LOGINEl pasado regresa de la peor manera cuando una reserva de baile VIP que sale terriblemente mal termina con Elena en una habitación de hotel frente al último hombre que jamás habría querido volver a ver: su ex millonario de mierda y el padre de los hijos que ni siquiera sabe que existen. Lo que empieza como la noche más humillante de su vida se convierte rápidamente en algo mucho más complicado. Christian Archer no puede tocar a nadie. Ni a su propia familia. Una misteriosa condición lo ha mantenido aislado detrás de guantes y muros durante años. Excepto con Elena. Por alguna razón, ella es la única persona en el mundo que su cuerpo no rechaza. Se odian a muerte, pero cuando un escándalo mediático los deja atrapados en el ojo público, el millonario arrogante se encuentra necesitando a la única mujer que preferiría evitar. Y, por desgracia, Elena también lo necesita a él. Ahora Christian quiere un favor. Un matrimonio falso. Y que quede absolutamente prohibido enamorarse. Fácil, salvo que fingir ser felizmente casados es mucho más difícil cuando los viejos sentimientos se niegan a quedarse enterrados. Los medios no los dejan en paz. Christian se está poniendo demasiado cómodo tocándola. Y si descubre el secreto que Elena lleva diez años protegiendo, el matrimonio falso podría ser el menor de sus problemas.
View MoreELENA
—¡Me muero por correrme encima de ese corte al rape! —chilló, la voz espesa de deseo—. Dios mío.
La vulgaridad de Trixie no me molestaba. Había dicho cosas peores siendo apenas una novata. Yo apenas tenía el valor de hablarle a alguien cuando empecé a bailar aquí.
Mi pulgar seguía deslizándose por la pantalla, los ojos recorriendo una hoja de Excel robada que detallaba las cuentas fiscales offshore de los miembros de la junta directiva del Vanderbilt International.
Era un archivo cifrado y desordenado, pero también era exactamente lo que necesitaba para sustentar mi denuncia sobre el desfalco.
Si lo hacía bien, quizás mi jefe de redacción se abstendría de tirar mi borrador investigativo a la basura por no tener un título universitario para hacer “periodismo de verdad.”
Trixie emitió otro gemido que por fin captó mi atención.
Puse los ojos en blanco mientras levantaba la cabeza y encontré su mirada a través del espejo del tocador. Su cara empolvada se estiró en una sonrisa burlona, como si ya supiera de antemano cuál sería mi reacción.
—¡Ya sé, ya sé! Es nuestro jefe y no se mete con las chicas que trabajan aquí —dijo resignada, fingiendo una mueca—. Pero míralo.
Se mordió el labio inferior, los ojos castaños brillando.
—Míralo ahí afuera —gimió Trixie.
Se inclinó sobre la mesa, aplastando la nariz contra el espejo unidireccional que daba a la zona principal del club como una mascota desesperada.
Afuera, las luces de The Sun Amber Lounge cortaban la espesa neblina de humo de puro.
Parado junto a la entrada VIP estaba Jax Carter.
Un metro ochenta y ocho de músculo puro, con un corte al rape recién hecho, ojos azules intensos y tatuajes pesados que le trepaban por el cuello.
Llevaba una camiseta negra ajustada y murmuraba algo en su auricular. El pecho se me apretó con un dolor familiar y pesado, recordándome que Trixie no era la única que tenía esos pensamientos.
También estaban en mi cabeza, lo cual era un problema porque Jax era zona prohibida.
Éramos como hermanos a estas alturas.
Si cruzaba esa línea, perdería a una de las pocas personas que aún tenía de mi lado después de que la vida me destrozara hace diez años.
—Deja de comerte con los ojos a nuestro jefe y fíjate si ya nos toca salir a bailar.
—¡Bueno! —rezongó, pero no se movió.
Exhalé profundo, sacudiéndome esos pensamientos. El teléfono vibró de repente en mi palma, un pitido fuerte que cortó el suspiro exasperado de Trixie.
El mensaje apareció en pantalla.
*“Elena, la academia acaba de llamar. Adelantaron el plazo de inscripción avanzada a este viernes. Necesitamos los seis mil dólares en efectivo para mañana por la mañana o Theo y Elliot pierden sus cupos. Lo siento, mi amor.”*
Tía Agnes. Se me cerró la garganta por completo. ¡Mierda! Seis mil dólares.
Lo que ganara bailando esta noche no iba a alcanzar.
No venían VIPs. Y mi trabajo de día era una broma.
