LOGINMegan creció creyendo que era una chica normal. Huérfana, criada por su tía Clara bajo reglas extrañas: nunca salir en luna llena, nunca ir a los bosques del norte, nunca preguntar por su marca en forma de media luna. Lo que no sabía es que su nacimiento hizo temblar a todas las manadas. Es la última descendiente de la Luna de Plata, una heredera nacida con ojos de plata líquida, destinada a someter a cualquier Alfa. Su madre, Elena, derramó su propia sangre para sacarla de la mansión del Alfa que la tenía cautiva y la condenó a una vida escondida entre humanos. Pero la sangre no se puede ocultar para siempre. Al cumplir 20 años, los sentidos de Megan se agudizan hasta volverse insoportables, su fuerza se vuelve sobrehumana y su marca arde cada noche de luna llena. Y él ha vuelto. Adrian Thorne. El Alfa de la manada rival. El hombre que la reclamó la noche que nació. Frío, implacable y peligrosamente atractivo, ahora es su nuevo profesor de Mitología. Él sabe quién es ella. Sabe lo que es. Y no descansará hasta reclamar lo que cree que le pertenece por profecía: su heredera, su arma, su luna. ¿Podrá Megan escapar de su destino o terminará cayendo en los colmillos del hombre que está destinado a poseerla?
View MoreLos tacones de Clara apenas sonaban sobre la alfombra persa del pasillo principal, pero su respiración contenida delataba la urgencia de cada paso. La mansión de los Thorne se alzaba a su alrededor como un gigante de piedra dormido; los retratos de los antepasados colgaban de las paredes con marcos de oro macizo y parecían seguirla con la mirada desde la penumbra, juzgándola.
Apretaba contra su pecho un recipiente de plata antigua con agua tibia y dos toallas de lino blanco, perfectamente dobladas. Intentaba con todas sus fuerzas que el agua no tintineara dentro del metal. El frío se filtraba por las gruesas paredes de piedra a pesar de que las tres chimeneas de la planta baja estaban encendidas desde la mañana. Era un frío diferente, antinatural. Clara no se detuvo frente a las imponentes puertas dobles de roble del despacho del Alfa. Cruzó directo, sin mirar, hacia el ala oeste, la zona prohibida, donde la oscuridad era más densa y el silencio pesaba más. Allí el aire no olía a hogar noble, a madera y a libros viejos. Olía a sangre fresca y a incienso de sándalo quemado. Un intento inútil y desesperado por ocultar el olor del dolor y del parto inminente. Empujó la última puerta con el hombro. El interior de la habitación era sofocante por el calor de más de veinte velas encendidas alrededor de la cama. En el centro, una cama con dosel de sábanas negras de seda se erguía como un altar de sacrificio. Entre las telas revueltas, una mujer joven se retorcía, con los nudillos blancos aferrados a la madera de la cabecera, mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar para no gritar. Clara dejó el recipiente de plata sobre la mesa de mármol con cuidado. El metal golpeó la piedra y la mujer abrió los ojos de golpe. Eran ojos color miel, ahora inyectados en sangre por el esfuerzo. —Ya estoy aquí, Elena —susurró Clara, corriendo a su lado y poniendo una mano firme y maternal sobre su frente sudorosa y ardiendo—. No grites. Por lo que más quieras, no grites. Los muros de esta casa tienen oídos y la guardia personal del Alfa no debe saber que se adelantó. Si te escuchan, vendrán. Elena, con el cabello negro pegado por el sudor a su rostro pálido y los labios completamente agrietados, le sujetó la muñeca con una fuerza desesperada que no parecía humana. —Es diferente, Clara —articuló entre espasmos violentos que le arqueaba la espalda—. Siento fuego líquido dentro de mis venas. Siento mis huesos queriendo romperse y volver a formarse. No es un parto humano. Tú lo sabes mejor que nadie. Él viene. Puedo olerlo en el viento, puedo sentir su poder acercándose. —Ahorra fuerzas para pujar, niña —ordenó Clara con voz temblorosa, exprimiendo una toalla en el agua tibia—. Nos queda poco tiempo antes del cambio de guardia de la medianoche. Tenemos que hacerlo ahora. Afuera, un trueno seco hizo vibrar todos los ventanales de la mansión. No era una tormenta común. Era el poder concentrado de decenas de lobos aullando a la luna en el bosque, respondiendo al llamado de la sangre. Pasos pesados, lentos y seguros subieron por la escalinata de mármol del vestíbulo. El Alfa había vuelto antes de tiempo. El hombre que mantenía a Elena cautiva en esa mansión dorada durante nueve meses para asegurar su descendencia, su arma. —¡Sácala de aquí! —suplicó Elena de repente, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Si la toca, si pone sus manos sobre ella, la convertirá en un arma. La usará contra las manadas del sur, la usará para la guerra. Prométeme que vivirá como humana. Lejos de los colmillos, lejos de este trono de sangre. ¡Prométemelo, Clara! —Te lo juro por mi vida y por la de mi propia madre —sentenció Clara, con los ojos llenos de lágrimas—. Vivirá como