ANMELDENUn auto de alta gama se detiene frente a la entrada de un rascacielos reluciente. Alice, vestida con un traje sastre de corte impecable en tonos neutros, desciende con una elegancia innata. Su cabello está recogido en un moño bajo, dejando al descubierto unos rasgos delicados pero definidos. Aunque su vestimenta es discreta, su figura esbelta y su porte distinguido no pasan desapercibidos. A pesar de la incertidumbre que la consume, ella muestra una serenidad que la hace ver aún más atractiva.
El portero le abre la puerta del restaurante con una reverencia respetuosa. El gerente, al verla, se acerca de inmediato con respeto y voz educada:
—Bienvenida, señorita Cooper, su cita espera por usted.
—No es una cita, es una reunión —aclara ella, y el gerente lamenta lo dicho.
—Disculpe mi atrevimiento, sígame por favor.
Ella asiente con un gesto de cabeza, sin una sonrisa, pero con una expresión de seriedad que el gerente interpreta como aprobación. Lo sigue por un pasillo discretamente iluminado, pasando por un ascensor privado. La subida en el ascensor se le hacía eterna, pues lo que más deseaba era salir lo más pronto posible de ese asunto.
Las puertas del ascensor se abren directamente a un salón amplio y luminoso.
—Adelante, me retiro —dice el gerente, y Cooper se dispone a salir del ascensor. Traga grueso al ver a ese hombre: el indomable, arrogante, guapísimo tallado por los dioses, Damian Anderson, quien ya la estaba esperando. Impecablemente vestido con un traje oscuro, su figura es esbelta y poderosa. Está de pie, erguido, de espaldas a ella, frente a los ventanales. La luz resalta el contorno de su silueta, dotándolo de una presencia imponente.
Los pasos de Alice resuenan con claridad en el silencio de la estancia mientras se dirige a la mesa. Él la escucha, pero no se voltea de inmediato a mirarla, por lo que el aire en la habitación VIP, donde comerán en privado, es denso con una expectación palpable.
Ella se detiene a unos pocos pasos de la mesa, esperando. Finalmente, él se gira con una lentitud calculada. Su mirada es intensa, evaluadora, sin una pizca de calidez. Sus ojos oscuros recorren su figura de pies a cabeza antes de fijarse en su rostro, provocando en ella una incomodidad, no de molestia, sino por esa sensación de aquella mirada hambrienta que le lanzó. «Recuerda que es mujeriego», se dice mentalmente, así que arquea una ceja.
—Gracias por aceptar esta reunión, señor Anderson. He venido a hablar sobre una colaboración que considero mutuamente beneficiosa. ¿Le parece si iniciamos? —Su pregunta, con voz seria, lo hace fruncir un poco el ceño, pues confirma lo que dicen de la chica: es inteligente y audaz para los negocios.
Damian toma asiento primero con una sonrisa apenas perceptible que se forma en la comisura de sus labios. Su tono es grave, casi desafiante al decirle:
—Mi tiempo es muy valioso, señorita Cooper. Llevo seis minutos, y eso son miles de dólares perdidos, así que vaya al grano. —La mira directamente a los ojos y puede percibir el enojo de la mujer frente a él, quien no duda ni segundos y se dispone a tomar asiento con elegancia.
—Mientras que usted pierde miles de dólares, yo estoy perdiendo un tiempo que realmente es un tesoro, señor Anderson, pero no he venido a discutir —sonríe, su perfecta dentadura y aquellos labios gruesos son provocantes—. Usted es un hombre de negocios astuto, y un hombre de negocios astuto siempre está dispuesto a escuchar cualquier propuesta que pueda traer beneficios. Es una inversión de tiempo mínima para un potencial retorno significativo.
—Eres más fría y directa de lo que imaginaba.
Ella no le da importancia a su comentario, acostumbrada a lidiar con personalidades fuertes. Va directamente al grano, su voz es formal y controlada.
—Su corporación está hundiendo a mi familia, y eso es algo que no puedo permitir, señor Anderson. No pueden llevar a la ruina lo que por años a mi padre le ha costado construir. Yo he estado al frente de todo, y todo marchaba excelente hasta que a ustedes, los Anderson, les dio por empezar a molestar.
Él la interrumpe intencionalmente, levantando una mano. Desvía la conversación hacia lo personal, con una actitud seductora y provocadora.