La pesada puerta del camerino hizo clic y se abrió de golpe. Jax entró, sus ojos azules encontrando los míos de inmediato. La energía relajada del cuarto murió al instante y una tormenta me revolvió el pecho.
La cara me ardió bajo su mirada intensa.
—Trixie. Afuera —dijo Jax, con la misma calma de siempre.
Hasta su voz era para detenerse un momento.
Trixie, colorada, agarró su bolsa de maquillaje y casi salió corriendo, cerrando la puerta detrás de ella.
Me crucé de brazos y me recosté contra el tocador. —Estás rompiendo tus propias reglas, jefe. Prohibido el paso a hombres en los camerinos. ¿Viniste a revisar mi maquillaje o qué?
—Para. —No estaba sonriendo. Eso solo pasaba cada dos días hábiles, gracias al ejército—. Acaba de llegar un trabajo urgente por la línea privada. Un cliente de alto nivel reservó una suite VIP en el Vanderbilt International Hotel. Paga cinco mil dólares en efectivo por una sesión de una hora.
Parpadeé, el corazón dándome un vuelco repentino. Espera— ¿Solo baile? ¿Sin rollos?
—Solo baile. Sin sexo. —La mandíbula de Jax se tensó tanto que un músculo le pulsó en la mejilla—. El cliente mandó un código biométrico en lugar de nombre. Quiere a la bailarina enmascarada mejor valorada del club. Pero no me gusta.
Me puse de pie. Dios, este corsé me estaba matando. Los ojos me brillaron. La solicitud había llegado directamente a mí. No a Ruby, ni a Trixie, ni a ninguna de las otras chicas.
—Por cinco de los grandes, claro que sí. Con eso pago la matrícula de los gemelos para mañana por la mañana.
—Es demasiado repentino —dijo Jax, metiéndose de lleno en mi espacio. Me miró desde arriba con esa misma mirada oscura y protectora de siempre—. ¿Estás segura de esto?
—¿Qué?
—Nunca aceptas clientes privados en hoteles. Solo bailas en el escenario principal donde mis guardias pueden verte. ¿Estás segura?
—No tengo opción —dije, endureciendo la voz—. El colegio cambió la fecha. Si no consigo el dinero, mis hijos no entran. Tengo que hacerlo.
Jax exhaló con fuerza, pasándose la mano por el corte al rape. —Puedo prestarte el dinero. Sabes que sí.
—No —corté, el orgullo encendiéndoseme de golpe—. Ya haces demasiado. Le ayudas a June con el apartamento, mantienes este lugar seguro. No voy a recibir limosnas para mis hijos. Me gano su camino. Siempre.
—Está bien —murmuró Jax, mirando hacia otro lado como con ganas de romper una pared—. Hay una limusina privada esperándote en el callejón trasero ahora mismo. La seguridad del Vanderbilt ya verificó tu nombre bajo tu alias escénico. Las instrucciones dicen que tienes que complacer al cliente. Lap dance, lo que quiera, pero mantén la ropa puesta y no dejes que te toque la piel.
Me puse el abrigo sobre el corsé verde esmeralda, ocultando el encaje y mis curvas. —La gente rica es tan rara. ¿Quién se gasta cinco mil dólares solo para ver bailar a una chica con máscara?
—Un tipo con demasiado dinero y cero moral —dijo Jax, abriéndome la puerta—. El chofer te llevará directo al elevador privado. Estaré rastreando tu teléfono todo el tiempo. Si algo se siente raro, gritas, y yo desmonto ese hotel.
—Voy a estar bien —dije, pasando a su lado. Pero por dentro, el estómago se me revolvía.
—Te acompaño —escuché decir a Jax, lo que me hizo detenerme—. ¿Te llevo hasta allá?
Levanté una ceja, riéndome. —¿Y también le hago el lap dance al cliente? O sea… —dejé caer la mirada—. Tienes el trasero para el puesto.
—Vete a la m****a.
—Yo puedo con esto, no te preocupes. Es solo un baile y sé defenderme. Lo que tú me enseñaste. —Alcé dos puños flojos y lancé dos golpes igual de flojos—. ¡Bam bam!
—Anda ya —dijo resignado, aguantándose la risa—. Teléfono encendido.
—Sí, señor. Saludo militar.
Al salir al frío del callejón, una oleada conocida de rabia me invadió, y se podía resumir en una sola frase.
Ojalá te pudras en el infierno, Christian.
