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Capítulo 3

Author: Dayrin
last update publish date: 2026-05-22 07:31:19

Los recuerdos de nuestra relación de adolescencia me lastiman y lo doloroso que fue nuestra ruptura a veces me deprime. Hicimos planes de ir juntos a la universidad a otro país, escaparnos los dos y casarnos a escondidas.

Hasta cuántos hijos queríamos tener y la casa que nos gustaría en el futuro.

Pero todo se derrumbó. Recuerdo ese último día que nos vimos en un parque que había cerca de la escuela. Nos besamos con amor y pasión; amaba demasiado mi poco tiempo que pasaba con él a solas.

Esa fue la última vez que vi su rostro sonriéndome y diciéndome que se iría del país por dos semanas. Aunque sonreí y le dije que todo estaría bien, pero por dentro gritaba de dolor, ¿cómo se iba a ir el amor de mi vida...?

¿Quién me iba a cuidar y a comprarme chocolates y flores?

Me llenó la cara de besos, diciéndome: "Se que no estas bien. No me mientas, mi amor" y se me cristalizaron los ojos sin poder dejar de llorar frente a él.

Me sonrió. Y me dijo que iba a dejar todo listo para mí. Mi mamá y yo vivíamos de la pensión que había dejado su padre para ella, por la muerte de mi padre. En la vieja casa que mi papá había construido, que por cierto, dejó de ser mía tan pronto mamá falleció y pasó a manos de los Lawrence.

Su consuelo nos llevó lejos. Él no fue a la escuela esa mañana, y se me había hecho raro, pero me fue a recoger cuando terminaron las clases para darme esa horrible noticia de que se iba a marchar unos días.

Ya en el parque donde siempre pasábamos tiempo juntos a solas él me propuso algo.

—Elora... sé que tenemos tres años juntos y nunca te he faltado el respeto, pero, ¿me permites estar contigo antes de marcharme?

Bajé la cabeza avergonzada y él levantó mi mentón. Sus ojos cafés no me mentían. Brillaban con intensidad.

—Si no quieres no lo haremos— me dice besando el dorso de mi mano.—es solo que te deseo mucho y sabes bien que me casaré contigo tan pronto terminemos la escuela. No es tratando de convencerte, ni nada, es un simple recordatorio de que si tú no me permites ser tu esposo, no serás la esposa de nadie ¿Me entiendes Elora?

En ese momento nunca vi las banderas rojas de su comportamiento, me gustaba que fuera mi dueño. Sí, Él era mi todo. Y se sentía bien.

—¿Y si no regresas? ¿Cómo voy a...?

Pero me interrumpió.

—¿Cómo vas a pensar eso de mí? Tres años llevamos juntos y nunca te he tocado de ninguna manera irrespetuosa ni que no me permitas... no te estoy exigiendo que lo hagas, solo es una propuesta. Sé que quieres llegar a nuestra boda sin ser tocada de forma inmoral, como se debe, pero m****a...

—¿Por qué dices eso?

Él me miró a los ojos.

—¿Qué?

Dijo con tono cansado.

—Dijiste "m****a"... sabes que no me gusta que seas grosero, eres muy inteligente para eso.

Solía arrascarse la parte atrás de la cabeza cuando lo regañaba.

—¡Ahh! Lo siento. Solo digo estas cosas cuando estoy en confianza, es que solo contigo puedo ser yo mismo.

—¿Entonces eres grosero porque te sientes bien conmigo?

Me miró con esa sonrisa que lo caracterizaba.

—Qué... no jajaja, simplemente puedo ser más normal y no fingir tanta perfección. Ya sabes cómo es mamá. Pero no me cambies el tema, Elora.

—Tengo miedo, no te estoy cambiando el tema.

Dije mirándole a la cara fijamente

—Ven aquí.

Me sentó sobre sus piernas y nuestros labios se unieron en un beso apasionado.

Ese mismo día, esa misma noche, él y yo hicimos el amor. O bueno, yo no sabía mucho de esas cosas, él hacía todo por mí, y por ser él, yo era feliz. Aunque fue un trabajo duro, me dolía muchísimo y rasguñé su espalda hasta hacerlo sangrar, aunque nunca se inmutó.

