INICIAR SESIÓN
Esa noche llovía muy fuerte en la favela Beira-Río, el agua entraba por las rendijas del techo de la gastada lámina, Iracema estaba acostada en un catre viejo, gritando de dolor, la partera, doña Mércia, le apretaba la barriga con las dos manos.
—Doña Mércia, no puedo más —dijo Iracema.
—Sí puedes, mija, ande, aprieta los dientes —dijo doña Mércia.
Josafá, el marido, estaba afuera, con una cerveza en la mano, no entraba, solo miraba la lluvia.
—¡Josafá! —gritó Iracema— ¡Ven acá!
Josafá se acercó despacio, se paró en la puerta del cuarto, miró a su mujer, miró el piso de tierra, luego a la partera.
—Ya voy, ya voy —murmuró.
Pero no fue, se quedó en la puerta, tomando cerveza.
Iracema gritaba, el dolor era demasiado, la sangre mojaba las sábanas, y la partera veía que las cosas no iban bien. La niña estaba de lado, había que sacarla rápido, pero no había posibilidad de llevarla a un hospital, sólo estaba la partera, y un hombre borracho en la puerta.
—Es una niña —dijo doña Mércia— es una niña, Iracema.
Iracema sonrió, trató de levantar la cabeza, no pudo, la partera le puso la niña en el pecho, Iracema la miró, le pareció preciosa.
—Se va a llamar Cristal —susurró Iracema.
Después cerró los ojos, doña Mércia la llamó por su nombre, le tomó el pulso, pero ya no había pulso. Iracema se había ido, en la misma noche en que su hija llegaba al mundo.
—¡Iracema! —gritó doña Mércia— ¡Iracema, no te vayas!
La partera miró a la niña, le limpió la boca con un trapo, luego la envolvió en una sábana, y dijo:
—Pobrecita, esta niña nació con las lágrimas de su madre.
Josafá escuchó eso desde la puerta, no dijo nada, se quedó quieto con la cerveza en la mano, después dio la vuelta y se fue a dormir al sillón del vecino.
La niña lloraba, doña Mércia la mecía como podía.
—Ya, ya, mija —le decía— ya, ya.
Esa madrugada, los vecinos se enteraron de lo que pasó, vinieron uno por uno a la puerta, miraban a la niña por la ventana. Algunos lloraban, otros se persignaban.
—Tan chiquita y ya huérfana —dijo una vecina.
—Pobre criatura —dijo otra.
Desde esa noche, la niña dejó de llamarse Cristal, empezó a llamarse Lágrimas.
Los niños del callejón se burlaban de ella.
—Eh, Lágrimas, ¿Por quién lloras hoy?
Ella apretaba la boca y seguía caminando, con el balde de agua en la cabeza.
Pasaron los años, la niña creció, en la casa de su padre no había comida todos los días ni ropa nueva, dormía en una hamaca en el mismo cuarto donde dormía su padre, Josafá empezó a beber más y se volvió violento.
A los siete años, Josafá perdió su trabajo en el puerto, lo echaron porque llegaba tarde, y porque tomaba en el trabajo. Volvió a la casa esa tarde, con las manos vacías, borracho.
—Ya no tengo trabajo —dijo— ya no tengo nada.
La niña lo miraba desde la esquina.
—Papá, ¿vamos a comer?
—Después —dijo Josafá.
El después nunca llegaba, a los ocho años, Lágrimas empezó a trabajar, iba a la playa de Ramos los fines de semana y vendía acarajé para una señora del morro.
—Toma, mija —le decía la señora del morro, dándole unos reales— toma, que te lo ganaste.
Ella lo guardaba en un bolsillo y se iba corriendo para la casa, su padre la esperaba en la puerta, con la mano extendida.
—¿Cuánto trajiste? —le preguntaba.
—Doce reales, papá.
—Dame.
Ella se los daba, su padre los contaba, se los guardaba, y se iba a la esquina a comprar cerveza. Ella se quedaba en la puerta, mirando cómo se iba, después entraba a la casa, prendía el fuego, y se hacía un poco de arroz si es que sobraba.
A los diez años, aún dormía en la hamaca a la que algunos hilos se le habían podrido, su padre, borracho, no la veía, ella aprendió a no hacer ruido. Aprendió a ser invisible.
Pero la niña creció bonita, tenía los ojos verdes, grandes, que no eran de la favela, el pelo claro, largo, la piel blanca, y una boca seria que casi nunca sonreía, los vecinos murmuraban.
—Esta niña no es de aquí —decía una señora.
—Es muy bonita para este lugar —decía otra.
—Va a traer problemas —decía una tercera.
Josafá escuchaba esos comentarios, una noche le dijo, borracho, en la puerta:
—Las mujeres bonitas dan problemas, no sirven más que para eso.
La niña no contestó, se quedó quieta, mirándolo, después se dio vuelta y entró.
