MasukIsla Torres ha pasado doce años escondiéndose de los lobos que la etiquetaron como asesina. En la noche de la luna de sangre, tres de los lobos de su padre la encuentran en una ciudad humana, no para matarla, sino para arrastrarla de vuelta a una manada que quiere muerta-la y a un padre Alfa que la vendió al lobo más peligroso del territorio: Mateo Reyes, el maldito Alfa de Valdoro. Mateo es hermoso, despiadado y tiene secretos grabados en los huesos. La reclama como su Luna arreglada, con una mano en su garganta y una promesa susurrada contra su boca: "Aprenderás a obedecerme, o aprenderás a suplicar. No hay una tercera opción." Pero Isla lleva su propio secreto de una magia luna en la sangre que puede romper su maldición o reducir todo su imperio a cenizas. En un mundo donde las parejas predestinadas son sagradas y la traición es supervivencia, Isla debe decidir: destruir al lobo que la reclama, o convertirse en el monstruo que lo salva. Pero cuando estalla la guerra entre manadas, viejos enemigos despiertan y la verdad sobre el asesinato de su madre emerge, Isla descubre que algunas cadenas no están hechas de plata. Están hechos de amor, y romperlos puede costarle todo. ¿Lo destruiría? ¿O se convertiría en la loba que los salva a todos? Descúbrelo en esta apasionante historia de maldiciones, traiciones y el lobo que se negó a romperse.
Lihat lebih banyakPunto de vista de Isla
La luna colgaba en el cielo como una herida abierta. Estaba roja e hinchada, y no dejaba de mirarme. Nunca dejaba de mirar en noches como esta. La luna de sangre siempre había sido mi enemiga. Tiraba de mi loba, la ponía inquieta y le hacía doler por liberarse. Esta noche, estaba gritando.
Corría descalzo por las calles vacías de la ciudad humana que había olvidado cómo se sentían los zapatos. El pavimento estaba frío contra mis plantas, áspero e implacable. Sentí cada grieta, cada guijarro y cada trozo de cristal roto que tenía que esquivar. Respiraba entrecortado y me ardía los pulmones.
El aire nocturno olía a lluvia y basura y a algo que hacía que mi lobo se removiera bajo mi piel. Ella se aferraba a salir y arañaba los muros que yo había construido dentro de mí. La empujé hacia abajo como siempre hacía, pero esta noche parecía casi imposible.
Llevaba doce años escondiéndome.
Doce años de mantener la cabeza baja y la boca cerrada. Doce años enterrando a mi lobo tan profundamente dentro de mí que casi creí que ya no existía. Trabajé de noche en una pequeña clínica en la peor parte de la ciudad. Curé a lobos que no podían ir a sus manadas. Lobos como yo, sin otro lugar a donde ir, y con secretos grabados en sus huesos.
Conocía sus secretos porque tenía los míos propios.
Pero esta noche, la luna de sangre había llegado, y la sangre en mis manos no era mía.
Miré mis dedos mientras corría. Estaban rojas, pegajosas y aún calientes. El hombre al que había estado tratando, el hombre humano, estaba vivo hace una hora. Estaba sentado en mi camilla de exploración, quejándose de un esguince de muñeca. Se había estado riendo de algo que dije. Ni siquiera recordaba lo que dije.
Entonces llegaron los lobos.
Eran tres. Eran grandes y fuertes, con los hombros anchos y los ojos brillaban en amarillo en la oscuridad. Sabía antes de que hablaran que eran Lobos de Sierra Luna. La manada de mi padre. La manada que me había tirado cuando solo tenía trece años.
Lo mataron antes de que pudiera moverme.
Uno de ellos, que parece ser el líder, le rompió el cuello al humano como si nada. Como si no fuera nada. El sonido era húmedo y agudo, como romper una rama. El cuerpo del hombre cayó al suelo con un golpe sordo. Escuchaba ese sonido hasta el día que moría.
Corré.
Corría por calles que conocía como la palma de mi mano. Había caminado por estas calles durante doce años. Conocía cada callejón, cada salida de emergencia y cada sombra donde una persona podía esconderse. Me esquivé entre edificios y me metí en las puertas. Intenté recordar cómo ser invisible. Había sido invisible durante tanto tiempo. ¿Por qué no podía encontrarlo ahora?