—Antes de que enumeres todas las maravillosas ventajas de esta unión estratégica que tienes en mente, porque sé perfectamente para qué pediste verme, dime una cosa: ¿Y qué opinas de mí como esposo?
La pregunta la toma por sorpresa. Sus ojos se abren ligeramente, pero se obliga a mantener la compostura. Su mente trabaja a toda velocidad, buscando la respuesta adecuada que no muestre debilidad.
Sin titubear, aunque por dentro su corazón ha dado un vuelco, le responde:
—Eres un aliado poderoso. —Pasa saliva y desea sostenerle aquella mirada tan profunda, pero no cree poder soportarlo tanto. Él ni siquiera parpadea, y su fuerte temple la pone nerviosa.
Damian Anderson sonríe, una sonrisa depredadora que muestra una hilera perfecta de dientes. Se acerca más, reduciendo la distancia entre ellos. La tensión en la habitación se vuelve casi tangible. Su cuerpo se cierne sobre ella, ejerciendo presión paso a paso, como un cazador acorralando a su presa. Alice traga grueso; jamás un hombre se le ha acercado tanto, pero con él está prácticamente helada.
—Hablas muy bien de este matrimonio, de esta "alianza". Pero no estás negociando conmigo, señorita Cooper... estás suplicando. —La mira a los ojos y puede escuchar su agitada respiración por su cruel acercamiento.
La sangre sube a las mejillas de ella. Finge estar tranquila, pero sus labios están tensos, una línea fina en su rostro. El corazón le late con fuerza, un tamborileo violento contra sus costillas. Siente el calor de la presión, la vergüenza de ser expuesta de esa manera. Sabe que él ha visto a través de su fachada, que ha descubierto la desesperación que subyace a su fría lógica.
Él se detiene frente a ella, mirándola fijamente a los ojos. Hay un brillo de triunfo en su mirada. Al confirmar que ella no tenía escapatoria, que la había acorralado por completo, su expresión se suaviza apenas un poco, una señal de su aceptación.
Ella permanece inmóvil, como si hubiera quedado clavada al suelo, y el eco de su mirada quemándole la piel.
Y sí, un hermoso anillo de matrimonio. Uno donde Damián Anderson no escatimó gastos, lo mejor para Alice: la piedra más preciosa y llamativa para la mujer que se volvió la luz en su vida, donde todo era oscuridad y un vacío que él no quería aceptar. Ahora Alice Cooper lo es todo para él. Todos quienes los observan con alegría se sintieron muy felices. Damián saca el anillo y se arrodilla ante todos, con muchos nervios, aunque no lo aparente. Alice no pudo soportarlo más y se le salen las lágrimas. —Este anillo es mi verdadera muestra de amor por ti. Quiero, ante los presentes y nuestros hijos, que me aceptes como tu esposo. Quiero que seas mi señora Anderson, mi Alice, ver este anillo al despertar y así saber que he tomado la mejor decisión de mi vida. Hacerte mi mujer, eres mi mundo, Alice Cooper. Eres todo lo que está bien en mi vida.Ella lo abraza fuertemente. Era increíble que este momento por fin hubiera llegado por amor. Todos aplauden y ella toma una pequeña distancia, extendie
El hombre que ayudó a Thomas ahora sí sufrirá. Damián lo tenía bajo protección por si aportaba alguna otra información sobre Thomas, pero ahora pagará las consecuencias de sus actos.Afortunadamente, la hermosa familia regresa a la mansión y Alice no esperaba encontrarlos a todos allí, esperándolos. Todo se sentía tan lindo, tan familiar… y más aún con la Navidad. Ver a Damián tan feliz, con esa sonrisa de oreja a oreja al contemplar a sus hijos, era algo que la llenaba todavía más.—Te felicito, mi amor —su madre la abraza—. Eres fuerte, eres tan valiente, cariño. Si tu padre estuviera aquí, seguramente te diría lo mismo. Has hecho que nuestro apellido continúe y mis nietos son una gran bendición para ambas familias.—Mamá… —Alice le toma las manos—. Papá está feliz allá donde esté y siempre vivirá en nuestros corazones. Gracias por estar aquí, siempre para mí. Tenías razón —suspira—: tener una familia es lo más lindo del mundo.—Cariño —se acerca Damián—, debes ir a descansar. Ander
