Mag-log inLa vida de Faith se derrumbó cuando su novio robó su tesis doctoral. En Black Friday, con el corazón roto y nada que perder, se adentra en el caos del centro comercial buscando una segunda oportunidad. Caster, un Alpha solitario que odia la Navidad, solo quiere cumplir un encargo y huir de la multitud. Pero el destino los une en un pasillo abarrotado, donde el aroma a tristeza y determinación de Faith despierta algo en su lobo que creía dormido. Cuando ella susurra una plegaria pidiendo un milagro navideño, no recibe lo que espera: recibe un alma gemela. Porque a veces, San Nicolás concede deseos de formas más misteriosas... entregando no un objeto, sino un vínculo destinado a sanar dos corazones rotos.
view moreCaster odiaba la Navidad.
No era un simple desagrado por la temporada, ni siquiera esa ambivalencia cortés que mostraban algunos. No. Era una aversión total, una repugnancia absoluta hacia todo lo rojo, verde o con forma de muérdago. Si dependiera de él, hibernaría desde finales de octubre hasta que el calendario confirmara, con alivio, que era 2 de enero. Gracias a Dios, después del primero, el mundo volvía a su gloriosa normalidad: gente egoísta, calculadora y grosera, tal y como la prefería. Nada de sonrisas falsas ni villancicos por doquier. Sus hermanos y su mejor amigo, Ethan, lo llamaban "el Grinch" o "el Oso Gruñón" durante estas fechas. Él no quería amargarles la fiesta (bueno, no mucho); solo deseaba que terminara. Por desgracia, apenas era noviembre, el día después de Acción de Gracias. Black Friday. El día en que esa misma gente, "llena del espíritu navideño", se pisotaba por un televisor con descuento. ¿Qué demonios tenía de especial esa tortura anual? Jamás lo entendería. —¡Feliz Navidad! Ah, y aparten sus traseros de mi camino antes de que les rompa los delicados deditos por tocar lo que yo quiero comprar. Ho, ho, ho —masculló para sus adentros, con sorna. Entonces, ¿qué hacía ahí, en el centro comercial a las ocho de la noche, en el día más maldito del año? Ciertamente no era por las ofertas. Él era millonario; podía comprar lo que quisiera a precio completo, como Dios manda. Para él, el Black Friday era un deporte sangriento para masoquistas. Estaba allí por una sola y única razón: Zoey. La compañera de Ethan, con su voz dulce y calculadora, lo había embaucado por teléfono. —Por favor, Caster, lo necesito ya, se van a agotar... —había suplicado ella, con ese tono que sabía que lo desarmaba. Cualquier otra persona (incluidos su hermano o el propio Ethan) los habría mandado al infierno sin pestañear. Pero ¿quién le dice que no a una mujer de casi tres meses de embarazo? Él, desde luego, no. Realmente necesitaba endurecerse con la pareja de Ethan... Esa mujercita de 1.60 los tenía a los tres comiendo de su mano. Hace un siglo, se habrían reído de la idea. Pero ahora, saltaban como perros amaestrados con solo que ella lo pidiera con dulzura. Patético. —Eres un blando —se reprochó en voz baja, esquivando a una mujer que arrastraba dos carritos repletos—. Un Alpha temible reducido a recadero de una embarazada. Increíble. Con un gruñido, se abría paso entre la masa humana, empujado por codos y golpeado por carritos de la compra. ¡Maldita sea! —¿Qué demonios hago aquí? —pensó, esquivando a un niño que lloraba por un juguete— Ethan podía pagar ese maldito portátil al triple de precio. Pero Zoey sabía cómo manipularlo: "Lo quiero, lo necesito, es urgente...". Y así, Caster, el Alpha que despreciaba la Navidad y toda su alegría fingida, avanzaba a la fuerza como un tanque, rumbo a la tienda de electrónicos, preguntándose en qué momento exacto su vida había tomado ese rumbo tan absurdo. —Idiota... Es tu propia culpa por contestar el teléfono —se dijo, apretando la mandíbula. Podrías estar en tu casa, lejos de la ciudad, relajado con una copa de vino en tu sillón favorito, viendo arder los troncos en la chimenea. En vez de eso, estaba rodeado de una manada humana enloquecida por un descuento. ¿Qué tenía el Black Friday para convertir a gente perfectamente normal en una horda de zombis temporalmente demenciados? Un gruñido escapó de su garganta al alcanzar por fin la caja del equipo que Zoey había pedido. Su paciencia estaba en números rojos. Su lobo se paseaba, inquieto y agresivo; odiaba la ciudad y esas masas que lo aprisionaban. Caster aspiró hondo por la nariz por primera vez desde que entró en la tienda, tratando de calmarse. Había estado evitando respirar profundamente; su olfato era demasiado agudo, y algunos de