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UN VIEJO AMOR

Autor: Nelpin
last update Fecha de publicación: 2026-04-24 04:39:12

**ELENA**

Damián terminó de subir el cierre y, en lugar de apartarse, apoyó sus manos en mis hombros, obligándome a mirar nuestro reflejo en el espejo. Éramos la imagen perfecta del poder y la sumisión.

—Esto no es humillación, querida. Esto es educación. Te estoy enseñando cuál es tu lugar en mi mundo. Debes ser mi perra más obediente.

Él tomó un collar de diamantes de la mesa de noche. Una pieza pesada y brillante que parecía una cadena para perro de lujo. Se colocó frente a mí y lo rodeó en mi cuello, cerrando el broche con un clic definitivo.

—Ahora —dijo, mirándome a los ojos a través del espejo—, salgamos a demostrarle a esos buitres que eres la propiedad más valiosa de Damián Cavalli. Que te compre a buen precio.

Ese maldito me quería exhibir; yo, Elena, el orgullo andante, ahora era la compra más grande de él.

La gala benéfica se celebraba en el Museo de Arte Contemporáneo, un edificio de líneas agresivas y luces blancas que encajaba perfectamente con el ánimo de la noche. Al bajar del coche, el estallido de los flashes me cegó por un instante. Instintivamente, busqué refugio, y Damián aprovechó para pasar su brazo por mi cintura, pegándome a su costado con una fuerza que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba.

—Sonríe —me ordenó al oído mientras avanzábamos por la alfombra roja—. Mañana quiero que todos los periódicos hablen de lo enamorado que parece tu nuevo esposo.

—Espero que el público sea mejor actor que usted —le devolví el dardo, manteniendo una sonrisa impecable frente a las cámaras.

Al entrar en el gran salón, el murmullo de las conversaciones cesó de golpe. Cientos de ojos se clavaron en nosotros. Allí estaban los socios de mi padre, los hombres que me habían visto crecer y que ahora me miraban con una mezcla de lástima y curiosidad morbosa.

—¡Damián! Qué sorpresa verte por aquí tan bien acompañado —un hombre mayor, de cabello canoso y sonrisa falsa, se acercó a nosotros. Era el señor Thorne, el principal rival de mi padre.

—Thorne —Damián asintió con una cortesía cortante—. Supongo que conoces a mi esposa, Elena.

Thorne tomó mi mano y la besó, su mirada recorriéndome de una forma que me hizo sentir sucia.

—Por supuesto. La pequeña Elena. Quién iba a decir que terminarías en manos de un hombre tan… ambicioso. Tu padre debe estar muy tranquilo sabiendo que su deuda está en familia.

Sentí cómo la mano de Damián en mi cintura se apretaba hasta casi hacerme daño.

—Mi suegro sabe exactamente dónde está su hija. No te preocupes por su tranquilidad. Preocúpate por la tuya cuando mi auditoría llegue a tus oficinas —la voz de Damián era puro hielo.

Thorne palideció y, tras una excusa barata, se alejó. Yo me solté del agarre de Damián en cuanto estuvimos solos en un rincón.

—¿Auditoría? ¿Qué le vas a hacer a él? —pregunté, sintiendo que me hundía en un pantano de intrigas que no comprendía.

—Lo que se le hace a cualquiera que intente tocar lo que es mío.

Antes de que pudiera replicar, una voz femenina, aguda y cargada de veneno, nos interrumpió desde atrás.

—¿Damián? No me digas que este es el famoso juguete nuevo del que todos hablan.

Me giré para encontrarme con una mujer espectacular, vestida de rojo, cuya mirada hacia Damián desbordaba una familiaridad que me provocó un pinchazo inesperado en el pecho.

—Isabella —Damián no se movió, pero su expresión se volvió aún más ilegible—. No sabía que habías regresado de Londres.

—Vine en cuanto me enteré de tu “negocio” matrimonial —ella se acercó a él, ignorándome por completo, y puso una mano sobre su solapa—. Debes estar muy desesperado por venganza si has llegado al extremo de casarte con la hija de ese hombre.

“Juguete nuevo. Negocio matrimonial”.

Isabella finalmente me miró, con una sonrisa de suficiencia que me hizo querer desaparecer.

—Hola, querida. Disfruta de la mansión mientras dure. Damián suele aburrirse rápido de las cosas que compra por impulso.

