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capitulo 2. Todos lo sabían.

Author: Thewhick
last update publish date: 2025-10-06 04:02:51

POV VANESSA:

Empujo la puerta con fuerza, hecha una loca total, los nervios a flor de piel, y enfrento a ambos con la rabia ardiendo en mi pecho.

—¿Qué demonios acabas de decir? ¿¡Gael es el padre de su hijo!?

Dora se encoge, acurrucada en la cama, con lágrimas que le recorren el rostro, y entre suspiros desesperados, me suplica con voz rota.

—Perdóname, hermana... Yo siempre lo amé, y tú lo habías dejado solo estos años... Solo fue una vez, y mi bebé no tiene la culpa de nada...

Gael se planta delante de mí, desafiante, con esa actitud de protector que me hace hervir la sangre. Como si yo fuera la villana de la historia, y él el héroe que defiende a esa mujer frágil y vulnerable que estoy destruyendo con mis palabras.

—Vanessa, esto es culpa tuya. Tú abandonaste tu rol de esposa para entregarte a tu trabajo. ¿Sabes lo que es llegar a una casa vacía? No tener a nadie que te reciba con amor, con comida casera...

—¿Y eso te da derecho a engañarme? ¿¡Y con nadie más que mi propia hermana!?

—Dora siempre estuvo ahí, ocupando el lugar que tú misma dejaste. Fue un consuelo en mi soledad. Solo fue una vez, Vanessa, cuando me sentía desesperado y solo... Pero el bebé no tiene la culpa.

Su descaro me envenena, me quema por dentro. No reconozco al hombre que tengo frente a mí. Sí, fallé, pero esto es una traición que no tiene perdón. No hay justificación para que hayan tenido sexo, y mucho menos, para que hayan engendrado un hijo juntos.

—¿Cómo tienes la cara de decirme eso? ¡Yo te amaba!

—No tanto como amabas tu trabajo. Siempre pusiste eso antes que nuestra relación, nuestro matrimonio, y mis sentimientos. Maldita sea, soy un hombre, Vanessa. Necesitaba una esposa a mi lado, y tú simplemente no quisiste ser esa mujer.

Le doy la espalda, furiosa, mientras el llanto desesperado del bebé llena la habitación, como un eco de mi dolor. Este también es mi lugar de trabajo, y en ese silencio roto, siento que todo se desmorona.

—Ya entiendo... No tuviste mejor opción que dejar que mi propia hermana ocupara mi lugar.

Intento salir antes de que la rabia me consuma por completo, pero la mano fuerte de Gael me detiene. Cegada por el dolor, me giro y, en un acto de rabia pura, le abofeteo con toda mi fuerza.

—¡Jamás en tu vida vuelvas a ponerme una mano encima!

La puerta se abre de golpe, y allí, en la entrada, veo a mi padre y a mi madrastra, tambaleándose, a punto de caer, con la mirada llena de culpa y miedo. Todo este tiempo, habían estado escuchando, escondidos tras la puerta, sin que yo lo supiera.

—Vanessa, cariño... esto solo fue un error. No seas tan dura con tu hermana y tu esposo...

—¿Ustedes lo sabían? —les pregunto, con la voz rota, sintiendo cómo el suelo se abre bajo mis pies.

—Te lo advertí, hija... —dice mi madre, con la voz temblando—. Te lo dije, que debías prestarle más atención a tu matrimonio. Pero tú, siempre tan absorta en tu trabajo...

—¿“Hija”? —le corto, con rabia y tristeza—. Nunca me consideraron su hija. Desde el principio, la única que trataron como tal fue Dora. Y tú, madre, no paras de recordarme las cuentas que pagar, el dinero que necesitabas, la tienda que no daba ganancias... ¿Cómo pueden ser tan crueles, después de todo lo que he hecho por ustedes?

Mi madrastra me agarra del brazo, pero la aparto con asco, sintiendo que el veneno de su presencia me intoxica.

—¡Vanessa, por favor, no te vayas! —me suplica, con lágrimas en los ojos.

Antes de salir, lanzo una mirada cargada de odio y desprecio a Gael, que aún me mira con esa arrogancia que me hace arder por dentro.

—No te preocupes, no seré un obstáculo para tu “pequeña gran familia”. Pronto, recibirás la demanda de divorcio.

Salgo corriendo, dejando escapar las lágrimas que he contenido con tanto esfuerzo, pero que ahora me arrasan sin piedad. Es increíble cómo justifican una traición tan profunda, cómo intentan hacerme sentir que todo estuvo bien, que fue solo un error. Pero sé la verdad: esto es una infamia, una traición que me destroza el alma, y que arrastra a toda mi familia en su podredumbre.

Me desplomo en las escaleras de emergencia, con el corazón en un puño, y trato de llamar a mi mejor amiga, que no tarda en llegar a mi lado.

—¿Qué pasó, Vanessa? —me pregunta, con preocupación.

—Me traicionaron... Gael tuvo una aventura con Dora, y mi padre lo sabía todo... De Dora no me sorprende, nunca me quiso, pero de mi propio padre...

—Eso es...

—La peor basura que le puede pasar a alguien.

—¿Y qué piensas hacer ahora?

—Me voy a divorciar, ni loca me quedo en este circo de mentiras. La oportunidad de trabajo que rechacé, todavía la puedo conseguir.

—Por supuesto. En cuanto quieras, hago que el personal te reenvíe el correo.

—Te lo agradezco, de verdad. No pienso quedarme a verlos felices, ni a seguir viviendo en esa mentira. No después de lo que me hicieron.

—Es la mejor decisión. Duele, sí, pero por tu salud, debes dejar todo atrás y seguir adelante.

Dejar todo atrás y seguir... Esa frase suena tan simple, tan vacía, cuando en realidad, parece imposible de cumplir.