Cuando tenía quince años, un hombre empezó a venir a la casa los viernes, era grande, gordo, con el pelo largo y grasoso, le decían Cabeludo, era un prestamista que le prestaba dinero a Josafá para la cerveza, para el juego y para las apuestas, Josafá le debía cada vez más.
—La cuenta es grande, Josafá —le dijo Cabeludo— muy grande.
—Ya te voy a pagar —dijo Josafá— dame una semana más.
—Una semana más, pero después, sí o sí me pagas.
Cabeludo miraba a la muchachita con unos ojos asquerosos, ella, cuando lo veía, se metía al cuarto y cerraba la puerta con llave, pero a veces él la esperaba, una noche, se acercó y le tocó el pelo. Ella le mordió la mano, Cabeludo la agarró del brazo, la levantó, y le dio un golpe, le dejó el ojo morado por una semana.
—Aprende a respetar —dijo Cabeludo— aprende a respetar a los mayores.
Josafá estaba en la otra pieza, borracho, no se enteró, o si se enteró no le importó, ella se quedó en el piso, llorando en silencio. Después se levantó y se fue a su hamaca.
—Mamá —susurró en la oscuridad— mamá, ¿por qué me dejaste sola?
No recibió respuesta.
Al día siguiente, en la calle, una señora le preguntó qué le había pasado en el ojo.
—Nada, señora —dijo Lágrimas.
—Mientes —dijo la mujer— eso es un golpe. ¿Quién te pegó?
—Nadie, señora.
La mujer la miró, le puso hielo en el ojo y no dijo más.
A los dieciséis años, Lágrimas encontró trabajo en una panadería, el dueño se llamaba Agenor, era un hombre gordo, con bigote, que siempre tenía las manos sudadas.
—Llegas a las cinco y te vas a las diez —le dijo— barres, lavas y ordenas el pan. ¿Entendido?
—Sí, señor.
El primer día, Agenor la recorrió con la mirada, notó que era muy bonita y la llamó a la oficina.
—Ven acá —le dijo.
—¿Sí, señor? Ven, que te voy a explicar algo.
Agenor le puso la mano en la cintura, Lágrimas le agarró la mano y se la quitó.
—No me toque —dijo, con la voz muy baja.
—Ya aprenderás —dijo Agenor riendo— todas aprenden.
Lágrimas salió de prisa, se fue al baño y vomitó, le daba asco que ese hombre la hubiera tocado, se limpió la boca, se lavó la cara y volvió a su puesto, esa noche, en la hamaca, volvió a susurrar:
—Mamá, ¿por qué no me llevaste contigo?
A los diecisiete años, un fotógrafo la vio en la playa de Ramos, era un domingo, ella estaba vendiendo acarajé.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Lágrimas.
—¿Y tu nombre de verdad?
—Cristal, pero nadie me dice así.
—Cristal, te queda mejor. ¿Quieres trabajar conmigo? Te pago bien, saldrás en revistas.
—No puedo, señor, mi padre no me deja.
—¿Y si yo hablo con él?
—No va a querer, dice que las mujeres bonitas dan problemas.
El fotógrafo le dio una tarjeta.
—Cuando quieras, me llamas —dijo.
Esa noche, Lágrimas le enseñó la tarjeta a su padre. Josafá la rompió en cuatro pedazos.
—Solo das problemas, te vas a quedar aquí. ¿Entendido?
—Entendido, papá.
Lágrimas se fue a su hamaca, con los pedazos de la tarjeta en la mano, llorando en silencio.
Al día siguiente, Diogo llegó a la casa por la mañana, Marlene le abrió la puerta y le dijo que Franco todavía no bajaba, que lo esperara en la sala. Él se sentó, le llevaba unos documentos a firmar, como siempre.Cristal, que no sabía que él estaba ahí, salió de la cocina con el desayuno de Thiago. Caminaba con la cabeza baja, despacio, todavía le dolía el vientre. Cuando levantó la vista, se detuvo al verlo.Diogo se puso se levantó.—Cristal…Se quedó mirándola sin poder decir nada más, su largo cabello, ahora era corto, casi como el de un muchacho. Los ojos de ella estaban hinchados, tenía ojeras.Cristal bajó la mirada, apenada.—Buenos días, Diogo —dijo en voz baja.—¿Qué te pasó en el cabello? —preguntó él, acercándose— ¿Quién te hizo esto?—Fue… no es nada, de verdad, no pasa nada.—Cristal, mírame.Ella no pudo, se mordió el labio, estaba a punto de llorar otra vez. Diogo iba a insistir, pero en ese momento se escucharon pasos en la escalera. Franco bajó, ya listo para salir,
Los gritos de Cristal se escucharon por toda la casa.Marlene bajó casi corriendo con Thiago en brazos, y cuando llegó al comedor se quedó helada. Lorena tenía a Cristal agarrada del cabello, y las tijeras se abrían y se cerraban junto a su cabeza. Los mechones caían al piso uno tras otro.—¡Suéltela! —gritó Marlene— ¡Por Dios, suéltela!Lorena cortó un mechón más y después la empujó con desprecio. Cristal cayó de rodillas, se llevó las manos a la cabeza y sintió el pelo corto, disparejo. Su cabello largo, el que Franco acariciaba antes, estaba tirado a su alrededor.—Ahí tienes —dijo Lorena, sonriendo— a ver si así aprendes a no ignorarme cuando te hablo.En ese momento se oyeron pasos en la escalera. Franco bajó acomodándose el saco, y detrás de él venían Cecília y Marília, que habían llegado muy temprano. Lorena soltó las tijeras en el piso, y su cara cambió por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se agarró el brazo.—¡Franky! —gimió, corriendo hacia él— ¡Mira lo que m
