Se connecterKAELA:
El collar de plata era más que un simple grillete; sentía cómo estaba absorbiendo mi esencia misma con cada minuto que pasaba en mi cuello, debilitándome. Y lo peor era que no dejaba que mi olor fuera percibido por otros. Mi compañero que me estaba buscando no podría encontrarme. Me habían traído al palacio del alfa Kaesar, mi prometido y asesino de papá. Por un instante, temí que me hubieran atrapado para otra cosa.
—¡Más rápido, inútil! —me gritó la Delta Tara, jefa de la servidumbre, mientras yo fregaba el suelo del gran salón—. ¿Acaso piensas que tienes todo el día? El dolor en mis rodillas era constante, pero no levanté la cabeza. Un silencio pesado impregnaba la habitación cuando un par de tacones afilados resonaban con autoridad. —Esa es la Luna Artemia, madre del Alfa —susurró la omega Nina a mi lado. La Luna Artemia avanzaba con firmeza. Llevaba un vestido negro perfectamente ajustado que contrastaba con la perturbadora palidez de su piel, mientras sus ojos dorados se fijaban en mí. Lo pude sentir, el collar en mi cuello pareció reaccionar ante su presencia, apretándome más. —¿Esta es...? —preguntó con voz fría. —Sí, mi señora —respondió Tara, inclinándose profundamente. Intenté no moverme, manteniéndome inmóvil con la cabeza gacha. Pero ella se detuvo justo frente a donde estaba yo, fregando el suelo ásperamente. —Umm... —gruñó mientras sus uñas afiladas como garras se posaban en mi barbilla para levantar mi rostro. El contacto me heló hasta los huesos. Mi corazón dio un vuelco y, aunque traté de evitarlo, no pude dejar de mirarla por un segundo. En esa breve conexión visual, vi algo inquietante: una satisfacción oculta tras una fina capa de desprecio, acompañada de una sonrisa aterradora en sus labios, antes de que me soltara con un tirón brusco. —Asegúrate de que aprenda su lugar —dijo con altivez—. El Alfa no tolera la incompetencia. —Por supuesto, Luna Artemia —respondió la Delta Tara, inclinándose nuevamente.Cuando la Luna Artemia finalmente se alejó, la Omega Nina se acercó con rapidez, arrodillada junto a mí.
—Has tenido suerte —susurró—. La última vez que la Luna mostró interés en alguien, la chica desapareció. —¿Por qué? —pregunté en un tono bajo. —Dicen que la Luna Artemia es quien realmente gobierna aquí —respondió, con los ojos clavados en las baldosas—. Ella es quien escoge las lobas para su complacencia y que luego no vuelven a aparecer; por eso constantemente están trayendo jóvenes que roban de todas las manadas. —¿A ti también te atraparon? —pregunté, pensando en lo que decía. —Sí, dos días antes que tú —respondió en un susurro, alejándose al ver a Tara acercarse. —Tú —me señaló—. Vete a limpiar el pasillo de los aposentos principales. La obedecí sin chistar. Me había propuesto pasar inadvertida hasta averiguar qué hacía allí mientras me preparaba para mi venganza. Caminaba pegada a las paredes sigilosamente. Al llegar al pasillo, la voz poderosa y autoritaria de la Luna Artemia resonaba, gélida y firme. Estaba dentro de una habitación que mantenía la puerta abierta. De pronto, un gruñido bajo que erizó mi piel resonó en su interior, seguido de un grito de la Luna. —¡No la vas a encontrar, Kaesar! Han pasado muchos años desde que desapareció. ¡Acéptalo! —gritó la Luna con veneno en la voz—. ¿O es que sabes algo que yo no sé? —Madre, quiero estar solo —gruñó de nuevo el Alfa y la vi salir apresuradamente de la habitación con los ojos rojos y maldiciendo. Me apresuré a esconderme detrás de una columna antes de que ella pudiera verme. Mi mente, sin embargo, quedó marcada por lo que acababa de escuchar. ¿A quién estaba buscando el Alfa? ¿Sería a mí? Pero, si me había mandado a atrapar para tenerme en la lista de lobas jóvenes para su complacencia, entonces buscaba a alguien más. Deslicé mis pasos sigilosos por el pasillo hasta detenerme en la puerta abierta. Quería ver cómo era de adulto, pero la estancia estaba en completa oscuridad. —¿Quién anda ahí? —gruñó con violencia, lo que me paralizó. Antes de tener la oportunidad de desaparecer, me atrapó. Mi espalda chocó contra la fría pared, inmóvil bajo la fuerza que me sostenía. El Alfa estaba frente a mí. —¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —rugió, como el lobo que era. El aire abandonó mis pulmones al sentirlo tan cerca. Sus ojos dorados brillaban intensamente en la oscuridad, estudiándome. —Yo... yo solo limpiaba —tartamudeé, buscando sonar insignificante. Sin embargo, no me soltó. Sus manos se movieron rápidas y bruscamente, recorriendo mi cintura. Estaba aterrada cuando su rostro se acercó hasta mi cuello, justo donde colgaba el collar que ocultaba mi aroma. Lo sentí olfatearme. Su aliento, cálido y pesado, rozaba mi piel, y todo mi cuerpo se estremeció sin que pudiera evitarlo. "Kaela, es él, es nuestro Alfa", escuché a mi loba Laila en mi mente. "Puedo oler todas sus fragancias. Dile quiénes somos". —Tu aroma... —murmuró, volviendo a hundir su nariz en mi hombro—. ¿Por qué no lo puedo oler?"¡Kaela, habla!", gritó mi loba en mi interior, pero no podía hacerlo.
