MasukPor la mañana, cuando Cristal bajó a desayunar, Marília ya estaba en la cocina, se había quedado a dormir, cosa que nunca hacía, estaba sentada a la mesa, con una taza de café, mirándola.
—Vení acá —dijo Marília.
Cristal se acercó, con cuidado.
—Quédate quieta.
Marília abrió un frasco, era azul, brillante, con un tapón de cristal, lo olió un poco.
—Huele esto —dijo.
—Sí, señora.
Cristal acercó la nariz al frasco, el olor era dulce, empalagoso, artificial, demasiado fuerte. Le quemó las fosas nasales, pero Marília la agarró de la nuca y le acercó el frasco a la cara.
—Aspira hondo —dijo— huele bien.
Cristal obedeció, aspiró hondo, lo hizo tres veces.
—Ahora ponte un poco en la nuca —dijo Marília, echándole en los dedos— y en las muñecas.
Cristal se lo puso, sin preguntar, sin rechistar, como le enseñaron.
Más tarde, mientras servía la comida, a Cristal le empezó a doler la cabeza, era un dolor fuerte, punzante, que le nacía detrás de los ojos y le bajaba por la nuca. Las manos le empezaron a temblar, los labios se le adormecieron. Todo se le empezó a poner borroso.
Dejó la bandeja en la mesa, se agarró del borde, intentó decir algo, pero no pudo, las piernas se le doblaron. Cayó al piso de la cocina, con la boca abierta, sin poder respirar, la cara se le puso blanca primero, después azul. Los ojos se le dieron vuelta, por un segundo, pareció que se moría ahí mismo, delante de todos.
Franco estaba sentado a la mesa, se levantó de un salto, tirando el plato.
—¡Cristal!
La levantó del piso, la sostuvo en sus brazos, le puso la mano en la frente, estaba fría, le estaba dando un ataque.
—¿Qué le pasó? —gritó Franco, mirando a Marlene.
—No sé, patrón, no sé.
Marília estaba parada en la puerta, con los brazos cruzados, mirándola. No dijo nada, no se movió.
Marlene se acercó a Cristal, le olió las manos, se quedó quieta, con la cara seria, apretó la boca, después miró a Marília un largo rato, sin parpadear, y miró a Franco.
—Patrón —dijo— huela las manos de ella.
Franco acercó la nariz a las manos de Cristal, el olor era dulzón, pero no era perfume. Era alcohol de quemar, el alcohol que se usa para limpiar pisos.
—¿Quién le dio esto? —preguntó Franco, con la voz fría.
Nadie habló.
—¿Quién? —Marlene miró a Marília, Franco miró a Marília.
Marília no se movió.
—Fui yo —dijo, al fin, con una sonrisa— era un juego, solo quería ver cuánto aguantaba.
Franco se quedó quieto, miró a Marília, después miró a Cristal, todavía en sus brazos, luego volvió a mirar a Marília. Y la mandíbula se le endureció.
—Sube a tu pieza —dijo Franco— ahora, y empieza a hacer la maleta.
—Franco, fue solo una broma.
—No, no es broma, recoge tus cosas, esta noche te vas, y no vuelves, ¿Entendiste?
Marília se puso roja de la rabia, se alejó golpeando fuertemente sus tacones sobre el suelo.
Esa noche, Cristal escuchó un portazo fuerte, después silencio, Marlene le dio un té.
—Se fue —dijo Marlene— la señorita se fue.
—¿Y Franco?
—Abajo, en la oficina, lleva horas ahí.
A la mañana siguiente, antes del desayuno, doña Cecilia la madre de Franco llegó a la mansión, llegó sola, apoyada en su bastón, cruzó la sala, entró en la cocina y se paró frente a Cristal, que estaba barriendo.
—Tú —dijo, señalando con un dedo— levanta la vista.
Cristal levantó la vista.
Doña Cecilia la miró largo rato, después le dio una bofetada en la mejilla, fue tan fuerte que Cristal se cayó al piso.
—Mi hija no puede venir más a esta casa por tu culpa —dijo— Franco la echó por tu culpa, ¡Ladrona de hermanos!
Cristal se quedó en el piso, con la mano en la mejilla, no lloró, no se quejó, no dijo nada.
Doña Cecilia le dio la espalda, caminó hacia la puerta, ahí se encontró con Franco, estaba recargado en la puerta, mirando la escena.
—Madre —dijo Franco.
Dona Cecília se detuvo.
—¿Qué?
—Vuelve.
Doña Cecilia se paró frente a su hijo.