Diogo llegó esa noche al bar con algunos amigos, el lugar estaba lleno, pidieron una botella y se dirigieron a uno de los privados del fondo. La charla se extendió hasta la madrugada: hablaron sobre negocios, y mujeres, contaron viejas anécdotas. Diogo reía de vez en cuando, pero su mente no estaba del todo allí. Desde que había visto a Cristal en el hospital, algo le removía el pecho.Más tarde, necesitó ir al baño, así que salió del privado y caminó por el pasillo, al pasar frente a la puerta de otro privado que estaba entreabierta, escuchó voces. Se detuvo porque creyó reconocerlas.Dentro, Lorena y Franco discutían.—Quiero que la hagas sufrir más —dijo ella, su voz estaba cargada de veneno— no la soporto, Franco. Cada vez que la veo siento asco.—La chica no te hace nada —respondió él, su tono sonaba cansado— déjala en paz.—¡Solo con saber que la tocaste! —explotó Lorena— que durmió en tu cama, que la acariciaste, que la besaste, la odio con todo mi ser.Franco soltó un suspiro
Diogo respiró profundamente antes de contestar, mantuvo la mirada fija en Franco, sin desviarla.—Solo vine a traer estas flores para Cristal, me enteré de lo sucedido, es solo un detalle después de lo que ha pasado.Franco apretó la mandíbula.—A mi mujer nadie le regala flores —el tono de su voz dejó ver su furia.Diogo arqueó una ceja, sin inmutarse ante su amigo, estaba acostumbrado a su mal carácter.—Si soy sincero, pensé que no vendrías por ella, lo digo porque no te despegas ni un solo momento de Lorena.Franco apretó los puños con fuerza, molesto por esa maldita costumbre que tenía Diogo de meterse en sus asuntos, eso lo sacaba de quicio desde hacía años.—Si Lorena está pegada a mí o no, ese es mi problema, no te metas. Y ahora vete, y llévate esas flores.Diogo volteó a ver a Cristal, ella bajó la cabeza de inmediato, incapaz de sostenerle la mirada, él tomó el ramo, se dio la vuelta y salió de prisa, sumamente molesto por la manera en la que le había hablado su amigo.En e
Cuando Cristal abrió los ojos, no reconoció el lugar en el que estaba, volteó hacia los lados, intentó moverse, entonces sintió un fuerte dolor en su vientre, era como si alguien la hubiera golpeado por dentro, giró la cabeza. La habitación estaba vacía, no había nadie a su lado.La puerta se abrió y entró una enfermera cargando una bandeja con medicamentos.—Buenos días, señora. ¿Cómo se siente?Cristal intentó sentarse, pero el dolor la obligó a quedarse quieta.—¿Qué… qué me pasó? —preguntó con la voz ronca— no recuerdo bien.La enfermera se acercó, dejó la bandeja sobre la mesilla y le tomó la mano con suavidad.—Lo siento mucho… El médico hizo todo lo posible por salvar a su bebé, pero fue imposible. La hemorragia fue demasiado fuerte.Cristal se quedó mirándola, sin comprender.—¿Un… un bebé? —susurró—. ¿Estaba embarazada?La enfermera asintió con tristeza.—Sí, el embarazo era todavía temprano, pero… no pudimos hacer nada más.Cristal sintió que el aire se le escapaba de los pu
Franco carraspeó, incómodo. ¿Qué demonios pretendía Lorena? Pensó, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por la nuca. Su socio no podía darse cuenta de que Lorena era su amante y de que su relación con Cristal no era más que una farsa, si alguien sospechaba, la inversión de varios millones se esfumaría en segundos.Se aclaró la garganta y sonrió, tratando de mostrarse seguro.—Perdonen la intromisión —dijo, dirigiéndose a los anfitriones con tono amable— me tomé el atrevimiento de invitar a mi madre, a mi hermana y a mi prima. No querían perdérselo.La esposa del socio, sonrió de inmediato.—¡Qué maravilla! Por supuesto que se unen a la cena. Cuantos más seamos, mejor, pasen, por favor.Franco les lanzó a las tres mujeres una mirada de advertencia, corta pero intensa. Si se les ocurría querer humillar a Cristal ahí, delante de todos, lo meterían en problemas serios. Lorena sostuvo su mirada un segundo y después bajó los ojos, fingiendo sumisión. Su hermana y su madre imitaron el gesto.







