LOGINSvetlana sintió cómo el pánico la invadía de nuevo. Giró la cabeza lentamente, y ahí estaba él. Era un hombre de veintitantos años de edad, de complexión atlética, alto, vestido de forma muy elegante, cabello oscuro y ojos penetrantes. Había entrado por una puerta que parecía surgir de la nada, oculta entre los arbustos.
Sus ojos la observaban con una mezcla de intriga y diversión. Era como si estuviera disfrutando de aquel momento, como si quisiera ver qué haría ella a continuación.
El miedo la paralizó, y sus manos perdieron fuerza. Antes de que pudiera reaccionar, su agarre se soltó y comenzó a caer. Pero no tocó el suelo.
El hombre fue más rápido. Con un movimiento ágil, cruzó la distancia que los separaba y la atrapó en el aire. El impacto de su cuerpo contra el suyo le robó el aliento a Svetlana, y cuando levantó la mirada, se encontró con esos ojos.
El mundo pareció detenerse.
Él la sostuvo con firmeza, como si fuera lo más natural del mundo. Sus ojos, que momentos antes habían brillado con burla, ahora estaban llenos de algo más, algo que Svetlana no podía identificar.
—¿Quién eres? —preguntó él, su voz fue más suave esta vez, casi un susurro.
Svetlana no pudo responder. Su mente era un torbellino de miedo y confusión.
Dante, por su parte, estaba maravillado, la reconocía. ¿Pero que hacía ella allí? ¿Como había llegado a Calabria?
Svetlana retrocedió un paso, sus zapatillas crujieron contra el frío mármol del pasillo, poniendo distancia entre ella y el hombre que había emergido de las sombras con la naturalidad de quien pertenece a ellas. La desconfianza brillaba en sus ojos, una mezcla cortante de miedo y desafío.
—¿Quien es usted? —preguntó ella en inglés, su acento extranjero arrastró la frase mientras su voz temblaba, pero mantenía un filo de determinación. Su mirada recorrió al desconocido, buscando en su porte, en la forma en que llevaba el traje ajustado y la pistola al cinto, alguna señal que le revelara si era amigo o enemigo—. Por favor, no me delate.
Dante arqueó una ceja, la expresión en su rostro oscilaba entre la confusión y un tenue destello de curiosidad.
—¿Delatarte? —replicó con una calma peligrosa, sus ojos grises, fríos como el acero, se clavaron en ella con una intensidad que hacía difícil respirar—. ¿Con quién?
—Con esos bastardos que me trajeron aquí —soltó Svetlana de inmediato, aunque una chispa de conciencia pareció iluminar su mente. Sus ojos se entornaron, escudriñándolo con más atención—. Dio mio… —susurró, llevándose una mano temblorosa a los labios—. ¡Tú eres uno de ellos!
Dante ladeó la cabeza, una mueca que podía interpretarse como confusión o simple burla.
—Ese traje caro, esa actitud de dueño del lugar… —continuó ella, señalándolo con el dedo como si hubiera desvelado un secreto macabro—. Debes ser uno de los hombres del capo.
Dante frunció apenas el ceño.
—¿Qué capo?
—¡El que manda aquí! —espetó ella, con los ojos desorbitados por el pánico—. El hombre que controla todo esto. Ese monstruo sin alma que ordenó que me secuestraran. Te lo suplico… por lo que más quieras, ayúdame a escapar.
Sus palabras eran un torrente de desesperación, pero Dante se mantuvo en silencio, su rostro imperturbable como una máscara tallada en piedra, aunque por dentro algo se removía, una incomodidad que no podía ignorar.
—Tengo una hermana pequeña… —continuó Svetlana, dando un paso vacilante hacia él. Sus manos temblorosas se alzaron en un gesto de súplica—. Debe estar asustada, preguntándose dónde estoy.
Dante cerró los ojos por un instante, como si necesitara un respiro para procesar el eco de esas palabras en su propia conciencia.
—¿Por dónde entraste? —preguntó de pronto Svetlana, con la mirada afilada, buscando en las sombras tras él una ruta de escape invisible.
El hombre soltó una exhalación leve, su voz brotó finalmente, cargada de una calma que parecía un insulto al frenesí de ella.
—¿Por qué quieres escapar? —inquirió, con una curiosidad que rozaba la crueldad—. ¿Acaso no te parece encantador este lugar?
Svetlana lo miró como si hubiera perdido la cordura.
—¿Encantador? —repitió, su voz subiendo de tono, desbordada de incredulidad—. ¡Me arrancaron de mi vida, de mi familia, por el capricho de un bastardo despiadado! Dicen que es un monstruo que disfruta del dolor ajeno. Por favor… —su súplica se convirtió en un ruego desgarrador—. Ayúdame.
