Se connecterEl siguiente día por la noche, Marlene había ido al médico a llevar a su hija, en la zona norte. Le dejó a Cristal la instrucción precisa de subirle el café a Franco a las once de la noche, a la pieza del fondo del pasillo del segundo piso.
—No digas ni una palabra —le dijo Marlene— tocas la puerta, dejás la bandeja, y te vas. ¿Entendido?
—Entendido.
Cristal preparó el café, lo sirvió en una taza de porcelana, con una galleta de pão de queijo al lado. Subió las escaleras, al final del pasillo estaba la puerta.
Tocó la puerta dos veces, nadie contestó.
Iba a tocar una tercera vez, pero entonces escuchó, desde adentro, una voz que no era la de Franco, era una voz de mujer susurrando algo que Cristal no entendió. Después soltó una risa baja, luego silencio y después se escuchó un gemido que a Cristal le erizó la piel.
Cristal se quedó quieta, con la bandeja en las manos, sin respirar, sintió que algo en su pecho se le apretaba. No sabía qué era, no lo entendía, pero no se podía mover.
La puerta estaba entreabierta, y la empujó un poco sin querer, lo que vio, le cortó la respiración.
Franco estaba en la cama, desnudo de la cintura para arriba. Lorena estaba con él, también desnuda, Franco tenía una mano en la cintura de ella, la otra en su pelo, y la boca en su cuello. Lorena tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, y las manos en la espalda de él, arañándolo.
Cristal dejó caer la bandeja, el café y la galleta cayeron al piso.
Franco volteó, de golpe, la vio parada en la puerta con los ojos enormemente abiertos, la boca de él se endureció. Lorena se tapó con la sábana, rápido, mirando a Cristal con odio.
—Vete —dijo Franco, con la voz cortante.
Cristal no pudo moverse.
—¡Que te vayas! —gritó.
Ella se dio vuelta y corrió lo más rápido que pudo hasta su habitación, entró y cerró la puerta con llave. Se sentó en la cama, sus manos temblaban.
No sabía lo que le pasaba, el pecho le latía muy rápido, las mejillas le ardían, y entre las piernas, sentía algo que nunca había sentido. Algo nuevo, desconocido, que la asustaba.
Se acostó en la cama, mirando el techo, se tocó el pecho, se tocó la cara, y se tapó con la sábana. Pero las imágenes volvían, la espalda de Franco, sus hombros marcados, la forma que Lorena gemía, y la forma en que él la tomaba, su voz diciendo cosas que Cristal no entendía, pero que le hacían temblar todo el cuerpo.
Ella, a sus dieciocho años, jamás había tenido novio, jamás había sido besada, jamás la había tocado nadie, excepto para hacerle daño. La primera vez que un hombre la miró con algo que no era asco o desprecio, fue Franco. Y ahora lo había visto así con otra en su cama.
Apretó el péndulo de cristal contra su pecho, cerró los ojos y quiso rezar, pero no pudo. Solo pudo llorar en silencio, hasta que se quedó dormida.
A la mañana siguiente, cuando bajó a la cocina, Franco estaba sentado a la mesa, con el periódico, como si nada hubiera pasado. Lorena no estaba, se había ido.
—Siéntate —le dijo Franco, sin levantar la vista.
Cristal se sentó.
—Come.
Cristal comió, como siempre sin usar el tenedor, con las manos, sin levantar la cabeza.
—Mírame —dijo Franco.
Cristal levantó la cabeza, lo miró, y en ese momento entendió por primera vez, por qué la gente le temía. No era por la plata, no era por los hombres, ni era por la pistola que siempre llevaba en la cintura. Era por sus ojos, esos ojos verdes intensos, que la miraban como si leyeran cada uno de sus pensamientos.
—Anoche —dijo Franco— lo que viste, olvidalo.
—Sí, señor.
—Y una cosa más, nunca más entras a mi pieza sin llamar. ¿Entendido?
—Entendido.
—Bien.
Se levantó y se fue.
Esa semana, Lorena volvió tres veces más, cada vez que se iba, Cristal limpiaba la pieza de Franco, cambiaba las sábanas, recogía las copas. Y cada vez, las sábanas tenían un olor a perfume de mujer, a cigarro, y algo más, algo que ella no conocía.
