la costilla para despertarlo. Él gruñó de forma bestial y se acomodó más en ella.
A Helena se le enfrió la sangre cuando aquel gruñido lobuno le hizo vibrar su cuerpo. Y cuando las caderas se movieron, restregando aquel paquete, quedó con la mente en blanco.
Russell masculló más palabras. Apretó un seno como si aquello fuera una pelota antiestrés.
―¡Russell! ―gritó Helena.
Intentó liberar su pecho apretado, pero no lo logró. Buscó salir de la prisión de carne y sofá, pero él era tan terco que la abrazó y la arrastró más a él. Metió el rostro en el cuello, olfateó y se restregó más en ella.
Gimió de placer.
Helena lo pellizcó en varias zonas hasta que se le ocurrió taparle la nariz.
―Mi Luna... ―murmuró, antes de respirar por la boca.
A Helena se le saltaron las cejas por la sorpresa. «¿Jefe, tienes una Luna?». Una inexplicable furia en su interior explotó. «¿Y aun así te casaste conmigo?».
―¡Russell! ―rugió Helena, con una voz distorsionada, potente y aterradora.
Él despertó de golpe y la vio. Helena tenía la cara roja por la falta de oxígeno y la vergüenza. Peor aún…
Los ojos marrones de ella habían adquirido un tenue brillo amarillo y le miró como un depredador ve a su presa.
Russell se apartó de su lado, cayó al suelo y la espalda chocó con la mesa de vidrio. El mueble se hizo añicos y los fragmentos le hirieron.
No tuvo tiempo de procesar lo que sucedió cuando Helena se hincó en el suelo, no le importó que aquellas astillas de vidrio se le encajaran en las rodillas y gateó hacia él.
¡Hola!Muchas gracias por llegar hasta aquí. Fue una tarea titánica, pues nunca había llegado a escribir una novela tan larga. Como es la primera vez, tendrá muchos errores y agujeros en la historia. Puede que el final no sea del agrado de muchos, pero creo que la pareja ya ha pasado por muchas cosas, así que es hora de dejarlos en paz.Me alegro de que hayas llegado hasta aquí, pues la novela cumplió con su misión que fue entretenerte y desconectarte un poco de los asuntos mundanos.Por ahora esta historia termina aquí, pero puedes venir conmigo a pasar el rato en otras historias sacadas de mi cabeza. De nuevo, gracias. Y deseo que tengas un buen día o noche.
Helena se aferró al respaldo del sofá.Sus gemidos mezclados con risas juguetonas hicieron eco en la habitación junto a los gruñidos de Russell. Los sonidos atravesaron la puerta de la oficina y viajaron por los pasillos vacíos hasta reinar todo el piso. Incluso llegó a la planta superior e inferior. Un hombre silbó sorprendido por el tremendo alboroto con la mirada fijada en el techo.―¿Crees que estarán bien? ―preguntó el joven Ulises a su lado con voz temblorosa.Roger despegó los ojos de la fuente del ruido y miró al chico que estaba rojo como un tomate.―No lo sé ―habló con indiferencia.―¡Pero! ¿Y si la mata? ―preguntó alterado el joven.Roger se rio.―Nah, no creo. Bueno... ―Roger prestó atención de nuevo al ruido en el techo―. La está matando, pero creo que ella está feliz. ―Y luego se encogió de hombros; le resto importancia al asunto.―¡No seas idiota! ―gritó el joven Beta más ruborizado que nunca. Se pasó una mano por la frente, limpió el sudor acumulado―. Otra vez tendré
