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CAPÍTULO 5:

Autor: mar jhonson
last update Fecha de publicación: 2026-02-25 13:57:32

 

El silencio del despacho era denso, roto solo por el sonido de mi respiración errática. Keelen me mantenía acorralada contra el pesado escritorio de caoba, su cuerpo bloqueando cualquier posible salida. Sus ojos grises no tenían la frialdad del profesor, sino el hambre de un hombre que ha esperado demasiado tiempo por una presa.

—¿Me tienes miedo, Eira? —preguntó él, su voz era un susurro que vibraba en el aire.

—No lo sé... —logré articular, sintiendo que mis rodillas flaqueaban—. Keelen, estamos en la facultad. Alguien podría vernos.

—Nadie entra aquí sin mi permiso. Y tú me pediste esto —dijo, acortando la distancia hasta que su pecho rozó el mío—. Me pediste que te enseñara lo que es ser mujer. Pues bien, la primera lección es que tu cuerpo no es un error, es un mapa que solo yo voy a recorrer. Vas a aprender mientras te toco, vas a entender cada fibra de tu ser mientras mi boca te reclama.

Sin previo aviso, inclinó la cabeza y capturó mi cuello entre sus labios. Solté un jadeo involuntario cuando sentí el calor de su lengua contra mi piel. No era un beso delicado; era posesivo, marcado por una urgencia que me hizo arquear la espalda.

—Gime para mí, mi pequeña —susurró contra mi garganta, sus dedos hábiles comenzando a desabotonar mi blusa—. No te escondas. Deja que el sonido de tu placer llene esta habitación.

Sus labios bajaron por mi garganta mientras sus manos, grandes y cálidas, se deslizaban por debajo de mi falda. El contraste entre su piel y la mía era abrumador. Cuando sus dedos acariciaron la parte interna de mi muslo, apretando la carne firme de mis curvas, sentí una descarga eléctrica que me dejó sin aliento.

—Mírate, Eira —me ordenó, su voz volviéndose sucia y ronca cerca de mi oído mientras seguía bajando por mi pecho—. Draco dijo que eras fría porque no tenía la paciencia para fundir este hielo. Pero mira cómo tiemblas... mira cómo respondes a mi tacto.

Él se detuvo justo encima de mi lencería, su palma presionando sobre mi braga humedecida. Gemí, ocultando mi rostro en su hombro, pero él me obligó a mirarlo.

—Dime qué sientes —exigió, mientras su mano comenzaba un movimiento circular, lento y tortuoso—. Dime que esto es lo que ese idiota te negó.

—Es... es demasiado, Keelen... por favor...

—No es suficiente —respondió él, mordiendo con fuerza el lóbulo de mi oreja antes de deslizar dos dedos dentro de mi ropa interior.

El contacto directo con mi clítoris me hizo saltar. Era una sensación tan intensa, tan nueva, que sentí que el mundo desaparecía. Keelen no se detuvo; sus dedos se movían con una cadencia experta, explorando mi humedad, mientras su otra mano sostenía mi cintura con una fuerza que marcaba sus dedos en mi piel.

—Estás tan empapada para mí —susurró de forma lasciva, succionando mi cuello de nuevo—. Tan estrecha, tan perfecta. Voy a meter un dedo, Eira... y luego otro. Quiero que sientas cómo te lleno, quiero que entiendas que este placer te pertenece.

—¡Ah! —mi grito fue ahogado por su boca cuando introdujo el segundo dedo. El ritmo aumentó. Sentí una presión creciendo en mi vientre, una ola de calor que amenazaba con estallar—. Keelen... ¡Keelen, voy a...!

—Siente, mi pequeña. Siente cómo se rompe esa frialdad que te inventaron —me alentó, su respiración tan agitada como la mía.

Estaba en la cima, a punto de cruzar el umbral hacia ese abismo que Draco me había dicho que nunca alcanzaría. Mis músculos se tensaron, mis ojos se pusieron en blanco y el primer espasmo del orgasmo comenzó a sacudirme...

¡TOC, TOC, TOC!

El sonido seco de los nudillos golpeando la puerta de madera sonó como un disparo.

—¿Keelen? ¿Estás ahí? Soy el decano. Necesito esos informes para la junta de las dos —la voz del hombre mayor al otro lado de la puerta era clara y apremiante.

Nos quedamos congelados. Keelen cerró los ojos y soltó una maldición en griego, una palabra cargada de una frustración violenta. Retiró sus manos de mi cuerpo con una lentitud agónica, mientras yo intentaba desesperadamente recuperar el aliento y abrocharme la blusa con dedos temblorosos.

Él me miró, con el rostro enrojecido y los ojos oscurecidos por el deseo interrumpido. No se alejó de inmediato. En un movimiento que me dejó sin respiración, llevó sus dedos, todavía brillantes por mi humedad, a su boca. Los chupó uno a uno, sin apartar la vista de la mía, saboreándome con una desfachatez que me hizo arder de vergüenza y deseo a partes iguales.

—Maldita sea... —gruñó, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar—. Casi te tenía, Eira. Casi te hacía mía en ese escritorio.

—Keelen, la puerta... —susurré, con el corazón en la garganta.

—Un momento, decano. Estoy terminando una tutoría privada —gritó él, recuperando su voz de autoridad en un segundo, aunque su mirada seguía fija en mí—. Sal por la puerta lateral que da al pasillo de los laboratorios. Ahora.

—¿Y el trato? —pregunté, deteniéndome en la puerta oculta.

Keelen se acomodó la corbata y me dio una sonrisa que no tenía nada de santa.

—Esto solo ha sido el prólogo, pequeña. Tu verdadera lección comenzará esta noche, en mi casa. Y esta vez, no dejaré que nadie interrumpa cuando estés suplicando por más. Vete.

Salí del despacho sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. Había estado a segundos de conocer el paraíso, y ahora, la tensión en mi cuerpo era una tortura que solo él podía curar.

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