Dante sintió un nudo en el estómago, una punzada inesperada. ¿Eso era lo que pensaban de él?
—Eso no es verdad —dijo con voz firme y un destello de indignación cruzó su mirada helada.
—¡Claro! —replicó ella con amargura—. Nunca dirías otra cosa. Te costaría la vida.
Él negó con la cabeza, incapaz de comprender la magnitud de sus acusaciones.
—Escucha… —intentó decir, pero Svetlana lo interrumpió con la ferocidad de la desesperación.
—Me dijeron que mató a una chica solo porque lo miró a los ojos.
Dante sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Qué? ¿Quién te dijo eso?
—¡No importa! —gritó ella, las lágrimas surcando su rostro pálido—. Solo ayúdame.
La observó en silencio, con los ojos atrapados en el dolor crudo que ella dejaba escapar con cada sollozo. Había algo en Svetlana que lo desarmaba.
Finalmente, dio un paso hacia ella y le tomó las manos, obligándola a ponerse de pie.
—Voy a ayudarte —susurró con una suavidad que contrastaba con la frialdad de su fachada—. No dejaré que nadie te haga daño.
Svetlana lo miró, sus ojos anegados de lágrimas, pero en ellos brilló una chispa de esperanza.
—¿De verdad me ayudarás?
—Sì —respondíó él, asintiendo.
—¿Cómo te llamas?
Dante dudó un segundo antes de responder:
—Gianluca.
Svetlana frunció el ceño y una sombra de escepticismo nubló su expresión.
—¿Debo creerte, Gianluca? ¿Qué ganas con ayudarme?
Dante bajó la mirada, buscando las palabras que pudieran justificar lo que ni él mismo comprendía.
—Porque yo también quiero huir —confesó en un susurro que pareció pesar toneladas.
Svetlana lo miró, boquiabierta por la sorpresa.
—¡Dio mio! ¿También eres un prisionero de ese monstruo?
Dante no respondió. Solo esbozó una sonrisa triste, cargada de significados ocultos.
—Andiamo —dijo él finalmente, extendiéndole la mano—. Te mostraré el camino por donde vine.
Svetlana tomó su mano, con la duda latiendo en su corazón, pero también una chispa de esperanza, frágil pero viva.
***
Svetlana avanzaba por el silencioso pasillo de la villa, con sus pasos resonando suavemente contra el mármol frío. El eco parecía burlarse del estruendo de su propio corazón, que latía con fuerza desbocada. Apenas había logrado orientarse entre los laberínticos corredores cuando una figura emergió de las sombras: un hombre de complexión robusta, con el rostro cincelado por la dureza de los años y una mirada helada que destilaba peligro. Llevaba un traje negro impecable, la camisa blanca contrastando con el oscuro brillo de su corbata de seda. Sus ojos, tan fríos como el acero, la diseccionaron con una mezcla de interés y suspicacia.
—¿Qué haces aquí? —su voz grave, cargada de autoridad, resonó como un eco sordo en el pasillo.
Svetlana tragó saliva, obligándose a mantener la compostura, aunque sus piernas amenazaban con fallarle.
—Me trajeron para el jefe —respondíó con un tono firme que desmentía el temblor que sentía por dentro.
El hombre entrecerró los ojos, evaluándola con detenimiento. Finalmente, dejó escapar una risa breve y seca, sin un rastro de calidez.
—Así que tú eres la chica que Fabio mandó a buscar —murmuró, más para sí mismo que para ella, como si estuviera confirmando un pensamiento.
Antes de que Svetlana pudiera replicar, una figura femenina apareció al final del pasillo. Era Giulia, con el ceño fruncido y el andar rápido que delataba su irritación.
—¡Ahí estás! —exclamó, sujetándola del brazo con brusquedad—. ¿Qué parte de "quédate donde te dejé" no entendiste?
Svetlana no se resistió, pero tampoco apartó la mirada del hombre que la había interceptado. Él, sin decir una palabra más, se hizo a un lado, observándola mientras se alejaba.
—No tienes idea del problema que puedes causar si te paseas por aquí —gruñó la mujer mientras la arrastraba por los pasillos, cruzando puertas custodiadas por hombres armados.
Finalmente, llegaron a una habitación iluminada por la tenue luz de una lámpara de cristal. El aire estaba cargado de un aroma denso, una mezcla de tabaco, especias y perfume caro que chocaba con la frialdad del resto de la casa. Dos mujeres vestidas de negro aguardaban dentro, con sus rostros inmutables.