Esa fue nuestra despedida. Me entregué a él con temor, pero sabía que él cuidaría de mí, sin importar qué.

O eso pensé...

Éramos tan jóvenes, tan inmaduros... creí que él sería el hombre con el que me casaría, tendría hijos y viviría mi cuento de hadas. Pero no existe eso de los cuentos de hadas.

Y después de esa tarde, de ese día donde me entregué a él, donde manchamos las sábanas de sangre, lágrimas, sudor y semen, donde mis gemidos y gritos rebotaban en las paredes. Donde su sudor caía como gotas sobre mí y sentía como se hundía y me sostenía la cintura con presión y cuidado a su vez, se marchó dejándome en casa, sintiendo que él se llevaba una parte de mí con él.

Tanto, que cortó la parte manchada de la tela ensangrentada como su recuerdo eterno y su motivo de regreso. Pues ya le había dado lo mejor que tenía.

Mi inocencia.

Mi cuerpo.

Mi virginidad.

Lloré sobre su regazo, él aún así seguía siendo dulce conmigo. Ni una sola gota de rechazo.

Todo lo contrario, se aferraba a mí con fuerza.

—Oye, vuelvo en dos semanas, lloras como si no fuera a volver a ti. Te amo Elora, nadie me separará de ti.

Me susurraba

—Así eres tú, nada te lastima, pero a mí me duele no verte en dos semanas.

—Claro que me duele. Tengo que dejarte sola con esas pirañas en la escuela. Pero como el alfa que soy, no puedo derrumbarme, ¿como te voy a proteger si me comporto como un marica llorón?

—No hables así...

—Dime que me amas Elora.

—Te amo, Cedric. Con locura.

Me dejó en casa, frente a mi puerta, lo vi subir a su coche después de besarme mucho en todas partes de la cara, levantarme como a una muñequita y marcharse frente a mis ojos con mi corazón detrás de él.

Lloré ese día y el siguiente no fui a la escuela fingiendo que me dolía la cabeza. Mi mamá no sabía de nuestra relación, o bueno, tratábamos de aparentar ser solo mejores amigos en la escuela, con mi madre y su madre, haciendo las tareas.

Pero pasaban los días. Pasaron tres semanas y no recibía ningún mensaje de él. Así que, llena de valor, fui a su casa, y su madre me dijo que él decidió quedarse a vivir en Los Ángeles, Estados Unidos.

Justo el lugar donde él y yo dijimos que viviríamos en un futuro. Sentí que mi corazón se encogió, y a su vez se quebró. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y el aire me faltaba.

Cedric me mintió para acostarse conmigo y dejarme abandonada, pero sonreí forzadamente.

Ella me preguntó qué tipo de relación tenía con su hijo. Su trato no fue muy amable, pero tampoco me lastimó, y mentí, le dije que él es mi mejor amigo y que estaba preocupada por no saber nada de él, ya que me dijo que volvería en dos semanas.

Al volver a casa, lloré por días, o mejor dicho, semanas, tanto que terminé ingresada en el hospital y mi vida cambió por completo ese día.

Desde ese día... todo se volvió un infierno.

Una noche de tanto malestar y llorar, perdí la conciencia y desperté en el hospital. Al despertar lo primero que vi fue la cara de mi madre horrorizada, y supe que nada estaba bien cuando vi a la madre de Cedric.

—¿Estás embarazada de mi hijo?

Fueron las únicas palabras que escuché al abrir los ojos; ni siquiera me había recompuesto del todo.

No entendía.

Ni siquiera pude hablar; la cachetada de mi madre fue instantánea. Lloró mirándome con decepción.

—Cómo te atreviste... todo lo guardé para que te graduaras en la universidad y te atreviste a meterte con el hijo de quien nos dio de comer. —me gritó.

Mis ojos se cristalizaron; mi madre nunca me había pegado, pero su cara llena de lágrimas y sus ojos acusadores me lastimaron.

—Por favor, señora Lucrecia, cálmese y deme un momento, hablaré con su hija.

