FAZER LOGINSofía aún sentía el peso del brazo de su madre jalándola por los pasillos de la mansión, como si fuera una prisionera, como si ya no tuviera derecho a decidir sobre su propia vida. Había estado tan cerca de escapar con Hugo, tan cerca de iniciar una vida libre de imposiciones y mentiras. Sin embargo, Martha la había encontrado antes de que pudiera llegar a la estación de tren. Sofía apenas tuvo tiempo de procesar la traición de su madre antes de que se encontrara sentada en el sofá, llorando con amargura, mientras Martha la miraba desde arriba, con una expresión de absoluto desprecio.
—¿Y ahora qué piensas, Sofía? —dijo Martha, su tono cortante y frío—. Ni siquiera por tu padre fuiste capaz de dejar tu egoísmo. ¿Qué crees que iba a pasar con él si se enteraba de que su “amada hija” había decidido escaparse con ese don nadie?
Las palabras de su madre la hicieron quedarse en silencio, paralizada. En su desesperación por huir, no había pensado en lo que eso podría significar para su padre. Su único deseo había sido ser libre, escapar del control de su madre y vivir su amor con Hugo, pero ahora, la culpa la invadía. Bajó la mirada, apretando las manos en su regazo.
Martha negó con la cabeza, como si estuviera frente a una niña caprichosa en lugar de una joven mujer que había estado luchando por el control de su vida.
—No voy a permitir que esto vuelva a suceder —sentenció Martha, su voz tan fría que hizo que Sofía temblara—. Hoy mismo se celebrará tu boda con Fernando Davis. Y no habrá nada, ni nadie, que me haga cambiar de opinión.
El rostro de Sofía se descompuso. La desesperación la consumía. Todo su esfuerzo por huir con Hugo había sido en vano, y ahora su destino estaba decidido. Casarse con un hombre al que no amaba, un completo desconocido, parecía una condena sin escapatoria.
—Debe haber otra forma de salvar a la familia —suplicó, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas—. Por favor, mamá, debe haber otra manera que no sea casarme con un hombre que no amo.
Pero Martha no estaba dispuesta a escuchar. Se acercó a ella, y, con un gesto brusco, tomó el rostro de Sofía entre sus manos, obligándola a mirarla a los ojos. La frialdad en su mirada era aterradora, y su agarre era firme, inquebrantable.
—¿Todavía no lo entiendes? —murmuró Martha, con un tono amenazante—. Te vas a casar con Fernando, así tenga que arrastrarte hasta el altar. De una forma u otra, Sofía, cumplirás con tu deber.
El miedo y la impotencia se mezclaban en el pecho de Sofía. Sabía que Martha estaba dispuesta a todo para salirse con la suya, y que no tendría piedad alguna si intentaba oponerse de nuevo. Aquella mujer, su propia madre, parecía dispuesta a destruir cualquier rastro de felicidad que pudiera quedarle con tal de conservar su posición y estatus.
Sofía miró a su madre y comprendió que no habría salida fácil. La boda sería ese mismo día, y Martha la llevaría hasta el altar, aunque fuera en contra de su voluntad.
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Sofía se miró en el espejo, pero apenas se reconocía. Su reflejo le devolvía la imagen de una joven atrapada, sin esperanza y con los ojos enrojecidos por el llanto. Una de las mucamas intentaba retocar su maquillaje por enésima vez, esforzándose en vano por ocultar las lágrimas que seguían cayendo. El vestido blanco parecía una burla cruel, una prenda que simbolizaba amor y felicidad, cuando en su corazón solo sentía tristeza y resignación.
Martha, de pie junto a ella, la observaba con impaciencia. Tras un suspiro exasperado, se acercó a su hija y murmuró con voz fría, casi indiferente:
—Todo esto va a pasar, Sofía. Ya lo verás. Con el tiempo, aprenderás a amar a ese hombre. Todo será mejor de lo que piensas.
Sofía cerró los ojos y apretó los labios. ¿Cómo podía su madre decir esas palabras con tanta seguridad? Para ella, Fernando Davis era el símbolo de su prisión, un hombre desconocido que se prestaba a esta farsa y que, en su opinión, no podía tener buenas intenciones si había aceptado forzarla a un matrimonio sin amor. Sofía no respondió, dejando que el silencio hablara por ella.