***
El Vanderbilt International Hotel era un edificio enorme y silencioso que solo recibía a las personas más ricas del mundo.
Era famoso por su privacidad. El personal no hacía preguntas y los pasillos estaban vacíos.
Dos guardias de seguridad corpulentos en traje me recibieron en la entrada trasera.
Revisaron mi bolsa, pasaron un detector de metales sobre mi abrigo y escanearon mi identificación del club. No dijeron una sola palabra. Solo señalaron hacia las puertas doradas del elevador.
Subí en el elevador hasta los pisos superiores, las palmas sudándome dentro de los bolsillos.
Cuando las puertas se abrieron, el pasillo estaba en silencio, enmoquetado con alfombras gruesas que amortiguaban el sonido de mis tacones de doce centímetros.
Me detuve frente a la puerta de la suite principal, me quité el abrigo y lo dejé en una silla pequeña en el pasillo.
Metí la mano en la bolsa, saqué mi máscara de mascarada de encaje negro y la até firmemente detrás de la cabeza, cubriéndome todo excepto los ojos y la boca.
Respiré hondo, me acomodé el frente del corsé y empujé la puerta con una enorme sonrisa pegada en la cara, solo para encontrarme con una suite completamente oscura.
La única iluminación venía de una pequeña lámpara en el rincón y del suave resplandor azul de la pantalla de un portátil sobre un escritorio cercano.
Una música R&B lenta y baja sonaba desde el techo, creando ambiente, aunque sin lograr neutralizar lo extraño de todo aquello.
No podía ver gran cosa, pero no hice preguntas.
Algunos de estos clientes de alta sociedad preferían la oscuridad porque les daba vergüenza que los vieran en un lugar así.
Este probablemente estaba casado pero quería verme bailar y hacerse una paja en la oscuridad. Repito: no hago preguntas. Mis hijos necesitaban ese dinero.
Entornando los ojos en la penumbra, un hombre estaba tumbado sobre la enorme cama doble en el centro de la habitación, sin camisa, hombros anchos, completamente inmóvil.
Cerré la puerta suavemente detrás de mí y eché el pestillo. Necesitaba terminar con esto cuanto antes.
Caminé lentamente hacia la cama, dejando que las caderas se balancearan al ritmo de la música. Activé mi voz escénica: suave, ronca y completamente fingida.
—Vaya, pero qué callado eres —murmuré, acercándome al borde del colchón—. Me dijeron que querías un show privado. ¿Te vas a quedar ahí tirado o me vas a mirar?
Silencio.
Fruncí el ceño levemente detrás de la máscara. Podría ser de los que les gusta el juego de roles y quería que yo tomara la iniciativa.
Me subí al borde de la cama, las rodillas hundiéndose en el colchón suave. Me incliné sobre él; el aroma de su colonia, whisky caro, me llegó a la nariz.
El corazón empezó a latirme un poco más rápido. Tenía un cuerpo imponente: piernas largas, cintura estrecha y un pecho que parecía esculpido en mármol.
Extendí la mano, deslizando los dedos suavemente por su hombro desnudo, con un toque ligero. Me incliné más cerca de su oído, mi aliento rozándole la mandíbula.
—A ver con qué contamos —susurré, deslizando la mano hacia su pecho para incorporarlo.
De repente, el hombre se incorporó somnoliento.
Antes de que pudiera registrar el movimiento, su mano enorme salió disparada y me agarró del hombro con una fuerza aterradora. Me empujó violentamente hacia atrás.
Salí volando de la cama, los tacones enganchándose en la alfombra, y golpeé la pared con un golpe seco.
—¿Quién coño eres tú? —ladró una voz ronca y furiosa desde la oscuridad.
El miedo me recorrió las venas de golpe. No estaba borracho; sonaba peligroso.
Me arrastré por la pared, los dedos buscando frenéticamente el interruptor de la luz. Lo encontré y lo subí de un golpe.
Una luz blanca y cegadora inundó la suite al instante.
Parpadeé contra el resplandor, con el aliento atascado en el pecho. Miré hacia la cama, lista para gritarle a Jax, lista para salir corriendo por la puerta, cuando mi mirada volvió al hombre en el borde de la cama, que sacudía la cabeza como intentando disipar una niebla espesa.
Tenía el cabello oscuro, una mandíbula afilada y rígida, y cuando por fin me miró, sus ojos eran de un avellana penetrante y familiar.
El corazón se me paró en seco.
El aire me abandonó los pulmones.
Christian.