los cuerpos que chocaban contra él no parecían fanáticos de la ducha diaria. En ese momento, una mano pequeña y delicada se posó sobre la suya. El simple contacto erizó cada uno de sus pelos. Él siseó al inhalar. Un aroma. No uno cualquiera. El perfume de su compañera. Su sentido del olfato se disparó, luchando en vano por no absorber esa fragancia por cada poro. Falló miserablemente. Su instinto más primitivo era demasiado fuerte. Ese dulce, embriagador aroma lo rodeó, lo consumió en segundos. Dios, no. No otra vez. Su cuerpo reaccionó al instante, una inflamación urgente y vergonzosa que destrozó su sentido común y su control, dejando solo el instinto animal. Un rugido interno estalló en su pecho. ¡MÍA! Arrastró la mirada hacia arriba, su corazón martilleando contra el esternón. Su mano se retiró y él casi gimió por la pérdida de ese contacto. Agarró la caja del ordenador y la apretó contra su costado como un escudo, mientras sus ojos, ahora de un ámbar intenso, barrían cada centímetro de la mujer que tenía frente a sí. Hermosa. Esa fue la primera impresión que su cerebro, aún medio humano, logró formular. Era menuda, más incluso que Zoey; vestía vaqueros y una sudadera con un chaleco acolchado rosa. Unas gafas gruesas se apoyaban en el puente de una nariz pequeña y adorable. Su piel estaba sonrosada, y Caster podía oler su nerviosismo, su desconcierto. Ella, con un gesto ansioso, se apartó un mechón lacio y sedoso de cabello castaño claro detrás de la oreja. Un pelo precioso que rozaba sus hombros. Caster sintió el impulso irrefrenable de enterrar sus manos en él, de frotar su rostro en esos rizos, hasta que todo lo que existiera fuera su esencia. ¡MÍA! Tuvo que apretar los puños con fuerza, las uñas clavándose en las palmas, para no alargar el brazo y tomarla, reclamar lo que era suyo. Sus miradas se encontraron. Fue la expresión de puro terror en sus ojos lo que lo detuvo en seco. ¡Cristo! La estoy asustando. Sin duda, su expresión debía de ser la de un depredador a punto de atacar. Incluso para un Black Friday, eso era demasiado. Forzó los músculos de su rostro a relajarse y, con una voz que intentó suavizar pero que salió como un ronco susurro, ofreció la caja. —Toma. Es el último —dijo, extendiendo el ordenador como una ofrenda de paz, una tregua contra su propia naturaleza desbocada. Ella parpadeó, sus grandes ojos detrás de los cristales oscilando entre la caja y su rostro. —Eh... no, gracias. Quédate con él. Parece que lo... necesitas más que yo —su voz era un susurro dulce, ligeramente ronco, que le recorrió la espina dorsal como un licor caro. Caster tragó saliva. Dios, quería oírla gritar su nombre. —No, de verdad —insistió él, dando un paso hacia ella—. Lo tengo. Tómalo. Pero antes de que pudiera responder, ella giró sobre sus talones y escapó. —¡Espera! —gritó esta vez, aunque solo le salió un gruñido ronco. ¡Maldición! ¡Me tiene miedo! La siguió de inmediato, abriéndose paso a codazos entre la multitud, sin perder de vista su silueta que se alejaba. —No corras. Por el amor de Dios, no corras —murmuró, aunque sabía que era inútil. Ella era ágil, esquivando cuerpos como una ardilla, deslizándose bajo brazos y entre grupos, dirigiéndose a la salida de la tienda como si el mismísimo infierno la persiguiera. Caster maldijo, intentando ganar terreno sin derribar a medio mundo. Cada paso que ella daba lejos de él duplicaba su urgencia. Su lobo gruñó, entusiasmado por la persecución, ansioso por atrapar a su presa. Y Caster, el hombre, no estaba menos emocionado. Quería alcanzarla, reclamarla, borrar cualquier duda en el universo sobre a quién pertenecía. —Para. No corras —repitió, esta vez entre dientes. Huir de un Cambiaformas solo servía para avivar el fuego, para inflamar un deseo ya incontrolable. Caster la persiguió, su mano extendida a centímetros de cerrarse alrededor de su cintura, cuando un par de brazos fornidos lo detuvieron en seco. —¡Alto ahí, caballero! ¡La alarma! ¡Mierda! ¡No! Las irritantes sirenas sonaron justo cuando él cruzaba la línea de salida sin pagar, distraído por la presa más importante. Su lobo aulló dentro de su cráneo, un sonido de rabia y frustración que resonó en cada hueso. Luchó, forcejeando contra los dos guardias de seguridad que lo sujetaban, mientras con ojos de bestia hambrienta veía cómo la espalda de su compañera se hacía más y más pequeña en la distancia. —¡Suéltenme! —rugió, pero el sonido fue casi inhumano. —Señor, tiene que calmase —le dijo uno de los guardias, apretando más su agarre—. No