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Unos labios rozaron con delicadeza la frente de Daniela Valverde y luego descendieron hasta besar su mejilla con una delicadeza inesperada.
"Felicidades, cariño. ¡Conseguiste el proyecto del complejo comercial!"
La cálida voz de Gilberto de la Vega se alzó entre los estruendosos aplausos de los invitados del VIP Lounge.
Daniela sonrió. El vestido de satén dorado que abrazaba su figura resplandecía bajo el reflejo de las lámparas de cristal que iluminaban todo el lounge. Esa noche, casi todas las miradas estaban puestas en ella.
Miró a Gilberto con una felicidad imposible de disimular.
Ante sus ojos, él era el prometido que siempre apoyaba sus sueños y se alegraba sinceramente de cada uno de sus logros.
Gilberto dirigió la mirada hacia sus amigos, que no dejaban de elogiar la inteligencia de Daniela. La sonrisa seguía dibujada en su rostro, pero su mandíbula comenzó a tensarse poco a poco.
"Eres increíble, Daniela", susurró Gilberto junto a su oído.
Su voz sonaba suave, casi como un elogio sincero. Sin embargo, su mirada seguía siendo fría, desprovista de toda calidez.
"Todo esto es gracias a tu apoyo, Gilberto", respondió Daniela con total sinceridad.
Su mano acarició con suavidad la manga de la camisa de su prometido. Para Daniela, el éxito de aquella noche era una felicidad que deseaba compartir con el hombre que siempre había permanecido a su lado.
Antes de que pudieran seguir conversando, una mujer vestida de rojo apareció de repente entre los dos.
Camila Morales, la mejor amiga de Daniela, llegó sosteniendo una bandeja con dos copas de vino que brillaban bajo la luz.
"¡Vamos! ¡Una futura novia no puede estar tan tensa!", exclamó con una sonrisa radiante.
Tomó una de las copas de cristal y se la ofreció a Daniela.
"Tenemos que brindar por tu última noche de soltera."
Daniela soltó una risita. Sin la menor sospecha hacia la mujer a la que consideraba como una hermana, levantó la copa y bebió un sorbo.
El dulzor de la fruta inundó enseguida su lengua, seguido de un ligero amargor que permaneció en su garganta.
"No está nada mal", murmuró Daniela con una leve sonrisa.
Todavía seguía disfrutando del ambiente de la velada. Sin embargo, unos instantes después, una extraña sensación comenzó a apoderarse lentamente de su cuerpo.
Su cabeza empezó a sentirse ligera. Daniela parpadeó varias veces, intentando ignorar el repentino malestar.
De pronto, el mundo a su alrededor comenzó a dar vueltas. La visión que hasta hacía un momento era nítida empezó a volverse borrosa.
Las lámparas de cristal del lounge se transformaron en sombras difusas, mientras la música que llenaba el lounge sonaba cada vez más lejana y apagada.
"¿Daniela? ¿Te encuentras bien?"
Camila sujetó de inmediato el brazo de Daniela, que empezaba a perder el equilibrio.
"Me... me da muchas vueltas la cabeza, Camila", susurró Daniela con voz débil.
Levantó una mano, intentando serenarse. Sin embargo, una oleada de calor comenzó a extenderse lentamente desde su pecho hasta su cuello. Su incomodidad aumentaba a cada instante, como si todas sus fuerzas se hubieran desvanecido en cuestión de segundos.
"Dios mío, debes de estar demasiado cansada", dijo Camila con tono preocupado.
Enseguida rodeó la cintura de Daniela con el brazo para sostener a su amiga, que apenas podía mantenerse en pie.
"Ven, te llevaré a una habitación. Necesitas descansar un momento."
Daniela apenas pudo asentir. Su cuerpo se sentía cada vez más pesado, así que permitió que Camila la guiara fuera del lounge, donde aún resonaban la música y las risas de los invitados.
Daniela volvió a asentir débilmente. Cada paso se hacía más difícil a medida que su cuerpo perdía fuerzas.