—¿Crees que esta vez te saldrás con la tuya?— pregunta Damián enfurecido. Le tiene tantas ganas a Thomas. Llevaba tiempo esperando este momento de tenerlo frente a frente luego de todo el daño que hizo, pero más a Alice.—¡Hoy te mueres Anderson! Si Alice no es para mí, tampoco para ti. Los odio a los dos— Thomas, ejerciendo fuerza para no dejarse quitar el arma de Damián.—Para que te muerdas de la rabia, maldito enfermo. Ella y yo somos felices, y esa mujer es mía en este y el otro mundo— le propina un puño en el rostro.Thomas reaccionó para disparar, aprovechando la pequeña distancia tras ese golpe, pero Damián no le da chance. Vuelve contra Thomas, dispuesto a quitarle el arma. Los enfermeros y pacientes que van pasando por ese pasillo se llenaron de pánico.Los escoltas de Damián llegaron justamente al lugar y eso fue aterrador para Thomas, quien no quiere perder su oportunidad, pero Damián es fuerte y un hombre lleno de valentía que no se rinde por nada del mundo.Wilson lo prim
Ver a sus hijos, tenerlos así de cerca, causó un revuelo de sentimientos encontrados; era algo que ellos estaban esperando con tantas ansias. Alice alza su mirada para ver a Damian y puede observar cómo sus ojos brillan de felicidad al tener a uno de sus hijos en brazos. Él está literalmente emocionado y nervioso de que se le caiga, pero como asistió a todas las clases, se sabe defender.—¡Es increíble! Es que mira, cariño, ¡se parecen a mí! —dijo mirando al bebé que tiene entre sus brazos, y luego al que Alice está amamantando.—Soy feliz de verte feliz, mi amor —comenta Alice.—Pídeme lo que quieras, cariño, te mereces el cielo por todos tus esfuerzos.—De hecho… hay algo que quiero que me des, pero no es el momento —sonríe maliciosa, y Damian la mira entrecerrando un poco los ojos. Cuando ella se coloca con ese misterio es porque será algo grande.—Lo que tú quieras, yo lo hago, mi reina. ¿Y cómo les vamos a llamar? ¿Te parece si yo le coloco el nombre a este guapo bebé y tú al otro
Alice siente el dolor más intenso de toda su vida. Lo que más desea es que sus bebés ya salgan para poder descansar. Busca desesperadamente a Damián con la mirada hasta que lo ve entrar, abrochándose la bata azul para acercarse a ella. Anderson siente mucho temor, mezclado con dolor por verla sufrir.—¡Damián!— Ella extiende su mano y él la agarra rápidamente. Alice, aunque ya ha dilatado, no está haciendo el trabajo que le corresponde: pujar y pujar para que su primer bebé salga.—¡Señora, debe pujar! ¡Si no, tendremos que hacerle cesárea!— A Alice se le salen las lágrimas.—Escucha, cariño —Damián le quita los mechones de cabello que ella tiene en el rostro—. Tú puedes, tú eres mi mujer, eres una Anderson. El dolor es mental. Piensa en que verás la cara de nuestros bebés, en que por fin los vas a conocer, que vas a tenerlos entre tus brazos como lo has deseado, como lo has imaginado todos estos días. Puja, hazlo ya, cariño.Anderson empezó a sudar, no pensó que un parto sería tan com
—¿No te agrada, verdad? —le pregunta al verlo dudar al hablar.—No es eso…—Me esforcé para esta reunión, es un día especial para ti —Alice se siente triste, y Damián se desespera porque cuando ella se pone así es difícil contentarla.—Y lo agradezco, preciosa, no pienses mal, solo que no encuentro palabras para esta sorpresa. Sabes que no soy tan expresivo. No, no llores, por favor —suspira, y ella deja de mirarlo—. Perdón, soy un completo imbécil, escucha… es la mejor sorpresa de cumpleaños, ¿bueno? Y la decoración navideña te quedó perfecta, es… —mira a su alrededor— hogareña…—¡No finjas, Damián! —retoma aire, y se le salen las lágrimas—. Yo solo quería mostrarte mi amor y la gratitud que siento contigo porque te has comportado de maravilla.—Y lo has hecho excelente —posa sus manos en los hombros de la madre de sus hijos—. Eres todo para mí, Alice, todo. Y solo hay cosas a las que me debo acostumbrar, cariño, no llores, por favor —seca sus lágrimas—. Vamos a cenar.—No, ya se me q