"¡Es el asesino de papá!”—le grité en mi mente, tensándome para no sucumbir.Sus dedos atraparon mi cabello, haciendo que mi cabeza se levantara, mientras rozaba sus colmillos por mi cuello expuesto, convirtiendo el momento en una tortura. Todo mi cuerpo reaccionó ante su toque, rompiendo mi voluntad.
—Kaesar... —susurré, sin apenas darme cuenta. Se detuvo de pronto, olfateándome con intensidad, como si mi voz lo hubiese despertado. Un gruñido profundo reverberó desde su interior, llenándolo todo. Sentí cómo el tiempo se detenía en ese instante. Aguanté la respiración, cerrando los ojos al sentir sus colmillos bajar por mi cuello, buscando el lugar exacto donde hundirse. Pero se detuvo sacudiendo la cabeza. Dio un paso atrás, soltándome de repente para mirarme. Sus ojos ya no brillaban con un deseo feroz; ahora reflejaban confusión y duda. —¿Eres Kaela? —preguntó desconcertado, haciendo que mi corazón se detuviera. No podía descubrirme, no aún—. ¿Por qué no puedo olerte? ¿Quién te hizo esto? No... no eres ella, tu cabello…, es negro. Me estoy volviendo loco.Retrocedió, alejándose de mí como si fuera un fantasma, justo el tiempo necesario para bajar la cabeza y arrodillarme ocultando lo que sentía. Tenía que impedir que me reconociera.
“¡Kaela, dile sobre el collar de plata!” —rugió mi loba con desesperación—. “¡Él no puede verlo, debe estar embrujado! Además, nuestro cabello está pintado.”Soltó un rugido visceral, tratando de obligarme a confesar, a mostrar el collar que me atenazaba el cuello y que ardía tanto como las miradas de Kaesar, que llevaban una intensidad de un anhelo que lo devoraba desde dentro.
Y entonces, sucedió. Sus ojos se encendieron de nuevo con un dorado brillante, inhumano, que sin verlo reconocí: su lobo Kian había tomado el control de Kaesar. Fue como si el fuego mismo se hubiera refugiado en su mirada. Sus manos se alargaron, transformándose en garras, mientras una de ellas se dirigía con precisión a mi cuello. ¡No, no podía ser este el final!O céu estava tingido de um profundo azul violáceo, salpicado pelas primeiras estrelas que apareciam timidamente sobre nós. O ar da noite era limpo, carregado com um aroma de terra fresca e florestas em calma. Eu me encontrava de pé no centro do claro sagrado, com Kaesar ao meu lado. Apesar de toda a força que sempre irradiava, podia sentir nele essa vibração contida, esse respeito solene pelo que estávamos prestes a fazer. A Colina da Lua, o lugar sagrado de toda cerimônia com a lua como testemunha, brilhava com seu resplendor prateado no céu, iluminando tudo ao nosso redor e abençoando esta noite que marcaria o início de uma nova era. Diante de mim estava ele: Kaesar, meu Alfa, meu companheiro e a outra metade da minha alma. Vestido com uma túnica ceremonial negra, bordada em prata e que simbolizava seu linaje, mantinha-se firme, seus olhos refletindo o poder de Kian, seu lobo. Esse vínculo não era apenas entre nós, mas também entre ele, Kian, e minha loba Laila, e com eles, tod
KAELA:Havia um terror tão grande no som do grito do meu Alfa, tão grande como jamais havia ouvido. Tudo era perfeito: o sol brilhante, o canto dos pássaros que preenchia o clareira, o uivo de alegria dos lobos. Eu pensava que o universo inteiro estava conspirando para que tudo fosse perfeito, para que este dia fosse único. Só faltavam eles, meus pais, e agora estavam materializados aqui, diante de mim, com os braços abertos. Fechei os olhos e respirei profundamente, pensando que era minha imaginação e os grandes desejos que tinha de vê-los naquele dia. Nunca me havia sentido assim; minha loba dentro de mim refletia minha própria emoção. Ela também estava emocionada em vê-los. Abri os olhos rapidamente; e se eles tivessem podido vir como nossos ancestrais? Afinal, eles eram os meus. Eu podia ver sua figura na minha frente: meus pais vieram ao meu casamento, estavam aqui. Primeiro como sombras etéreas, figuras vagamente familiares que me fizeram tremer da cabeça aos pés. Mas, pouco
