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Capítulo 6

Autor: Dayrin
last update Fecha de publicación: 2026-05-22 07:31:56

—¿Qué quieres de mí?—dije con agitación.

—Te hice dos preguntas. No te dije que me hicieras otra pregunta como respuesta, a lo que te pregunté. Pero como soy un hombre misericordioso, como mi padre, voy a responderte.

Maldito hijo de puta.

Quería gritarle tantas cosas, pero ¿para qué? ¿Para que su ego mediocre se eleve todavía más? ¿Para que se siga riendo de mí y piense que sigo aferrada a ese maldito pasado?

No. Ya me había denigrado lo suficiente. Además actúa como si nunca fuimos nada, él dejó todo en el pasado.

Porque iba yo a recordarle algo que ya no le importaba.

—Lo único que quiero es que deje de ser tan irresponsable y vuelva al trabajo.

¿Eso fue todo?

—Ya le dije que no.

—Prefieres mendigar en las calles...que tonta, según lo que me contaron, usted es muy inteligente, pero viendo esa respuesta, me decepcionan totalmente.

—No estoy para complacer expectativas ajenas.

Se rio, pero no era una risa normal... era una burla directa y sin máscara.

—Disculpa por la risa desmedida, es que no sabía que usted era de esas que actúan por orgullo creyendo que eso le ayudará en algo en la vida. Solo vivirá perdiendo oportunidades por ese pensamiento tan mediocre. Le recordaré que no tendrá oportunidad de trabajar ni limpiando las aceras de las calles. Esa vida de vanidad y lujos como siempre le ha gustado, no la podrá tener nunca más. No creo que vivir bajo un puente sea una opción favorable para un rostro tan bonito como el suyo.

¿Cómo siempre me ha gustado? Este hombre en serio me saca de mis casillas. ¿De que está hablando?

—¿Qué sabe usted de mí?

—Lo suficiente para saber que es buena secretaria. No me interesa saber nada de su vida personal, con lo laboral es suficiente. Solo cumpla con su obligación. Será mi secretaria personal, y soy muy exigente. Recuérdelo.

La expresión de mi cara, posiblemente era de terror, ante tanta estupidez.

—¿Qué? Esto tiene que ser una broma.

Suspiré negando con la cabeza aturdida por ese comportamiento tan humillante a su vez hiriente.

Cada palabra que salía de su boca es un cuchillo afilado que se me enterraba en cada parte del cuerpo.

—Me informaron que es buena en su trabajo, y no me gustan los mediocres a mi lado. Su salario será más alto del habitual. Por el dinero no se preocupe, le pagaré muy bien.

Me hablaba como si no me conociera. Como si yo fuera aquella niña que engañó hace nueve años.

Como si no me hubiera tocado, ni besado, ni arruinado.

Supongo que quiere verme perder el control, que le grite todo lo que llevo atorado desde hace años.

Pero si quiere jugar a la indiferencia, yo también puedo hacerlo.

Después de todo, fuimos dos adolescentes estúpidos. Solo que yo terminé más marcada que él.

Mis cicatrices no se ven por fuera, pero por dentro... hay heridas que siguen abiertas y cicatrices muy visibles.

Suspiro, giro el rostro y juego con mis dedos. El coche se pone en marcha. De pronto, se detiene frente a una tienda.

—Baje y compre lo que necesite. Debe estar impecable si va a trabajar a mi lado. Porque va a conocer personas de alta sociedad.

No me mira cuando habla, su vista está puesta en el dispositivo en sus manos y solo extiende la tarjeta color negro con dos de sus dedos.

Me abren la puerta rápidamente. Lo miro con un resentimiento que me arde en la piel, como puede ser tan ignorante.

Bajo del coche como alma que lleva el diablo y entro a esa maldita tienda exageradamente costosa.

—Bienvenida, señora Elora.

Las miro con extrañeza. ¿Cómo demonios saben mi nombre?

—No se sorprenda —dice una de ellas—. El señor Cedric nos informó que su secretaria vendría a probarse algunos vestidos. Dijo que podía elegir lo que desee.

