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Mil lunas para ser infiel
Mil lunas para ser infiel
Autor: Natasha

Capítulo 1

Autor: Natasha
last update Fecha de publicación: 2026-02-27 22:29:08

Prólogo

—¿Hola… te acuerdas de mí? —me dijo en voz baja, acercándose a la salida del colegio.

Lo miré incrédula. Había imaginado ese momento tantas veces, pero jamás creí que llegaría a suceder de verdad.

—Claro que sí —respondí, algo tímida, aunque con esa chispa vivaz del ayer— Te recuerdo muy claramente. Recuerdo tus rizos largos rozando tus hombros al caminar, tus labios jugando con los míos, tu aliento mezclándose con el mío… y tu olor.

Tu olor se quedó impregnado en mí.

Pensé en decírselo todo, pero callé. Hacía cuatro años que nos cruzábamos sin quererlo, evitando la mirada, fingiendo que no existíamos. A veces pienso en ese día y aún dudo: no sé si solo lo imaginé o si, en un arrebato, con la adrenalina latiéndome en las sienes, realmente se lo susurré mientras ambos fingíamos no conocernos frente a los demás.

—Estás linda —dijo, y sentí cómo se me escapaba el aire.

—Has crecido… pero sigues siendo la misma.

—Claro… han pasado treinta años —atiné a responder, con una sonrisa sarcástica—. Estoy casada y, como ves, tengo un hijo al que ahora estoy esperando que salga del colegio.

—Igual yo —replicó sin dejarme terminar—. Aunque no estoy casado. Lo estuve… pero ya no más.

—Lo sé… o bueno, no sé si estás casado o no —balbuceé, nerviosa—, pero te he visto varias veces aquí, esperando a tu hijo.

El sonido del timbre de salida interrumpió la conversación.

Él caminó hacia el portón, en silencio, disimulando, igual que como se había acercado.

Solo fueron unos minutos, pero para mí parecieron una eternidad.

¿Qué quería que le dijera? ¿Qué pretendía después de treinta años?

No entendía qué buscaba ahora, si para él yo solo había sido un pasaje, un suspiro adolescente. Nunca fuimos nada, apenas un par de besos urgentes en una fiesta, un saludo distante después… y luego, la nada.

Esa noche se hizo interminable. Mil pensamientos se agolpaban en mi cabeza. Intenté no pensar en él, en ese instante incómodo y, a la vez, tan profundamente satisfactorio. Intenté borrarlo, pero era imposible.

Me giré en la cama y me abracé a mi esposo, que dormía a mi lado.

Nunca había sido infiel. Lo había fantaseado mil veces, sí… pero nunca lo llevé a cabo.

Sin embargo, el simple hecho de pensarlo me estremecía.

Y lo peor de todo… era que recién comenzaba la semana.

RAYHAN

Verano del 94.

Las plazas y parques se llenan de gente joven. Los afortunados que no arrastran materias pendientes en el colegio pueden disfrutar sin culpa de las hermosas tardes y de las interminables noches cálidas.

“Los afortunados”, les decimos nosotros, pero en realidad son los que estudiaron y se comieron los libros para pasar el grado. Claro que yo no estoy en ese grupo. Lejos de ser una estudiosa, soy la que espera fin de año para sacar buenas notas y pasar, o, de última, ir a mesa de exámenes. Siempre hago lo mismo y siempre digo lo mismo: «El próximo año voy a ser más responsable». Pero no. No está en mi naturaleza. Soy la chica rebelde del grado, y eso me gusta.

Este es mi cuarto año de secundaria y, como dice el dicho, “cría fama y échate a dormir”. Así que los profesores de este año solo vieron mi fama de rebelde y decidieron ponérmela difícil. Pleno diciembre y yo estudiando para dar seis exámenes, uno tras otro. Debo salvar cinco materias si no quiero repetir. «Pan comido», pienso mientras me encierro en mi dormitorio con la música a todo volumen, un vaso de agua fría y algún cigarrillo escondido —porque aunque mis padres fuman, no me permiten hacerlo—. Para eso están la ventana y los perfumes ambientadores.

Leo cada tema una vez y luego los expongo en voz alta, como si alguien me escuchara… y listo. Por suerte, no me cuesta aprender ni recordar. Y, como ya dije, mi fama me precede: solo soy la chica rebelde del grado.

Prendo un cigarro apoyada en la ventana, mirando el aburrido fondo de la casa vecina, y espero que pasen las horas. Sacudo un libro, una remera o lo que tenga más a mano para disipar el humo y rocío un poco de perfume ambientador para borrar del todo el olor a tabaco antes de abrir la puerta.

Ahora sí, a disfrutar la tarde. Mis amigas pasarán por mí a las siete. A esa hora la mayoría de los negocios locales cierra y, con ello, los chicos guapos del centro salen a la calle. Obviamente, todas esperamos ese momento, aunque no todas tenemos la suerte de que alguno se voltee a mirarnos.

