MasukEstuve llorando sin control y Adrián intentó calmarme todo el día, pero no conseguía tranquilizarme.Finalmente, me dijo que empezaríamos de cero, que me conquistaría de nuevo. Así que comenzó a regalarme flores todos los días, me daba sorpresas constantemente y aguantaba todos mis cambios de humor.Aun así, me seguía molestando algo. ¿Cómo podía ser que él me estuviera conquistando si cuando quería besarme, me besaba, y cuando quería abrazarme, me abrazaba? Me quejé, pero Adrián solo me abrazó y me dio otro beso.—Tú prometiste ser mi esposa. Entonces, ¿no soy yo el que tiene que hacerte caso todo el tiempo?Pensé que tenía razón y, sin pensarlo, dije que sí.Así que, en nuestra primera noche como esposos, me rodeó por la cintura y me besó de nuevo, como si fuera un derecho recién adquirido:—Ya es oficial: ahora soy tu esposo.—Fin—Extra: Desde la perspectiva de AdriánMi hermana, Laura, parece otra persona, pero no me importa. Le encanta mi comida, le encanta hablarme sin parar al
Adrián llegó tarde a propósito y se sentó en la cabecera de la mesa, como si nada; lo más humillante fue que ni siquiera necesitó que yo tradujera, porque con un inglés perfecto se dirigió directamente a mi jefa:—Laura se viene a trabajar a mi empresa. Y el precio del pedido que les ofrecimos se multiplicará por diez.Mi jefa ni me miró. Entre sonrisas y apretones de mano, firmaron ahí mismo.Y así, en cuestión de minutos, yo ya era “gente de Adrián”.Me quedé sin entender qué estaba haciendo ni por qué.Cuando por fin se fueron los demás, él me miró y preguntó, como si estuviéramos hablando de cualquier cosa:—Laura, ¿quieres volver a casa a ver cómo está todo?Dudé apenas un segundo y asentí.Solo que no esperaba esto: habían pasado tres años, y Adrián seguía viviendo en ese departamento pequeño.Entré a mi cuarto y se me apretó el pecho porque no había cambiado nada; estaba igual que antes y además se notaba que lo limpiaban seguido, como si nadie permitiera que el polvo tocara mis
Tal como en la novela, Adrián la estaba rompiendo con su empresa. Su éxito fue tan brutal que ya ni siquiera se podía medir en dinero.Y yo también había logrado algo. Ahora era una traductora con cierta fama, lo suficiente como para que mi nombre empezara a sonar en el gremio.La noche antes de volver, estaba en el hotel con la televisión encendida y, de pura casualidad, salió una entrevista suya.En tres años casi no había cambiado; si acaso, se veía todavía más frío, más inalcanzable, como si el tiempo lo hubiera pulido.La presentadora, con tono de broma, le preguntó:—Una pregunta fuera de tema, Adrián: con esa cara, ¿todavía estás soltero?Él sonrió, tranquilo.—No. Estoy por casarme.Sentí que se me hundía el pecho de golpe.Claro. Era lógico. Él ya no era ese “hombre intocable” de la novela. Y yo, después de tres años, ya no podía engañarme: me gustaba. Me gustaba de verdad.Pero yo también tenía algo claro: una vez que decidía algo, no daba marcha atrás.Si Adrián hubiera quer
Y entonces se oyó otra voz, un hombre le respondió, tranquilo:—No va a pasar.Yo reconocí la voz de la chica al instante.Era Carmina.Y no sé por qué, en medio de esa oscuridad y ese encierro, me vino a la cabeza una caricatura que veía de niña: una niña, un tigre que bailaba y un oso con su suéter rojo, con ese inicio de siempre, como un mantra: “En cualquier momento, en cualquier lugar…”Dentro del clóset no se veía nada, pero cuando uno no puede ver, el resto de los sentidos se encienden al máximo. El aire se sentía raro, la cercanía pesaba, el silencio se volvía incómodo.Yo levanté la cara, queriendo decir cualquier cosa para romper la tensión, y mis labios chocaron directamente con los del hombre.El mundo se quedó en pausa. Fueron tres segundos de silencio absoluto. Yo, con la cabeza ardiendo, me aparté un poco, pero apenas nuestras bocas se separaron, una mano me sujetó la nuca y un beso agresivo, decidido, cayó sobre mí.Cerré los ojos y me dejé llevar, sintiéndolo de verdad
—Laura, yo los llevo en el auto.Me giré y ahí estaba Adrián. Y lo peor es que hoy se veía rarísimo, porque normalmente se vestía sencillo, sin pensarlo mucho, pero esta vez estaba arreglado, demasiado guapo, y con esa cara suya era casi ilegal.De pronto entendí, con una claridad incómoda, por qué la Laura de antes se había atrevido a drogarlo: si yo tuviera que convivir con él así de cerca durante tanto tiempo, probablemente también habría perdido el control hace rato.Pero ahora mismo yo solo quería una cosa: que no me arruinara la cita.Jorge se puso nervioso:—¿Laura?Me apresuré a calmarlo, sonriendo como si nada:—Te presento: él es mi hermano mayor, Adrián.Jorge esbozó su sonrisa perfecta.—¡Mucho gusto!La mirada de Adrián era tan afilada que parecía que iba a atravesarlo.—No es mi hermana de sangre.Yo le lancé una mirada de advertencia. De verdad parecía empeñado en que mi cita fracasara.Así que corregí lo que él acababa de decir, rápido:—Pero es como si lo fuera.Agarré
Adrián casi nunca se enojaba así. Yo me eché hacia atrás, instintivamente, y contesté bajito:—Es él.Y todavía me atreví a añadirlo, después de un par de segundos, como si eso fuera a empeorar o arreglar algo:—Es… buena persona.Adrián no dijo nada, pero las venas marcadas en su brazo lo delataban; estaba de un humor pésimo. Sus ojos negros no se apartaban de mí ni un segundo, como si me estuviera juzgando, como si yo fuera la peor de las ingratas, la más descarada.Yo siempre creí que le daría igual lo que hiciera, pero no. Le importaba.—¿Es más alto que yo? ¿Más guapo? ¿Más listo? ¿Qué tiene? ¿O te gustan más jóvenes? —escupió, una pregunta tras otra, con esa rabia tensa que no se disimula.Yo, por dentro, solo suspiré: “Típico. Los hermanos siempre comparan al tipo que les gusta a sus hermanas con ellos mismos.”Murmuré, apenas, casi sin aire:—No te llega ni a los talones, pero tampoco puedo estar contigo, ¿no?Parecía que ni siquiera me había escuchado, porque lo siguiente que