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Capìtulo 6

Author: Gembul
last update publish date: 2026-09-12 19:59:12

 

 

—Espero que lo que puse en tu vientre no llegue a nacer jamás.

 

Valerie se detuvo en el umbral y lo miró con dureza.

—Si eso ocurriera, preferiría morir. No quiero llevar a tu hijo, ¡no quiero!

 

Una mezcla de frío y de fuego la envolvió, y todo se oscureció ante sus ojos. Sus piernas cedieron.

 

Javier la atrapó entre sus brazos antes de que tocara el suelo. La llevó de inmediato al hospital.

 

Se arrodilló junto a la cama, mirando con tristeza el pie de Valerie, ahora envuelto en vendas blancas. Con manos suaves tomó ambos pies, heridos por los cristales rotos. Inclinó la cabeza y dejó un beso largo y tierno sobre la venda que cubría la planta de su pie. Las lágrimas le resbalaron por las mejillas cuando se acostó a su lado, abrazándola con fuerza hasta que el sueño lo venció.

 

El olor a antiséptico la recibió al abrir los ojos. Despertó en una habitación blanca, limpia y silenciosa. El brazo fuerte de Javier descansaba pesadamente sobre su vientre. Miró la aguja de la perfusión en su mano y las lágrimas cayeron sin hacer ruido. Haber amado a Javier era ahora una trampa que le cerraba cada camino.

 

Se quitó la aguja sin quejarse, ignorando la sangre que manchaba las sábanas. Con lentitud, apartó el brazo de su cuerpo.

 

Javier despertó y parpadeó.

—Amor mío…

 

Valerie no se movió, ni siquiera lo miró.

 

—¿Te duele? —susurró él, acariciándole la frente.

 

Ella sonrió con amargura.

—Después de todo lo que hicieron, ¿crees que no duele?

 

Javier guardó silencio, arrepintiéndose de la pregunta.

 

—Quiero el divorcio —lo cortó ella, con voz fría y firme.

 

El rostro de Javier se volvió pálido. Negó e intentó tomarle la mano.

—Dame la oportunidad de explicarte, Valerie. Todo salió mal desde el principio, pero…

 

—¡No necesito tus excusas! —Le apartó la mano con brusquedad—. Vete de mi vida. No quiero volver a verte.

 

—Valerie, soy tu esposo…

 

—¡ENTONCES DIVORCIÉMONOS, MALDICIÓN! —gritó ella, fuera de sí—. ¡VETE! ¡TE ODIO!

 

Javier la abrazó con fuerza, dejando que ella golpeara su pecho sin control.

—Te vas a lastimar la mano, te lo ruego, para.

 

—¡Te odio!

 

—Te amo profundamente —susurró él, ahogando un sollozo contra su nuca.

 

El llanto la venció por completo y perdió el conocimiento entre sus brazos. Él la recostó con ternura, mirando su rostro pálido con los ojos llenos de lágrimas. Poco después, el cansancio lo venció también.

 

Cuando despertó de nuevo, lo miró con odio. No podía quedarse allí. Tenía que irse.

 

La puerta del ascensor se abrió en la planta baja. Valerie se detuvo: Santiago, el mejor amigo de Javier, estaba dentro.

 

—¿Valerie? —Santiago estaba tan sorprendido como ella.

 

Ella puso una mirada gélida y entró sin saludar. Sabía que él era parte de quienes habían visto su destrucción.

 

—¿Estás bien? —preguntó él, notando que la venda del pie volvía a mancharse de sangre.

 

—Como ves, sigo respirando —respondió ella con dureza.

 

—¿Dónde está Javier?

 

—No lo sé.

 

—¿A dónde vas?

 

—A casa.

 

Santiago sacó su teléfono.

—Lo llamaré.

 

—Te maldigo si te atreves a llamarlo —siseó ella con crueldad.

 

El teléfono se quedó suspendido en el aire.

—Entonces te llevaré a casa de tu padre.

 

Recorrieron las calles en un silencio profundo. Al llegar, Valerie bajó y entró sin dar las gracias. La casa estaba vacía. Sacó su pasaporte y su visa de un cajón y salió de nuevo.

 

—¿Todavía estás aquí? —preguntó al verlo junto al coche.

 

—No me dijiste que me fuera —respondió él con calma.

 

—Dame dinero. Tómalo como compensación por ayudar a ese canalla.

 

Santiago sacó su billetera sin oponerse. Valerie le arrebató una tarjeta.

 

—¿A dónde vas?

 

—Llévame al aeropuerto. Si tienes algo de compasión, no lo llames.

 

Él asintió y le abrió la puerta. No hubo palabras hasta que llegaron.

 

—Dime al menos a dónde vas —le pidió al detener el coche.

 

—¡Si te lo digo, ya no será huir! —Le soltó la mano con brusquedad y caminó hacia la zona de salidas.

 

Santiago suspiró viéndola alejarse. Subió a su coche; debía avisar a su amigo, aunque este no le contestaba. No era suyo detenerla, pero Javier tenía derecho a saber. Una y otra vez llamó, y una y otra vez fue ignorado.

 

Al ver el coche de Javier frente a la mansión, sintió alivio. Javier salió apresurado, con el rostro desencajado: ya se había dado cuenta de que ella no estaba.

 

—¡Javier!

 

—No tengo tiempo para tus tonterías, Santiago Cruz. ¡Mi esposa ha desaparecido!

 

—Hace una hora la dejé en el aeropuerto.

 

Un golpe seco le dio en la mandíbula a Santiago, haciéndole sangrar el labio.

 

—¡¿Por qué no me lo dijiste antes, maldito?!

 

—¡No contestabas el teléfono!

 

Javier arrancó hacia el aeropuerto a toda velocidad, ignorando las sirenas de la policía. Gracias al apellido Mendoza, supo en minutos su destino: París. Iba a comprar su billete cuando las pantallas del aeropuerto mostraron una noticia urgente.

 

NOTICIA DE ÚLTIMA HORA: El vuelo XXX-09, de Nueva York a París, ha sufrido una explosión en pleno vuelo por fallo en el motor. Todos los pasajeros y la tripulación han muerto.

 

El mundo de Javier se detuvo en seco. Le faltó el aire. Pálido como la muerte, su corazón pareció detenerse. Santiago leyó el número del vuelo y se quedó helado: era el de Valerie.

 

Javier cayó de rodillas sobre el mármol frío. Un grito desgarrador brotó de su garganta. Golpeó el suelo con los puños hasta lastimarse las manos.

—¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué me castigas así? ¡Prefiero que me quites la vida a mí! —gritó entre el bullicio del aeropuerto.

 

 

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