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UN SECRETO

Autor: Nelpin
last update Fecha de publicación: 2026-04-24 04:19:38

**DAMIAN**

Era una imagen de mi madre, joven y sonriente, junto a un hombre que Elena reconoció de inmediato.

—Ese es mi padre… —susurró ella, mirando la foto con incredulidad—. ¿Por qué tiene esto?

—Esa es la razón por la que odio a tu padre, Elena —le arrebaté la foto de las manos, sintiendo cómo la vieja furia volvía a quemarme las venas—. Él no solo robó dinero. Robó la vida de la mujer que aparece ahí.

La expresión de Elena cambió drásticamente. El desafío que antes brillaba en sus ojos se desvaneció, reemplazado por una duda profunda que comenzó a carcomer los cimientos de su seguridad.

¡Pobre ilusa! Sus labios, antes firmes, ahora temblaban ligeramente, reflejando la incertidumbre que se apoderaba de su mente. Sus manos, que habían estado cruzadas con confianza, ahora se movían inquietas, buscando un anclaje en la realidad que parecía desmoronarse a su alrededor.

—¿Qué quiere decir? Habla de asesinar… Imposible, mi padre jamás haría ese tipo de daño.

—Porque los cobardes suelen olvidar a sus víctimas. Pero yo no olvido. Y ahora, tú vas a pagar por cada uno de sus pecados.

Me di la vuelta con una calma estudiada y caminé hacia mi despacho, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. La dejé allí, sola con sus preguntas, con el peso de una verdad que apenas empezaba a vislumbrar, como un rompecabezas al que le faltan piezas cruciales. Esa sonrisa que había guardado para este momento por fin floreció.

Que se atormente adivinando, pensé. Qué satisfacción tan refrescante la que siento, como si el aire mismo se hubiera vuelto más ligero a mi alrededor.

**ELENA**

Me quedé de pie en medio del salón, con el eco de las palabras de Damián vibrando en las paredes. La fotografía que él me había arrebatado seguía quemando en mi memoria. Mi padre, siempre tan pulcro y sonriente, junto a una mujer cuya mirada desbordaba una tristeza que yo no lograba comprender. ¿Qué diablos hiciste, papá? ¿A quién destruiste para construir este imperio de naipes?

Subí a la habitación con las piernas pesadas. Necesitaba respuestas, pero mi padre no respondía a mis llamadas. Estaba solo en esa casa vacía, probablemente bebiendo para olvidar que había entregado a su única hija a un lobo. Me senté en el borde de la cama, rodeada de lujos que se sentían como insultos.

La puerta se abrió dos horas después. No necesité girarme para saber que era él; su presencia alteraba la presión atmosférica de cualquier estancia.

—El coche llegará en sesenta minutos —anunció Damián. Su voz era plana, desprovista de la furia de hace un momento—. El vestido que elegí para ti está sobre el diván. No quiero retrasos.

Me levanté y caminé hacia él, deteniéndome a una distancia prudencial.

—¿Quién era ella? —pregunté, ignorando sus órdenes—. La mujer de la foto. ¿Qué hizo mi padre?

Damián tensó la mandíbula. Sus ojos se volvieron dos pozos de obsidiana en los que era imposible leer nada que no fuera un desprecio absoluto.

—No pronuncies una palabra sobre ella, Elena. No tienes ese derecho. Tú no eres nadie.

—Si voy a ser el cordero en este sacrificio, al menos dime por qué me odias tanto —mi voz flaqueó, pero mantuve la barbilla en alto—. ¿Realmente crees que yo sabía algo de esto?

Él dio un paso hacia delante, invadiendo mi espacio con una velocidad que me cortó el aliento. Sus dedos atraparon un mechón de mi pelo, enredándolo con una suavidad que resultaba más aterradora que un golpe.

—La ignorancia no te hace inocente, solo te hace útil —murmuró, su aliento rozando mi frente—. Ahora, vístete. No me obligues a hacerlo yo mismo.

—No se atrevería.

Damián soltó una carcajada baja y peligrosa que me erizó el vello de los brazos.

—He comprado cada centímetro de este cuerpo, Elena. No me retes a demostrarte lo poco que me importa tu pudor.

Me soltó y salió de la habitación, dejándome con el corazón martilleando contra mis costillas. Me acerqué al diván y descubrí el vestido. Era una pieza de alta costura en seda negra, con la espalda completamente descubierta y un corte que prometía ceñirse a mi figura como una segunda piel.