Y cada vez, en la soledad de su pieza, se descubría preguntándose cosas que jamás se había preguntado, ¿Cómo se sentiría que la besaran así en la boca y en la piel? ¿Cómo se sentiría que la tocaran así? ¿Cómo se sentiría que un hombre como Franco la mirara a ella? No a Lorena, no a las otras mujeres, sino a ella, y le dijera cosas al oído, con la voz grave, mientras la tenía en la cama, en la oscuridad.
Cristal se odiaba por pensarlo, se daba cachetadas, sola, en el baño, se decía a sí misma que era una estúpida. Se decía que ese hombre no la quería, que ella no era nada para él. Pero por las noches no podía dejar de ver la espalda de Franco.
Y lloraba, en silencio, sin entender por qué le dolía tanto algo que ni siquiera era suyo.
Una tarde, mientras servía el té en la sala, Franco la llamó.
—Ven.
Cristal se acercó, con la bandeja.
—Dejá la bandeja, siéntate.
—Así estoy bien, señor.
—Que te sientes.
Cristal se sentó, en el borde del sillón, tiesa.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Franco, de golpe.
—Yo no lo miro, señor.
—Sí me miras, cuando crees que no te veo, me miras. ¿Por qué?
Cristal no contestó, le temblaban las manos.
—Contesta.
—No sé, señor.
—Mentirosa.
Franco se levantó, se paró frente a ella, muy cerca, demasiado cerca. Le levantó la cara, con una mano, tomándola del mentón, y la miró a los ojos.
—No me mires así —dijo, con la voz ronca— ¿Entendido?
—Entendido.
La soltó y se fue.
Esa noche, Cristal se acostó en la cama, mirando hacia la ventana, sin poder dormir. Y se hizo una pregunta.
¿Qué se sentiría ser amada de verdad?
El auto se detuvo frente a la casa de las afueras, Franco bajó primero, dio la vuelta y abrió la puerta del lado de Cristal, le ofreció su mano, ella la tomó y él notó de inmediato que ella temblaba. Sonrió, estaba nerviosa, eso le gustó.—Tranquila —dijo en voz baja— ya llegamos.La ayudó a bajar, al entrar Cristal miró alrededor, la casa era más pequeña que la mansión, pero se notaba más lujosa, los muebles, toda la decoración eran de buen gusto.Franco la guió por las escaleras, luego por un pasillo hasta la habitación principal. Abrió la puerta y dejó que ella entrará primero.—Entra.Ella obedeció, dentro, la cama era enorme, con sábanas blancas, Franco señaló hacia el baño.—Date un baño —le dijo— en el vestidor hay ropa, mandé traer varias cosas para ti. Ponte el babydoll blanco, está encima de las otras prendas.Cristal entró al vestidor, enseguida vio el babydoll, era de encaje blanco, muy corto y escotado, mientras lo observaba enrojeció su cara.—Es… muy pequeño —susurró.
Cristal entró a la iglesia del brazo de Diogo, el pasillo se le hizo eterno, sentía los ojos de todos sobre ella, apretó el brazo de Diogo con fuerza para no tropezar con el vestido. Franco la esperaba frente al altar. Cuando la vio caminar hacia él, sonrió satisfecho, sabía que todas las miradas estaban sobre ella. Cristal era bella, muy bella, una piedra en bruto que él puliría a su antojo.Cuando ella llegó cerca, él le sonrió, ella le sonrió de vuelta.Diogo se detuvo frente al altar.—Te la entrego hazla feliz —dijo en voz baja a Franco.Franco tomó la mano de Cristal, ella se colocó a su lado, el sacerdote comenzó la ceremonia, fue bastante emotiva, Cristal no pudo contener las lágrimas.Marlene estaba sentada en uno de los bancos de adelante con Thiago en brazos, también lloraba como una magdalena, quería que Cristal fuera feliz, esperaba que Franco le diera el lugar y el amor que ella merecía. Acariciaba la cabecita del bebé mientras las lágrimas le corrían.Franco, por su pa