El hombre sentado en la cama, sin camisa y respirando con dificultad, era Christian Archer De Montclair.
El padre de mis hijos. Mi puto enemigo.
Durante diez años había imaginado este momento, pero ninguna de esas escenas me tenía a mí semidesnuda en una habitación de hotel, bailándole a él.
Vaya suerte la mía.
ELENANo toco.No empujo la puerta más. Me quedo en el pasillo con el hombro casi rozando el marco y fuerzo mi respiración a algo que no me delate, porque la alternativa —entrar, exigir saber por qué quiere una reunión con el tutor legal de los niños— pondría un reflector sobre una conexión que él no tiene razón alguna para hacer. Todavía no. No si tengo cuidado.Adentro, la voz de Shane llega por el altavoz, metálica pero clara.—¿Puedo preguntar por qué el interés particular en esos dos? Tenemos un grupo completo. Nunca antes había pedido reuniones con tutores.La respuesta de Christian es medida, el tono que usa para decisiones que ya están medio tomadas. —Hablé con ellos en la orientación. Son brillantes. Inusualmente, para su edad. Quiero un panorama más claro de sus circunstancias antes de decidir si el programa puede ofrecer algo adicional: mentoría, acceso extendido a laboratorio, ese tipo de apoyo. No me interesa escribir cheques al vacío.—Su tutor podría preferir mantener l
ELENAMe di la vuelta, y Christian estaba parado a un metro detrás de mí.Por un segundo, mi cerebro se negó a aceptar la imagen. Él no pertenecía a este corredor, a este club, en medio de una pista que había estado persiguiendo durante semanas.Luego la incredulidad se quemó, y la ira tomó su lugar tan rápido que me temblaron las manos.La atención de los guardias de seguridad saltó de mí a Christian. Se acercaron más. El aire se tensó.Christian no me miró a mí primero. Miró a los hombres entre nosotros.—Es mi esposa —dijo, la voz nivelada, segura—. Nos vamos.Los guardias vacilaron. Su seguridad no.—Puedo hablar por mí misma —espeté—. No necesito que respondas por mí.Me tomó la mano de todos modos. Su agarre era firme, no aplastante, y ya se movía hacia la salida.—Suéltame.—Vamos a hablar en algún lugar privado.—No tenemos nada de qué hablar. ¡Acabas de arruinar la única pista que he tenido en semanas!No discutió frente a ellos. Simplemente siguió caminando, y la alternativa
CHRISTIANLa oficina debería haber bastado para retener mi atención.No fue así.Pasé la primera hora de la mañana con la noche anterior todavía alojada bajo mis costillas: la mano de Elena durante la oración, el ridículo libro infantil, la forma en que me había volteado en la oscuridad y había acomodado mi brazo alrededor de su cintura como si el arreglo siempre hubiera sido el correcto.Nada de aquello tenía sentido estratégico. Aun así me había quedado dormido abrazándola. Aun así había despertado queriendo de nuevo ese peso ahí.La llamé porque quería saber dónde estaba. Y porque quería su voz.Sin respuesta.Lo intenté de nuevo. Nada.Me irrité. Ella era mi esposa en el papel. El matrimonio era un contrato. Había dejado abundantemente claro que sus movimientos no eran míos para supervisar. Llamar una tercera vez era irrazonable. Lo hice de todos modos.Silencio.Envié un mensaje. *¿Dónde estás?*El recibo de lectura no apareció.La preocupación empezó a reemplazar la irritación d
ELENA—Solo vine a tomar algo —mentí descaradamente.Mantuve la voz plana, aburrida, el tono de una mujer que había entrado buscando ruido y alcohol y nada más. Ni un matiz de más. Ni una pausa que delatara nada.El cantinero me sostuvo la mirada un segundo de más: cráneo rapado, tinta trepándole por el cuello como una enredadera oscura. Luego sirvió sin hacer ningún comentario. La sospecha no abandonó su rostro; solo se retiró al fondo, paciente, esperando su turno.Tomé el vaso y busqué un asiento desde donde pudiera ver la barra y el pasillo más oscuro que alimentaba la parte trasera del local. Una mesa pequeña, medio escondida tras una columna. Perfecta.Durante la hora siguiente bebí despacio y observé.Las chicas entraban y salían de la pista en un relevo constante, sonrisas pintadas, tacones que no se detenían. Hombres con chaquetas mejores que las del resto de la clientela se desprendían del salón principal en grupos de dos o de tres y desaparecían tras una entrada acordonada,












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