humana. Nadie sabrá quién es. Un grito que fue más un rugido gutural escapó de la garganta de Elena. El aire de la habitación se electrificó de golpe y todas las velas parpadearon al unísono, a punto de apagarse. La criatura se abrió paso al mundo entre sangre y luz plateada. No hubo llanto de bebé. El silencio fue absoluto, sagrado y aterrador. Clara sostuvo al recién nacido con manos temblorosas y ahogó un gemido de asombro. La piel de la bebé no era rosada ni rojiza. Emanaba un calor abrasador, casi quemaba. Cuando abrió los párpados por primera vez, Clara sintió que se le helaba el aliento y que las rodillas le fallaban. No eran ojos oscuros ni azules. Brillaban con un tono plata líquido, metálico, como la luna llena que en ese preciso momento dominaba el cielo tormentoso afuera. La marca inconfundible de la estirpe ancestral. La señal de los nacidos bajo la Luna de Plata. La profecía se había cumplido.El regreso del norte fue más lento que la ida.A la ida habían corrido como dos meteoritos, negro y blanco, dejando estela de luz que los humanos creyeron aurora boreal. A la vuelta caminaron.Thorne cargaba a Clara en brazos, en forma humana, desnudo pero con su capa de oso negro cubriendo a Clara y a él mismo, porque Clara tenía setenta años, era humana, tenía un corte de cuchillo de plata en el brazo izquierdo que no paraba de sangrar porque la plata quemada no deja que la sangre humana coagule bien, y tenía hipotermia de haber estado toda la noche atada a una silla de piedra en el viento helado del norte a menos diez grados.Megan caminaba a su lado, humana también, desnuda, pero con la manta blanca que no se quemaba que Thorne siempre llevaba en su mochila de guerra para emergencias, envuelta alrededor de su cuerpo blanco que ahora temblaba no de frío, de agotamiento. Porque someter a un Alfa del norte y a veinte lobos con pura mirada de Heredera blanca le había costado más que c
Una semana después, la casa negra ya no olía a polvo.Olía a jazmín fresco que Megan había plantado con sus propias manos alrededor de la casa, a fuego de chimenea que Thorne no dejaba apagar ni de día, a café humano que Clara traía todas las mañanas en termo grande, y a piel de lobo negro y blanca mezclada, porque Thorne y Megan dormían abrazados todas las noches en la cama enorme de pieles blancas de sus padres, sin importarles que afuera hiciera frío de menos cinco grados.Megan despertó sola en la cama enorme.No era normal. En siete días, Thorne nunca la había dejado sola en la cama. Siempre despertaba primero y se quedaba mirándola dormir, con su mano grande sobre su vientre plano, con su nariz sobre su media luna, olándola, como si tuviera miedo de que si cerraba los ojos, ella desaparecería como sus padres desaparecieron.Pero esa mañana la cama estaba fría de su lado. Y su marca, su marca derecha que Thorne le hizo la primera noche para salvarla de su primera transformación,
No volvieron a la cabaña del bosque.Thorne no la llevó a la cabaña pequeña donde Megan había dormido dos años con Clara, donde había una sola cama de madera vieja, donde olía a sopa humana y a libros de universidad, donde había fotos de Clara con su esposo humano muerto.La llevó a su verdadera casa.Detrás de la cabaña pequeña que Megan conocía, escondida entre pinos más altos que parecían guardias gigantes, tapada por enredaderas que Thorne había dejado crecer a propósito durante veinte años para que nadie la viera, había una casa enorme de madera negra y vidrio, de dos pisos, con balcones de troncos, con techo de ramas entrelazadas que parecía parte del bosque, que parecía que había crecido del bosque, no que la habían construido.Era la casa del Alfa. La casa original. La casa que Marcus, el hermano de Thorne, construyó con sus propias manos durante dos años, tronco por tronco, vidrio por vidrio, para su esposa Elena, cuando Elena le dijo que estaba embarazada por primera vez, ha
Lunes, 8:00 AM. El campus de la Universidad del Centro nunca había estado tan silencioso a las ocho de la mañana de un lunes.Normalmente a esa hora era un caos de humanos con café corriendo a clases, de lobos jóvenes peleando por el estacionamiento, de profesoras gritando porque alguien había roto otra silla con garras sin querer, de olor a libros viejos y a sudor de lobo adolescente. Pero ese lunes, el aire pesaba.Todos lo habían sentido a las 3:47 AM del domingo. Todos los lobos del centro, desde el cachorro de tres años hasta el anciano de noventa del Consejo, se habían despertado de golpe en medio de la noche con un dolor agudo en el pecho y un brillo plateado en la ventana.Una Heredera blanca se había transformado por primera vez en veinte años.No era un rumor. Era un hecho en el vínculo de manada. Era como si alguien hubiera encendido una luna nueva en medio del bosque y todos los lobos, aunque estuvieran dormidos, la hubieran visto con los ojos cerrados.Y todos sabían quié












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