—¿Qué pasa ahora?
—Vuelve a donde está la chica.
—¿Para qué?
—Para pedirle perdón, ahora.
Doña Cecilia abrió la boca, la cerró y la abrió de nuevo.
—No le voy a pedir perdón a una mucama, Franco.
—Madre, hazlo.
—Franco, soy tu madre, yo te crié sola, yo te di todo.
—Y ella no tiene nada, excepto lo que yo le doy, anda a pedirle perdón.
Doña Cecilia miró a Cristal que estaba todavía en el piso. Miró a Franco y luego caminó despacio hasta donde estaba Cristal.
Se paró frente a ella.
—Perdón —dijo, al fin, sin mirarla— perdón.
Después caminó hasta la puerta y salió sin decirle nada más a Franco.
Esa noche, Marlene le llevó la cena a Cristal, pan, arroz, frijol y un poco de carne. Traía también una bolsa de hielo envuelta en un trapo.
—Ponételo en la cara —dijo— está hinchada, te va a quedar marca por unos días. Pero se te va a pasar.
Cristal se puso el hielo, con una mano, con la otra, apretaba el péndulo de cristal, como siempre hacía.
—El patrón entró a la cocina después —dijo Marlene— y se quedó solo un largo rato. No lo vi tomar ni fumar, solo se quedó ahí, mirando la mesa.
—¿Y?
—Y nada, mija, solo quería que supieras, el patrón es bueno contigo, te defiende, pero no confundas las cosas.
Cristal se quedó quieta, y entonces alguien golpeó la puerta, dos veces.
Marlene abrió, era Franco, traía un par de aretes en la mano, eran de plata, sencillos. Los dejó en la mesa, al lado de la bandeja.
—Mañana hablaremos —dijo, sin mirarla— descansa.
Y se fue, Marlene salió después de él.
Cristal se quedó mirando los aretes, eran pequeños, brillantes, tal vez aquella era la manera de disculparse de Franco.
Se los puso y se miró en el espejo, eran bonitos, le quedaban perfectos, nunca había tenido unos y le pareció que hacían juego con el péndulo de su madre.
Cristal lloró, pero esta vez no era de dolor.
Esta vez lloró porque por primera vez alguien le daba algo, algo que era solo para ella.
Se acostó con los aretes puestos, antes de dormirse escuchó pasos abajo, seguro era Franco.
Al día siguiente, Diogo llegó a la casa por la mañana, Marlene le abrió la puerta y le dijo que Franco todavía no bajaba, que lo esperara en la sala. Él se sentó, le llevaba unos documentos a firmar, como siempre.Cristal, que no sabía que él estaba ahí, salió de la cocina con el desayuno de Thiago. Caminaba con la cabeza baja, despacio, todavía le dolía el vientre. Cuando levantó la vista, se detuvo al verlo.Diogo se puso se levantó.—Cristal…Se quedó mirándola sin poder decir nada más, su largo cabello, ahora era corto, casi como el de un muchacho. Los ojos de ella estaban hinchados, tenía ojeras.Cristal bajó la mirada, apenada.—Buenos días, Diogo —dijo en voz baja.—¿Qué te pasó en el cabello? —preguntó él, acercándose— ¿Quién te hizo esto?—Fue… no es nada, de verdad, no pasa nada.—Cristal, mírame.Ella no pudo, se mordió el labio, estaba a punto de llorar otra vez. Diogo iba a insistir, pero en ese momento se escucharon pasos en la escalera. Franco bajó, ya listo para salir,
Los gritos de Cristal se escucharon por toda la casa.Marlene bajó casi corriendo con Thiago en brazos, y cuando llegó al comedor se quedó helada. Lorena tenía a Cristal agarrada del cabello, y las tijeras se abrían y se cerraban junto a su cabeza. Los mechones caían al piso uno tras otro.—¡Suéltela! —gritó Marlene— ¡Por Dios, suéltela!Lorena cortó un mechón más y después la empujó con desprecio. Cristal cayó de rodillas, se llevó las manos a la cabeza y sintió el pelo corto, disparejo. Su cabello largo, el que Franco acariciaba antes, estaba tirado a su alrededor.—Ahí tienes —dijo Lorena, sonriendo— a ver si así aprendes a no ignorarme cuando te hablo.En ese momento se oyeron pasos en la escalera. Franco bajó acomodándose el saco, y detrás de él venían Cecília y Marília, que habían llegado muy temprano. Lorena soltó las tijeras en el piso, y su cara cambió por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se agarró el brazo.—¡Franky! —gimió, corriendo hacia él— ¡Mira lo que m