La mucama colocó con cuidado un velo sobre su rostro, y, de la mano de su madre, Sofía salió del cuarto. Caminaban hacia el vasto jardín de la mansión, ahora transformado en un escenario de cuento, decorado hasta el último detalle para la ceremonia. Pero todo le parecía irreal, como si estuviera en una pesadilla de la que no podía despertar.
—¿Dónde está papá? —preguntó Sofía, buscando desesperadamente un atisbo de apoyo, de cariño, algo que pudiera recordarle que no estaba completamente sola.
—Tu padre no asistirá —respondió Martha, en tono cortante—. Su estado de salud no se lo permite. No queremos que se esfuerce innecesariamente.
Sofía sintió una punzada de angustia. Sabía que su padre jamás habría aprobado esta boda si estuviera consciente de lo que realmente estaba ocurriendo. Martha había organizado todo en silencio, en la sombra, mientras él yacía recuperándose. Su madre había planificado cada paso para evitar que alguien interfiriera.
Las lágrimas amenazaron con derramarse nuevamente, pero Martha le dio un apretón en el brazo, un gesto que fue casi una advertencia.
—Compórtate, Sofía —le susurró al oído, sin dejar espacio para la compasión—. Esta es tu boda. Más te vale empezar a asumirlo.
Cuando Sofía levantó la vista, vislumbró el altar y vio a Fernando Davis, esperando a que ella recorriera el camino hasta él. Era un hombre alto, de cabello negro y aspecto impecable, con el porte digno de alguien que estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba. A pesar de su indudable atractivo, la visión de él solo le provocaba rechazo y amargura. En sus ojos no veía bondad ni amor, solo una aceptación calculadora, como si fuera un simple negocio más en su vida.
Sofía sintió que el odio comenzaba a crecer en su pecho. Prometió en silencio que nunca olvidaría ni perdonaría esta imposición, que jamás cedería a los caprichos de este hombre que se prestaba a una boda forzada. Mientras daba sus primeros pasos hacia él, el peso de sus lágrimas y su promesa la mantenían firme.
Odiaría a Fernando Davis hasta la muerte.
—Así es, y es por eso que salí corriendo para comprar esto... —Se alejó un poco de ella y se hincó sobre el césped. Todos los presentes guardaron silencio ante la escena, y Sofía no pudo contener la emoción. Sofía tomó a su sobrino por un momento.—Yo...—Sofía, esperé tanto este momento, hubiera querido pedirte que fueras mi esposa antes, pero no era digno de ti, y tú te mereces lo mejor, el mundo entero, y yo te lo quería dar. Es por eso que ahora que todo está bien, ambos lo estamos con mi pequeño Dave, quiero que seamos una familia de verdad. —La rubia empezó a llorar y asintió. ¿Cómo podía decirle que no, cuando era el amor de su vida?Fernando se puso de pie, la alegría no le cabía en el corazón. Con sus manos temblorosas, tomó el anillo y se lo puso. Sofía no dejaba de llorar, era lo que había esperado y ahora sabía por qué se había tardado tanto para pedírselo. Se acercó a ella y la tomó entre sus brazos para besarla con intensidad.Todos aplaudieron felices por su compromiso,
—Vamos, papá, no creo que pueda escuchar algo que me hiera más que todo lo que me has dicho ya... —Sofía dijo, tratando de aparentar indiferencia. Su padre la conocía tan bien.—No quiere tomar ninguna terapia, está renuente a verte a ti o a su nieto, no le interesa formar parte de tu vida... e incluso me pidió el divorcio. —Arturo dijo sin más. Era mejor decirle las cosas como eran, a endulzárselas y causarle esperanzas que no había. La mirada de Sofía se humedeció; ya tenía más de un año que no la había visto, después de todo lo que le había confesado.Aún así, Sofía decidió perdonarla, aunque Martha jamás le hubiera pedido disculpas. Sentía que merecía la oportunidad de redimirse, pero de nuevo se equivocó. Ella no quería saber nada de su hija.Su padre la abrazó fuertemente, no quería verla triste. A pesar de que no era su padre biológico, siempre la quiso como su sangre, y eso no cambiaría nunca. Él siempre estaría para ella en todo momento.—Descuida, pequeña, estoy aquí. —Artur
