LOGINIntentó empujar el pecho del hombre, pero sus fuerzas parecían haberse desvanecido por completo. Sus manos apenas lograron ejercer un poco de presión antes de caer de nuevo sin energía.
El desconocido permaneció en silencio. Sin prestar atención a la resistencia de Daniela, sacó una tarjeta de acceso del bolsillo con una mano, mientras con la otra seguía sujetándola para impedir que escapara.
Cuando la tarjeta estaba a punto de tocar el sensor de la puerta, el pánico se apoderó de Daniela. Reunió las últimas fuerzas que le quedaban y golpeó con fuerza el suelo con el pie.
El movimiento hizo que una maceta decorativa junto a la puerta se tambaleara y cayera.
La maceta se hizo añicos.
El estruendo rompió el silencio del pasillo. En ese mismo instante, la puerta de la suite contigua se abrió de repente.
"Dejen de hacer ruido delante de mi habitación."
Aquella voz grave y fría atravesó la tensión que dominaba el corredor.
Un hombre alto permanecía de pie en el umbral de la suite. Los tres primeros botones de su camisa negra estaban desabrochados, dejando al descubierto la firme línea de su mandíbula y una mirada penetrante que transformó por completo la atmósfera en un instante.
El hombre de la chaqueta desgastada se quedó inmóvil.
En medio del silencio del pasillo, un leve sonido surgió desde un rincón oscuro.
Clic.
Una vez. Luego volvió a escucharse varias veces.
Clic. Clic.
El hombre de camisa negra giró la cabeza por un instante, como si estuviera buscando algo. No encontró nada. Su mirada regresó al hombre de la chaqueta desgastada.
Este seguía paralizado frente a él. La fuerza con la que sujetaba a Daniela comenzó a aflojarse lentamente, sorprendido por la imponente presencia del hombre de camisa negra.
Daniela no dejó escapar aquella oportunidad.
Reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, echó el cuerpo hacia atrás con todas sus energías hasta conseguir soltarse de su agarre.
Sin pensarlo dos veces, avanzó de inmediato para alejarse de él.
Pero perdió el equilibrio y terminó chocando contra el pecho del hombre de la camisa negra.
Un sutil aroma amaderado a perfume emanaba de él. Aquel olor limpio y frío contrastaba con el sofocante calor que había estado atormentando a Daniela desde hacía un rato.
Por un instante, Daniela sintió un leve alivio entre aquellos brazos desconocidos. Sus dedos temblaban mientras se aferraban a los pliegues de la camisa negra del hombre.
Levantó lentamente la vista. Su visión seguía borrosa, pero alcanzó a distinguir un par de ojos oscuros que la observaban con intensidad.
"Ayúdame...", susurró con dificultad. Su voz casi se perdió entre su respiración agitada. "Por favor... sálveme de ese hombre."
Aquellas palabras salieron con el último rastro de valentía que aún conservaba.
El hombre de la chaqueta desgastada retrocedió dos pasos. En cuanto la fría mirada del hombre de camisa negra se posó sobre él, todo su valor pareció desmoronarse. Sin decir una sola palabra, dio media vuelta y salió huyendo por el pasillo.
El hombre de la camisa negra no lo persiguió. Su atención volvió a centrarse en Daniela, que seguía frente a él.
El rostro de la joven estaba completamente enrojecido, su respiración era irregular y su cuerpo parecía perder las pocas fuerzas que le quedaban.
Daniela luchó por mantenerse consciente, pero la oscuridad comenzó a apoderarse lentamente de ella. Los dedos con los que sujetaba la camisa del hombre fueron perdiendo fuerza. En cuestión de segundos, su cuerpo perdió el equilibrio y cayó hacia él.
El hombre reaccionó de inmediato y la sostuvo por los hombros antes de que pudiera tocar el suelo. Durante unos instantes, simplemente contempló el rostro de Daniela, ya completamente inconsciente. Su expresión seguía siendo imposible de descifrar.
