FAZER LOGINDespertar fue diferente a todos los días. Alexa ni siquiera se molestó en abrir los ojos. Se sentía cómoda y cálida; una respiración calmada rozaba su nuca, y un brazo fuerte la rodeaba por la cintura, mientras otro servía de almohada bajo su cabeza. Su espalda estaba contra un cálido pecho desnudo, haciéndola sentir protegida. Alexa se acurrucó más al cuerpo a su lado, buscando más calor. Pero...
La boda...
La noche anterior...
La amante de Carrington...
Alexa estaba casada con Henry Carrington, y quien estaba durmiendo a su lado era ese maldito. ¡Estaba haciendo cucharita con el idiota de su peor enemigo! ¡Ese imbécil no respetó el muro de almohadas!
Con un chillido agudo, salió de los brazos de su esposo de forma brusca, despertándolo.
—¡Mierda, enana! ¿Qué te pasa? —preguntó Henry, aturdido y con voz ronca por el sueño.
—¡Henry, eres un estúpido! No respetaste el muro de almohadas, te dije que no lo cruzaras, y tú... tú me abrazaste como si... como si fuera tu maldito oso de peluche —se quejó Alexa, indignada.
Carrington entrecerró los ojos, acostumbrándose a la luz que se filtraba por la ventana.
—¿Yo soy estúpido? Tú eres una enana malagradecida. Estabas temblando de frío anoche, por eso te abracé. ¿Debí dejarte sufrir hipotermia? —se justificó Henry con un toque de burla en su voz.
Alexa lo miró con el ceño fruncido. Henry no tenía camisa puesta; el infeliz tenía el abdomen tonificado, esos cuadritos... Los ojos de Alexa se quedaron pegados en la V que se perdía en la cinturilla de los pantalones de chándal negro de Carrington.
—¡Yo no tenía frío! —chilló Alexa—. ¿Acaso no tienes una maldita camisa de pijama? —gruñó, obligándose a desviar la mirada de los abdominales de Henry.
—Agradece que usé el pantalón de pijama; suelo dormir sin nada —ronroneó Henry con una sonrisa de suficiencia—. Aunque te daría una vista para disfrutar.
Henry se acomodó boca arriba, con ambos brazos detrás de la cabeza, irritando aún más a Alexa, que ya lo fulminaba con la mirada.
—Puedes mirar todo lo que quieras, somos esposos, una sola carne —dijo, arqueando una ceja.
—¡Una sola carne, tu trasero! ¡Sal de mi habitación, Henry! —exclamó Alexa con furia.
Henry, sin inmutarse por el tono de su esposa, simplemente sonrió. Ya estaban acostumbrados a ese tipo de intercambios.
—Nuestra habitación —corrigió Henry con calma—. Somos esposos, Alexa, y no tengo intención de salir.
Alexa se quedó sin palabras, frustrada, intentando encontrar un insulto adecuado, pero se le habían agotado. Finalmente, tomó una almohada y se la lanzó a Henry, quien la recibió con una risa burlona.
—Esa no es manera de tratar a tu esposo, Alexa. Es nuestro primer día de casados —dijo Henry, disfrutando claramente de la situación.
—¡Que te jodan! —gritó Alexa, mientras se dirigía a la habitación con algunas prendas en la mano y estrellaba la puerta al cerrarla. Henry observó la puerta cerrarse tras la furia de su esposa y no pudo evitar sonreír. Sabía que había retirado el muro de almohadas anoche, consciente del frío que hacía y del temblor de Alexa. Le había gustado sentir el cuerpo de Alexa entre sus brazos, como si encajara allí perfectamente.
Henry había revisado los informes económicos de su familia. La Compañía Carrington no estaba tan mal; con su habilidad para los negocios, se recuperarían en unos meses. Pero la situación de los Kingsley era grave, su empresa estaba al borde de la quiebra. Su padre le había pedido que se casara con Alexa como un favor a su viejo amigo Marco Kingsley, padre de Alexa. Para ser sincero, los padres de Henry siempre habían querido unir sus familias y sus empresas. Henry no se negó porque quería ayudar a los Kingsley, sino porque, a pesar de todo, sentía algo por Alexa. Era un secreto que guardaría para sí mismo, pues estaba seguro de que si Alexa lo descubría, se reiría de él. Le dijeron que ambas empresas estaban en crisis para asegurar que no se negara al matrimonio.