queremos hacer esto más difícil. Dejó de forcejear de golpe. Podría soltarse. Podría reducir a esos dos hombres a montones de huesos rotos sin pensarlo dos veces. Pero el hombre, el último reducto de su cordura, no se lo permitiría. No iba a herir a dos tipos que solo hacían su trabajo, por mucho que su lobo le exigiera sangre. —Está bien... está bien —cedió, respirando hondo—. Solo... solo quería pagar. ¡No! Maldita sea. No quiero una compañera. Es un maldito suplicio.CarterEl olor a limpieza industrial y miedo humano de la oficina del gerente aún le colgaba de la ropa, pero debajo, persistente como un latido fiel, estaba su aroma. El de ella. Un hilo dorado en la oscuridad del aparcamiento, una sinfonía de vainilla silvestre, lluvia en tierra seca y algo único, inconfundiblemente suyo, que le llamaba con una fuerza que le hacía temblar los músculos.Caster caminaba con movimientos fluidos y silenciosos, una sombra entre los coches, siguiendo ese rastro. No debería estar haciendo esto. Cada paso era una traición a la promesa que se hizo a sí mismo hacía décadas. No quería una compañera. No quería ese dolor desgarrador, esa vulnerabilidad que te ataba el alma a otra persona solo para que pudieran romperla.Su mente intentó, como siempre, sepultar esos recuerdos. Los había empujado a lo más profundo y oscuro de su psique, a una bóveda sellada donde ni siquiera su hermano Liam, ni su mejor amigo Ethan, habían podido llegar. Eran suyos. Su cruz, su ci
Y lo haría. Después de recoger los pedazos de su futuro, cuidadosamente planeado y brutalmente destrozado.—No me rendiré —murmuró, con una determinación que nacía de la pura desesperación—. No voy a dejar que él gane. No voy a dejar que ningún hombre vuelva a destruirme.Pero eso significaba cuatro años más. Dos de investigación, dos de escritura. Y mientras tanto, algún hijo de puta estaría disfrutando del trabajo que era suyo por derecho, del futuro que le había robado.Con un suspiro que salió como un gemido, Faith sacó por fin las llaves. La oscuridad del aparcamiento las hacía invisibles, y maldijo en silencio. Haber perdido ese ordenador era un golpe brutal. No solo lo quería; lo necesitaba con una urgencia que le dolía en el pecho. Para buscar trabajo, para escribir, para reconstruir su vida desde los cimientos. La oferta del Black Friday había sido su única tabla de salvación. Y se le había escurrido entre los dedos.—¡Maldita sea! —masculló, golpeando el techo del coche con
Faith Scott salió de la tienda como si las paredes ardieran tras ella. No caminaba, huía. Un pánico irracional, una urgencia primitiva, aceleraba sus pasos y le hacía el corazón golpear contra las costillas. No sabía exactamente por qué, pero algo dentro de ella gritaba que se alejara.Temblaba, y no por el frío nocturno del aparcamiento, sino por una anticipación visceral que le erizaba la piel. Sacudió la cabeza, tratando de despejar el caos de su mente mientras sus ojos escudriñaban la oscuridad buscando su destartalado coche. Pero no podía borrar la imagen que se le había grabado a fuego: Él.Ojos de un azul zafiro que parecían perforarla. Pelo negro como la noche, cortado con una elegancia rebelde que encajaba a la perfección con un rostro esculpido por los dioses. Y ese cuerpo… ancho, poderoso, hecho para el pecado y para dominar cualquier espacio. Vestido con un traje impecable (aunque sin corbata, un detalle de rebelde descuido que resultaba absurdamente atractivo) había sido…
Caster lo miró con desdén.—¿Compensarme? —repitió, con un tono gélido—. ¿Puede usted devolverme el tiempo que he perdido? ¿Puede devolverme el momento en que esa mujer me miró con miedo y huyó de mí como si fuera un monstruo?El gerente tragó saliva.—¿Una... una mujer?—Sí, una mujer —gruñó Caster, pasándose una mano por el cabello— La mujer más importante que he conocido en toda mi maldita existencia. Y usted me tuvo aquí, encerrado en esta caja de cartón, mientras ella desaparecía. Así que no, no puede compensarme. Nadie puede.Los diez minutos siguientes fueron un ejercicio de tortura para Caster. Su lobo arañaba por dentro, aullando por salir a rastrear. Cada segundo era una eternidad. El gerente intentó balbucear más disculpas, ofrecerle agua, café, lo que fuera, pero un gruñido sordo de Caster lo silenció de inmediato.A los nueve minutos y cuarenta y cinco segundos, la puerta se abrió de golpe. El director regional, un hombre joven y pulcro, entraba secándose el sudor de la f












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