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FOLLADA HASTA EL ESTUPOR

Penulis: Mia
last update Tanggal publikasi: 2026-08-15 22:32:57

 

~Iris

Siguió adelante, despacio, con embestidas cada vez más profundas y castigadoras en mi garganta hasta que comenzaron a aparecer manchas negras en los bordes de mi visión.

No podía respirar. Mis pulmones quemaban, la saliva goteaba por mi barbilla en hilos gruesos y mis ojos derramaban lágrimas.

Él observó cada segundo, con la mandíbula apretada, gruñendo desde lo profundo de su pecho como si estuviera reclamando algo que siempre le había pertenecido.

Finalmente, se retiró con un chasquido húmedo. Ahogué un jadeo, tosiendo y tratando de tragar aire, solo para que él me sujetara de la delgada cadena de plata con la cruz que llevaba al cuello.

Se la enrolló una vez en el puño y me tiró hacia arriba con fuerza.

Tropecé hasta ponerme de pie, jadeando, con las piernas temblando.

Me giró rápidamente, presionando mis pechos contra las frías baldosas pegadas a la pared.

Mis pechos se aplastaron contra la superficie, con los pezones doliéndome por la fricción. Antes de que pudiera acomodarme bien, su palma resonó contra mi trasero, un golpe duro que escocía y cuyo sonido resonó en la silenciosa cocina.

Gemí fuerte, rota, sin ninguna vergüenza.

Me dio otra nalgada, más fuerte aún, y luego se inclinó sobre mí, pegando su pecho a mi espalda, con su aliento caliente contra mi oído.

—¿Cuántos años tienes? —gruñó.

—Solo... acabo de cumplir veintiuno —jadeé, con la voz destrozada.

Sonrió contra mi cuello, despacio, de forma perversa y diabólica.

—Entonces llámame Papi.

La palabra envió una sacudida directa a mi centro. Ni siquiera tuve tiempo de procesarla antes de que me abriera más las piernas a patadas, se alineara y me embestiera.

No en mi coño.

Sino en mi trasero.

Grité de forma aguda y desgarradora, mientras el dolor y el placer chocaban con tanta violencia que se me nubló la vista por un segundo.

Nadie me había tomado nunca por ahí, justo en medio de las nalgas. Ni siquiera lo había pensado jamás. Pero él no se detuvo, no fue entrando despacio.

Simplemente se hundió más profundo, estirándome de una forma imposible, llenándome hasta hacerme sentir que me iba a partir en dos.

Clavé las uñas en las baldosas, jadeando, mientras las lágrimas volvían a caer al sentir tanto el dolor como el placer. Pero no se detuvo. Siguió embistiendo con fuerza, de manera implacable, como si no le importara que mi trasero estuviera tan apretado o que no debiera ser capaz de recibirlo.

Y sin embargo... lo hice. Y anhelaba más. Aún no había recibido toda su polla en mi trasero; estaba segura de que me desmayaría si intentaba entrar por completo.

Cada embestida brutal me empujaba más sobre el mostrador, con mis pechos arrastrándose por la superficie fría y mis gemidos saliendo tan altos que ni siquiera pensé en si Alice podría escucharme.

Me agarró las caderas con tanta fuerza que supe que mañana me quedarían moretones, follándome como si intentara marcarse a fuego dentro de mí para siempre.

—Tómalo, nena —dijo con voz ronca por la lujuria—. Toma cada maldita pulgada para Papi.

Lo hice, no todo en realidad, pero sí la mayor parte.

Y me vine más fuerte que nunca, temblando, gritando su nombre, con mi cuerpo apretándose a su alrededor mientras él rugía y me inundaba muy dentro.

Me levantó como si no pesara nada; sus brazos, gruesos como troncos de árboles, se deslizaron bajo mis muslos y mi espalda para ponerme en el borde del mostrador, donde estaban los utensilios.

Mis piernas colgaban, desnudas y temblorosas, con el trasero todavía escociendo por las nalgadas de antes. Me quedé allí sentada, aturdida, con el pecho agitado, sin saber qué iba a hacer a continuación.

Entonces se cayó de rodillas.

El Alfa. De rodillas. Por mí.

Se me cortó la respiración. Miré hacia abajo, hacia sus anchos hombros que llenaban el espacio entre mis muslos, con sus tatuajes moviéndose con cada respiración y ese enorme tigre en su espalda tensándose mientras se inclinaba.

—Eres hermosa —dijo con voz baja y reverente—. Estás jodidamente dotada. Podría destrozarte y aún así no tener suficiente. Quiero vivir dentro de ese pequeño y dulce agujero apretado para siempre. —Sus ojos dorados se alzaron hacia los míos, ardiendo—. ¿Quién eres? ¿Cómo demonios eres mi compañera?

La palabra "compañera" me golpeó como una ola de choque. No sabía si llorar, sonrojarme o gritar. El corazón me martilleaba tan fuerte que podía sentirlo entre las piernas.