Mientras tanto, en la habitación, Dora llora en brazos de sus padres, que la consuelan con ternura.

Yo, en silencio, me lavo el rostro, borrando las lágrimas, y me miró en el espejo. Esto no puede quedar así. Tengo un nudo en la garganta que me ahoga, y sé que tengo que decirles toda la verdad, aunque me cueste la vida.

Acomodo mi cabello en una coleta alta y vuelvo a la habitación, dispuesta a todo, a cortar los lazos que me atan a esa mentira, a esa traición, a esa familia que me ha destruido.

Pero justo antes de abrir la boca, una enfermera entra preguntando por el registro del bebé. Se sorprende al verme a mí y a Gael en esa habitación, y con una sonrisa profesional, comienza a trabajar.

—¿Usted también está aquí, doctora?

Su mirada se posa en Dora.

—Entonces ella debe ser su hermana, leí en el expediente.

Todos nos quedamos en silencio, pero la enfermera parece no notar la tensión que nos envuelve.

—Estoy aquí para tomar la información del pequeño. La madre es Dora, ¿me puede decir el nombre del padre, por favor?

Sin pensarlo, respondo antes que nadie.

—El padre es Gael.

La enfermera entiende la situación, y con nerviosismo, termina rápido.

—Si los padres no están casados, el papeleo será complicado.

—No se preocupe. Se casarán pronto, y podrán registrarlo como un matrimonio.

La joven enfermera, confundida, se despide rápidamente, dejando que la tensión en la habitación se vuelva aún más pesada.

Marcela, mi madrastra, estalla en gritos de impotencia.

—¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre decirle eso a una simple enfermera? ¡Recuerda que sigues siendo la esposa de Gael!

—Te recuerdo que pronto seré su ex esposa. No pienso quedarme en esa mentira. Y, de paso, te digo que tú también puedes ser feliz con esa verdad. ¿O quieres que tu hija siga siendo la amante toda su vida?

—Vanessa, entra en razón. Esto puede ser una bendición. Puedes criar al hijo de Dora junto a tu esposo, y mantenerlo en secreto.

Río con amargura, sintiendo cómo la rabia me consume.

—No, no hay nada de bendición en esto. Tú, tu hija y ese hombre, son la peor pesadilla que me podía tocar. Y no pienso quedarme a ver cómo me destruyen, ni a seguir siendo parte de esa mentira.

Señalo a Gael con una furia que me quema por dentro.

—¿Y tú, qué dices? ¿Que abandoné mi papel de esposa? ¿Que olvidé todo lo que hice por ustedes? ¡Recuerda, Gael! Cuando estabas sin trabajo, fui yo quien trabajó 12 horas diarias, quien invirtió mi dinero en tus sueños, quien sacrificó mi salud para que tú triunfases. ¡Y tú, en lugar de agradecerme, me traicionas!

Gael, con toda su furia contenida, intenta mantener la compostura, pero sus ojos revelan su ira.

—¿Esto es un reproche o me lo estás echando en cara?

—Te lo digo en tu misma lengua, porque parece que olvidas que tuve que luchar sola para mantenernos. Tú solo te dedicabas a tu ego, a tu orgullo, mientras yo sacrificaba todo por ti y por esta familia de mentiras.

Mi dedo apunta directo a quienes llaman “familia”.

—Sé que me guardan rencor por negarme a casarme con aquel hombre, y que quedaron en deuda. Pero esto no es una forma de pagarme. Yo no gasté ni un centavo de ese dinero. Yo he sido la que ha sostenido esta familia, mientras ustedes se hundían en su propia podredumbre. Pero para ustedes, siempre fui una decepción. Y tú, Cora, ¿te olvidas que siempre estuve cuando me necesitaste? Que te cuidé, que te apoyé...

La veo morderse los labios, sin responder. Pero yo no me callaré.

—Cuando estuviste enferma, pasé tres días y noches a tu lado, y así me pagas, aprovechando que yo trabajo para meterte en la cama con mi esposo. Pues bien, ya basta. Desde hoy, corto todos los lazos. No quiero volver a verlos, ni en sueños.

Salgo golpeando la puerta, y en un instante, todo se vuelve borroso. El suelo se tambalea, y caigo inconsciente.

Cuando despierto, todo es un caos. Gael y las personas que me rodean me miran con enojo, con desprecio. Oigo al doctor decir que mi bebé está sano, pero que necesito descansar.

Gael no pierde tiempo y, al verme despierta, comienza a interrogarme con furia.

—¿Cuánto te sale el papel de víctima, cuando todo este tiempo me has engañado?

—¿De qué diablos hablas, Gael?

—¡No he estado contigo últimamente! Eso significa que estuviste con otro hombre, Vanessa.

—¿¡Cómo te atreves a decir eso, cuando tú me engañaste con mi propia hermana!?

—Al final, no eras tan diferente. Y, por toda la ayuda que te di, te pido que olvides lo ocurrido. Que me perdones por ser un hombre que no sabe qué hacer con una mujer como tú, embarazada de vaya a saber qué clase de hombre.

En ese momento, la verdad me golpea con toda su crudeza: soy la víctima, pero también la que fue traicionada, la que fue engañada, la que fue abandonada.

Y en ese silencio pesado, comprendo que no hay vuelta atrás. La mentira, la traición, la humillación, todo ha quedado al descubierto. La familia que creí tener, solo fue una ilusión rota. Y ahora, solo me queda una cosa: salir de ese lugar, con la grabadora en mano, con la prueba de su cobardía, y dejar que el mundo vea quiénes son en realidad.

Antes de que la puerta se cierre, escucho su voz gruesa y enfurecida, llena de rabia y desprecio:

—¿A dónde crees que vas, Vanessa?

 

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