Un rato después, Henry bajó a la cocina, vistiendo un traje negro impecable. Allí encontró a Alexa usando la licuadora, preparando un batido con una mezcla de ingredientes inusuales: huevos, pepino, piña, espinaca, lechuga, arroz integral, ricota y semillas de chía.
Henry la observó con escepticismo.
—¿De verdad vas a tomar eso? —preguntó con una mueca de asco.
—Sí, es saludable —respondió Alexa sin mirarlo, concentrada en su preparación. Encendió la licuadora, y la mezcla verde comenzó a tomar forma.
—Parece que vas a tomar moco.
—Cállate, Carrington. Eres un repugnante. Esto es para mantenerme en forma.
Henry sonrió con malicia.
—Es bueno que quieras mantenerte en forma para mí, cariño, porque si tu trasero se pone gordo, te dejaré antes de que cumplamos el año de casados —dijo con un tono engreído, esperando una reacción furiosa de Alexa. Sin embargo, lo que vio no fue lo que esperaba. El labio inferior de Alexa temblaba y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Esa frase hizo que Alexa se sintiera mareada. Era como escuchar las mismas palabras que Jack le había dicho cuando terminaron.
"Lo siento, Alexa. Para ser una bailarina profesional, estás demasiado gorda. Dejaste de ser sexy. Fue tu culpa. No tuve más remedio que buscar a alguien que estuviera a mi altura."
Era una mentira completa. Alexa se había descuidado un poco con las comidas, pero no estaba tan gorda como para verse poco atractiva. La mujer con la que Jack la engañó era una simple escoba vestida.
Pero Alexa no iba a permitir que Henry viera su dolor. Era su enemigo, y llorar frente a él solo lo haría reír. Con un suspiro, corrió a las escaleras.
—¡Vete a la m****a! —gritó mientras subía, pero su voz sonó más quebrada de lo que había anticipado.
Henry observó a Alexa alejarse, sorprendido por la intensidad de su reacción. Al ver el dolor en su rostro y sus ojos a punto de llorar, se dio cuenta de que había cometido un grave error.
Y lo había hecho en grande.
Ahogando un sollozo con una de sus manos, trató de tranquilizarse. Tal vez las hormonas del embarazo la tenían más sensible. Había tenido que poner todas las fotos de su matrimonio boca abajo, porque cada vez que las veía se ponía a llorar y le daban esas malditas ganas de correr y buscar a Henry para abrazarlo y decirle que lo perdonaba. Sentía decepción, amor, odio hacia el castaño, pero también ilusión por estar embarazada. Tantos sentimientos encontrados que pensaba que su cuerpo no resistiría tanto sufrimiento.—Alexa, niña, ya sal, me tienes desesperada. ¿Cuál fue el resultado? —Nadia estaba fuera del baño, esperando a que su mejor amiga saliera.La pelirosa estaba muy preocupada por Alexa. Ella no quería comer y cada vez que probaba bocado las náuseas le ganaban y terminaba devolviéndolo todo en el escusado. Cuando Nadia se enteró de la infidelidad de Henry, en serio quería arrancarle la cabeza y cortarle las pelotas con un cuchillo de sierra, pero ayer que tuvo que ir a la emp
—¿Es ella, verdad? Ya que la conoces hace tanto… ¿es ella la “niña bonita” con la que siempre hablas? —preguntó Alexa, tratando de que su voz no sonara tan rota como su corazón.—Sí… pero déjame hablar, amor…—¡No me llames amor! —gritó Alexa, rompiéndose finalmente en llanto—. ¡No vuelvas a llamarme amor jamás en tu vida! ¡Te odio, maldito infeliz!Con manos temblorosas, Alexa se llevó las manos al cuello, arrancándose el collar que Henry le había dado como símbolo de su “amor” y lo tiró a sus pies con desprecio.—Quiero que desaparezcas de mi vida ahora mismo. Y si crees que te voy a dejar esta casa para que metas a tu querido “niña bonita”, estás muy equivocado. Tus maletas están en el jardín, así que ¡lárgate!Henry cayó de rodillas, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Tomó el collar en sus manos, como si al sujetarlo estuviera tratando de aferrarse al amor que Alexa le estaba quitando.—Alexa, por favor, escúchame. Es una historia complicada… Cuando lo conocí…—¡Que te calle
