LOGINValerio apretó los dientes hasta que las venas del cuello se le marcaron como cuerdas, pero no emitió un solo quejido.Solo la observó trabajar. La cercanía de Fiorella, sus manos temblorosas curándolo, la forma en que respiraba cerca de su pecho... todo avivaba un fuego que ni la sangre ni las balas podían apagar.— Aún no hemos terminado de hablar — dijo ella de pronto, presionando la gasa sobre el corte con fuerza deliberada.— ¿Ahora qué? — gruñó él entre dientes.— Los astilleros Salvatici — soltó Fiorella, mirándolo con un rencor renovado — Me enteré de lo que hiciste. Pagaste la deuda entera con la Banca Vitale. Compraste las hipotecas que la red de Dominic usaba para ahogarme. ¿Con qué derecho, Valerio? ¡Era mi pelea! ¡Era la empresa de mi padre! Te prohibí expresamente
El motor V8 de la camioneta blindada rugió al salir eyectado de la penumbra de Spaccanapoli. Atrás, entre el humo de los neumáticos y el eco agonizante de los disparos, quedaron la moto de los sicarios a la fuga y la silueta de Bianca escabulléndose bajo el amparo de sus abogados.Valerio presionó un paño negro contra su hombro izquierdo.La sangre goteaba entre sus dedos gruesos, tiñendo la tela fina de su camisa. Tenía los nudillos blancos por la tensión y la mandíbula apretada en un gesto de rabia pura.— Cierra la boca y quédate abajo, Fiorella — ordenó él con voz áspera, mientras la unidad de escolta tomaba la vía rápida hacia la costa norte de Nápoles.El teléfono de Fiorella vibró en su mano con una fuerza brutal. La pantalla mostraba un número privado.Al contestar, la voz distorsionada y me
Fiorella giró la cabeza hacia el viejo, confundida.— ¿De qué hablas, Marco?— El señor Vitale no vino hoy a controlar nada, Fiorella — explicó el anciano con voz pesada — Llevaba tres días vigilando las inmediaciones porque la gente de Dominic estaba rondando los muelles.Fiorella apretó el nudo haciendo que Valerio torciera una mueca de dolor.— Si no hubieras tomado las medicinas que su médico trajo anoche, habrías muerto en este camastro. El señor Vitale pasó la noche bajo la lluvia en la puerta del taller solo para asegurarse de que el doctor Barberi me entregara los antibióticos para ti.Fiorella sintió un vuelco violentísimo en el estómago. Miró las manos de Valerio, que todavía mostrababan los nudillos rozados y enrojecidos por el frío extremo de la madrugada anterior.— &iq
El estruendo de las ráfagas metálicas rebotó contra las paredes de piedra del pasaje San Gennaro con la fuerza de un trueno encajonado.El aire se llenó instantáneamente de olor a pólvora quemada, humo denso y el chirrido desesperado de llantas quemando asfalto.Valerio no dudó.Con un movimiento brusco y limpio, envolvió a Fiorella con los brazos y la proyectó de cabeza hacia el interior del taller.Ambos cayeron pesadamente tras la estructura metálica de una vieja prensa hidráulica mientras los cristales de la ventana frontal volaban hechos añicos sobre sus cabezas.Un impacto seco atravesó el abrigo de Valerio.Él ahogó un gruñido entre dientes, apretando la mandíbula con fuerza, pero no aflojó el agarre sobre la cintura de Fiorella hasta que la ráfaga de la motocicleta se alejó calle abajo, perdi&eac
Fiorella salió al umbral de inmediato, con el rostro pálido pero la mirada cargada de un fuego peligroso.A escasos cinco metros, descendiendo de la parte trasera de una SUV de lujo, Bianca Di Mauro lucía un abrigo de visón blanco y gafas oscuras.A su lado, dos redactores de diarios financieros y un fotógrafo registraban cada segundo con el destello continuo de los flashes.— Mira lo que el viento trajo a la mugre de la ciudad — dijo Bianca, quitándose las gafas con una lentitud calculada, mostrando las ojeras del cautiverio transformadas en pura malevolencia — ¡La mendiga de los Salvatici vive en una cueva de ratas!— Sal de mi propiedad, Bianca —respondió Marco con la voz firme, sin dar un solo paso atrás, mientras Fiorella se colocaba a su espalda sosteniendo una barra de hierro.— ¿Tu propiedad? —Bianca soltó una carcajada estr
El hedor a aceite de motor quemado y serrín húmedo impregnaba el aire del taller de Marco Rossi. Las hendiduras del techo de lámina dejaban pasar hilos de luz grisácea, marcando el inicio de una mañana helada en el pasaje San Gennaro.Fiorella abrió los ojos despacio. Se incorporó en el camastro de madera sintiendo una extraña ligereza en la cabeza.La quemazón abrasadora que le dominaba el pecho desde hacía días había desaparecido por completo, la piel de sus brazos, antes ardiente por la infección mal cuidada, conservaba ahora una temperatura fresca y estable.Al fondo del galpón, Marco limpiaba las piezas de un carburador con un trapo impregnado en kerosén.— Te despertaste, muchacha — dijo el anciano sin levantar la vista del metal, aunque la tensión en sus hombros delataba su alivio — El color te volvió a la cara.