Diogo llegó esa noche al bar con algunos amigos, el lugar estaba lleno, pidieron una botella y se dirigieron a uno de los privados del fondo. La charla se extendió hasta la madrugada: hablaron sobre negocios, y mujeres, contaron viejas anécdotas. Diogo reía de vez en cuando, pero su mente no estaba del todo allí. Desde que había visto a Cristal en el hospital, algo le removía el pecho.Más tarde, necesitó ir al baño, así que salió del privado y caminó por el pasillo, al pasar frente a la puerta de otro privado que estaba entreabierta, escuchó voces. Se detuvo porque creyó reconocerlas.Dentro, Lorena y Franco discutían.—Quiero que la hagas sufrir más —dijo ella, su voz estaba cargada de veneno— no la soporto, Franco. Cada vez que la veo siento asco.—La chica no te hace nada —respondió él, su tono sonaba cansado— déjala en paz.—¡Solo con saber que la tocaste! —explotó Lorena— que durmió en tu cama, que la acariciaste, que la besaste, la odio con todo mi ser.Franco soltó un suspiro
Diogo respiró profundamente antes de contestar, mantuvo la mirada fija en Franco, sin desviarla.—Solo vine a traer estas flores para Cristal, me enteré de lo sucedido, es solo un detalle después de lo que ha pasado.Franco apretó la mandíbula.—A mi mujer nadie le regala flores —el tono de su voz dejó ver su furia.Diogo arqueó una ceja, sin inmutarse ante su amigo, estaba acostumbrado a su mal carácter.—Si soy sincero, pensé que no vendrías por ella, lo digo porque no te despegas ni un solo momento de Lorena.Franco apretó los puños con fuerza, molesto por esa maldita costumbre que tenía Diogo de meterse en sus asuntos, eso lo sacaba de quicio desde hacía años.—Si Lorena está pegada a mí o no, ese es mi problema, no te metas. Y ahora vete, y llévate esas flores.Diogo volteó a ver a Cristal, ella bajó la cabeza de inmediato, incapaz de sostenerle la mirada, él tomó el ramo, se dio la vuelta y salió de prisa, sumamente molesto por la manera en la que le había hablado su amigo.En e
Cuando Cristal abrió los ojos, no reconoció el lugar en el que estaba, volteó hacia los lados, intentó moverse, entonces sintió un fuerte dolor en su vientre, era como si alguien la hubiera golpeado por dentro, giró la cabeza. La habitación estaba vacía, no había nadie a su lado.La puerta se abrió y entró una enfermera cargando una bandeja con medicamentos.—Buenos días, señora. ¿Cómo se siente?Cristal intentó sentarse, pero el dolor la obligó a quedarse quieta.—¿Qué… qué me pasó? —preguntó con la voz ronca— no recuerdo bien.La enfermera se acercó, dejó la bandeja sobre la mesilla y le tomó la mano con suavidad.—Lo siento mucho… El médico hizo todo lo posible por salvar a su bebé, pero fue imposible. La hemorragia fue demasiado fuerte.Cristal se quedó mirándola, sin comprender.—¿Un… un bebé? —susurró—. ¿Estaba embarazada?La enfermera asintió con tristeza.—Sí, el embarazo era todavía temprano, pero… no pudimos hacer nada más.Cristal sintió que el aire se le escapaba de los pu
Franco carraspeó, incómodo. ¿Qué demonios pretendía Lorena? Pensó, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por la nuca. Su socio no podía darse cuenta de que Lorena era su amante y de que su relación con Cristal no era más que una farsa, si alguien sospechaba, la inversión de varios millones se esfumaría en segundos.Se aclaró la garganta y sonrió, tratando de mostrarse seguro.—Perdonen la intromisión —dijo, dirigiéndose a los anfitriones con tono amable— me tomé el atrevimiento de invitar a mi madre, a mi hermana y a mi prima. No querían perdérselo.La esposa del socio, sonrió de inmediato.—¡Qué maravilla! Por supuesto que se unen a la cena. Cuantos más seamos, mejor, pasen, por favor.Franco les lanzó a las tres mujeres una mirada de advertencia, corta pero intensa. Si se les ocurría querer humillar a Cristal ahí, delante de todos, lo meterían en problemas serios. Lorena sostuvo su mirada un segundo y después bajó los ojos, fingiendo sumisión. Su hermana y su madre imitaron el gesto.