Pero la luna de sangre estaba saliendo y mi lobo estaba despertando. Podía sentir a los mensajeros de los Lobos de mi padre detrás de mí. Sus patas estaban silenciosas sobre el pavimento, pero oía su respiración. Escuché el suave roce de sus pies, mientras su aliento se nublaba en el aire frío. Sus aullidos resonaban en las paredes, rebotando entre los edificios y rodeándome desde todas direcciones.
Me estaban alcanzando, y lo sabía.
Podría haber corrido más rápido si hubiera cambiado de forma y podría haber luchado. Mi lobo era fuerte, más fuerte de lo que ellos creían. Pero si yo cambiaba, cualquier lobo en un radio de cien millas la sentiría. Sabrían dónde estaba. Irían a por mí, y llevaba doce años asegurándome de que nadie la sintiera.
Así que corrí hasta que ya no pude más.
Me ardían las piernas, el pecho subía y bajaba y los pies descalzos sangraban. Me topé con un callejón detrás de una panadería cerrada. El olor a pan humano seguía flotando en el aire, cálido y suave, y ese aroma casi parecía mi vida cotidiana y normal. La vida que había construido con mis propias manos, ladrillo a ladrillo, mentira a mentira, estaba a punto de desmoronarse ante mis ojos.
Los tres lobos me rodeaban. Sus cuerpos se movieron, los huesos crujieron y el pelaje se retiró. En segundos, se pusieron ante mí como hombres. Estaban desnudos y ensangrentados por la muerte.
Su Alfa dio un paso adelante, y lo reconocí. No había visto su rostro en doce años, pero lo conocía.
Se llamaba Marco. Había sido guardia cuando yo era niño. Él los vio azotarme hasta que me irritó la espalda. Había visto cómo me arrastraban hasta la frontera y me empujaban al otro lado. Él se quedó allí mientras yo caía de rodillas en la tierra, sangrando y sola. Y ahora estaba delante de mí con mi sangre aún secándose en sus manos.
"Rafael Torres está muriendo", dijo.
Su voz era plana y no había emoción en ella. Sonaba como si estuviera leyendo una lista de la compra. No le importaba que me estuviera diciendo que mi padre estaba muriendo. No le importaba que no hubiera oído ese nombre en doce años.
"Exige tu regreso." continuó Marco.
No dije nada. Mi pecho subía y bajaba, mis piernas temblaban y mis manos seguían mojadas con la sangre del hombre que habían matado. Pero no dije nada.
Marco se acercó.
"Vendrás voluntariamente", dijo, "o arrastraremos tu cuerpo roto ante él. Elige."
Pensé en pelear. Pensé en morir ahí mismo en ese callejón. Pensé en dejar salir a mi lobo por primera vez en doce años, y pensé en caer con dientes, garras y furia. Al menos entonces, moriría como yo mismo y como lobo. No como prisionero, ni como peón.
Pero Marco no había terminado.
"Él ya ha firmado el contrato matrimonial", dijo.
Algo frío se instaló en mi estómago. Era pesada y aguda, como tragar hielo.
"Vas a ser la Luna de Valdoro. Si te niegas, la manada de tu padre será absorbida por el Alfa Reyes. Cada lobo con el que creciste se convertirá en su propiedad. Cada familia, cada hijo y cada recuerdo que tienes de ese lugar."
No había oído el nombre de mi padre en doce años. Me había dicho a mí misma que para mí estaba muerto. Me había dicho a mí misma que no me importaba lo que le pasara. Pero aún así se me encogió el corazón al oír su nombre. El hombre que me tiró estaba muriendo. El hombre que eligió el exilio en lugar de protegerme estaba muriendo, y no podía decidir si quería mirar o marcharme.
Bajé las manos.
La luna de sangre colgaba sobre ellos, roja e hinchada. Me observaba como un ojo. Miré la cara de Marco, esa cara que conocía desde niña. La cara de un hombre que me vio sufrir y no hizo nada.
Mi voz salió firme.
"Entonces vamos a conocer a mi marido."
Marco dio un paso adelante, me puso esposas plateadas en las manos y me llevó hasta un coche que me esperaba.
