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Capítulo 2

Auteur: Ding
En cuanto Ilsa se fue, escuché a Kane afuera de la casa; me enderecé un poco en la cama y el corazón me dio un vuelco. No esperaba que viniera, no después de todo lo ocurrido. Siete años atrás me odiaba tanto que no soportaba ni respirar el mismo aire.

Se plantó frente a mi puerta tres días seguidos, exigiendo respuestas. Todavía podía escuchar su voz en mi cabeza, áspera, ronca, quebrada por la furia y el dolor.

—¡Selene! ¡Sal! ¡Dime por qué! ¿Quién es él? ¿Quién es el hombre al que besaste bajo el viejo roble?

Lo miraba desde la ventana de mi cuarto, no dormía ni comía, solo se quedaba ahí, esperando.

Al tercer día, por fin fui hasta la puerta, pero no la abrí; me quedé detrás y le hablé a través de la rendija.

—Ya no te amo, Kane. Se acabó.

Lo escuché tomar aire y luego se hizo el silencio. Pensé que se había marchado, pero cuando me asomé por la mirilla descubrí que seguía ahí, pálido y con los puños apretados a los costados. De pronto, estampó el puño contra la columna de piedra de la entrada una y otra vez hasta partirla por la mitad. Vi la sangre en sus nudillos.

Él nunca me levantó la mano, ni me amenazó, pero desde ese día, mi presencia le provocaba repulsión.

Si me veía en el bosque, daba media vuelta y se iba por otro camino. Si pasaba cerca de mi casa, hacía una mueca como si hubiera olfateado algo podrido. Dejó de ir al Manantial de la Luna, el lugar donde desde niños pasábamos cada noche de verano, recostados en el pasto, mirando las estrellas.

Si alguien mencionaba mi nombre delante de él, lo interrumpía.

—¿Por qué estamos hablando de Selene? —decía, seco—. Me da asco.

El día que se fue al Norte, me quedé bajo la lluvia torrencial para despedirme de él por última vez. No me acerqué. Me quedé al borde de la multitud, con la esperanza de que no me viera.

Pero me vio.

Me miró de frente, con los ojos vacíos. Metió la mano en el bolsillo, sacó las alianzas de plata grabadas con nuestras iniciales que le había regalado y me las arrojó a los pies. Después tomó el álbum con todas las fotos que nos habíamos tomado juntos y lo estrelló contra el suelo.

Me sonrió con una crueldad cortante; después se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás. Así que no, jamás esperé que regresara a mi casa.

Pero ahora, siete años después, estaba ahí afuera.

Podía verlo por la rendija de la puerta que mi madre había dejado entreabierta después de que Ilsa se fue. Llevaba a Vivra de la mano. Era hermosa, alta, dorada, con ese aplomo natural que da ser hija de un Alfa.

—Tía —le decía Kane a mi madre. Ahora sonaba distinto: más grave, seco y controlado—. ¿Sigue molesta por lo que pasó hace siete años? ¿Por eso no deja que Selene nos ayude a elegir el lugar y los anillos?

Hizo una pausa.

—Mire, ya no siento nada por Selene. Lo superé. Crecimos juntos; si no podemos ser pareja, al menos podemos ser amigos.

Mi madre no respondió; mantuvo una expresión imperturbable. Vivra dio un paso adelante con una sonrisa radiante.

—Tía, Kane me contó todo sobre lo suyo con Selene. Claro, ella lo engañó cuando eran jóvenes, pero todos cometimos errores a esa edad, ¿no? Él ya la perdonó; eso ya quedó atrás.

Se rio con un sonido ligero y claro.

—Es más, hasta debería agradecerle: si no hubiera traicionado a Kane, yo jamás lo habría conocido, y él es lo mejor que me ha pasado en la vida. Así que, por favor, tía, deje el rencor atrás. En realidad fue idea mía pedirle ayuda a Selene; llevamos siete años fuera de la manada y ya no dominamos el territorio. Como ella tiene nuestra edad, confío ciegamente en su criterio; sé perfectamente que elegirá algo hermoso para nosotros.

Hace siete años, lo único que quería era que Kane me olvidara, que siguiera adelante y fuera feliz.

Pero ahora, al escucharlo hablar de la traición con tanta calma, como si solo fuera cosa del pasado, como si ya no quemara, y al enterarme de que le había contado a su nueva pareja todo sobre nosotros, cada detalle de nuestra vida juntos... todavía sentí una punzada en el pecho.

Era un dolor intenso que se expandía, como si alguien me apretara un moretón con el pulgar.

Mi madre se puso roja y le temblaban los labios; supe que estaba a punto de decir algo de lo que se arrepentiría.

—Fuera —dijo por fin, con la voz temblorosa—. Los dos. Fuera de mi casa.

A Vivra se le borró un poco la sonrisa.

—Tía...

—Dije que se fueran.

Kane no se movió. Se quedó ahí, mirando por encima de mi madre hacia el pasillo donde estaba mi habitación, como si intentara ver a través de las paredes.

Me incorporé en la cama y por un momento me mareé. Respiré hondo para tranquilizarme.

—Mamá —la llamé—. Ven a ayudarme a sentarme en la silla de ruedas. Quiero hablar con ellos.

Se hizo un largo silencio. Después escuché a mi madre acercarse a mi cuarto con pasos pesados, a regañadientes.

Abrió la puerta con la mirada empañada, pero no discutió. Fue hasta el tocador, tomó mi lápiz labial junto con la peluca y me arregló un poco. Sabía lo que esto significaba para mí.

—Gracias, mamá —susurré.

No respondió; solo me levantó para acomodarme en la silla de ruedas y sacarme del cuarto.

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