Se dejó sostener por Camila, quien la condujo fuera del lounge hacia el silencioso pasillo de la planta VIP.
La música fue desvaneciéndose poco a poco a sus espaldas. Lo único que permanecía era el sonido de sus pasos sobre la gruesa alfombra del corredor.
Sin embargo, al llegar a una intersección alejada del bullicio, Camila se detuvo de repente.
"Vaya, dejé mi teléfono en la mesa del lounge, Daniela", dijo de pronto.
Retiró lentamente el brazo con el que la sostenía.
"Espérame aquí un momento, ¿sí? Voy a buscarlo."
Daniela quiso responder, pero sus pensamientos avanzaban con lentitud. Antes de que pudiera decir una palabra, Camila ya se había dado la vuelta y se alejaba a paso rápido.
En apenas unos segundos, su figura desapareció tras la esquina del pasillo. Daniela apoyó el cuerpo contra la fría pared.
Su respiración comenzó a descontrolarse. Intentó inhalar profundamente, pero el calor que recorría su cuerpo se intensificó todavía más. Un sudor frío empezó a cubrirle la frente.
Fue entonces cuando escuchó unos pasos acercándose por detrás.
Daniela intentó girarse, pero su cuerpo reaccionaba con demasiada lentitud. De repente, una mano áspera le sujetó el brazo con fuerza.
Un hombre alto y fornido, vestido con una gastada chaqueta de cuero, estaba de pie detrás de ella. Sin decir una sola palabra, tiró de Daniela, que ya casi no tenía fuerzas.
Su brazo rodeó con firmeza los hombros de Daniela y comenzó a arrastrarla hacia una de las habitaciones al final del pasillo.
"Suéltame... ¿Quién eres?", preguntó Daniela con voz apenas audible.
—¡Cierren la puerta! ¡Llévenme ahora mismo a la primera fila!Doña Carmen reprendió a sus guardaespaldas mientras empujaban su silla de ruedas hacia el interior del imponente salón del edificio donde se celebraba la audiencia en Ginebra. Su voz aguda interrumpió las conversaciones cerca de la entrada. Don Fernando caminaba rígidamente a su lado, aferrado al bastón de madera mientras intentaba mantener una expresión de seguridad.Acababan de llegar a Europa y se habían dirigido directamente al edificio donde se celebraba el foro internacional de negocios. Habían viajado expresamente para presenciar la caída de Antonio, el hombre al que durante tanto tiempo habían acusado de ser un estafador y una amenaza para los intereses de la familia De la Vega. Estaban convencidos de que el consorcio global lo acorralaría y de que ellos podrían observarlo todo de cerca.Sin embargo, en cuanto se abrieron las dos enormes puertas ornamentadas con detalles dorados, Don Fernando se detuvo en seco.Dent
—La fecha de validación de este documento no coincide con los registros de numeración central.Antonio señaló el sello de validación del documento que descansaba sobre la mesa de la presidencia. Su voz se mantuvo serena, pero su mirada se endureció mientras examinaba el detalle cuestionado. Conocía a la perfección los procedimientos administrativos de los archivos de Fénix Dorado. Alguien había alterado deliberadamente el documento y, al parecer, esperaba que nadie se diera cuenta.La tensión volvió a apoderarse de la sala de audiencias de Ginebra. Varios miembros del consejo se inclinaron para observar el documento, mientras el equipo jurídico independiente se acercaba a la mesa de la presidencia para verificar su autenticidad.Antonio no intentó detener la inspección ni pidió al presidente de la sesión que desestimara la acusación. Por el contrario, dio a los expertos libertad para examinar cada detalle del documento ante todo el consejo.—Pueden revisarlo todo, incluida la tinta, e