En mi grupo de amigas soy la más alta de las tres y, por eso, también la más insegura, a pesar de que ellas me alientan a no serlo.

Esa tarde, mi madre había llegado de la capital con regalos para mis hermanas y para mí. Abrí el paquete con entusiasmo y lo primero que vi fue una tela roja. «¡Rojo!», pensé, conteniéndome a gritos. Sí, rojo: un enterizo ajustado al cuerpo. «¡Rojo y de lycra! ¡Mamá está loca!», exclamé en mi mente.

—¿Te gusta? —me preguntó, más entusiasmada que yo, obviamente.

—Sí —le respondí. ¿Qué otra cosa podía decir? Se había ido todo el día bajo el sol, soportando un calor horrible y había vuelto con regalos.

—¿Vas a salir? —preguntó, sabiendo la respuesta.

—Sí, en un rato pasan a buscarme las chicas.

—Ponte el regalo para estrenarlo —sus ojos brillaban de emoción, y no quise negarme.

Subí a mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Coloqué aquella cosa roja sobre la cama y la observé detenidamente, absorta en mi mundo de color negro.

«Bueno, veamos con qué rayos voy a combinar esto», pensaba mientras sacaba remeras del placar. Para colmo, tenía que ser algo ajustado al cuerpo porque este enterizo era al mejor estilo deportivo de Jane Fonda. Solo tenía un top negro y, en los pies, unas sandalias tipo zuecos altos.

Me miré al espejo y me horroricé al ver mi figura. Sentí culpa por no sacarle suficiente provecho. «Se me van a quedar viendo todos… qué asco».

¿Sabían que me han ofrecido ser modelo? Sí, modelo. De esas que se cambian de ropa mil veces y desfilan para que otros admiren los trapos que cosen. Yo no nací para eso; nací para ser quien cose los trapos.

En fin. Bajé las escaleras y allí estaba mi madre, alucinada con mi apariencia. Junto a ella, mis amigas, con las bocas abiertas, sin creer que esa de rojo era yo.

—Cierren la boca, que se les van a meter moscas —les dije, sin casi permitirles hablar.

—Okey —respondieron al unísono.

—No vuelvas tarde —me advirtió mi madre, dándome un beso en la mejilla antes de salir.

Nos fuimos a la plaza y, como era de esperar, todos se quedaban mirándome. Algunos incluso me gritaban algo, y yo, que no sabía cómo esconder mi cuerpo entre esos trapos ajustados, me moría de vergüenza.

—¡No vuelvo a ponerme esto ni loca! —repetía, enojada.

—¿Por qué? Si te queda genial —replicó una de las chicas.

—¿Vos estás viendo cómo todos me miran?

—Sí, ¿y qué tiene de malo? Te ves muy bien.

—¡No me jodas! —me negaba a admitirlo—. ¡Puta madre, el grupito de los populares!

—¡Dale, es la oportunidad de que se fije en vos! —me alentaba Daniela.

—Obvio, si no se fija ahora, es un estúpido —afirmó Sabrina.

Tenían razón. Ese era mi momento. Tal vez sí se fijaba en mí. Intenté caminar lo más normal posible, sin encorvar la espalda para ocultar mi cuerpo. Andaba con un andar que, aunque no quisiera, parecía de pasarela sin esfuerzo.

Cuando habíamos pasado unos metros más adelante, le pedí a Sabrina que mirara disimuladamente si él me estaba viendo.

—¡Lo dicho, es un estúpido! Todos miran hacia acá menos él. ¿Se puede ser más idiota? —preguntó, sin que yo respondiera.

—¡No… si dijeron idiota y nació él! —exclamó Daniela.

—Solamente yo les hago caso —respondí angustiada, apurando el paso para salir de la vista de todos… bueno, de todos menos de él, que ni se inmutó con mi presencia.

—Vamos a sentarnos en la plaza —sugirió Daniela—. Busquemos un lugar donde quedemos a la vista de él y, en algún momento, se fijará en vos.

—Me quiero ir —dije—. Quiero ir a casa a sacarme esta cosa horrible.

—¿Estás segura? —preguntó Sabrina. Ella sabía lo incómoda que estaba.

Nos dirigimos hacia casa, evitando pasar nuevamente por la plaza. Cruzamos la acera por el lado contrario y regresamos por las calles “de abajo”.

Ya en casa corrí a mi habitación y, antes de terminar de cerrar la puerta, ya me estaba quitando todo. Busqué mis jeans negros, las zapatillas viejas pero cómodas y una remera oversize de las muchas que tenía. ¡Ahora sí! Esa era yo: el jean ajustado, negro, y la remera tapando la mitad del trasero, perfecto para mí.

Era hora de volver a salir.

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