My Bestie's Ex

My Bestie's Ex

last updateHuling Na-update : 2026-09-18
By:  Hannah Lee Ongoing
Language: English
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30Mga Kabanata
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Tanin “Tee” has always been the dependable one, the loyal best friend who stood beside Pat through heartbreak, ambition, and every messy chapter in between. So when fate reunites him with Wayu, Pat’s unforgettable ex lover, Tee knows he should keep his distance. But Wayu is no longer the reckless artist who shattered Pat’s heart years ago. Now successful, magnetic, and impossibly charming, Wayu slips past Tee’s defenses with teasing smiles, stolen glances, and a vulnerability hidden beneath his carefree facade. What begins as harmless encounters soon turns into something far more dangerous. Tee finds himself torn between the growing desire he can no longer deny and the friendship he refuses to betray. As buried feelings resurface and old wounds reopen, tensions explode between the two best friends, threatening to destroy the bond they once believed unbreakable. But love is never simple, and neither is Wayu. Behind his playful charm lies a truth Tee never expected, one that could change everything he thought he knew about heartbreak, loyalty, and second chances. Caught between guilt, passion, and the fear of losing everyone he loves, Tee must decide whether following his heart is worth risking it all.

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Kabanata 1

Chapter 1: Goddamn... your sweat is so tempting

La tarjeta decía Valeria Vargas.

No era su nombre. Nunca lo había sido en un documento, pero Valeria dejó pasar el error mientras la recepcionista recorría la lista con una uña color vino.

—Mesa nueve, señora.

—Vengo con Alejandro.

La muchacha levantó la mirada y después la dirigió hacia el salón. Junto al escenario, una mujer acomodaba las tarjetas de la mesa principal.

—Voy a preguntar.

Valeria le evitó la molestia. Había visto a su esposo cerca de las ventanas, de espaldas al jardín del hotel. Llevaba la corbata azul que ella había dejado sobre la cama esa mañana. Al salir, él le había pedido que llegara a las ocho, que no cenara antes.

Era doce de marzo. Tres años de casados.

En el taxi, Valeria había ensayado una frase sencilla: quería que se fueran temprano. Sin revisar correos en el coche, sin una llamada durante el postre. Había reservado una mesa pequeña para después del evento, aunque todavía no se lo decía. Por una vez, deseaba darle una sorpresa que no consistiera en resolverle un problema.

Alejandro la vio acercarse. Su sonrisa desapareció apenas un instante.

—Llegaste.

Le besó la mejilla, cerca del oído. Olía al perfume que usaba cuando necesitaba convencer a alguien.

—A la hora que me dijiste.

—Sí. Perfecto.

Valeria levantó la tarjeta.

—Me mandaron a otra mesa.

Él miró el cartón, no su cara.

—Son cosas de protocolo. Hoy tenemos que cuidar a los inversionistas.

—Pueden cuidarlos sin cambiarme de apellido.

Alejandro soltó una risa breve, como si ella hubiera hecho un comentario simpático que convenía terminar ahí.

—Luego lo arreglamos.

Del otro lado de su hombro, Valeria alcanzó a leer una de las tarjetas de la mesa principal: Camila Rojas. Estaba colocada junto a Alejandro Vargas.

Sabía quién era Camila. Había visto su nombre en las noticias del sector y, más recientemente, en mensajes que Alejandro dejaba abiertos mientras le pedía a Valeria que revisara una presentación. Responsable de nuevos proyectos en la empresa de su padre. Una posible alianza, había dicho él. Algo que por fin les permitiría respirar.

—Pensé que hoy también íbamos a celebrar nosotros —dijo Valeria.

Alejandro se ajustó un puño de la camisa.

—No empieces, por favor. Es una noche importante.

Ella guardó la tarjeta en el bolso. Dentro estaba el pequeño paquete que había comprado para él: una pluma sin iniciales ni piedras, parecida a la que había perdido cuando todavía se reunía con clientes en cafeterías. Había recorrido tres tiendas para encontrarla.

—También para mí.

Él abrió la boca, pero una voz lo llamó desde el escenario. Esteban Rojas esperaba junto a un hombre con una carpeta. No necesitó repetir el llamado.