El nombre del candidato rival apareció en la pantalla principal del recinto donde se celebraba la sesión en Ginebra, seguido de una lista de diez miembros del consejo que apoyaban abiertamente a la facción Valverde. Los murmullos se extendieron de inmediato entre los funcionarios que llenaban el auditorio escalonado. Algunos intercambiaron miradas, mientras otros volvían a leer el nombre del candidato que pretendía reemplazar a Antonio.Hector permanecía de pie en el podio de la facción Valverde, con la barbilla en alto. Esperó hasta que todos los asistentes centraron su atención en él antes de tomar la palabra.—¡Este es el hombre más indicado para conducir a Fénix Dorado hacia una nueva era! —proclamó con voz potente.Unos instantes después, las puertas del auditorio se abrieron. Antonio entró con paso sereno, acompañado de Daniela, que caminaba a su lado. Apoyó una mano en la cintura de su esposa y la guio entre las filas de asientos sin mostrar la menor inquietud. Su llegada atraj
—Bienvenido de nuevo a Ginebra, Su Alteza Suprema.En cuanto se abrió la puerta de la sala de espera privada, un hombre de mediana edad, vestido con un traje formal, inclinó profundamente la cabeza. Su saludo resonó en el silencio de la sala VIP del aeropuerto, haciendo que Daniela aminorara el paso por un instante.Aquel título no era un simple tratamiento. Encerraba un peso y una reverencia especiales, algo que Daniela nunca había escuchado durante su vida en la ciudad donde ambos residían. Miró de reojo a Antonio, intentando captar su reacción, pero su esposo siguió caminando como si aquel saludo fuera una parte inseparable de su rutina.Antonio se limitó a hacer un breve gesto con la mano derecha.—Deje el informe sobre la mesa y asegúrese de que todos los pasillos principales estén despejados —ordenó en voz baja.—Sí, Su Alteza.El funcionario volvió a inclinarse antes de salir apresuradamente de la sala. La gruesa puerta de cristal se cerró tras él, dejando a Daniela y Antonio n
«La presencia del Líder Supremo es obligatoria».Daniela volvió a leer la frase al pie de la pantalla del teléfono cifrado rojo. El sello dorado del documento oficial enviado desde Ginebra aún se distinguía con claridad antes de que Antonio apagara la pantalla con el pulgar. En el interior del automóvil, tenuemente iluminado, el ambiente se volvió tenso. Aquella invitación no era una simple convocatoria para asistir a una sesión, sino un desafío abierto de quienes pretendían arrebatarle el control de Fénix Dorado.—Quieren obligarte a entrar en una guerra abierta en Ginebra —dijo Daniela, mirándolo a los ojos—. Creen que podrán acorralarte frente a todos los miembros del consejo internacional.Antonio estrechó el brazo alrededor de la cintura de Daniela y la atrajo hasta que sus cuerpos quedaron pegados. Aunque su rostro permanecía sereno, su mirada se endureció al hablar de aquella sesión.—La facción Valverde lleva tiempo organizando esta sesión de liderazgo. Todo comenzó cuando pre
—¡Tu esposo no es el hombre que siempre creíste, Daniela!Doña Carmen arrojó sobre la mesa de cristal una copia de un documento antiguo con un sello rojo. Las hojas amarillentas se desplegaron frente a Daniela, revelando registros de transacciones y asignaciones secretas de fondos de Fénix Dorado de hacía varias décadas.Daniela apenas les echó un vistazo antes de volver a mirar a la anciana que tenía enfrente. Cruzó las piernas con serenidad, sin la menor intención de tocar aquellos documentos.—Si me invitaste aquí solo para presumir unos papeles viejos, Doña Carmen, será mejor que busques algo más útil que hacer —respondió con frialdad—. No tengo tiempo para tus juegos.El rostro de Doña Carmen enrojeció. Acercó su silla de ruedas a la mesa y señaló a Daniela con los dedos arrugados y temblorosos.—¡Abre los ojos! ¡Antonio está aprovechándose deliberadamente de la situación de esta familia para expandir su poder! —gritó—. ¡Está utilizando su red de negocios para amenazarnos y, poco