A simple vista, ella parecía una mujer muy buena y amable, pese a su carácter.

Mi madre salió por esa puerta sin pensarlo mucho. Los tacones de la madre de Cedric resonaron acercándose a mí, sabía que algo malo iba a ocurrir, quería escapar. Ella cerró más la puerta para que no la escucharan y nadie entrara.

—Así que embarazada de mi hijo... —dijo con filo en sus palabras punzantes; me estaba rodeando como un león a su presa.

—Si sabes lo que te conviene, vas a deshacerte de ese bebé. Tienes cuatro semanas de embarazo y no creas que dejaré que alguien tan miserable como tú, sin apellido, sea la madre del primogénito de Cedric. Su padre no trabajó en vano. Muchachita insolente.

Mi corazón se aceleró de tal forma, que pensé que me daría un infarto. Mi estómago se contrajo con brusquedad al punto de hacerme sentir fuertes náuseas.

Traté de suplicar.

—Por favor, no me obligue a esto. Cómo me pide que haga algo tan cruel. Matar a mi propio hijo...

Ella se rió sin gracia, se acercó a mí y me acarició la cabeza como si fuera un perro y de pronto me apretó el cabello con dureza.

—Cállate. Te dimos de comer, te vestimos. Te dimos educación, ¿y metiéndote con nuestro único hijo es como nos pagas? Mi hijo es muy joven para tener familia y no necesita que una Don nadie como tú quiera dañarlo.

No podía moverme mucho. Quería que soltara mi cabello, porque dolía como me apretaba.

—Conozco a las de tu clase. Apuesto que con tu carita de mosca muerta te metiste entre sus ojos para seducirlo y mi hijo que es tan bueno, se dejó enredar por tus artimañas. Él es rico, guapo y un buen partido; que más no quisiera alguien de estatus económico bajo, como tú, que sacarle provecho a una situación como esa.—se alejó unos pasos de mí y se rió con sorna.

—Embarazada ja' mantén tu lugar, marginal. Tú no llevarás el apellido de Cedric. Tú no serás la que caminará junto a él, en el altar. Te lo juro

Dolía mi cabeza, dolía mi cráneo. Pero lo que más me dolía, era el corazón. Con voz temblorosa y sin poder levantar la cabeza le hablé.

—N-no quiero el dinero de Cedric. Le juro que haré lo que sea... lo que sea, pero no me haga esto, por favor. No quiero pasar por un aborto. Por favor.

¿Qué podía hacer yo contra la viuda de los Lawrence, llena de poder y dinero? Mis súplicas no eran más que palabras sin peso para alguien de su clase.

—Cállate, mocosa infeliz. No tienes derecho a nada más que ser una esclava de nuestra familia. Nos debes todo, hasta la ropa interior que usas y mira cómo te atreves a faltarnos el respeto.

Escupió con rabia. Abrir mi boca solo empeoraba las cosas.

—Juro que amo a Cedric. Le juro que lastimarlo sería lo último que haría en mi vida...no sabia, yo...

—¿Amar? Si lo amaras no destrozarías su futuro con esa criatura en el vientre. Así que más te vale abortar por tu propia cuenta, o verás de lo que soy capaz por cuidar a mi hijo y sus bienes.

Me levanté tambaleante, me acerqué a ella y llorando desesperada, me incliné arrodillada suplicándole con la cara bañada en lágrimas.

—OIGA, ME ALEJARÉ, NUNCA MÁS SABRÁN DE MÍ, PERO...

Una cachetada me hizo cerrar la boca al instante. Se acomodó la ropa y me lanzó una tarjeta donde estaba su número de teléfono.

—Cuando estés lista para deshacerte de ese embrión, llámame. No permitiré que la sangre de mi hijo ande por cualquier lugar mendigando. Mientras más días pases sin contactarme, peor será para ti y tu madre.

Salió de la habitación y yo me quedé ahí, fría, destrozada con el alma gritando por ayuda.

Ayuda que nunca iba a tener. ¿Por qué Cedric me había hecho esto?

Me preguntaba.

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