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Choque y tentación

Autor: P. Wolf
last update Fecha de publicación: 2026-02-01 02:36:22

Llegué a la oficina con el café todavía caliente en la mano, tratando de calmar el nudo que tenía en el estómago. Hoy era uno de esos días en que todo parecía más difícil: reuniones, llamadas, presentaciones… y, por supuesto, él. Adrián Montenegro.

Al poner los pies en el pasillo, lo vi aparecer desde el final, caminando con la seguridad que siempre parecía aplastarme. No había saludo, ni cortesía, solo esa mirada que quemaba y evaluaba al mismo tiempo.

—Buenos días, señorita Ruiz —dijo, su voz firme y grave—. Espero que hoy llegue a tiempo.

—Buenos días —respondí, intentando sonar tranquila mientras mi corazón latía rápido—. Sí, llegué cinco minutos antes.

Él arqueó una ceja, como si no creyera ni una palabra.

—Cinco minutos, ¿eh? Veremos si es suficiente. —Se detuvo justo frente a mí, lo suficientemente cerca como para que percibiera su aroma, amaderado y frío—. Hoy tenemos mucho que hacer.

—Lo sé —dije, sin apartar la mirada—. Todo estará listo como usted quiere.

—Espero que sí —replicó, con un deje de ironía que no me agradó en lo más mínimo. Luego, tras un breve silencio, añadió—: ¿Ya revisó los informes del cliente internacional?

—Sí —contesté—. He reorganizado los datos, y verifiqué cada detalle para que nada se escape.

Asintió, pero en lugar de moverse, se inclinó hacia mi escritorio para mirar los informes más de cerca. Al pasar junto a mí, su brazo rozó el mío accidentalmente, y un escalofrío me recorrió. No era miedo. Era algo que no podía controlar.

—¿Se siente bien? —preguntó, apenas notando mi reacción. Su tono, aunque serio, tenía un matiz curioso.

—Sí, perfecto —mentí, con un nudo en la garganta que no podía disimular del todo.

Se enderezó y me miró con intensidad:

—Haga que todo esté listo antes de la reunión, señorita Ruiz. No quiero sorpresas.

—Lo estará —dije, aunque mi voz temblaba ligeramente—. Puede confiar en mí.

La mañana pasó entre documentos, llamadas y correcciones constantes. Cada vez que lo veía aparecer detrás de mí, o pasar por el pasillo, sentía que mis sentidos se activaban al máximo. Era como si cada mirada suya fuera un desafío, y cada palabra un recordatorio de que yo debía estar a la altura.

—¿Todo listo para la presentación? —preguntó de repente mientras se inclinaba sobre mi escritorio.

—Casi —respondí—. Solo estoy revisando los últimos detalles.

—Bien —dijo, cruzando los brazos—. Quiero que cada cifra sea perfecta. No toleraré errores de este tipo otra vez.

—Entendido —contesté, mordiendo mi labio, tratando de mantener la calma.

En un momento, mientras organizaba unas carpetas, tropecé ligeramente con la silla y Adrián reaccionó instantáneamente, apoyando una mano sobre mi hombro para evitar que cayera. Fue un contacto breve, pero demasiado cercano, y mi corazón se aceleró.

—¿Está bien? —preguntó, con la voz baja, preocupada por un instante.

—Sí… sí, estoy bien —dije, apartándome y enderezando mi espalda, intentando que mi rubor no se notara.

—Cuidado —murmuró, con ese tono grave que hacía que cada palabra calara profundo—. No quiero que nada interfiera hoy.

Asentí, consciente de que sus palabras eran tanto advertencia como… algo más. No sabía qué, pero la tensión era palpable.

La reunión con los clientes llegó antes de lo que esperaba. Caminamos juntos hacia la sala, y por un instante nuestros hombros se rozaron al entrar. Él se quedó un momento demasiado cerca, observándome mientras yo intentaba mantener la compostura.

—Señorita Ruiz, inicie con los resultados —dijo, directo.

—Claro —respondí, respirando profundo y señalando los gráficos.

Cada vez que hablaba, sentía su mirada en mí, evaluándome, midiendo cada gesto. No era solo profesionalidad; había algo en su forma de observar que me hacía dudar, que me hacía sentir viva y vulnerable al mismo tiempo.

—Esta diapositiva podría ser más clara —interrumpió, señalando un detalle minúsculo—. Muéstrelo así.

Asentí, ajustando la información mientras él se acercaba un poco más, revisando mi trabajo. Un roce accidental de su mano al pasar por la mesa me hizo morderme el labio. Él levantó la mirada y me observó por un instante, como si hubiese notado mi reacción.

—Está bien —dijo finalmente, dando un paso atrás—. Pero mantenga esto en mente para la próxima presentación.

—Sí, señor —respondí, sintiendo un calor que no debía.

Al terminar, me miró un momento en silencio. Podía sentir la tensión que flotaba entre nosotros, una mezcla de autoridad y algo que no quería nombrar.

—Buen trabajo hoy —dijo finalmente—. Pero recuerde, esto no termina aquí. Mañana será aún más difícil.

Asentí, consciente de que cada interacción con él me dejaba al límite. Mientras recogía mis cosas, escuché su voz detrás de mí una vez más:

—Y señorita Ruiz… —hizo una pausa, intensa—. Evite tropezar de nuevo.

—No volverá a pasar —respondí, con una mezcla de desafío y nerviosismo.

Se dio la vuelta y salió de la oficina, dejándome sola con mi respiración acelerada y la certeza de que cada roce, cada palabra, cada mirada, estaba cambiando algo en mí. Algo que yo no estaba preparada para admitir.

Sabía que mañana volveríamos a chocar. Y que cada choque sería más intenso, más cercano, y peligrosamente tentador.

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