—No debería haberte reclamado —continuó, con la voz ronca por el conflicto—. No debería haberte marcado. Puedo olerlo, solo eres una omega. No debería haberte aceptado como mía... pero lo hice.

No pude ocultar la ola de calor que me inundó al escuchar esas palabras.

Mi cuello me palpitaba donde me había mordido, con la marca todavía fresca y hormigueante.

Este cuerpo, estas curvas que habían vuelto locos a hombres y mujeres, que casi habían dejado a Eunice salvaje de lujuria, acababan de poner de rodillas al Alfa de esta manada.

—Solo quiero... —Hizo una pausa, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en los míos—. Aunque no pueda hacerte mi Luna, te quiero a mi lado para siempre. Quiero follarte hasta dejarte lisiada y que aun así me pidas continuar.

Antes de que pudiera hablar, hundió la cara entre mis muslos.

Su lengua encontró mi clítoris al instante: caliente, húmeda e implacable. Me lamió con pasadas lentas y anchas, y luego succionó con fuerza, sellando sus labios alrededor del botón hinchado.

Ahogué un jadeo y mis manos volaron a su cabello, enredando los dedos entre los mechones gruesos mientras me devoraba.

Me mordió suavemente, lo suficiente para hacerme arquear la espalda, y luego lo alivió con una lamedura larga y lenta que me hizo temblar.

Sus manos me agarraron los muslos, abriéndome más, manteniéndome expuesta para él como si estuviera muriéndose de hambre.

Me comió como un hombre que nunca hubiera probado nada más dulce: su lengua jugueteaba, rodeaba, se hundía dentro de mí y luego volvía para succionar mi clítoris hasta que vi estrellas detrás de mis ojos.

Gemí su nombre, y luego más fuerte: —Papi —la palabra se me escapó como una plegaria.

La boca de Alice había sido el cielo. Me había hecho venir tantas veces que había perdido la cuenta. Pero esto... esto era algo distinto.

Su padre estaba de rodillas, trabajando con su lengua para llevarme al desenfreno, duplicando cada placer que ella me había dado alguna vez.

Gruñó contra mí, y la vibración envió ondas de choque a través de mi centro; me quebré por completo, gritando, con los muslos temblando, viniéndome tan fuerte que pensé que me desmayaría.

No se detuvo. Me lamió a través de cada pulso, de cada temblor, hasta que me quedé jadeando, siendo completamente suya.

Me vine con fuerza, más fuerte que nunca, temblando, gritando, inundándole la boca con todo lo que tenía.

Me bebió, succionando con avidez, con la lengua recogiendo cada gota como si fuera lo más dulce que jamás había probado.

Su gruñido retumbó contra mi clítoris, sacando hasta el último pulso hasta que me quedé sin fuerzas, temblando, apenas capaz de sostenerme.

Lentamente, se levantó, besando un rastro húmedo y lento hacia arriba por mi cuerpo: sobre el suave monte de mi coño, a través de mi estómago tembloroso, demorándose en mis costillas, y luego subiendo hasta la mordida fresca en mi cuello.

Presionó sus labios allí suavemente, saboreando el gusto cobrizo de su propia marca. Finalmente, llegó a mi boca.

Me besó profundamente, de forma posesiva, con su lengua deslizándose contra la mía, dejándome saborearme a mí misma mezclada con él.

El beso se volvió más brusco, con los dientes chocando hasta que sentí el sabor a sangre, mía o de él, no sabría decirlo.

Mis labios se hincharon bajo la presión, pero le devolví el beso igual de desesperada, agarrándome a sus hombros.

Entonces, sin decir una palabra, se apartó.

Dio un paso atrás, con los ojos oscuros e indescifrables, y salió de la cocina. Así sin más. Sin un adiós, sin una explicación de lo que acababa de pasar.

Su ancha espalda desapareció en las sombras, dejándome sola sobre el mostrador, con las piernas aún temblando y el corazón batiendo a mil.

Me quedé allí sentada durante un largo minuto, aturdida, intentando recuperar el aliento. Mi cuerpo se sentía destrozado, hermosamente destrozado, pero sabía que no podía quedarme allí. Alice estaba arriba.

Como pude, me deslicé fuera del mostrador. Mis piernas eran como gelatina. Casi caminando y casi a gatas subí las escaleras, agarrándome del pasamanos como si fuera lo único que me mantenía en pie.

Cada paso enviaba nuevas chispas por mi cuerpo hipersensible, pero lo logré.

Alice todavía roncaba suavemente cuando me escurrí en la habitación. No encendí la luz.

Tambaleándome fui al baño, abrí la ducha y me quedé bajo el chorro de agua caliente hasta que las evidencias de lo que acababa de hacer con el Alfa Duncan se lavaron.

Me limpié entre las piernas, con cuidado, de manera minuciosa, asegurándome de que no quedara ningún rastro que ella pudiera oler mañana.

Luego me desplomé en la cama, exhausta, marcada, reclamada y completamente deshecha.

El sueño me atrapó rápidamente.

Y por primera vez en mi vida, soñé con un hombre.

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