KAESAR:A aparição repentina dos lobos ancestrais nos deixou a todos em um estado de reverência e assombro. A noite, que havia sido nossa aliada, agora se sentia como uma testemunha de algo transcendental, quase sagrado. Kaela, ao meu lado, manteve sua compostura, embora seu olhar não pudesse ocultar uma mistura de respeito e uma pitada de dúvida. —Por que eles vieram? —perguntou Kaela, sua voz firme, mas respeitosa. O lobo negro que havia falado anteriormente, cujo nome era conhecido apenas pelos mais antigos relatos: Verron, nos observou com a sabedoria que apenas séculos de existência podiam conceder. —Somos a memória, a essência do que uma vez foi e o que pode voltar a ser —respondeu com uma solenidade que calou fundo em cada fibra do meu ser—. Respondemos porque sentem a mesma nobreza que nosso sangue uma vez ostentou. Vocês buscam a paz e a verdadeira união. Kaela e eu trocamos olhares. Entendíamos a importância de ser reconhecidos por aqueles cujas histórias haviam teci
KAESAR:Olhei para todos, deixando que os olhos de Kian se tornassem visíveis. Então, ao ver que ainda duvidavam, me transformei em meu lobo, fazendo com que Kaela também o fizesse, e lancei o uivo de chamado e submissão de todos os lobos da manada. Foi então que dirigi meu olhar a Kaela, minha Lua, que ainda não tinha respondido, e o que me surpreendeu foi que os da sua manada não tinham respondido. —Desculpe, amor... Eles precisam responder ao seu chamado —disse com cuidado, afirmando que ambos os lados deviam fazê-lo como um só. Para minha surpresa, Kaela respondeu ao meu chamado com o uivo de submissão. Mas então, antes que eu pudesse processar completamente, senti como a energia ao redor dela mudava. Foi Laila, a loba de Kaela, quem emergiu. Seu pêlo branco brilhava sob a luz tênue, e seus olhos eram como brasas ardentes que deixavam clara sua força. —Agora você fará o mesmo pela minha manada —as palavras de Kaela foram diretas, mas desta vez não era estritamente ela quem f
KAESAR:Eu observava todos os integrantes do que outrora havia sido as manadas “Guardiões Reais” e “Pontos Reais”. Sua maneira de se sentar me dizia tudo: cada grupo ocupava um lado, separados por uma linha invisível que ninguém ousava cruzar. Mas agora éramos uma só manada: os “Guardiões e Pontos Reais”. Como unir sinceramente? Essa pergunta se cravava na minha mente como espinhos negros. Eles lutaram ombro a ombro, derramaram suor e sangue juntos e sofreram da mesma maneira. Agora compartilhávamos um território e até mesmo um nome, mas a divisão ainda existia. Era tangível em cada olhar, em cada conversa sussurrada. Os meus recorria a mim e os de Kaela buscavam nela a orientação que os outros lhes negavam. Suspirei profundamente, permitindo que meu olhar percorresse cada rosto à minha frente. Os antigos se mantinham rígidos e orgulhosos, como se sua liderança fosse incuestionável. Os mais jovens mostravam ansiedade em seus gestos, mas também uma chispa de inconformidade que não
KAELA:Depois que a reunião terminou, deixei Kaesar com seu beta e me dirigi para a cabana que me haviam designado, junto ao meu beta Rouf, seu filho Ancel e Nina. Ela seguia atrás de nós como uma sombra, ao lado de Ilán, o ômega de Otar, que, estranhamente, não tinha ido com ele. Não disse nada; talvez ela estivesse apenas me cuidando. —Minha Lua, o conselho de nossa manada quer se reunir —disse Rouf com voz cautelosa. Girei-me para olhá-lo com incredulidade, incapaz de ocultar a surpresa e a ligeira irritação que suas palavras me provocaram. —Rouf, a que você se refere com "nossa manada"? —perguntei, com seriedade no tom e os olhos fixos nele—. Estão todos os antigos? Avisaram Kaesar? Vi-o baixar o olhar, como se o que ele estava prestes a responder já carregasse um peso que não queria suportar. —Bem, minha Lua, refiro-me aos antigos de nossa antiga manada —respondeu com certo hesitação, mas com a voz baixa e respeitosa—. Sei, minha Lua, mas eles continuam insistindo. Os a