Sin pronunciar una sola palabra, la tomó en brazos.
La llevó al interior de la suite y cerró la puerta con el pie hasta que se escuchó el sonido del cierre automático.
***
Los ojos de Daniela se abrieron lentamente. una fuerte sensación de mareo la golpeó de inmediato, obligándola a cerrarlos otra vez durante unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos, su visión seguía borrosa mientras observaba el techo de una habitación de hotel desconocida.
Conteniendo la respiración, levantó las manos y recorrió su propio cuerpo con ellas. El vestido de satén dorado seguía cubriéndose. Estaba arrugado, pero no había cambiado nada.
El corazón de Daniela comenzó a latir con más fuerza.
Desde el baño llegaba el sonido del agua corriendo.
Había alguien en aquella habitación.
De pronto, el teléfono móvil sobre la mesita de noche vibró con insistencia.
Daniela dio un respingo. Con las manos aún temblorosas y las palmas cubiertas de sudor frío, tomó el teléfono enseguida.
Un mensaje de Gilberto apareció en la pantalla. Con la respiración cada vez más agitada, abrió la notificación. Una fotografía ocupa toda la pantalla.
En la imagen, Daniela aparecía completamente debilitada entre los brazos de un desconocido con una gastada chaqueta de cuero frente a la puerta de una habitación de hotel. El ángulo desde el que había sido tomada hacía parecer que ambos eran amantes viéndose a escondidas.
Los dedos de Daniela quedaron inmóviles.
[¿Dormiste bien, mi futura esposa? Los ancianos de nuestras familias ya están esperando en el lugar de la boda. Tenemos que resolver este asunto.]
Aquel mensaje le oprimió el pecho.
—¡Cierren la puerta! ¡Llévenme ahora mismo a la primera fila!Doña Carmen reprendió a sus guardaespaldas mientras empujaban su silla de ruedas hacia el interior del imponente salón del edificio donde se celebraba la audiencia en Ginebra. Su voz aguda interrumpió las conversaciones cerca de la entrada. Don Fernando caminaba rígidamente a su lado, aferrado al bastón de madera mientras intentaba mantener una expresión de seguridad.Acababan de llegar a Europa y se habían dirigido directamente al edificio donde se celebraba el foro internacional de negocios. Habían viajado expresamente para presenciar la caída de Antonio, el hombre al que durante tanto tiempo habían acusado de ser un estafador y una amenaza para los intereses de la familia De la Vega. Estaban convencidos de que el consorcio global lo acorralaría y de que ellos podrían observarlo todo de cerca.Sin embargo, en cuanto se abrieron las dos enormes puertas ornamentadas con detalles dorados, Don Fernando se detuvo en seco.Dent
—La fecha de validación de este documento no coincide con los registros de numeración central.Antonio señaló el sello de validación del documento que descansaba sobre la mesa de la presidencia. Su voz se mantuvo serena, pero su mirada se endureció mientras examinaba el detalle cuestionado. Conocía a la perfección los procedimientos administrativos de los archivos de Fénix Dorado. Alguien había alterado deliberadamente el documento y, al parecer, esperaba que nadie se diera cuenta.La tensión volvió a apoderarse de la sala de audiencias de Ginebra. Varios miembros del consejo se inclinaron para observar el documento, mientras el equipo jurídico independiente se acercaba a la mesa de la presidencia para verificar su autenticidad.Antonio no intentó detener la inspección ni pidió al presidente de la sesión que desestimara la acusación. Por el contrario, dio a los expertos libertad para examinar cada detalle del documento ante todo el consejo.—Pueden revisarlo todo, incluida la tinta, e