Cristal despertó sintiendo que alguien la acariciaba, al principio pensó que era un sueño, pero cuando sintió que aquellas caricias eran muy reales, abrió los ojos, entonces vio una sombra a su lado. Se asustó terriblemente, y gritó con todas sus fuerzas.—¡Ayuda! ¡Marlene! ¡Hay alguien en mi cama! ¡Ayuda!Una mano grande le tapó la boca de pronto, Cristal no lo pensó, mordió aquella mano con todas sus fuerzas, escuchó un quejido de dolor.—¡Suéltame! —dijo, desesperada.En ese momento la puerta se abrió de golpe, Marlene entró armada con una escoba, encendió la luz para ver qué era lo que pasaba.—¡Suéltala o te rompo la cabeza! —gritó.La luz iluminó la habitación, Cristal parpadeó y se quedó helada, a su lado estaba Franco, tenía la marca de la mordida en la mano, y cara de pocos amigos, Marlene bajó la escoba despacio y movió la cabeza.—Patrón… ¿Qué hace aquí?Cristal se incorporó temblando, y comenzó a disculparse con Franco.—Perdón… perdón, Franco, me asusté, desperté y sentí
Franco le lanzó una mirada asesina a la reportera, su gesto se endureció de repente, la mujer sonrió nerviosa y se acomodó en el sillón.—Cristal llegó aquí como niñera —dijo Franco, su tono se había vuelto frío, seco— para cuidar a mi hijo. Y yo me enamoré de su candor e inocencia.Lo dijo mirando fijamente a los ojos de la reportera, no parpadeó ni una sola vez, Cristal sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, sabía que la mujer lo había preguntado con malicia, para avergonzarla, Franco le apretó fuertemente la mano cuando vio que se le enrojecía la cara. El apretón le dolió un poco, pero la mantuvo quieta.La reportera cambió rápidamente de tema.—Qué hermosa historia —dijo, forzando una sonrisa— y el niño… ¿Cuántos meses tiene?—Ocho —contestó Franco, como si nada hubiera pasado— está creciendo bien, es muy sano.Franco contestaba tratando de mostrarse tranquilo ante la cámara, aunque por dentro hervía de rabia, ya sabía lo que haría en cuanto terminara esa entrevista. Llam
Los días pasaban, y Franco seguía buscando a Cristal en los pasillos cuando nadie los veía, le agarraba la mano, la llevaba a un rincón y la abrazaba con fuerza. Quería tenerla entre sus brazos, no era un hombre que acostumbraba esperar. Cuando una mujer le gustaba, simplemente la tomaba, hasta ahora ninguna se había negado. Pero con Cristal era distinto, no quería asustarla. Así que esperaría, aunque le costara hacerlo.Una tarde la encontró cerca de la escalera.—Ven —le dijo en voz baja.La guió hasta donde nadie los viera, la abrazó por la cintura y la besó.—Franco… alguien puede subir —susurró ella.—Que suban, no importa que nos vean, eres mi prometida, y no tiene nada de malo esto —contestó él— además será solo un momento.La besó otra vez, más despacio, saboreando la dulzura de sus labios, cuando se separó, le acarició la mejilla.—Falta poco —dijo— una semana más y serás mía, solo mía.Cristal asintió, con el corazón acelerado.—Sí.Él la soltó y se fue, ella se quedó un rat
Franco estaba decidido, su boda iba a ser un evento grande, llamó a Diogo a los pocos días.—Necesito que vengas —le dijo— eres el padrino, vas a ayudarme a decidir todo para la boda.Diogo fue esa misma tarde, Franco lo esperaba en el despacho.—¿Qué quieres exactamente? —preguntó Diogo, sentándose.—Una fiesta grande en un salón elegante, para unos cuatrocientos invitados, ya sabes, los de siempre, empresarios, gente de la zona sur. Quiero que se hable de esto por semanas.Diogo lo miró.—¿Y Cristal? ¿Ella qué opina?—No quiero que ella se estrese —contestó Franco— por eso yo decidiré todo, elegiré el vestido, las flores, la comida, la música, ella solo tiene que llegar y verse bonita.—Franco…—No empieces, ya te dije que estoy seguro, Cristal es joven, bella y es mía, quiero que todos lo vean, y si la noticia le llega a Lorena, mejor, que se muera de rabia. A ella nunca le di el gusto de casarme, le daba evasivas siempre que me lo pedía.Diogo suspiró y agarró uno de los papeles