El espejo me devolvía la imagen de una mujer que no reconocía. El vestido negro caía hasta el suelo, fluyendo con cada uno de mis movimientos. Sin embargo, había un problema: el cierre invisible en la parte posterior se había atascado a mitad de camino, justo debajo de mis omóplatos.

Forcejeé con la pequeña pieza metálica; mis brazos empezaban a doler por la posición incómoda.

—Maldita sea… —susurré, sintiendo una mezcla de frustración y nerviosismo. He engordado un poco o este maldito hombre compró una talla más pequeña.

Un golpe seco en la puerta me hizo saltar.

—El tiempo se acaba, Elena.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió. Damián entró, ya vestido con un esmoquin que lo hacía parecer el soberano de un mundo oscuro y sofisticado. Se detuvo al verme luchar con el vestido.

—Déjame hacerlo —ordenó, acercándose con paso decidido.

—Puedo sola, solo necesito un momento —mentí, tratando de cubrir mi espalda con las manos.

—Date la vuelta.

Su tono no admitía réplicas. Me giré lentamente, sintiendo el aire frío de la habitación sobre mi piel desnuda. Escuché sus pasos acercarse hasta que sentí el calor de su cuerpo justo detrás de mí. Sus manos, grandes y seguras, apartaron mi cabello hacia un lado. Sus dedos rozaron la piel de mi nuca, provocando que un escalofrío eléctrico me recorriera la columna hasta la punta de los pies.

“No reacciones. No dejes que note lo que provoca en ti”.

—Tiemblas —observó él. Sus dedos descendieron por mi columna con una lentitud tortuosa, siguiendo la línea del cierre atascado—. ¿Es miedo o es otra cosa?

—Es la temperatura de esta casa, que es tan gélida como su dueño —respondí, aunque mi voz me traicionó al sonar apenas en un susurro.

Sentí el roce del metal contra mi piel mientras él manipulaba el cierre. Damián no tenía prisa. Sus dedos rozaban los bordes de la seda y la calidez de su palma se presionaba momentáneamente contra mi espalda. Era una caricia prohibida, una posesión silenciosa que me dejaba sin defensas.

—Tu piel dice algo muy distinto, Elena —su voz bajó a un tono casi imperceptible, vibrando cerca de mi oído—. Tu pulso está desbocado. ¿Verdad?

—Usted disfruta esto, ¿verdad? —me atreví a preguntar, cerrando los ojos mientras sentía cómo el vestido terminaba de ajustarse a mi cuerpo—. Humillarme de todas las formas posibles.

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Último capítulo

  • MIA POR DEUDA   EPILOGO

    **DAMIAN**“He pasado la mitad de mi existencia auditando el peso exacto de los contenedores de acero y calculando los dividendos de la naviera central, pero ver cómo mi imperio de hierro ha quedado completamente desarmado bajo los pies descalzos de tres niños es el único balance perfecto que mis números jamás podrán registrar”.El atardecer de la costa caía sobre la terraza principal de la villa, tiñendo el horizonte marino de un tono cobrizo, denso. Permanecí de pie junto a la balaustrada de piedra, vistiendo un pantalón oscuro flojo y una camisa de lino gris perla con las mangas recogidas hasta los codos, libre de la rigidez formal de mis viejos sastres de la City, pero manteniendo esa fijeza café inquebrantable fija en el jardín inferior. El aroma dulce del jazmín ascendía desde los parterres nuevos, borrando cualquier vestigio del salitre y la brea de la aduana vieja.Cinco años habían transcurrido desde la madrugada en que las gemelas forzaron las costuras de la clínica privada.

  • MIA POR DEUDA   PERDERLAS, JAMAS

    **DAMIAN**Cediendo sutilmente a su berrinche, la cargué en vilo con una fijeza rotunda que protegió su anatomía del menor esfuerzo. La trasladé con zancadas lentas hacia el diván de la veranda cerrada, donde la luz templada de la tarde costera comenzaba a teñir los cristales de un tono cobrizo. Nos sumergimos en un encuentro íntimo, pausado y protector; un juego de caricias lentas y demandantes donde mis manos calientes delinearon la curvatura de su vientre, sintiendo el movimiento sutil de las gemelas bajo mis palmas.“Puedes gobernar mi orgullo con un solo parpadeo de tus ojos verdes, Elena, pero en este santuario de cristal sigues respondiendo exclusivamente a mi frecuencia”.Nos complementábamos de una forma implacable: mi fuerza corporativa ponía las rejas de oro para blindar su salud de las hienas del exterior, y su entrega amorosa era el único dividendo capaz de pacificar mis celos territoriales. Rocco se mantuvo en el sendero inferior, vigilando que el radio residencial perma

