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C3: Un problema

Author: Yerimil Perez
last update Petsa ng paglalathala: 2026-03-09 19:58:38

El aire del bosque quedó suspendido por un instante, Ronan no se movió, y las palabras dichas por Lyra rebotaban en su mente “Mi mate”.

La joven estaba medio desmayada entre sus brazos, su respiración irregular contra la piel todavía tibia de Ronan por la reciente transformación. El olor de ella era intenso. Demasiado.

Tierra húmeda, arándanos y hogar, pero mezclado con ese toque amargo del miedo, y muy en el fondo el olor de la sangre Blackwell.

Sus ojos grises descendieron hacia el rostro pálido de Lyra. Su cabello oscuro caía desordenado sobre sus mejillas sonrojadas por el viento frío, y sus labios temblaban ligeramente mientras la conciencia se desvanecía de su cuerpo.

Mate… volvió a resonar en las profundidades de su mente. Era como una burla, cruel y despiada.

—No —murmuró Ronan con frialdad—.No lo soy —su voz fue baja, firme y casi implacable.

Lyra no escuchó, ya sus ojos se encontraban cerrados. El alfa la sostuvo con mayor firmeza entre sus brazos. Durante un breve instante, el silencio del bosque se llenó solo con el sonido de la respiración de ambos.

El viento movió las ramas secas, y la luna roja se alzaba sobre ellos mientras la maldición corría por la sangre del alfa, y al estar cerca de Lyra este podía sentir su sangre dejar de congelarse y crear fricción contra sus venas.

No era su mate, pensó Ronan, ella solo era la hija de la mujer que había condenado su libertad.

La hija de la sacerdotisa Blackwell, Ronan inhaló lentamente. Podía oler el rastro de magia en la piel de Lyra, débil pero persistente. Un eco de la noche en que su madre había secado el parte del bosque para encadenarlo a un destino que jamás había pedido.

Un problema, nada más.

El alfa cerró los ojos por un momento, y murmuró en voz baja:

—Sanare.

La palabra en latín se deslizó por el aire como un susurro haciendo efecto inmediato. Se curaron las heridas de Lyra, no era más que raspones. El mundo a su alrededor se rompió en dos, y en un parpadeo Ronan y la loba desaparecieron de aquella masacre.

(…)

La mansión del alfa Ronan se alzaba imponente no muy lejos de pequeñas cabañas que tintineaban más abajo. Todas mirando alineadas, y una gran extensión del bosque protegido con runas que hacen aquellas tierras invisibles para los humanos, y personas de malas intenciones.

Sus ventanales altos dejaban entrar la luz fría de la noche, iluminando los pasillos amplios donde apenas se escuchaba algo más que el eco distante del viento. El alfa se materializó junto a Lyra dormida en sus brazos en una enorme habitación con vista a la manada. Su cama cubierta por sábanas negras, Ronan la observó un breve segundo y luego la dejó sobre el suave colchón.

La joven se movió ligeramente, acomodándose inconscientemente entre las sábanas como si su cuerpo buscara calor. El alfa retrocedió un paso, y con sus ojos grises recorrió la habitación. Era su aposento privado, nadie entraba allí sin su permiso. Excepto ahora.

Ronan hizo una mueca ante el ardor que provocó el vínculo en su sangre. Un recordatorio cruel de que debía buscar la manera de deshacerse de esa maldición. Su mandíbula se apretó, y caminó hacia el baño sin mirar atrás llenando en poco segundo la habitación con el sonido del agua que se deslizaba por su piel llevándose todo rastro de sangre.

(…)

El sol apenas salía cuando, Lyra despertó con una extraña sensación. No era dolor, sino más bien confusión. Sus párpados se movieron lentamente mientras su mente intentaba organizar los fragmentos de recuerdos que comenzaban a regresar.

Frío, nieve y cazadores.

Su corazón dio un salto, y sus ojos se abrieron de golpe. Se incorporó de inmediato en la cama.

—¿Cómo…?

La habitación era enorme con paredes hechas de piedra oscura y los ventanales altos dejaban entrar la luz del nuevo amanecer. Una chimenea apenas encendida ocupaba una de las esquinas y muebles decoraban el espacio con una elegancia sombría.

No era el bosque, Lyra llevó una mano a su cabeza cuando los recuerdos empezaron a azotar su mente. Ella corriendo entre árboles mientras su madre gritaba que siguiera adelante.

