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Capìtulo 5

Penulis: Gembul
last update Tanggal publikasi: 2026-09-12 19:58:38

 

 

—¿Entonces tú e Isabel son marido y mujer?

 

El cuerpo de Javier se tensó de golpe. Apartó a Isabel con brusquedad, alejándola de sí.

 

Se giró de prisa. Valerie estaba a unos pasos de él, apretando con fuerza el marco de plata que había traído del despacho. Su mirada era afilada, gélida, exigente.

 

—¿De verdad son marido y mujer? —repitió ella, clavando la vista en Javier y luego en Isabel.

 

—Valerie, Isabel y yo ya no tenemos ninguna relación —Javier dio un paso hacia ella.

 

Valerie levantó una mano, marcando un límite tajante.

—No te acerques.

 

—Llevamos cinco años casados, Valerie —la interrumpió Isabel con rapidez, con un brillo venenoso en el rostro encendido—. Anoche fue nuestro aniversario. Y lo más importante: tú no eres más que la tercera en discordia.

 

—¡ISABEL, BASTA! —bramó Javier, con la mandíbula tan rígida que se le marcaban las venas del cuello.

 

—¿POR QUÉ NO? —le devolvió Isabel sin amedrentarse—. ¡Ya es hora de que sepa la verdad! Antes de que ella llegara, éramos un matrimonio feliz. ¡Hasta que tu abuela me obligó a recurrir a esta mujer!

 

El marco se le escapó de las manos a Valerie y se hizo añicos contra el suelo. Todo se desmoronó en un instante.

 

—Y tú —continuó Isabel con una sonrisa torcida y ponzoñosa—, te compramos a tu familia y a tu estúpido novio.

 

—¿Por qué? —preguntó ella con amargura.

 

—¡ISABEL, TE LO PIDO, DETENTE! Javier la sujetó del brazo con tanta fuerza que ella hizo una mueca de dolor.

 

Valerie dio un paso adelante. Su voz era plana, pero el temblor al final de sus palabras no pudo ocultarse.

—¿Y para qué me compraron? ¿Cuál era el propósito de este matrimonio?

 

—Un hijo. Necesitábamos tu vientre para llevar la descendencia de Javier —siseó Isabel con crueldad.

 

Valerie miró a Javier, con la mirada frágil y herida. Estaba pálida. Sus labios temblaban, intentando hablar, pero la garganta se le había secado por completo.

 

Javier se quedó inmóvil. La culpa lo golpeó con tanta fuerza que le costaba respirar. Ver a Valerie intentando mantenerse firme en medio de tantas mentiras le partía el alma.

 

—Valerie, perdóname —susurró él con suavidad—. Lo mío con Isabel terminó hace mucho.

 

—¡Nada ha terminado, Javier! —la cortó Isabel con sarcasmo—. ¡Deja de mentirle solo porque da lástima!

 

—¡LA QUE DA LÁSTIMA ERES TÚ, MALDICIÓN! —estalló Javier.

 

Valerie soltó una risa ronca, vacía, que rompió la tensión.

—¿Entonces fueron Sean y mi familia quienes planearon todo esto?

 

Nadie respondió.

 

—¿Qué hice mal para estar rodeada de gente tan ruin como ustedes? —exclamó ella.

 

—Valerie, perdóname...

 

—¿Cómo pudiste, Javier? —lo interrumpió ella con voz serena y la mirada vacía—. ¿Me usaste solo por mi vientre y luego ibas a desecharme?

 

Esa calma destrozaba a Javier. Le faltaba el aire. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

 

—No fue así, Valerie —dijo él con voz quebrada.

 

—¿Qué te hice yo? —repitió ella, mirándolo fijamente.

 

—Te lo ruego, Valerie.

 

Él se acercó y la tomó por los hombros. Al instante, Valerie lo empujó con las pocas fuerzas que le quedaban, haciéndolo retroceder. Se dio la vuelta y caminó rápido por el pasillo.

 

Caminó sobre los cristales rotos sin quejarse. La sangre manchaba el mármol blanco, pero siguió corriendo.

 

—¡Valerie, escúchame! —gritó Javier tras ella.

 

Valerie no lo oyó. Salió de la casa, subió a su coche y aceleró, dejando atrás la residencia de los Mendoza. Las lágrimas que había contenido brotaron al fin, nublando su vista.

 

Veinte minutos después, tras conducir con desesperación entre el ruido de los cláxones, llegó aparcando bruscamente frente a la casa de su padre.

 

Entró empujando la puerta con fuerza. La sangre de su pie dejaba huellas sobre los azulejos blancos. En el comedor, su padre, Sean, Liora y su madrastra tomaban café tranquilamente.

 

Una familia tan perfecta.

