LOGINLlegué a la oficina antes de que él apareciera, tratando de organizarme para no cometer errores hoy. Tenía la sensación de que cada día sería más difícil, y no me equivocaba.
No habían pasado cinco minutos cuando escuché sus pasos firmes acercándose por el pasillo. No me dio tiempo a respirar antes de que su voz cortara el silencio. —Señorita Ruiz —dijo, con esa autoridad que me ponía alerta al instante—. Necesito que revisemos juntos la estrategia de marketing antes de la reunión de la tarde. —Claro —contesté, intentando sonar segura aunque mi corazón se aceleraba—. ¿Quiere que le muestre los gráficos primero o prefiere que haga un resumen general? —Resumen primero —respondió, cruzando los brazos y apoyándose contra el marco de la puerta—. No me gusta perder tiempo con detalles hasta tener la visión completa. Mientras hablaba, me acerqué a la pantalla de mi computadora para mostrarle el resumen, y nuestros hombros se rozaron ligeramente. Esta vez, no fue accidental. Un escalofrío recorrió mi espalda y tuve que concentrarme para no apartarme de golpe. —Cuidado —murmuró, con esa voz baja que hizo que mi estómago se retorciera—. No quiero que se distraiga con cosas irrelevantes. —No me distraigo —dije, intentando mantener la compostura mientras sentía que mis palabras sonaban más tensas de lo normal. Se inclinó sobre la mesa, revisando los gráficos a mi lado. Su brazo rozó el mío otra vez, un toque breve pero intencional, y esta vez sentí que él notaba mi reacción. —¿Está segura de que estos números reflejan la realidad? —preguntó, mirándome fijamente—. No quiero sorpresas delante del cliente. —Sí, los revisé varias veces —respondí, sintiendo que mi voz temblaba—. No habrá sorpresas. —Perfecto —dijo, soltando un suspiro, y por un instante sus ojos se suavizaron, un gesto que me desconcertó—. Pero mantenga la concentración. No quiero que un pequeño error arruine todo. Durante la mañana, estuvimos revisando cada diapositiva juntos. Cada vez que él se inclinaba sobre la mesa, sentía su cercanía más intensa, su perfume invadiendo mi espacio, su presencia controlando cada movimiento mío. Intentaba concentrarme, pero era imposible ignorar la tensión que se había instalado entre nosotros. —¿Por qué frunce el ceño tanto cuando reviso mi trabajo? —pregunté, incapaz de contenerme—. No es como si estuviera equivocada. —Porque no tolero errores —respondió, directo, sin levantar la vista—. Y usted sabe que la perfección es la única opción aquí. —Perfecto no significa inhumano —repuse, un poco desafiante—. A veces un pequeño margen de error nos hace humanos. Se giró hacia mí, arqueando una ceja: —¿Está intentando desafiarme? —preguntó, con una sonrisa que era más amenaza que diversión. —Solo digo la verdad —contesté, sintiendo cómo mi pecho se aceleraba—. La perfección puede ser aburrida si nadie se atreve a cuestionarla. Su mirada se suavizó por un instante, y luego volvió a endurecerse: —Muy bien, lo admito… me gusta que tenga carácter. Pero no olvide que en esta oficina mando yo. —Lo sé —dije, mordiendo mi labio y cruzando los brazos—. Y aún así, puedo hacer que funcione. Se inclinó un poco más, demasiado cerca, y esta vez fue imposible no sentir el calor de su cuerpo. —Tiene razón —murmuró, bajo, casi para él mismo—. Puede funcionar… si sabe cómo moverse. El resto de la mañana pasó entre risas contenidas, tensiones y pequeñas provocaciones. Cada comentario suyo me obligaba a reaccionar, a mantener la compostura, a no mostrar que empezaba a sentir algo que no debía. Cuando llegó la reunión de la tarde con el cliente, caminamos juntos hacia la sala. Esta vez, sus manos rozaron las mías al entregar unos documentos, y por un segundo nuestras miradas se cruzaron de manera que no podía ignorar. —Trate de no tropezar otra vez —susurró, con esa voz grave que me hizo sonrojar—. No quiero excusas delante del cliente. —No tropezaré —respondí, intentando sonar firme mientras sentía que mi corazón latía con fuerza. La reunión transcurrió sin problemas, pero cada interacción, cada intercambio de miradas, cada roce accidental me recordaba que la línea entre odio y atracción se estaba difuminando. Al final del día, cuando me dirigía a mi escritorio, lo escuché detrás de mí: —Señorita Ruiz —dijo, deteniéndose justo a mi lado—. Buen trabajo hoy. Pero recuerde: mañana será aún más difícil. —Lo tendré en cuenta —dije, tratando de no mostrar que mi cuerpo todavía reaccionaba a su cercanía. Salí de la oficina sintiendo una mezcla de agotamiento, excitación y confusión. Cada roce, cada palabra, cada mirada había dejado una marca que no podía borrar. Y mientras caminaba hacia la puerta, entendí algo que me aterraba: este juego entre nosotros apenas comenzaba… y sería imposible de ignorar.El salón estaba completamente lleno.No de gente.De cajas.De bolsas.De paquetes que habían ido llegando durante las últimas semanas y que, entre el ingreso en el hospital y la vuelta a casa, habían quedado amontonados esperando el momento adecuado.Ese momento había llegado.