  • MIA POR DEUDA   ABURRIDA

    **ELENA**Se me arrugó el rostro de inmediato ante su brutalidad protectora y le hice un puchero de frustración contenida, con una audacia indomable que intentaba restarle drama a su pánico corporativo.—No soy una prisionera de tus muelles, Damián —le respondí en un susurro denso, espeso, tirando de su mano para obligarlo a doblar las rodillas frente a la camilla—. Son tus hijas las que se están abriendo espacio; no puedes ponerle un bloqueo naval a mi cuerpo.El regreso a la villa costera se ejecutó bajo una atmósfera cargada de alta tensión. Rocco nos esperaba en el porche inferior, apagando los intercomunicadores y ordenando a la nodriza que retirara a Leo hacia los jardines del ala este para evitarnos cualquier impacto que alterara mis sienes.Damián me cargó en vilo por el pasillo de madera noble, ignorando mis jadeos suaves y mis quejas informales hasta depositarme sobre el colchón de plumas de la suite alta. Se despojó de su chaleco oscuro con una parsimonia violenta, dejándom

  • MIA POR DEUDA   ¿GEMELAS?

    **DAMIAN**Mis zancadas felinas devoraron la distancia formal entre nosotros en un fragmento de segundo, bloqueando su silueta contra la mesa de juntas privada antes de que pudiera pronunciar una sola cláusula de papel. Mi aroma denso a sándalo la colonizó de golpe, obligándola a reclinar la cabeza para sostener la línea de mi mandíbula de piedra.—Estás revisando contratos de seguridad a las diez de la noche, esposo —me murmuró entre jadeos suaves, plantando sus manos calientes en mi pecho desnudo con una audacia indomable—. Tus celos territoriales te van a secar las sienes si no dejas descansar los balances de la naviera.—Estoy revisando el imperio que levanté para ti —le siseé entre dientes, y mis falanges masivas la atraparon por la nuca con una presión exacta, milimétrica, que anuló cualquier amago de distancia—. Te advertí que lo dominante no se me quita con los años, y ver este sastre blanco en mi oficina me despierta una urgencia sádica que ningún contrato puede regular.Se l

  • MIA POR DEUDA   SU RETRATO

    **ELENA**Escuché las zancadas felinas de Damián antes de que su silueta inmensa bloqueara la luz que entraba por el lateral del porche. Mi esposo apareció despojándose del chaleco oscuro, con la camisa de lino gris perla desabrochada hasta la mitad del pecho y su aroma denso a sándalo borrando de golpe el perfume de las flores. Se detuvo junto a mi mecedora, clavando su fijeza café en los movimientos del niño con una rigidez de CEO dominante que me provocó una sonrisa sutil de complacencia sádica.—Ese niño está doblando las rodillas sin ninguna fijeza formal, Elena —siseé entre dientes, y su tono profundo bajó a ese registro espeso y denso que usaba para auditar los muelles—. Si no aprende a plantar los talones con firmeza, los capataces del norte no le van a respetar el carácter cuando tenga que heredar las líneas navieras.—Tiene apenas un año y medio, cariño —le respondí con una audacia indomable, girando la cabeza para obligarlo a sostener el peso de mi mirada—. No puedes aplica

  • MIA POR DEUDA   UNA SERENIDAD

    **DAMIAN**“Controlar el tráfico de mercancías en el muelle central requiere un pulso firme, pero obligar a mi mente a asimilar que el jazmín de su piel casi se apaga en mis manos es un balance que me mantiene el sistema en un parpadeo constante de alerta”.El regreso al ala norte de la villa costera se ejecutó bajo mis órdenes más estrictas de cuarentena residencial. Permanecí de pie junto al umbral de la suite principal, con las manos hundidas en los bolsillos de mi pantalón oscuro y la camisa de lino gris perla desabrochada, vigilando el laberinto de seda de nuestra cama con una fijeza café que no se había relajado desde la madrugada de la clínica. Mis zancadas felinas eran cortas, pesadas, condicionadas por el eco del terror que todavía me vibraba en las sienes.Rocco avanzó por el pasillo de madera noble con su parsimonia de siempre, deteniéndose a la distancia formal justa. No traía carpetas comerciales ni los habituales pliegos de la City; su rigidez reglamentaria estaba volcad

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