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MI SEÑOR
MI SEÑOR
Autor: Tatty G.H

PREFACIO

Autor: Tatty G.H
last update Data de publicação: 2022-11-27 01:28:24

—¡Basta! ¡Solo esta vez deténgase! —le rogó ella entre llantos, aferrada a su pierna mientras su bata roja resbalaba de sus delgados hombros. La había visto.

Un sonoro golpe de metal contra mi puerta me hizo apretar los ojos, a la vez que mis propios sollozos aterrados me ensordecían los oídos. Quería que parará, solo esa vez. Solo una última vez.

—¡Déjela en paz! —volvió a suplicarle ella, su voz se oía ronca a causa de lo mucho que ya había gritado esa noche—. ¡Por favor, solo una vez más! ¡Solo esta vez...!

—¡Suéltame ya, zorra! —le gritó él con una estruendosa voz grave—. ¡Me tienes harto!

Posteriormente, escuché el seco impactó de la barra de metal contra algo blando, seguido de un desgarrador grito agonizante.

—¡Isabel!

Me giré rápidamente y con las dos manos me aferré a la perilla de la puerta, comencé a abrirla...

—¡No! —exclamó ella—. ¡Quédate dentro, Dulce! ¡No salgas!

A través de la pequeña rendija que había logrado abrir, la pude ver tendida en el suelo, a los pies de nuestro dueño. Su delgado cuerpo estaba llenó de marcas y golpes, y de su frente manaba un lento hilillo de sangre. Exhalé de dolor.

—¡Sal ya, pequeña basura! —me exigió nuestro dueño e intentó abrir la puerta.

Rápidamente coloqué mis pies descalzos contra la puerta y apoyé todo mi peso contra ella; no iba a dejarlo entrar, no podía.

—¡Abre la m*****a puerta o te arrepentirás, basura! —me gritó con la enorme cara roja contra la rendija de la puerta, sujetando la barra metálica con una gran mano.

No obstante, todo el miedo que hasta momentos antes sentía, ya no estaba. Ya no había nada en mí, más que aturdimiento y vacío. A sus pies, mi hermana, mi única familia y amiga me miró con desesperación antes de apoyar su cabeza en el suelo de madera y cerrar los ojos.

Lagrimas cálidas rodaron por mis frías mejillas. Y sentí el momento exacto en que mi alma se hizo nada, igual que la suya.

—¡Abre la jodida...!

—¿Isabel? —musité su nombre con un hilillo de voz.

No se levantó, solo un lago de sangre comenzó a formarse a su alrededor. Me dolió el pecho más de lo que me había dolido nunca.

—¡No, no, no! ¡Isabel! —grité abriendo la puerta y lazándome hacia ella a gatas.

Pero antes de poder llegar a su lado, él me alcanzó y me sujetó del cabello. Apenas sentí dolor, y le arañé las manos tratando de liberarme, mirando a mi amiga en el suelo.

—¡Isabel!

A base de tirones de cabello, él me hizo ponerme de pie.

—Vaya, la otra zorra está muerta.

Yo sentí que también estaba muriendo.

—Pero no fue culpa mía, le dije que me soltará y no quiso. Ella se lo buscó.

Sollocé e intenté que me soltará; quería verla, quería estar con ella. Pero con sus dedos sujetándome el cabello desde la raíz, nuestro dueño me alejó de Isabel y me arrastró escaleras abajo.

En medio de la gran sala, me arrojó y luego, riéndose, me señaló con su barra de metal.

—¿Acaso tú y la otra zorra creían que te ignoraría toda la vida? —dijo burlonamente—. ¿No te compré para verte crecer y no disfrutar de ti? Ella ya no era suficiente para mí, debió saberlo antes de acabar muerta.

En el frío piso, me abracé a mí misma y me hice un ovillo. Llorando, deseé morir. Ella había luchado contra él por años para que no me tocará, y por un tiempo había funcionado. Ella se había ofrecido por mí, y al final de nada había servido.

Deseé que no me hubiese dejado sola con él. Deseé morir igual que ella.

Sin embargo, no moriría, de hecho, él no me lastimaría. No tendría la oportunidad de acabar conmigo.

Más tarde, descubriría que había una larga vida para mí gracias a un hombre que me miraría y me sonreiria, a pesar de verme rota. Y gracias a él, conocería la libertad, pero sería momentánea, tambien gracias a él.

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Último capítulo

  • MI SEÑOR   QUEDEMONOS JUNTOS

    Aun cuando ella se fue y cerró la puerta a sus espaldas, yo permanecí de pie en el interior, mirando a la nada, con la mente hecha un torbellino de pensamientos. Solo me moví cuando escuché a alguien más entrar y llamarme. —Caramel, ¿qué haces aquí? Me giré y vi a mi prometido a los ojos. Comencé a sentir esa rabia reprimida emerger. —¿Por qué lo hiciste? —le pregunté acercándome a él—. ¡¿Por qué le hiciste creer a Rafael que tú y yo estuvimos juntos en el extranjero! La expresión de Gustave cambio de golpe, y despacio cerró la puerta tras él. —Deberías bajar la voz, Dulce, alguien podría oírte. Quise reírme. —No me interesa quién escuche. ¡Solo quiero que me digas porqué lo hiciste! Rápidamente él colocó una mano en mi boca. Me miró con los labios apretados, indignado. —Todo mundo, nuestros amigos y personas importantes, ya suponían que tú y yo nos casaríamos. Pero sí tú, Madame Campbell, volvías a los brazos de ese mafioso, ¿Dónde quedaría yo? ¿Qué se diría de mí? Fruncí e