⸻Ella apareció despacio desde el pasillo, sujetándose la espalda con una mano.La barriga parecía haber crecido de golpe.Caminar seguía siendo posible.Hacerlo con elegancia era otra historia.Adrián la vio entrar y sonrió.—Buenos días, dormilona.Ella frunció el ceño.—No soy una dormilona.—Has dormido hasta las diez.—Estoy embarazada de casi nueve meses, tengo derecho.—Concedido.Los dos sonrieron.Era una conversación sencilla.Pero hacía meses que no tenían una así.⸻Él dejó la taza de café sobre la mesa
La consulta olía a lo de siempre. A desinfectante. A papel nuevo. A espera contenida. Pero esta vez no había tensión en el aire cuando entraron. Solo ese tipo de calma rara que llega cuando, por fin, las cosas no están yendo mal. ⸻ La ginecóloga revisó los papeles con tranquilidad. Sin prisa. Sin alarmas. Sin ese tono que habían aprendido a temer. ⸻ —Treinta y seis semanas —dijo al final. Pausa breve. —Evolución dentro de la normalidad. ⸻ Ella parpadeó un segundo. Como si necesitara confirmar que había oído bien. Adrián no habló, pero su postura cambió ligeramente. Menos tensión en los hombros. Más aire en el pecho. ⸻ La doctora continuó, mirando el informe.
La puerta de casa sonó distinta al abrirse.No más fuerte.Ni más débil.Solo… distinta.Como si el aire de dentro no supiera todavía que habían vuelto.⸻Entraron despacio.Demasiado despacio para alguien que, en teoría, acababa de recuperar la normalidad.Pero la normalidad no encajaba bien todavía en sus cuerpos.⸻Ella se quedó en el pasillo un segundo, apoyando una mano en la pared.No por debilidad.Por costumbre.El hospital había dejado huella en cada gesto pequeño.⸻Adrián dejó la bolsa en el suelo.Miró alrededor.Todo estaba como lo habían dejado.Pero no se sentía igual.⸻—Qué raro… —dijo él en voz baja.Ella asintió sin mirarlo.—Es que no es lo mismo volver que seguir.⸻Eso se quedó en el aire.Porque era exactamente eso.⸻Se
La palabra “alta” sonó rara.Como si no perteneciera a ese sitio.Como si alguien la hubiera dejado caer en la habitación por error.⸻La doctora entró con la misma carpeta de siempre, pero esta vez no venía con urgencia ni con alerta.Venía con decisión.Miró primero a ella.Luego al monitor.Luego al historial.Y por fin habló.—Estáis en la semana 34.Pausa breve.—Y la evolución ha sido estable lo suficiente como para plantearnos el alta hospitalaria.⸻Silencio.De esos que no pesan porque son buenos…pero tampoco alivian del todo porque no terminan de sentirse reales.⸻Ella bajó la mirada a su barriga sin pensarlo.Ya no era solo un número médico.Era algo grande.Cansado.Real.⸻Adrián se quedó quieto un segundo más de lo normal.—¿Alta… a casa? —pregun
La mañana entró en la habitación sin pedir permiso.Como siempre.Con el mismo ritmo de siempre.Con el mismo pitido constante del monitor que ya nadie discutía.Ya formaba parte del ambiente, como la luz blanca o el olor a hospital.⸻La doctora entró con su carpeta y ni siquiera tuvo que mirar demasiado para empezar a hablar.—Semana 30 —dijo, mirando a ella.Pausa breve.Luego giró la vista.—Semana 32.A la otra chica.⸻No hubo sorpresa.Solo ese asentimiento automático que ya se había convertido en costumbre.Como si los números fueran la única forma de ordenar lo que dentro era puro caos controlado.⸻La mano de ella ya estaba sobre su barriga antes incluso de que la doctora terminara de hablar.Un gesto que no era consciente.Era reflejo.Como si el cuerpo necesitara comprobar que todo seguía ahí.
El hospital ya no se sentía como un sitio extraño.Se sentía como rutina.Y eso, en su caso, no era buena noticia… pero tampoco era mala.Era algo intermedio.Algo que daba miedo por lo estable que parecía.⸻Esa mañana, la ginecóloga entró con su carpeta habitual.Sin prisa.Sin dramatismo.Pero con esa seriedad tranquila que ya habían aprendido a leer demasiado bien.⸻—Estáis en la semana 30 —dijo.La frase se quedó en el aire un segundo.Semana 30.Sonaba lejos cuando empezó todo.Ahora sonaba… demasiado real.⸻Ella bajó la mirada hacia su barriga.La mano apoyada encima por reflejo.Más grande.Más pesada.Más consciente.Ya no era “un embarazo complicado”.Era un embarazo avanzado dentro de un contexto complicado.Y eso cambiaba la perspectiva.⸻