Sin perder tiempo, comenzaron a atenderla. La despojaron de su ropa con una eficacia metódica, sumergiéndola en una bañera de mármol llena de agua tibia y aceites aromáticos. Las manos de las asistentes se movieron con precisión, lavando su cabello, frotando su piel, como si intentaran borrar cualquier rastro de su pasado. Svetlana permanecía inmóvil, su mente atrapada en pensamientos oscuros, imaginando lo que vendría después.
Después del baño, la envolvieron en una bata blanca de seda y la llevaron ante un espejo antiguo. Comenzaron a trabajar en su cabello, peinándolo en ondas suaves que caían con elegancia sobre sus hombros. Luego, aplicaron un maquillaje sutil que resaltaba sus ojos azules y sus labios con un delicado tono rosado.
Cuando terminaron, una de ellas trajo un vestido de seda color coral, ligero como el aire y tan delicado que parecía un susurro. Svetlana lo miró con una mezcla de asombro y temor.
—Póntelo —ordenó una de las mujeres, su voz tan fría como el acero de un cuchillo.
Obedeciendo en silencio, Svetlana dejó que la ayudaran a vestirse. Le entregaron un par de tacones plateados adornados con pequeños cristales que brillaban con la luz cálida de la habitación.
—Sus pies están destrozados —murmuró una de las mujeres al calzarla.
En ese momento, un hombre alto y delgado apareció en la puerta. Su cabello mostraba las primeras canas, pero su porte emanaba una autoridad incuestionable. Era Fabio. Su presencia llenó el espacio, y el silencio se hizo más denso.
—Es bailarina de ballet —comentó con desdén—. Es normal que sus pies estén así.
Una de las asistentes quiso replicar, pero Fabio la fulminó con la mirada, dejándola sin palabras. Luego, se volvió hacia Svetlana, observándola con frialdad, como si evaluara una pieza de arte valiosa.
—Es perfecta —murmuró finalmente, con una mueca de aprobación calculada. Dio media vuelta hacia la puerta—. Que esté lista en diez minutos. Alguien vendrá a buscarla para llevarla ante Dante.
El nombre resonó en la mente de Svetlana como un presagio. Un escalofrío le recorrió la columna.
—¿Quién es él? —susurró cuando Fabio desapareció.
—Ese, niña tonta, es el segundo al mando. La mano derecha del jefe. Más te vale mostrar respeto si no quieres acabar mal.
El corazón de Svetlana latió con más fuerza. Cada segundo la acercaba al monstruo del que tanto había oído hablar. Se quedó en silencio, sintiendo que el aire le pesaba en los pulmones.
Cuando las asistentes terminaron, una de ellas colocó un collar de plata simple alrededor de su cuello.
—Estás lista.
Svetlana se miró en el espejo. La mujer que le devolvía la mirada parecía una extraña: una muñeca hermosa, frágil y atrapada en un mundo que no era el suyo.
Queridos lectores,Hoy quiero tomarme un momento para agradecerles desde lo más profundo de mi corazón. Ha sido un viaje increíble, y no puedo dejar de sonreír al pensar en todo lo que hemos compartido. En este casi año que hemos estado juntos, me han apoyado, han leído mis novelas, y han dejado sus comentarios y valoraciones. Todo eso me ha motivado a seguir escribiendo, a seguir creando este mundo tan especial que hemos formado.Sé que no todo ha sido perfecto, y si en algún momento algo no les gustó o causó molestia, les pido sinceramente disculpas. Mi intención siempre ha sido darles lo mejor de mí, y cada comentario, cada mensaje, me ha ayudado a mejorar y a crecer como escritora.Pero no se preocupen, la historia de los Bellandi no termina aquí. ¡Tenemos mucho más por venir! En breve, seguirán la historia en un nuevo libro que será publicado en esta misma plataforma. Además, estoy emocionada de contarles que, junto a la continuación de la saga, también les traigo nuevas historias
Regresaron a Tokio. A la ciudad que nunca dormía, que no concedía pausas ni indulgencias, que exigía presencia absoluta y sangre fría. El regreso no fue brusco, pero sí contundente, como si el mundo les recordara, sin necesidad de palabras, a donde realmente pertenecían.Calabria quedó atrás como un paréntesis luminoso.Durante el vuelo, Erika observó las luces extinguirse bajo las nubes y pensó que aquel viaje no había sido una huida, sino una confirmación. Había ido a encontrarse con sus raíces… y regresaba con algo más profundo aún: la certeza de que ese ya no era su mundo, sino el que tendría al lado de su esposo.Al pisar suelo japonés, la calma italiana se disolvió, pero no desapareció del todo. Se replegó dentro de ella, como una fuerza silenciosa que ahora sabía que podía llevar consigo incluso en medio del caos.El coche negro los aguardaba. El trayecto hasta el complejo del clan transcurrió envuelto en una quietud cargada de significado. Takeshi conducía con la atención abso