  • MI SEÑOR   NOTICIAS TUYAS

    Al día que siguió, desperté con multitudes de periódicos y revistas esperándome. Cayeron como lluvia sobre mí, y en todas ellas aparecíamos Gustave y yo en el restaurante, con el pequeño bulto que era mi bebé. En todas esas notas, mi nombre resaltaba en grandes letras, junto a la frase: Próximo matrimonio e hijo secreto. — “Tuvieron un hijo en el extranjero y lo mantuvieron en secreto” —recitó Kary para mí, colocando un puñado de periódicos en mi cama—. “La famosa Madame Campbell y el señor Gustave son padres de un bebé varón”. Hizo una pelota con el periódico y me lo arrojó a las piernas. —¿Sabe que ahora está obligada a casarse rápido con ese idiota? —inquirió enfadada. En ese momento, entró una mujer de servicio con mi bebé en sus brazos. A pesar de la situación, sonreí y estiré los brazos, acogiéndolo en mi pecho. De solo sentir su calor y respirar esa fragancia de bebé en su piel, me sentí mejor, mucho mejor. Él era todo para mí, absolutamente todo. —Quiero ponerle un nombr

  • MI SEÑOR   ATRACTIVAS IRREALIDADES

    Bajé los ojos hacia mi bebé, dormía plácidamente con los labios un poco abiertos. La mano de Rafael acarició mi mejilla, luego descendió por mi cuello y clavículas, hasta rozar de nuevo la cabeza de mi hijo. —Confiésalo, Dulce. Di que este niño es mío. Apreté ligeramente los labios, deseando no decir nada. Sin embargo, ¿quedaba otra salida? Resignada, alcé los ojos y los clavé en los de mi esposo. —¿Puedes... llevarnos a casa primero? Hace frio aquí. Rafael me miró un momento, y por fin notó que no traía más abrigo que ese delgado vestido de satín negro. Entonces asintió y apoyando una mano en mi espalda baja, me llevó hasta su importado auto alemán. Mientras me ayudaba a entrar y me ponía el cinturón de seguridad, le dijo a mi chofer: —Esperé a la señorita Karina y llévela a casa de Madame Campbell. No esperé al idiota de Gustave Martin. El chofer asintió, mirando cómo me iba con alguien que no era mi prometido. Durante el viaje, yo no dije nada, y Rafael tampoco, solo n

  • MI SEÑOR   AMANTES SINCEROS

    La mano de Gustave raptó a mi cintura, mientras los ojos de mi marido se posaban en mi mirada. Pareció sorprendido al verme de repente, pero inmediatamente se mostró molesto e intrigado. ¿Estaba pensando en mis palabras de esa noche? ¿Se estaba preguntando cual era aquel secreto que ambos compartíamos? Yo aparté la vista de él en cuanto Isabela se abrazó su costado. —Señor Martin, parece que tenemos planes similares para esta noche —dijo con ánimo, aunque observándome a mí. Mi prometido asintió, devolviéndole una cordial sonrisa. —Así es, señorita Bianchi. A propósito, que magnifico auto tiene, señor Riva —dijo, mirando a mi esposo con supuesta admiración. Él asintió, aun mirándome, preguntándome en silencio acerca de aquella noche. —Gracias, es parte de la nueva colección de Mercedes. Lo adquirí en una subasta en Berlín hace algunos meses. Sin poder contenerme, mi atención volvió a él. ¿Mi esposo había estado en Berlín, igual que yo? Sin saberlo, habíamos estado en la misma su

  • MI SEÑOR   PELIGROSOS EFECTOS

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  • MI SEÑOR   PEQUEÑA MENTIRA

    ¿Lo adivinaría? ¿Desentrañaría mis ebrias palabras y llegaría a mi mansión exigiendo ver a su hijo? Nerviosa como nunca, mecí a mi bebé sobre mis piernas. Lo miré abrir sus rosados labios y bostezar, mirando con sus grises ojos todos los colores y texturas de la habitación; todo era nuevo para él, un descubrimiento a cada minuto. —Las empleadas comienzan a cuchichear sobre el origen del bebé —comentó a mis espaldas, erizándome la piel—. Han creado rumores, preguntándose de quién es el hijo oculto de Madame Campbell. Mantuve los ojos en mi hijo, incluso cuando Gustave se acercó y posó una mano en mi hombro. Sabía que debería sentirme horrible, culpable por haberle sido infiel la misma noche de habernos comprometido. Pero esa era exactamente mi vergüenza: no sentirme culpable. —Y por supuesto, las críticas, les gusta hablar sobre la clase de mujer que debes ser, como para haber dado a luz a un hijo, siendo una dama de alta clase soltera. Contuve el aliento, observando los ojos de

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