Chasqueo la lengua. El chofer que me acompañó solo me dice que me esperará afuera.

Ni respondo. Todo esto es tan absurdo.

Pero no tengo otra opción más que probarme cada prenda que me ponen enfrente. Es como si él hubiese elegido todo para mí. Todo me queda bien. Demasiado bien.

La ropa me transforma. Me hace ver elegante, refinada... una versión de mí que no reconozco.

No es que me vistiera mal antes, pero jamás habría podido pagar una sola de esas piezas.

Termino con un sinfín de bolsas y vuelvo al coche acompañada por el chofer quien las carga. Le devuelvo su tarjeta, mientras el chofer coloca todo en la baúl, cuando entra solo pide que arranquen.

Hay un silencio incómodo y tomo la iniciativa de hablar.

—Le devolveré el dinero.

—Tendrías que trabajar un año gratis para pagarme el dinero que gastaste en esa tienda.

Sus ojos siguen fijos en la pantalla de su dispositivo.

—Pero...usted.

—No importa. No te estoy cobrando señorita Norris. Ahórrese el drama de humildad y desinterés. Me da igual.

¿Pero este hombre qué demonios?

De reojo lo observo. Está con su iPad en mano, deslizando el lápiz sobre la pantalla, ceño fruncido, traje negro a la medida. Corbata, reloj, zapatos brillantes.

Sus piernas cruzadas, el porte perfecto.

El cabello en orden, las pestañas largas. Barba corta. Esos ojos cafés que una vez me miraron con ternura... para engañarme.

Niego disimuladamente y él habla, pero esta vez volteo hacia mí.

—¿Algún recuerdo especial le trajo mirarme de pies a cabeza?

Siento las mejillas arder y el corazón acelerarse. Las manos me sudan y las rodillas se debilitan.

—Claro. No sé por qué insiste tanto en que sea su secretaria, cuando hay miles que estarían encantadas.

Estoy temblando, sus ojos se achican un poco y endurece la mandíbula.

—Ya le indiqué la razón. Deje de hacer preguntas tontas. Mañana a las ocho en punto debe estar en la empresa. Odio la impuntualidad, ya se lo dije.

—Le recuerdo que usted fue muy impuntual hoy. Exija cuando usted de lo mismo.

—Da igual. No era importante de todos modos.

Ja. Qué infeliz.

Me muerdo la lengua y suspiro.

El coche se detiene en el parqueo del apartamento donde, al parecer, me quedaré. El chofer me abre la puerta, baja las bolsas del maletero y las deja a un lado.

—No pierda tiempo. Vámonos, tengo cosas que hacer—lo escucho decir.

El chofer sube al coche y se alejan, dejándome ahí, sola, con todas esas bolsas a mis pies.

—¿Esto es real?

Ni siquiera se molestó en decirle al chofer que me ayudara. Me dejó tirada... como siempre.

Respiro con pesadez y tomo las bolsas. Subo al ascensor guiándome por el número en la llave.

Cuando abro la puerta, casi se me cae la mandíbula.

Un apartamento enorme. Luces, brillo, elegancia. Todo parece recién estrenado.

—Pero qué estupidez...

Dejo las bolsas frente a la puerta y empiezo a recorrer cada rincón.

La cocina impecable, el baño inmenso, la habitación con una cama amplia y un balcón que se abre tras una puerta de cristal.

—Supongo que puedo decorarlo con plantas...que estoy diciendo.

Me cuestiono a mí misma.

El clóset es enorme, los muebles de lujo. Todo está perfectamente limpio, ordenado, brillante.

Me dejo caer en el sofá. Miro la lámpara que cuelga del techo.

Mis ojos se humedecen, pero solo eso.

—¿Por qué mi corazón aún late por ti? Han pasado tantos años, y yo... aún te quiero. Pero te prometo que nunca lo sabrás. Aunque cada herida me queme en silencio, aunque me muera por reclamarte... yo nunca volveré a decir tu nombre con amor.

Desde ese día, acepté mi condena, a vivir para ser la marioneta de Cedric.

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