Punto de vista de IslaMateo estaba en el pasillo fuera de la puerta.Lo oí caminar de un lado a otro. Oí a Sebastián correr hacia él antes de que los cuernos hubieran terminado de sonar. Oí la voz de Sebastián a través de la puerta, y oí las palabras muralla norte y brecha y cada lobo al frente.Entonces la puerta se abrió, y Mateo estaba en ella.La luz del pasillo detrás de él lo convertía en una silueta. Su cara estaba a medias en sombra, su pecho ya estaba desnudo hasta la cintura, y sus botas estaban en su mano."La muralla está bajo ataque," dijo Mateo."Lo oí," respondí.No se movió de la puerta. "No te voy a dejar," dijo.Me empujé hacia arriba en las almohadas y lo miré."Me estás dejando," dije.Cruzó la habitación hacia la cama. "Isla," dijo.Atrapé su muñeca en mi mano y la sostuve. "Escúchame," dije. "No voy a morir hoy. Voy a tener a esta niña, y voy a estar aquí cuando vuelvas."No habló.Mis dedos se apretaron. "Ve," dije. "Protege a nuestra manada. Estaré aquí cuando
Punto de vista de IslaCaí de rodillas en el patio de Vargas, y Camila me atrapó antes de que golpeara la piedra. Su brazo me rodeó con fuerza, y mis manos encontraron su manga."Levántenla," gritó Sebastián. "Sáquenla del suelo.""Estoy intentando," espetó Camila, y su brazo rodeó mi cintura. "Isla, mírame."La miré. El patio se inclinaba, los lobos a nuestro alrededor todavía estaban dejando caer sus hojas, y la piedra bajo mis rodillas estaba fría a través de mi vestido. Alguien había dejado caer una antorcha cerca del pozo, y ardía baja y humeaba.Mis manos se presionaron planas contra mi vientre. "La niña," dije. "Está viniendo."Su agarre en mi cintura se apretó. "Lo sé," respondió Camila. "Te tengo."Hicieron una camilla con dos lanzas y una capa.La capa era gris y todavía olía al hombre que la había llevado. Los sentí levantarme, y sentí la tela hundirse bajo mi peso. Puse mis manos planas sobre mi estómago y no las solté.Camila caminó junto a la camilla con su mano en mi ho
Punto de vista de IslaLas colinas del norte tomaron dos días más.Torben Eriksson ya había oído hablar del valle del río para cuando llegamos, y había oído hablar de las velas, y estaba esperando en la puerta con sus ancianos a su lado. El salón estaba cálido, y sus ancianos ya estaban sentados, y había una jarra de algo oscuro en la mesa entre nosotros.Me recibió en su salón, y no me hizo esperar, y me preguntó qué quería antes de que hubiera terminado de sentarme."Quiero que dejes Sangre del Norte," dije."¿Y qué me dará Valdoro si lo hago?" preguntó Torben.Se lo dije. Escuchó, e hizo dos preguntas, y respondí ambas, y entonces asintió."Las colinas del norte están con Valdoro," confirmó Torben, y me ofreció su mano antes de que terminara de hablar.Pasamos la noche en su salón y partimos antes del amanecer. El camino desde las colinas del norte corría hacia abajo a través de un bosque que era más antiguo que cualquier bosque por el que hubiera cabalgado antes.Para cuando llega
Punto de vista de IslaEl consejo se vació, y Mateo se quedó atrás conmigo en el gran salón.Sostuvo mi mano por un largo tiempo después de decir que sostendría Valdoro, y no me aparté. El salón estaba frío, y el fuego se había consumido, y el último de los lobos se había ido.Nos quedamos allí en silencio, y entonces caminamos de vuelta a la suite juntos, y no dijimos nada más. La suite estaba en silencio, y el fuego ya estaba encendido, y no soltó mi mano hasta que estuvimos de pie dentro de la puerta.Los siguientes tres días se pasaron preparándonos.La manada era ruidosa en el patio desde el amanecer hasta el anochecer. Los lobos cargaban paquetes y afilaban hojas y discutían rutas en los corredores.Marisol me empacó una bolsa de hierbas y ungüentos e instrucciones, y me hizo repetirlas tres veces. Camila eligió la guardia, y Sebastián planeó la ruta, y Marisol vino a la puerta en la segunda tarde y me hizo prometer que enviaría palabra cada noche.Se lo prometí, y no pretendía






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