—¡Hola, hermosa! —Jessy la saludó muy alegre, sobreactuando, siempre lo hacía cuando ocultaba algo—. Pero mira cómo te ves. —La rubia la miró ladina—. ¿Qué te hiciste? ¿Botox acaso? —Trató de bromear y, al parecer, había funcionado, ya que las tres rieron.—¿Qué te pasa, Jessy? Aún soy muy joven. —Sofía refutó, aún graciosa, y se acercó a Sol para tomar a su hijo en brazos, besando su mejilla.Apenas había pasado unas horas y ya lo extrañaba. Era un niño adorable, con el cabello rubio como ella, pero con las facciones de su padre. Era un digno Devís. Aunque esa peculiar naricita definitivamente era de su padre, y le encantaba.—¿Y Fernando? —Sofía alzó la mirada, observando a su alrededor, buscando ver a su esposo, al menos de palabra, en alguna parte del jardín, pero no lo vio por ningún lado. Volvió a mirar a su hijo, que estaba muy entretenido, mientras contemplaba las expresiones de las dos chicas, que se miraron entre sí, abriendo los ojos sin saber qué decirle en realidad.—Sali
—Amor, ¿qué? Estás confundido, te pegaste en la cabeza. ¿Cómo puedes decir algo como eso? Yo nunca te haría daño. —Trató de convencerlo, pero ya era tarde. Fernando la había visto. La policía ya se encontraba dentro de la habitación y esposaron a Eliza.—Suéltenme, Fernando no sabe lo que dice, se pegó en la cabeza, está mal, déjenlo que lo revise un doctor, por favor, amor, yo nunca te haría nada —Eliza forcejeó.—La casa de los Carson tiene cámaras, tu rostro está grabado en ellas. ¿Acaso tienes alguna excusa contra eso? No tienes escapatoria... —exclamó Hugo detrás de ella, con un tono serio y una postura firme.—Sol... —Miró a su ex amiga con un semblante triste. Sol no la miró, se sentía mal al ver a su ex amiga así, detenida por unos policías, pero no podía perdonar lo que le había hecho a su hermano, a su propio novio.—No me pidas que tenga indulgencia contigo cuando trataste de matar a Sofía y casi matas a mi hermano... esto nunca te lo voy a perdonar, nunca, Eliza. —Desvió l
Sofía siguió llorando sobre su hombro después de que un ginecólogo la revisara y le dijera que todo estaba en perfecto estado, que su pequeño estaba muy bien. Ahora lo único que esperaba era ver a Fernando, abrazarlo fuertemente.—¿Sabes por qué él estaba ahí? —Sofía negó sin levantar el rostro del cálido hombro de su amiga.—Iba a impedir tu boda.La rubia alzó su rostro con una expresión de sorpresa, y en sus ojos se reflejó una incredulidad. No podía imaginar eso, después de todo lo que le había dicho la última vez que se vieron. Le dio a entender que no se iba a meter más en su vida.—¿Qué? ¿En serio? —Habló sorprendida, abriendo los ojos como platos.—Ay, mi niña, en serio, él iba a ir a detener tu boda. Es muy lindo, ¿no? Pero perdóname, no pude aguantarme las ganas de decirle lo que se merecía y otras cositas más. —Sofía se separó para mirarla mejor.—¿No le dijiste que me quede callada para salvar la constructora, verdad? —Su amiga se encogió de hombros y dio una pequeña risa,
Los ojos de la rubia se apaciguaron al escucharla. Había tenido una pesadilla donde el peor de sus miedos se había vuelto realidad. Gracias a Dios que solo había sido un sueño.—Sí, estoy bien, no te preocupes, solo quiero verlo, quiero ver a Fernando. —Sofía miró a su alrededor.—Pero, ¿dónde están todos?—Sol fue a traer algo de comer y Hugo fue a preguntar si Fernando puede recibir visitas —le explicó Jessy, mirándola fijamente. Se veía muy cansada y un poco pálida—. Deberías hacer que te revisen, también pudiste golpearte al caer al piso.Sofía tocó su barriga y asintió. No se sentía mal, pero Jessy tenía razón, tenía que hacerse una revisión, era mejor no dejar pasar nada.—Jessy, ¿segura que Fernando está bien? No me estás mintiendo, ¿verdad?Jessy apretó sus labios con fuerza.—Dime la verdad, Jessy, ¿él va a estar bien? —la miró fijamente y, de reojo, sabía que había algo que todavía no le decía, pero aun así le advirtió:—Sí, lo está y lo estará, solo que, aunque no, no te vo







