LOGINDiego espera ocho días.No me lo dice. Pero los cuento. Del sábado de la inauguración al domingo siguiente. Ocho días en los que la pregunta existe y no se hace.No la busco. No le presiono. No le pregunto «¿qué era?» en ninguno de los mensajes que nos cruzamos esa semana.Los mensajes de esa semana son los de siempre. La logística de los niños. Una consulta sobre la certificación final de Embajadores. Una foto de Sofía con la medalla de cartón de fin de curso, que ha aparecido en el fondo de una mochila y que ella ha decidido colgar en la puerta de su cuarto «para que conste».Y el miércoles, a las siete y media de la tarde, un mensaje de una sola línea.Diego: Salgo de terapia. Todo bien.Nada más.No me cuenta de qué ha hablado. Pero me informa de que ha ido. Y yo entiendo, sin que me lo diga, de qué ha hablado.Él me informó de que existe. Yo le dejo el tiempo de hacerla.Es la primera vez que los dos respetamos el mismo plazo sin haberlo acordado.El domingo once de octubre, los
El sábado tres de octubre, a las once y media, el patio de Lavapiés tiene ciento ochenta sillas plegables blancas y un olor que no se olvida.Cal nueva. Madera encerada. Geranios recién plantados en las jardineras de la galería del primer piso. Y debajo de todo eso, muy al fondo, el olor a piedra vieja que ninguna restauración consigue quitar del todo.Tampoco lo intentamos. Era la condición.Estoy de pie junto a la escalera principal. Traje gris. Zapatos planos, porque llevo tres años subiendo andamios con zapatos planos y hoy no voy a cambiar. El discurso en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuatro folios. No los voy a leer. Pero los llevo.El público llega en oleadas.Primero los vecinos. La señora Remedios, del segundo del edificio de al lado, que llevaba tres años quejándose del ruido de la obra y hoy llega con un vestido de flores y un abanico, y me da dos besos sin preguntar. El dueño de la frutería de la esquina. Los niños del colegio público de la calle Sombrerete, con su
El correo del consorcio llega el dos de septiembre a las nueve y cuarto.Asunto: Inauguración definitiva — Rehabilitación Lavapiés, fases I a III.Lo abro en el estudio con el primer café todavía caliente.Fecha: sábado, tres de octubre. Hora: doce del mediodía. Lugar: patio principal del edificio rehabilitado. Asistentes previstos: ciento ochenta. Autoridades municipales, representantes del consorcio europeo, asociación de vecinos del barrio, prensa especializada.Intervención de la dirección técnica: Camila Vega, Estudio Vega. Duración estimada: ocho minutos.Leo el correo dos veces.Luego me quedo mirando la pared lateral del estudio. La que estuvo vacía desde junio. En agosto colgué ahí los planos finales de Lavapiés. Alzados. Secciones. La escalera principal en detalle, a escala uno veinte.Tres años de trabajo en cuatro láminas.Cuando volví a Madrid, este proyecto era una excusa. Una manera de tener un motivo profesional para estar en la misma ciudad que mis hijos. Un sitio don
El viernes, Mateo aprende a nadar con la cabeza fuera del agua en la piscina municipal de mi barrio. Sofía le enseña. Leo cuenta los largos desde el bordillo.El sábado, Elena vuelve de Barcelona en el tren de las once. Comemos los seis en la terraza de un restaurante de la plaza de Olavide. Elena y yo, frente a frente. Diego en la cabecera. Los tres niños juntos en el lado de la sombra.Nadie planifica dónde se sienta nadie.Mateo se sienta entre Leo y Sofía.Elena lo ve. Yo lo veo. Nos miramos por encima de la jarra de agua.Ninguna de las dos lo comenta.A mitad de la comida, Elena me pregunta por la escalera de San Telmo. Mateo le ha hablado de ella todas las noches por teléfono. Diecinueve peldaños. Un dibujo en un cuaderno. Un edificio que está a veinte minutos de su casa y que él nunca ha visto.—Quiere ir —dice Elena—. Cuando volvamos. Quiere contarlos él.—La obra empieza en otoño. Con otro director.—¿Te importa?Lo pienso. De verdad.—No —digo—. Me gusta que alguien de la f
El jueves amanece nublado.Es el primer día nublado en tres semanas. Una capa gris y baja sobre Madrid que no refresca nada, solo aprieta el calor contra el asfalto como una tapa.Es mi jueves. Desde hoy hasta el domingo, Leo y Sofía duermen en mi casa. Mateo sigue durmiendo en la de Diego. Las tardes, aquí.A las ocho y diez, un mensaje.Diego: Ayer en terapia hablé del Retiro. Del minuto.No añade nada más.No me cuenta qué dijo. No me cuenta qué le dijeron. Solo me informa de que existió esa conversación. De que lo que pasó junto al Palacio de Cristal no se quedó en el parque.Camila: Gracias por decírmelo.Diego: A las cinco os lo llevo.A las cinco en punto suena el timbre.Diego no sube. Tiene una reunión que no ha podido mover. Se queda en el portal, con la puerta abierta, hasta que Mateo llega arriba. Luego se va. Me lo dijo el martes. Lo recuerdo porque me lo dijo antes de que yo supiera que existía la reunión.Mateo sube las escaleras solo. Tres pisos. Le oigo contar desde e
¿Yo estoy?La pregunta se queda en el hueco de la escalera. Sube por la espiral. Llega a la claraboya. No vuelve.Leo tiene el cuaderno azul oscuro cerrado contra el pecho. Mira a Mateo desde el segundo peldaño. Mateo le mira desde el rellano, con el casco torcido y la mano en la oreja.Diego sigue agarrado al pasamanos. Tiene los nudillos del mismo color que la cera.Yo no me muevo.—Tu carta está dentro —dice Leo al fin—. Doblada.Mateo parpadea.—¿La que te mandé?—Sí.—¿Y yo?Leo tarda.Lo veo pensar. No en qué decir. En qué es verdad.—Aún no.Aún no.Es una de las palabras del cuaderno marrón. Leo la escribió una vez, cuando algo que todos esperábamos todavía no había llegado. Y en la página siguiente, un tiempo después, escribió «bien».Mateo no conoce esa historia. No sabe que en el idioma de Leo «aún no» es una puerta entornada, no una puerta cerrada.Pero lo acepta igual.—¿Cuándo?—No sé.Mateo se lo piensa. Se suelta la oreja.—Vale.Y empieza a bajar la escalera. Contando