 

Valerie se desplomó en el suelo, ocultando el rostro entre las manos. Contenía los sollozos, con el pecho agitado.

 

—¿Valerie? —Sean fue el primero en levantarse, con los ojos muy abiertos.

 

Valerie se pasó las manos por la cara, obligándose a ponerse de pie. Su padre se levantó, mirándola confundido.

 

—¿Qué te pasó en el pie?! —gritó él alarmado—. ¡Traed el botiquín!

 

—Papá —dijo ella con voz tenue.

 

—No hables tanto, primero hay que curarte —su padre la tomó del brazo, pero ella lo apartó suavemente.

 

—Papá —repitió ella, con una mirada serena, fría y apagada—. ¿Mientras tomaban su café, no sintieron ni un poco de culpa?

 

Su padre frunció el ceño, perplejo. Miró a Sean y a Liora, esperando una explicación.

 

—Valerie, hablaremos después. Tienes la pierna que sangra mucho —insistió él.

 

Valerie negó con lentitud.

—¿Y si la curan, se curará también lo que llevo dentro, papá?

 

La puerta se abrió de golpe. Javier entró sin aliento, desaliñado.

 

—¿Pero qué está pasando aquí?! —exclamó su padre, mirando a uno y a otro con frustración.

 

—¿Por qué me vendieron, papá? —preguntó Valerie con firmeza—. ¿Cuánto les pagó este hombre para que yo no valiera nada para ustedes?

 

Recordó entonces que su padre la había amenazado con trasladar la tumba de su madre si no aceptaba el matrimonio.

 

Javier permanecía inmóvil junto a la puerta. Cada palabra de Valerie le atravesaba el corazón.

 

—¿Quién te dijo que te vendimos? —su padre pareció horrorizado—. ¡La señora de Mendoza te pidió en matrimonio con toda decencia! ¡Acepté porque vi que Sean te era infiel con Liora! ¡No quería que terminaras como tu madre!

 

Valerie miró a Sean y a Liora. Ambos estaban pálidos.

 

—¿Entonces fueron ustedes tres? —susurró ella.

 

—Valerie... —Sean dio un paso hacia ella.

 

—¡No la llames por su nombre, maldito! —lo detuvo Javier, apretando los puños.

 

Valerie esbozó una sonrisa amarga.

—No veo diferencia entre los dos.

 

Miró a Sean, el hombre que alguna vez fue su refugio.

—¿Por qué, Sean? ¿Qué te hice? Tú eras lo más importante para mí, creí que me entendías... ¿Cómo pudiste ponerme en una posición tan despreciable? ¿Cómo pudiste hacerme la amante de ese hombre? ¿Acaso la vida de alguien más es una broma para ustedes?

 

Javier se pasó las manos por el cabello, desesperado, y caminó hacia ella.

 

—Si mi vida es una broma, ¿por qué no se ríen ahora? —alzó la voz, quebrándose—. ¡Ríanse! ¡Perdí! ¡Estoy destrozada!

 

Sus piernas cedieron y cayó al suelo. Javier se arrodilló de inmediato y la tomó entre sus brazos. Ella no se resistió; solo lloró en silencio contra su pecho, sin fuerzas.

 

—¿Quién la vendió?! —gritó el padre de Valerie, fuera de sí.

 

Valerie levantó la cabeza lentamente y lo apartó con debilidad. Señaló a Javier con un dedo tembloroso.

—Su familia y su futuro yerno me vendieron a este hombre. Y él ya tenía esposa. ¿Saben para qué?

 

Le temblaban los labios.

—Solo querían un bebé de mi vientre.

 

Su padre se quedó atónito, pálido.

 

—Resulta que no soy más que una vaca de cría —susurró ella entre una risa seca y amarga.

 

Su padre la abrazó con fuerza. Valerie rompió a llorar sin consuelo, escondiéndose en su pecho.

 

—Papá, duele mucho... Por favor, sálvame, papá... —sollozó.

 

Javier permanecía rígido, con lágrimas resbalando por sus mejillas, viendo cómo se rompía la mujer que amaba.

 

Valerie se separó de su padre y miró a Javier, con la mirada casi apagada.

 

—Javier, dijiste que aprenderíamos juntos, ¿no? —susurró con ternura—. No sabía que estabas aprendiendo a destruirme.

 

Javier negó con rapidez.

—Valerie, no...

 

—Ganaste, Javier. Yo perdí. —Sonrió con una tristeza profunda—. Me enamoré de ti.

 

Los ojos de Javier se abrieron con asombro.

 

—Te amo —repitió ella con suavidad.

 

Esas palabras lo golpearon más que cualquier bofetada. Su corazón se detuvo. Permaneció sin decir nada, aterrorizado, sin saber cómo respirar.

 

 

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