Su pecho se apretó, ellas habían tomado caminos distintos. Obedeciendo la orden de su madre, y luego esta el recuerdo del lobo negro, cuerpos cayendo y luego… el hombre de ojos grises, piel cubierta por marcas rojas. También recordó el calor de sus brazos, Lyra sintió sus mejillas calentarse.

La vergüenza apareció primero, luego la confusión y la desconfianza.

—Es mi mate… —murmuró para sí misma. La palabra aún se sentía extraña en su boca, no lo conocía, Lyra cerró sus ojos con frustración. —Esto es una locura.

Salió de la cama con pies descalzos, y aunque afuera estaba nevando el frío de las baldosas no llego a Lyra. El piso estaba tibio, y el mismo aroma que había percibido en el alfa del bosque lleno sus sentidos nuevamente.

Su corazón se aceleró sabiendo que estaba en su habitación. La joven caminó lentamente hacía la puerta siguiendo el olor aunque su subconsciente pedía a gritos que corriera, pero su loba le imploraba que fuera con él.

Lyra apretó los labios intentando ignorar ambas sensaciones y seguir una que pulsaba más fuerte. Un lazo invisible que la guiaba por los pasillos de aquella mansión hasta terminar en una puerta de roble que abrió lentamente, Ronan estaba de pie frente a un ventanal de cristal gigantesco.

Su espalda estaba recta con postura firme, y las manos sujetas detrás de su espalda. Vestía ropa negra ajustada que marcaba la fuerza de su cuerpo y su cabello oscuro ligeramente desaliñado todavía húmedo.

La luz que del amanecer delineaba su silueta como si fuera una figura tallada por los mismo ángeles. Autoritario, frío y distante, Lyra tragó saliva. Ese hombre era su mate, y su mente todavía no lograba aceptarlo.

Ronan habló sin siquiera girarse a verla, no podía. Solo ver su rostro le recordaba a lo que estaba atado por una maldición.

—Deberías estar descansando —dijo con aquella voz profunda, calmada. Como si tuviera más años de los que aparentaba, pero era un alfa milenario, ella no era más que una niña para él.

—¿Quién eres? —interrogó ignorando totalmente el “largo de aquí” que le habían dado de manera educada, Ronan giró lentamente y sus ojos grises se clavaron en ella, no había sorpresa en su rostro. Solo la observaba.

—El que te salvó —su respuesta cayó entre ellos como una piedra, Lyra sintió un pequeño golpe de decepción en su pecho. Había esperado que dijera otra cosa como… tú mate.

—¿Por qué? —cuestionó nerviosa, Ronan la observó varios segundos. Podía escuchar su corazón, rápido, y olerla: una Blackwell. Su mente regresó a los residuos de anoche, raíces, bosque cercándose y la voz de la sacerdotisa.

“Cuando llegue la próxima luna roja… la maldición exigirá un precio”

Ronan apartó el pensamiento.

—Porque tenía que hacerlo —su respuesta fue seca, fría y Lyra frunció su ceño. Ese hombre hablaba como si salvarla hubiera sido una obligación desagradable.

—Necesito volver al bosque —dijo cruzando sus brazos, ya que si él se negaba a reconocerla como mate, no tenía porque volvérselo a recalcar—. Mi madre… —su voz tembló ligeramente, Ronan la miro con aparente indiferencia, no podía aquella loba saber la verdad o tendría que retenerla a la fuerza hasta encontrarle solución a la maldición.

—¿Quién es tu madre?

Lyra lo dudó.

—La sacerdotisa Blackwell —el nombre resonó en la sala, Ronan no reaccionó, no externamente, pero su mirada se volvió un poco más oscura.

—Enviaré a mis guardias por ella —murmuró con voz calmada, Rona se giró y comenzó a caminar hacía la salida de la sala, Lyra sintió algo que se rompía dentro de ella.

—Espera.

Él se detuvo.

Ella dio un paso hacia adelante, no podía dejarlo ir con su mente llenas de dudas.

—¿Quién soy para ti?

El silencio que siguió fue pesado, Ronan sabía que si decía lo contrario que ella quería saber se vería obligado a encerrarla. Por lo que su idea surgió enseguida. Giró apenas el rostro, lo suficiente para mirarla por encima del hombro con aquellos fríos ojos grises.

—Un problema —las palabras fueron cortante, Lyra estuvo apunto de gritarle que era un imbecil, pero con el mismo tono Ronan añadió—. Y mi luna.

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