Damián no dijo nada para defenderme. Se quedó allí, observando la escena con una frialdad que me confirmó lo que ya sabía: para él, yo no era más que una pieza en un tablero, y en este juego, las piezas son sacrificables. ¡Qué idiota soy!

—Si me disculpan —dije, sintiendo que las lágrimas empezaban a quemar mis ojos—, necesito aire.

Caminé hacia la terraza, ignorando la voz de Damián llamándome. Necesitaba salir de allí antes de que mi máscara de seda se rompiera frente a todos. Pero al llegar al barandal de la terraza, una mano fuerte me sujetó del brazo, impidiéndome seguir.

No era Damián. Era un hombre joven, de ojos claros y expresión angustiada que no había visto en años.

—¿Elena? —susurró él—. Dios mío, es verdad lo que dicen. Tienes que salir de aquí antes de que Cavalli termine con lo que queda de tu familia.

—¿Joel? —balbuceé, reconociendo a mi primer amor, el hombre que mi padre había alejado de mi vida hace tiempo.

—Vámonos ahora, Elena. Tengo un coche afuera. No dejes que él te destruya.

En ese momento, la sombra de Damián se proyectó sobre nosotros desde la puerta de la terraza. Su voz sonó como un trueno en medio de la noche.

—Suelta a mi esposa ahora mismo si valoras tu vida.

**DAMIAN**

Ver las manos de ese tipo sobre la piel de Elena provocó algo en mis entrañas que no tenía nada que ver con los negocios y mucho con un instinto primitivo que creía haber enterrado. Joel. Conocía el nombre y conocía el rostro. Un perro faldero del pasado de los Valli que no sabía cuándo retirarse de una mesa donde ya no tenía fichas. ¡Por un carajo!

Caminé hacia ellos con la calma de quien sabe que tiene el control total de la situación. La luz de la luna bañaba la terraza, acentuando la palidez de Elena y la expresión patética de valentía en el rostro del chico.

—Suéltala antes de que te rompa la mano con la que firmas tus préstamos, Joel. —Mi voz no se alzó, pero el tono fue suficiente para que él diera un paso atrás, aunque sus dedos todavía rozaran el brazo de ella.

—Ella no es un objeto, Cavalli. No puedes comprar a una persona —escupió Joel, intentando mantener la compostura.

—En este mundo, todo lo que tiene un precio puede comprarse —me detuve justo frente a ellos, ignorando al intruso para clavar mi mirada en Elena—. Y tu padre le puso a ella una etiqueta de diez millones de dólares. Una etiqueta que yo pagué en efectivo.

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Último capítulo

  • MIA POR DEUDA   EPILOGO

    **DAMIAN**“He pasado la mitad de mi existencia auditando el peso exacto de los contenedores de acero y calculando los dividendos de la naviera central, pero ver cómo mi imperio de hierro ha quedado completamente desarmado bajo los pies descalzos de tres niños es el único balance perfecto que mis números jamás podrán registrar”.El atardecer de la costa caía sobre la terraza principal de la villa, tiñendo el horizonte marino de un tono cobrizo, denso. Permanecí de pie junto a la balaustrada de piedra, vistiendo un pantalón oscuro flojo y una camisa de lino gris perla con las mangas recogidas hasta los codos, libre de la rigidez formal de mis viejos sastres de la City, pero manteniendo esa fijeza café inquebrantable fija en el jardín inferior. El aroma dulce del jazmín ascendía desde los parterres nuevos, borrando cualquier vestigio del salitre y la brea de la aduana vieja.Cinco años habían transcurrido desde la madrugada en que las gemelas forzaron las costuras de la clínica privada.

  • MIA POR DEUDA   PERDERLAS, JAMAS

    **DAMIAN**Cediendo sutilmente a su berrinche, la cargué en vilo con una fijeza rotunda que protegió su anatomía del menor esfuerzo. La trasladé con zancadas lentas hacia el diván de la veranda cerrada, donde la luz templada de la tarde costera comenzaba a teñir los cristales de un tono cobrizo. Nos sumergimos en un encuentro íntimo, pausado y protector; un juego de caricias lentas y demandantes donde mis manos calientes delinearon la curvatura de su vientre, sintiendo el movimiento sutil de las gemelas bajo mis palmas.“Puedes gobernar mi orgullo con un solo parpadeo de tus ojos verdes, Elena, pero en este santuario de cristal sigues respondiendo exclusivamente a mi frecuencia”.Nos complementábamos de una forma implacable: mi fuerza corporativa ponía las rejas de oro para blindar su salud de las hienas del exterior, y su entrega amorosa era el único dividendo capaz de pacificar mis celos territoriales. Rocco se mantuvo en el sendero inferior, vigilando que el radio residencial perma

