MasukKara dejó de respirar durante unos segundos. El nombre de Isolde quedó suspendido en la habitación mientras Darius mantenía la vista fija en Galen y Caelum permanecía apartado, con la mandíbula tensa.Kara fue la primera en hablar.—¿Quién demonios era Isolde? —preguntó, sin apartar la mirada de Galen.Galen bajó la mirada hacia la placa de metal que ella todavía sostenía.—La mujer de cuyo linaje desciendes.—Eso ya lo entendí. —Kara cerró los dedos alrededor de la placa—. Quiero saber qué tiene que ver mi sangre con la maldición de Darius.—La familia de Isolde lanzó la maldición sobre el antepasado de Darius después de su muerte. Desde entonces, sus descendientes han cargado con ella. Y la sangre de uno de sus descendientes puede romperla —explicó Galen.Darius dio un paso hacia el anciano.—Explícalo todo —ordenó.—Un antepasado tuyo se enamoró de...—Esa parte ya la sabemos —interrumpió Kara, impaciente—. Ve a lo que nos interesa.Galen la observó con sorpresa, pero no insistió.
Kara comprendió que algo había salido mal en cuanto Darius cruzó el umbral de la casa.No llevaba sangre fresca en la ropa ni mostraba heridas visibles, pero avanzaba con el rostro endurecido. Leif, Galen y… Caelum entraron detrás de él.Kara se levantó despacio y sintió que todo su cuerpo se tensaba al reconocer al hombre al que había llamado padre desde que tenía memoria.Caelum evitó mirarla.—¿Dónde estaba? —quiso saber, dirigiéndose a Leif.—Tratando de irse —respondió Leif, cruzado de brazos.Kara volvió la vista hacia Caelum.—¿Irte de dónde? —exigió.Él entreabrió los labios, pero no dijo nada.—Caelum —insistió ella, acercándose un paso.El hombre tragó con dificultad.—De aquí —murmuró.Kara dejó escapar una risa corta y vacía.—Qué oportuno —comentó, inclinando la cabeza.Darius se aproximó a ella.—Hay algo que necesitas saber —advirtió con cautela.—Ya era hora —replicó Kara, abrazándose a sí misma.Caelum agachó la cabeza y Kara lo estudió durante unos instantes. No era
Caelum apenas tuvo tiempo de volverse antes de que Darius lo estrellara contra el tronco de un árbol. La corteza crujió con el impacto. Caelum dejó escapar el aire entre los dientes y alzó las manos, aunque no hizo ademán de defenderse. —Sabía que vendrías —murmuró con una calma tensa. —Entonces también sabías que debías correr más rápido —replicó Darius, con la furia vibrándole en la voz. Lo agarró por el cuello de la camisa y acercó el rostro al suyo. Unos pasos más atrás, Leif vigilaba a los guerreros que habían encontrado a Caelum cerca del antiguo refugio de cazadores. Habían seguido unas huellas recientes desde el sendero hasta aquel lugar. Caelum llevaba una mochila pequeña y provisiones suficientes para varios días. No había ido a negociar. Intentaba marcharse. —¿Dónde está Talon? —exigió Darius, sin apartar los ojos de él. —No lo sé —respondió Caelum, rehuyendo su mirada. —¿Dónde? —Darius cerró más los dedos sobre la tela. Caelum apretó los labios. —No lo sé —repitió
—Dime su nombre —exigió Darius, con la voz cargada de amenaza. El prisionero mantuvo los ojos cerrados durante unos segundos. La sangre que le brotaba de la ceja le había recorrido la mejilla y comenzaba a secarse junto a la mandíbula. Sus dedos se crisparon sobre los brazos de la silla. —No puedo —murmuró, con un hilo de voz. Darius avanzó un paso. El suelo crujió bajo sus botas. El prisionero se estremeció. —Sí puedes —replicó, inclinándose ligeramente hacia él. —Si lo digo, estoy muerto —susurró el hombre, tensando los dedos hasta que los nudillos se le volvieron blancos. Desde su lugar junto a la pared, Leif soltó una risa seca y cruzó los brazos. —Ya estás sentado en una silla con una pierna destrozada y el alfa te apunta con un cuchillo. No creo que tu situación pueda empeorar demasiado. El hombre abrió los ojos de golpe y le lanzó una mirada cargada de odio. —Tú no entiendes —escupió, con la respiración entrecortada. —Entonces explícamelo —replicó Leif, encogiéndose d
Darius no necesitó levantar la voz para que todos entendieran que aquel día nadie saldría de su oficina hasta que supieran quién había ayudado a Talon.Había regresado de la frontera antes del mediodía y ordenó reunir a todos los hombres que habían tenido acceso a los cambios de guardia durante la última semana. Leif colocó los nombres sobre la mesa mientras dos guerreros vigilaban la puerta.—Quiero saber quién conocía las rutas, los horarios y la posición exacta de nuestros hombres —dijo Darius, apoyando ambas manos sobre la mesa—. Y quiero saberlo antes de que anochezca.Uno de los guerreros tragó saliva.—Todos conocíamos parte de esa información —respondió, encogiéndose ligeramente de hombros.—Parte no basta para preparar una emboscada —replicó Darius, frunciendo el ceño.Leif tomó el primer nombre.—Garrick —anunció, deslizando el dedo por la lista.El hombre dio un paso al frente.—Yo estaba en la entrada este durante el último cambio de guardia —dijo, manteniendo las manos a
Día siguiente Darius no esperó a que Talon volviera a atacar. Extendió el mapa sobre la mesa y colocó una piedra sobre el territorio vecino.—Vamos allí —ordenó, señalando el punto marcado.Leif levantó la mirada.—¿Con cuántos hombres? —preguntó, inclinándose sobre el mapa.—Los suficientes para que parezca una patrulla y no un ejército. Tú vienes conmigo —respondió Darius, sin apartar la vista del territorio.Kara se incorporó de inmediato.—Yo también —declaró, cruzándose de brazos.Darius ni siquiera la miró.—No —replicó con firmeza.—Entonces tampoco vas tú —respondió Kara, apoyando una mano sobre la mesa.Leif cerró los ojos durante un segundo.—Voy a fingir que no escuché eso —murmuró, apartándose de la mesa.Darius levantó finalmente la cabeza.—Kara —advirtió, clavando los ojos en ella.—Ese territorio tiene que ver conmigo —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. Si alguien se está moviendo allí, quiero saber por qué.—Precisamente por eso te quedarás aquí —contestó Dari