—Hablamos al rato —dijo Alejandro.

Valeria lo vio alejarse sin tocarla de nuevo.

La mesa nueve quedaba cerca de la puerta de servicio. No era una mala mesa; lo que la hizo detenerse fue descubrir que todos los lugares tenían nombres de proveedores, excepto el suyo. Una silla vacía separaba su tarjeta de la de un fabricante de cancelería que preguntó si trabajaba con el despacho de arquitectura.

—No —respondió ella—. Soy Valeria Montes.

El hombre se presentó y le ofreció agua. Ese gesto pequeño, hecho sin conocerla, casi consiguió que se le cerrara la garganta.

Se sentó. No iba a llorar porque la hubieran colocado lejos del escenario. Podía esperar una explicación. Durante tres años se había vuelto muy buena esperando explicaciones.

El teléfono vibró dentro del bolso. Era la confirmación del restaurante. Valeria la cerró sin responder.

Una mesera dejó una entrada frente a ella. Al retirar el menú, Valeria reconoció el logotipo de Vargas Desarrollo impreso junto al de Rojas Capital. Debajo se anunciaba una alianza para nuevos proyectos de rehabilitación comercial.

Todavía no había una alianza cerrada.

Alejandro se lo había dicho dos días antes, cuando ella le preguntó si ya podía dejar de preocuparse por el pago de un proveedor. Faltaban condiciones, documentos, revisiones. Ella incluso le había señalado que no debía presentar dinero pendiente como dinero disponible.

Ahora, en el escenario, una pantalla mostraba las palabras Nueva etapa.

Camila apareció por una puerta lateral. No buscó a Alejandro de inmediato: habló con el hombre de la carpeta, revisó una hoja y le señaló algo con el dedo. Él asintió y cambió de página. Solo entonces ella se acercó a la mesa principal.

Valeria sintió una incomodidad distinta de los celos. Reconocía ese movimiento: corregir algo antes de que otro saliera a presentarlo como propio.

Alejandro le apartó la silla a Camila.

El fabricante de cancelería le preguntó a Valeria si quería que llamara al mesero. Ella negó con la cabeza. Tenía la copa de agua llena entre las manos.

Primero habló Esteban. Dijo poco sobre cifras y mucho sobre confianza, visión y familias que sabían construir. El salón respondió con aplausos cortos. Después le cedió el micrófono a Alejandro.

Valeria conocía su forma de respirar antes de hablar en público. La primera vez que lo había visto presentar un proyecto, años atrás, él había derramado café sobre sus notas y había seguido con una tranquilidad que la hizo reír. No parecía necesitar permiso para empezar una vida.

Esa noche llevaba las manos vacías.

—Hay etapas que solo podemos abrir cuando somos honestos con lo que dejamos atrás.

Valeria dejó la copa en la mesa.

Alejandro miraba al centro del salón. No hacia ella.

—Valeria y yo hemos decidido tomar caminos distintos. Le agradezco estos años y sé que ambos encontraremos lo que necesitamos.

El ruido de los cubiertos siguió durante un segundo. Después, también eso se detuvo.

No habían decidido nada.

La mañana anterior ella le había comprado el café que le gustaba. Esa misma tarde él le había escrito: No llegues tarde.

Una mujer de la mesa vecina volvió la cabeza. El proveedor miró su plato. Valeria sintió que se le enfriaban los dedos.

Alejandro continuó:

—Hoy agradezco especialmente a Camila, por creer en el futuro que podemos construir.

La pantalla cambió a una imagen del nuevo proyecto. Camila no levantó la copa enseguida. Sus ojos recorrieron el salón y se detuvieron en Valeria. Había algo tenso en su boca, pero no sorpresa suficiente para que Valeria pudiera aferrarse a ella.

Alejandro extendió la mano. Camila la tomó.

Alguien aplaudió. Otros lo siguieron, agradecidos quizá de que les hubieran indicado qué hacer.

Valeria se puso de pie antes de decidirlo del todo. La servilleta cayó junto a su zapato. Se agachó, la recogió y la dejó sobre la silla. Necesitaba realizar una acción pequeña que todavía dependiera de ella.