  • MIA POR DEUDA   ABURRIDA

    **ELENA**Se me arrugó el rostro de inmediato ante su brutalidad protectora y le hice un puchero de frustración contenida, con una audacia indomable que intentaba restarle drama a su pánico corporativo.—No soy una prisionera de tus muelles, Damián —le respondí en un susurro denso, espeso, tirando de su mano para obligarlo a doblar las rodillas frente a la camilla—. Son tus hijas las que se están abriendo espacio; no puedes ponerle un bloqueo naval a mi cuerpo.El regreso a la villa costera se ejecutó bajo una atmósfera cargada de alta tensión. Rocco nos esperaba en el porche inferior, apagando los intercomunicadores y ordenando a la nodriza que retirara a Leo hacia los jardines del ala este para evitarnos cualquier impacto que alterara mis sienes.Damián me cargó en vilo por el pasillo de madera noble, ignorando mis jadeos suaves y mis quejas informales hasta depositarme sobre el colchón de plumas de la suite alta. Se despojó de su chaleco oscuro con una parsimonia violenta, dejándom

  • MIA POR DEUDA   ¿GEMELAS?

    **DAMIAN**Mis zancadas felinas devoraron la distancia formal entre nosotros en un fragmento de segundo, bloqueando su silueta contra la mesa de juntas privada antes de que pudiera pronunciar una sola cláusula de papel. Mi aroma denso a sándalo la colonizó de golpe, obligándola a reclinar la cabeza para sostener la línea de mi mandíbula de piedra.—Estás revisando contratos de seguridad a las diez de la noche, esposo —me murmuró entre jadeos suaves, plantando sus manos calientes en mi pecho desnudo con una audacia indomable—. Tus celos territoriales te van a secar las sienes si no dejas descansar los balances de la naviera.—Estoy revisando el imperio que levanté para ti —le siseé entre dientes, y mis falanges masivas la atraparon por la nuca con una presión exacta, milimétrica, que anuló cualquier amago de distancia—. Te advertí que lo dominante no se me quita con los años, y ver este sastre blanco en mi oficina me despierta una urgencia sádica que ningún contrato puede regular.Se l

  • MIA POR DEUDA   SU RETRATO

    **ELENA**Escuché las zancadas felinas de Damián antes de que su silueta inmensa bloqueara la luz que entraba por el lateral del porche. Mi esposo apareció despojándose del chaleco oscuro, con la camisa de lino gris perla desabrochada hasta la mitad del pecho y su aroma denso a sándalo borrando de golpe el perfume de las flores. Se detuvo junto a mi mecedora, clavando su fijeza café en los movimientos del niño con una rigidez de CEO dominante que me provocó una sonrisa sutil de complacencia sádica.—Ese niño está doblando las rodillas sin ninguna fijeza formal, Elena —siseé entre dientes, y su tono profundo bajó a ese registro espeso y denso que usaba para auditar los muelles—. Si no aprende a plantar los talones con firmeza, los capataces del norte no le van a respetar el carácter cuando tenga que heredar las líneas navieras.—Tiene apenas un año y medio, cariño —le respondí con una audacia indomable, girando la cabeza para obligarlo a sostener el peso de mi mirada—. No puedes aplica

  • MIA POR DEUDA   UNA SERENIDAD

    **DAMIAN**“Controlar el tráfico de mercancías en el muelle central requiere un pulso firme, pero obligar a mi mente a asimilar que el jazmín de su piel casi se apaga en mis manos es un balance que me mantiene el sistema en un parpadeo constante de alerta”.El regreso al ala norte de la villa costera se ejecutó bajo mis órdenes más estrictas de cuarentena residencial. Permanecí de pie junto al umbral de la suite principal, con las manos hundidas en los bolsillos de mi pantalón oscuro y la camisa de lino gris perla desabrochada, vigilando el laberinto de seda de nuestra cama con una fijeza café que no se había relajado desde la madrugada de la clínica. Mis zancadas felinas eran cortas, pesadas, condicionadas por el eco del terror que todavía me vibraba en las sienes.Rocco avanzó por el pasillo de madera noble con su parsimonia de siempre, deteniéndose a la distancia formal justa. No traía carpetas comerciales ni los habituales pliegos de la City; su rigidez reglamentaria estaba volcad

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