Russell sintió vergüenza de sí mismo.Ella solo necesitó unas cuantas palabras para ponerlo al límite. Tomó una bocanada de aire frío para mantener la calma. Pensó en lo que debía hacer. Hubo tanto, pero no estuvo seguro por dónde empezar.Suspiró. Decidió tomarse su tiempo, pues no iba a ser la única vez para probar todo lo que quería.―Está bien, pero si algo no te gusta, no te obligues.Con los dedos, él se bajó la orilla del pantalón con su bóxer. El pene salió de un salto, justo frente la nariz de su amada esposa. Tomó la delicada mano de Helena y la guio para que lo tocara.Al principio fue delicada, pero con su guía le ayudó a masturbarse con suaves movimientos, desde la punta hasta la raíz, una y otra vez. Él siseó de placer. Con la mano libre la tomó de la barbilla y le metió el pulgar dentro la boca. Imitó el movimiento de aquella mano, haciendo que su cabeza se imaginara como ella lo devoraba con esa delicada boca.La cara de Helena estaba roja como un camarón, había compre
«No juegues con fuego...» Pensó ella.Al principio Helena jugueteó con él para molestarlo. Pero al ver que las cosas se estaban calentando demasiado. Trató de mantener la calma, solo por la presencia del chofer.No tardaron mucho tiempo cuando llegaron a un helipuerto, la plataforma estaba suspendido sobre la orilla del mar. Abordaron un helicóptero. Los nervios se le congelaron durante el ascenso, pues fue la primera vez viajando en esa cosa. Pero aquel miedo fue opacado por el hermoso paisaje de la ciudad Amstin pintada por el atardecer. Olvidó al depredador que tenía a su lado y durante el viaje admiró todo el recorrido hasta que sobrevolaron la ciudad Esteron, su lugar natal, en medio de la noche.Aterrizaron sobre un edificio familiar. Russell la guio hasta el ascensor y una vez adentro, la besó con hambre sin esperar a que las puertas se cerraran. Ella cerró los ojos por el ardiente beso, se dejó saquear tanto como él quiso. Pero pronto se quedó sin aire. Russell paró no sin ant
El humor de Helena se volvió complicado.Esa mujer en realidad no había sido lo que esperó. Y aunque no pudo evitar ser borde, le costó odiarla. Apartó esos pensamientos y se enfocó en el siguiente problema.Las puertas de la oficina de Sandro, que estuvieron bien cerradas, fueron abiertas por Roger. De inmediato recibió dos agudas miradas, como las de dos cazadores a punto de atacar. Pero de inmediato aquella sensación desapareció.―Heli.―Señorita García.La tensa atmósfera se relajó. Aunque Russell le envió una mirada cargada de furia a Sandro y él, por su parte, mantuvo su sonrisa brillante.―Justo a tiempo. Necesitamos su ayuda señorita García.―Señora Russell para ti ―recalcó Russell.Esa rabieta le hizo reír a Sandro, lo cual le hizo hervir la sangre a Russell. Helena analizó a los dos hombres. Estaba claro que ambos habían sido amigos en el pasado, y que Sandro sabía como tocar la fibra más sensible de su esposo.«¿Esposo? Esposo...» Pensó.―Ya que por fin estamos los tres jun
Familia, boda, luna de miel, mudanza.Russell parloteó como nunca lo hizo. Helena contempló al hombre. La idea de que era un impostor cobró relevancia en su cabeza, pero lo apartó porque no quería perderse del monólogo extenso que él dio de camino a la mansión de Sandro.Quería dos hijos, como mínimo. Quería hacer la boda otra vez pero a lo grande. La luna de miel lo quería pasar en el extranjero y quería trasladarla a su propio territorio en Deugas, pues ya había pasado mucho tiempo fuera y quería regresar con ella.―¿Qué opinas? ―preguntó él luego del extenso parloteo. Helena no supo qué responder. Russell sintió nervios―. ¿No te gusta el plan?―Bueno... Todavía no sé qué hacer. Déjame pensarlo...Russell mantuvo esa sonrisa siniestra pegada en sus labios. Le dio un apretón a la mano de su esposa que nunca soltó. Pero no conforme con ese simple gesto, la rodeó con el brazo y la arrastró hacia su pecho mientras el automóvil se deslizó con suavidad por las calles de la ciudad.Helena