El nombre del candidato rival apareció en la pantalla principal del recinto donde se celebraba la sesión en Ginebra, seguido de una lista de diez miembros del consejo que apoyaban abiertamente a la facción Valverde. Los murmullos se extendieron de inmediato entre los funcionarios que llenaban el auditorio escalonado. Algunos intercambiaron miradas, mientras otros volvían a leer el nombre del candidato que pretendía reemplazar a Antonio.Hector permanecía de pie en el podio de la facción Valverde, con la barbilla en alto. Esperó hasta que todos los asistentes centraron su atención en él antes de tomar la palabra.—¡Este es el hombre más indicado para conducir a Fénix Dorado hacia una nueva era! —proclamó con voz potente.Unos instantes después, las puertas del auditorio se abrieron. Antonio entró con paso sereno, acompañado de Daniela, que caminaba a su lado. Apoyó una mano en la cintura de su esposa y la guio entre las filas de asientos sin mostrar la menor inquietud. Su llegada atraj
—Bienvenido de nuevo a Ginebra, Su Alteza Suprema.En cuanto se abrió la puerta de la sala de espera privada, un hombre de mediana edad, vestido con un traje formal, inclinó profundamente la cabeza. Su saludo resonó en el silencio de la sala VIP del aeropuerto, haciendo que Daniela aminorara el paso por un instante.Aquel título no era un simple tratamiento. Encerraba un peso y una reverencia especiales, algo que Daniela nunca había escuchado durante su vida en la ciudad donde ambos residían. Miró de reojo a Antonio, intentando captar su reacción, pero su esposo siguió caminando como si aquel saludo fuera una parte inseparable de su rutina.Antonio se limitó a hacer un breve gesto con la mano derecha.—Deje el informe sobre la mesa y asegúrese de que todos los pasillos principales estén despejados —ordenó en voz baja.—Sí, Su Alteza.El funcionario volvió a inclinarse antes de salir apresuradamente de la sala. La gruesa puerta de cristal se cerró tras él, dejando a Daniela y Antonio n
«La presencia del Líder Supremo es obligatoria».Daniela volvió a leer la frase al pie de la pantalla del teléfono cifrado rojo. El sello dorado del documento oficial enviado desde Ginebra aún se distinguía con claridad antes de que Antonio apagara la pantalla con el pulgar. En el interior del automóvil, tenuemente iluminado, el ambiente se volvió tenso. Aquella invitación no era una simple convocatoria para asistir a una sesión, sino un desafío abierto de quienes pretendían arrebatarle el control de Fénix Dorado.—Quieren obligarte a entrar en una guerra abierta en Ginebra —dijo Daniela, mirándolo a los ojos—. Creen que podrán acorralarte frente a todos los miembros del consejo internacional.Antonio estrechó el brazo alrededor de la cintura de Daniela y la atrajo hasta que sus cuerpos quedaron pegados. Aunque su rostro permanecía sereno, su mirada se endureció al hablar de aquella sesión.—La facción Valverde lleva tiempo organizando esta sesión de liderazgo. Todo comenzó cuando pre
—¡Tu esposo no es el hombre que siempre creíste, Daniela!Doña Carmen arrojó sobre la mesa de cristal una copia de un documento antiguo con un sello rojo. Las hojas amarillentas se desplegaron frente a Daniela, revelando registros de transacciones y asignaciones secretas de fondos de Fénix Dorado de hacía varias décadas.Daniela apenas les echó un vistazo antes de volver a mirar a la anciana que tenía enfrente. Cruzó las piernas con serenidad, sin la menor intención de tocar aquellos documentos.—Si me invitaste aquí solo para presumir unos papeles viejos, Doña Carmen, será mejor que busques algo más útil que hacer —respondió con frialdad—. No tengo tiempo para tus juegos.El rostro de Doña Carmen enrojeció. Acercó su silla de ruedas a la mesa y señaló a Daniela con los dedos arrugados y temblorosos.—¡Abre los ojos! ¡Antonio está aprovechándose deliberadamente de la situación de esta familia para expandir su poder! —gritó—. ¡Está utilizando su red de negocios para amenazarnos y, poco







