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SESENTA Y SEIS: Protesta

Penulis: Aanu
last update Tanggal publikasi: 2026-09-29 05:09:28

ELENA

Jax abrió la puerta antes de que terminara de tocar, como si hubiera estado parado lo bastante cerca como para oír los pasos en el pasillo.

—Estás acá —dijo, y el alivio en eso era lo bastante sin guardia como para retorcerme algo en el pecho—. Entrá. Parece que no te sentaste desde el avión.

El bar cargaba ese olor nostálgico que siempre recordaba durante la tarde: café, limpiador, el fantasma tenue del licor de la noche anterior. Me dejé caer en la silla frente a su escritorio y dejé qu
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    CHRISTIANEl silencio fue inmediato y humillante. Podía sentir la atención de Shane desplazarse hacia mí, aunque tuvo cuidado de no moverse, y Hale bajó la mano lentamente con una expresión que sugería que estaba tratando de decidir si acababa de insultarlo.—¿Está todo bien? —preguntó.—Perfectamente. —Me obligué a ponerme de pie—. Mis disculpas. No doy la mano.Sus cejas se alzaron ligeramente. —Ya veo.Dudaba que lo viera, pero no tenía intención de explicarme ante un hombre al que conocía desde hacía menos de una hora. Intercambiamos unas palabras más antes de que se fuera, su sonrisa considerablemente menos entusiasta de lo que había sido al llegar.En el momento en que se cerró la puerta, Shane se volvió hacia mí.—¿Quiere que hable con él?—No.—Jefe, puedo explicarle que no fue personal.—Dije que no, Shane.Sostuvo mi mirada un momento antes de asentir. —Está bien.Reuní mis documentos, pero mis manos se sentían torpes, y el simple acto de ordenar los papeles me tomó más esfu

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    CHRISTIANElena se había vuelto educada, y lo odiaba.No tenía idea de cuándo empezó exactamente, pero en algún punto entre nuestra discusión en el club y la mañana en que me encontré observándola pasar frente a mi estudio sin detenerse, ella había decidido que fuera lo que fuera lo que estábamos haciendo antes ya no era necesario.Intenté ignorarlo a lo largo de la tarde, concentrándome en los reportes que me había enviado Shane y respondiendo correos que requerían considerablemente menos atención de la que les di.Para cuando llegó la noche, ya había tenido suficiente.La encontré en su cuarto, sentada contra el respaldo de la cama con la laptop equilibrada sobre las rodillas. Alzó la vista cuando aparecí en el umbral, y noté la forma en que su expresión cambió antes de ofrecerme una sonrisa educada.—Christian. ¿Pasa algo?Casi me reí. —¿Necesito una razón para hablar con mi esposa?—Claro que no. —Cerró la laptop—. ¿Necesitabas algo?Ahí estaba de nuevo. Esa pregunta cuidadosa e i

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    ELENANo toco.No empujo la puerta más. Me quedo en el pasillo con el hombro casi rozando el marco y fuerzo mi respiración a algo que no me delate, porque la alternativa —entrar, exigir saber por qué quiere una reunión con el tutor legal de los niños— pondría un reflector sobre una conexión que él no tiene razón alguna para hacer. Todavía no. No si tengo cuidado.Adentro, la voz de Shane llega por el altavoz, metálica pero clara.—¿Puedo preguntar por qué el interés particular en esos dos? Tenemos un grupo completo. Nunca antes había pedido reuniones con tutores.La respuesta de Christian es medida, el tono que usa para decisiones que ya están medio tomadas. —Hablé con ellos en la orientación. Son brillantes. Inusualmente, para su edad. Quiero un panorama más claro de sus circunstancias antes de decidir si el programa puede ofrecer algo adicional: mentoría, acceso extendido a laboratorio, ese tipo de apoyo. No me interesa escribir cheques al vacío.—Su tutor podría preferir mantener l

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    ELENAMe di la vuelta, y Christian estaba parado a un metro detrás de mí.Por un segundo, mi cerebro se negó a aceptar la imagen. Él no pertenecía a este corredor, a este club, en medio de una pista que había estado persiguiendo durante semanas.Luego la incredulidad se quemó, y la ira tomó su lugar tan rápido que me temblaron las manos.La atención de los guardias de seguridad saltó de mí a Christian. Se acercaron más. El aire se tensó.Christian no me miró a mí primero. Miró a los hombres entre nosotros.—Es mi esposa —dijo, la voz nivelada, segura—. Nos vamos.Los guardias vacilaron. Su seguridad no.—Puedo hablar por mí misma —espeté—. No necesito que respondas por mí.Me tomó la mano de todos modos. Su agarre era firme, no aplastante, y ya se movía hacia la salida.—Suéltame.—Vamos a hablar en algún lugar privado.—No tenemos nada de qué hablar. ¡Acabas de arruinar la única pista que he tenido en semanas!No discutió frente a ellos. Simplemente siguió caminando, y la alternativa

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    CHRISTIANLa oficina debería haber bastado para retener mi atención.No fue así.Pasé la primera hora de la mañana con la noche anterior todavía alojada bajo mis costillas: la mano de Elena durante la oración, el ridículo libro infantil, la forma en que me había volteado en la oscuridad y había acomodado mi brazo alrededor de su cintura como si el arreglo siempre hubiera sido el correcto.Nada de aquello tenía sentido estratégico. Aun así me había quedado dormido abrazándola. Aun así había despertado queriendo de nuevo ese peso ahí.La llamé porque quería saber dónde estaba. Y porque quería su voz.Sin respuesta.Lo intenté de nuevo. Nada.Me irrité. Ella era mi esposa en el papel. El matrimonio era un contrato. Había dejado abundantemente claro que sus movimientos no eran míos para supervisar. Llamar una tercera vez era irrazonable. Lo hice de todos modos.Silencio.Envié un mensaje. *¿Dónde estás?*El recibo de lectura no apareció.La preocupación empezó a reemplazar la irritación d

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    ELENA—Solo vine a tomar algo —mentí descaradamente.Mantuve la voz plana, aburrida, el tono de una mujer que había entrado buscando ruido y alcohol y nada más. Ni un matiz de más. Ni una pausa que delatara nada.El cantinero me sostuvo la mirada un segundo de más: cráneo rapado, tinta trepándole por el cuello como una enredadera oscura. Luego sirvió sin hacer ningún comentario. La sospecha no abandonó su rostro; solo se retiró al fondo, paciente, esperando su turno.Tomé el vaso y busqué un asiento desde donde pudiera ver la barra y el pasillo más oscuro que alimentaba la parte trasera del local. Una mesa pequeña, medio escondida tras una columna. Perfecta.Durante la hora siguiente bebí despacio y observé.Las chicas entraban y salían de la pista en un relevo constante, sonrisas pintadas, tacones que no se detenían. Hombres con chaquetas mejores que las del resto de la clientela se desprendían del salón principal en grupos de dos o de tres y desaparecían tras una entrada acordonada,

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