Alexa dejó las fotos regadas en el suelo y corrió a las escaleras para encerrarse en su habitación. No tenía que ser adivina para saber quién había enviado las fotos; conocía perfectamente esa letra.Entre los espasmos que estremecían su cuerpo, Alexa se dejó caer en la cama, aún sin poderlo creer. Dolía tanto… Henry era un maldito bastardo infeliz. Las lágrimas no dejaban de fluir, empapando la almohada mientras sentía su corazón romperse en pedazos. ¿Por qué? ¿Por qué hacerle esto? Enamorarla, hacerla sentir especial, solo para terminar engañándola, igual que Jack.Las respuestas parecían obvias: Henry Carrington había sido su enemigo durante 19 años. Tal vez solo la había utilizado para vengarse por todos los desplantes que Alexa le había hecho en el pasado, y ella, como una tonta, había caído en la trampa.Ahora tenía el corazón destrozado y, para empeorar las cosas, existía la posibilidad de llevar un hijo de ese bastardo en su vientre.En ese momento, Alexa se sentía menos que n
Alexa se quedó mirando la puerta por donde salió su esposo. Escuchó el motor del auto rugir y alejarse. Henry tenía mucha prisa. Con un puchero en sus labios, subió a su habitación. Era la primera vez que tendría que usar sus juguetes sexuales sin la compañía de Henry.Otra vez, Alexa estaba preparando el desayuno para ella sola. Con un suspiro, empezó a cortar el jamón para hacerlo con huevos revueltos. Cuando terminó de batir los huevos y los puso en el sartén, el olor del jamón friéndose invadió sus fosas nasales, causándole unas horribles náuseas. Apagó la estufa y corrió al baño a vomitar. Ya llevaba más de una semana con esos malestares estomacales; todo le causaba náuseas, incluso el olor de su preciada carne. Además, tenía un atraso, según sus cuentas.Debía ir al médico pronto para salir de dudas. Claro que Henry no se había dado cuenta de ninguno de sus síntomas; llevaba una semana sin compartir las comidas con Alexa, y en las noches llegaba muy agotado y se dormía. Siete dí
—Deja de manosearme—dijo Lexy con puchero.—Todo esto es mío—canturreó Henry con una sonrisa, besando el puchero de su enana y dándole un apretón a uno de sus glúteos—. Estaba pensando en quedarme en casa hoy, solo tengo que terminar algunos documentos y enviárselos a Víctor al correo.—¡Me encanta la idea!—respondió Lexy, saliendo de los brazos del castaño para levantarse. Cuando se puso de pie, su mundo dio vueltas y estuvo a punto de caerse, pero Henry fue más rápido y la sostuvo de la cintura.—¿Estás bien, Lexy?—preguntó preocupado, sentándose en la cama con ella en su regazo.—Sí, estoy bien, solo me levanté demasiado rápido—respondió, recuperándose del mareo.—Bueno, en ese caso, quédate un rato más en la cama. Yo me voy a duchar para hacer los documentos y así pasamos el resto del día juntos—declaró el castaño. Dejó a Lexy en la cama y, después de robarle un par de besos, entró a la ducha.Lexy se quedó en la cama como una niña buena, jugando con la cadenita que colgaba en su
Alexa asintió con la cabeza, como una niña buena, y abrió aún más sus piernas, ofreciéndose en cuerpo y alma al hombre que amaba. Henry recorrió su cuerpo con besos hasta llegar de nuevo a sus labios, y mientras la besaba, comenzó a penetrarla.Los primeros gemidos fueron ahogados por sus besos, pero pronto resultó incontrolable. Henry, siendo un hombre tan experimentado, encontró con sus primeras embestidas el punto perfecto de Alexa: su delicioso punto G.—¡Aaah, Hen, sí, así... ahí! —gemía ella sin pudor, observando el rostro de Henry, lleno de placer mientras la embestía.—¿Ahí, bebé? ¿Te gusta?—¡Diablos, sí... más duro, Henry!Embestida tras embestida, ambos cuerpos sudorosos disfrutaban del máximo placer. Siempre habían sido compatibles en la cama, pero ahora que se amaban, todo era mejor. Henry sostuvo a Alexa por las caderas mientras la embestía con fuerza.—Hen... sí, ahhh... así, más rápido... más —rogaba sin pudor la rubia.—¡Diablos, Alexa! Eres tan preciosa, eres mía, be