Calabria los recibió con un cielo amplio y un sol tibio que no hería, que acariciaba.Desde la ventanilla del coche, Erika reconoció el paisaje antes incluso de que el conductor anunciara la llegada. Las colinas onduladas, el verde intenso que no pedía permiso para existir, el aire salino que venía del mar mezclado con tierra antigua. Todo estaba allí, intacto y vivo, como si el tiempo hubiese decidido respetar ese rincón del mundo.Respiró hondo.No era solo un regreso físico. Era un retorno a la sangre.Takeshi observaba en silencio. No hablaba. No preguntaba. Se limitaba a mirar cómo el cuerpo de Erika reaccionaba antes que su mente: la forma en que sus hombros se relajaban, el brillo distinto en sus ojos, la manera en que sus dedos se aferraban a la tela de su vestido como si temiera que aquel paisaje fuera un espejismo.Allí no era la esposa del oyabún.Era hija y hermana.La villa Bellandi se alzaba sólida, de piedra clara y líneas sobrias.Los hombres apostados en los accesos i
Las puertas correderas se abrieron con un sonido grave, contenido, y el murmullo que flotaba en el aire murió de inmediato. No fue una orden. Fue instinto. Fue reconocimiento. Takeshi había regresado en toda regla.Caminaba despacio, sin necesidad de apurar el paso. Un dolor muy tenue seguía allí, latente en el costado, recordándole cada movimiento, pero su postura era impecable: la espalda recta, los hombros firmes, la mirada afilada de quien no ha perdido ni un centímetro de control. El traje oscuro caía sobre él como una armadura silenciosa, sobria, sin ostentación. No necesitaba símbolos exagerados para demostrar poder. Él era el símbolo.A su lado, no un paso atrás, no medio cuerpo relegado, caminaba Erika.El impacto fue inmediato.Algunos hombres levantaron apenas el mentón. Otros tensaron la mandíbula. Hubo miradas rápidas, evaluadoras. No de desprecio. De cálculo. De reconocimiento forzado. Erika avanzaba con la cabeza en alto, vestida también de negro, con un porte limpio y
La casa estaba silenciosa, pero Takeshi no lo notó. Entró sin mirar a nadie, ignorando murmullos del personal, ignorando protocolos, ignorando todo excepto un único pensamiento: Erika. Cada paso suyo resonaba como un golpe contenido, un huracán que avanzaba directo al dormitorio donde ella debía esperarlo, tal como él le había pedido: desnuda, solo para él.—¡Erika! —rugió, con voz grave y cargada de necesidad, atravesando el pasillo con pasos largos, precisos, decididos.Abrió la puerta del dormitorio de un empujón. La habitación estaba intacta. Las sábanas lisas, el aire frío, el silencio absoluto. Ella no estaba.El golpe le atravesó el pecho. Era un hueco primitivo, un instinto de poseerla, de encontrarla, de asegurarse de que estaba allí y que nadie ni nada podría arrebatársela.Dejó las llaves sobre la mesa del recibidor con un golpe seco y salió disparado, recorriendo pasillo tras pasillo, inspeccionando habitaciones, entrando y saliendo, frenético. Cada puerta cerrada, cada es
El amanecer llegó sin prisa.No irrumpió.No reclamó.Simplemente se filtró entre las cortinas gruesas del dormitorio, derramando una luz tibia y pálida sobre las sábanas desordenadas, sobre dos cuerpos que aún no tenían intención de separarse del todo.Erika despertó primero.No porque el sueño la hubiera abandonado, sino porque su cuerpo ya no estaba en alerta. Porque por primera vez en mucho tiempo, abrir los ojos no significaba calcular riesgos ni anticipar el siguiente golpe del mundo. Abrió los ojos y lo encontró allí.Takeshi dormía boca arriba, una mano sobre el abdomen, la otra extendida hacia ella como si incluso dormido necesitara comprobar que seguía ahí. Su respiración era profunda, lenta, distinta a la del hombre que ella había conocido meses atrás. Ya no era la respiración contenida del depredador siempre alerta. Era la de alguien que, al menos por unas horas, se había permitido descansar.Erika se giró apenas, apoyándose en un codo, y lo observó sin pudor.Había visto







