LOGINEl coche avanzaba por la carretera de montaña con las luces apagadas. Donato manejaba con una mano, la otra apretando el brazo de Isabela como si temiera que fuera a desvanecerse. Pero ella no se desvanecía. Se quedaba. Como siempre.Mateo estaba en el asiento trasero, envuelto en una manta que alguien había dejado en el maletero. Dormía. O tal vez solo fingía. Isabela no se atrevía a mirarlo por mucho tiempo. Cada vez que lo hacía, veía al niño de ocho años que aprendió a caminar sin que ella lo supiera. Y ese recuerdo pesaba más que cualquier herida.—Tenemos que parar —dijo Donato, rompiendo el silencio—. El coche está casi sin combustible.—No podemos parar —respondió Isabela, con la voz seca—. De Luca sabe que escapamos. Va a tener hombres en cada estación de servicio, en cada pueblo, en cada cruce.—Entonces vamos a tener que caminar.Isabela cerró los ojos. Caminar. Su hermano, que acababa de perder quince años de rehabilitación en una sobredosis. Ella, que no podía sentir las
No lo sabía. Pero necesitaba decirlo. Necesitaba que alguien lo dijera. Aunque fuera mentira.Elisa se acercó gateando. Le tomó la mano a Mateo. Él no la rechazó. Tampoco la aceptó. Solo la dejó estar, como se deja estar una lluvia que no puedes parar.—Tiene que volver a aprender a caminar —dijo Elisa, en voz baja—. Y a comer. Y a respirar sin ayuda. Todo sin ayuda quince años de rehabilitación secreta… se lo llevó la sobredosis. Vuelve a ser el niño de ocho años que no podía levantarse de la cama.Isabela la miró. Con odio. Con pena. Con algo que no tenía nombre.—Todo esto fue por tu culpa —dijo, y su voz sonó como un cuchillo—. Toda su vida fue por tu culpa. Y ahora también su muerte, si no hacemos algo.—Podemos hacerlo de nuevo —dijo Elisa, con una urgencia febril—. La modificación. Pero más lenta. Más segura.—No —dijo Isabela.—¿Cómo que no? ¿Querés que se muera?—Quiero que sea humano —respondió Isabela—. Quiero que tenga una vida normal. Aunque sea corta. Aunque duela. Quier
La puerta de acero cayó hacia adentro con un estruendo que hizo vibrar el suelo. Isabela no se movió. El hombre del traje —De Luca— entró primero, con la pistola baja pero lista. Detrás de él, tres hombres armados con rifles y linternas tácticas. Detrás de ellos, la noche abierta como una herida. De Luca la miró. Sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos. —La hija pródiga —dijo, con un acento que arrastraba décadas de poder impune—. Siempre supe que terminarías aquí. Isabela no respondió. No porque no tuviera palabras. Porque sentía algo extraño en la sangre. Un cosquilleo caliente que subía por sus venas como si alguien hubiera encendido una cerilla debajo de su piel. —¿Dónde está tu madre? —preguntó De Luca, avanzando un paso. —Donde no la vas a encontrar —mintió Isabela. —Mentirosa. Como ella. De Luca levantó la pistola y la apuntó al pecho. No amenazando. Preguntando. Como si el arma fuera parte de su vocabulario. —Decime dónde está el laboratorio. O te juro que vas
El laboratorio era más pequeño de lo que Isabela había imaginado. Una mesa de acero en el centro, dos brazos mecánicos colgando del techo como insectos muertos, una hilera de monitores apagados. Y en la pared del fondo, una vitrina con frascos. No de reactivos. De médula. De sangre. De tejido. Cada uno etiquetado con una fecha y un nombre que ella no quería reconocer. —Mateo, acuéstate aquí —dijo Elisa, señalando la mesa con una naturalidad que helaba. Mateo obedeció sin dudar. Isabela quiso detenerlo, pero él le sonrió con esa sonrisa de siempre, la que decía confía en mí, yo sé lo que hago. Y ella supo que no podía protegerlo de sus propias decisiones. —¿Duele? —preguntó Isabela. —Como el infierno —respondió Elisa, ajustando una correa alrededor del brazo de Mateo—. Pero dura poco. Y al final, él podrá caminar sin bastón. Correr. Bailar. Tener hijos, si quiere. Todo lo que vos hacés sin pensar. Isabela sintió un escalofrío. Todo lo que vos hacés sin pensar. La frase resonó en s
Los ojos de Elisa se endurecieron.—No es que no me sirva. Es que ya no puedo protegerlo. Los hombres que buscan lo que él tiene adentro están más cerca que nunca. Si no se va esta noche, no va a salir nunca más.—¿Qué tiene adentro? —preguntó Isabela, sintiendo que cada respuesta abría tres nuevas preguntas.Mateo apoyó el bastón contra la pared, se enderezó con esfuerzo, y caminó hasta ella. La abrazó. Lloró contra su hombro, como cuando era niño y tenía pesadillas.—Tengo algo en la sangre —susurró—. Algo que ella me puso cuando era bebé. Algo que hace que las células no envejezcan. Que no se enfermen. Algo que la gente mataría por tener.Isabela lo abrazó con todas sus fuerzas. Sintió la fragilidad de sus hombros, la liviandad de un cuerpo que apenas había aprendido a sostenerse. Pero también sintió algo más: una calma extraña, un latido firme, una salud que ningún médico le había diagnosticado.—¿Vos querés salir de acá? —le preguntó al oído.—Más que nada en el mundo —respondió
Isabela no se sentó. No podía. Las piernas le temblaban, pero no era miedo. Era furia contenida, una jaula de costillas donde un animal arañaba por salir. —Mateo se fue solo —repitió, como si pronunciar las palabras pudiera hacerlas menos absurdas—. Mateo, que no puede caminar sin ayuda. Mateo, que lleva veinte años en una cama. Ese Mateo. ¿Se fue solo? Elisa inclinó la cabeza, con una paciencia de maestra de primaria ante un alumno lento. —¿Vos creés que él no puede caminar porque vos nunca lo viste hacerlo? El aire se volvió espeso. —¿Qué decís? —Digo —dijo Elisa, levantándose de la cama con una lentitud que no era fragilidad sino deliberación—, que tu hermano aprendió a caminar hace quince años. A escondidas. En este sótano. Mientras vos dormías arriba, creyendo que él era un inválido. Isabela dio un paso atrás. Su espalda chocó contra la pared de cemento. —Mentís. —¿Por qué mentiría ahora? —preguntó Elisa, acercándose—. Ya perdí todo. A vos, a él, a tu padre que nunca te