No caminó hacia la salida.

Esperó al pie del escenario hasta que Alejandro bajó.

—Necesito hablar contigo.

Él miró por encima de su hombro. Había teléfonos levantados, aunque Valeria no sabía si la estaban grabando.

—Aquí no.

—Eso pudiste pensarlo antes.

Alejandro hizo un gesto hacia un corredor lateral. Ella lo siguió sin aceptar la mano que intentó ponerle en la espalda.

Entraron en una sala pequeña, preparada para reuniones. Sobre una mesa había botellas de agua, una computadora cerrada y una carpeta gris. Alejandro cerró la puerta.

—No quería que te enteraras así.

Valeria tardó en encontrar la voz.

—Me pediste que viniera.

—Tenía pensado hablar contigo antes, pero todo se complicó.

—Tuviste tiempo de preparar un discurso.

Él se pasó una mano por el pelo. Era un gesto conocido; solía aparecer antes de pedirle paciencia, dinero para un gasto doméstico inesperado o una última revisión a medianoche.

—No hagas esto más difícil.

Valeria miró la carpeta.

—¿Desde cuándo?

—No se trata de fechas.

—Para mí sí.

Alejandro apartó una silla, pero no se sentó.

—Camila y yo estamos buscando lo mismo. Entiende lo que quiero hacer con la empresa.

La frase dolió más de lo que Valeria habría querido. Ella conocía los nombres de los clientes que pagaban tarde. Había pasado un domingo entero corrigiendo un flujo de efectivo mientras él dormía en el sofá. Sabía cuánto le costaba reconocer que necesitaba ayuda y había confundido ese conocimiento con intimidad.

—Yo también entendía tu empresa.

—No es lo mismo ayudarme con unas hojas que estar a mi lado en este nivel.

Valeria miró sus manos. Las llevaba cerradas, con las uñas hundidas en las palmas. Las abrió sobre la mesa.

—Entonces lo que quieres es divorciarte.

Alejandro pareció aliviarse al escuchar una palabra que podía meter en una carpeta.

—Quiero que lo hagamos bien. Sin pleitos. Aquí hay una propuesta. Puedes quedarte en el departamento unas semanas mientras encuentras algo. También pensé en una cantidad para que empieces.

Empieces.

Como si su vida anterior al matrimonio hubiera sido una sala de espera.

Él empujó la carpeta hacia ella. En la primera hoja había espacios para sus nombres y firmas. Valeria leyó dos párrafos. El tercero hablaba de una renuncia amplia a reclamaciones y de obligaciones de confidencialidad.

—La voy a revisar con una abogada.

—Ya la revisaron los míos.

Ella levantó la vista.

Alejandro se quedó callado.

Alguien tocó la puerta. Camila entró después de que él dijera adelante. Traía la carpeta que antes había revisado junto al escenario.

—Están esperando para la foto —dijo.

Vio los documentos sobre la mesa.

—¿No habían hablado?

Valeria sostuvo su mirada.

—¿Qué te dijo que habíamos hablado?

Camila volvió hacia Alejandro la misma expresión precisa con la que había señalado un error en el documento.

—Me dijiste que estaba resuelto.

—Lo está —contestó él—. Solo faltan detalles.

Valeria cerró la carpeta gris.

—Yo no soy un detalle.

Camila no respondió enseguida. Luego dejó sus papeles junto a la computadora.

—La inversión tampoco está resuelta. Mi equipo sigue esperando los anexos.

No había solidaridad en su tono. Había una advertencia dirigida a Alejandro, y Valeria comprendió que Camila también estaba calculando el precio de aquella noche.

—Mañana los tienen —dijo él.

Camila se quedó un momento más, como si considerara otra frase. Al final salió y dejó la puerta entornada.

Alejandro recogió de la mesa un resumen de dos páginas con los logotipos de ambas empresas y lo metió en la carpeta gris.

—Llévate esto también. Para que entiendas lo que está en juego. No todo se trata de nosotros.

Valeria bajó la mirada al encabezado: Proyecto Cedro. Aportación prevista: treinta millones de pesos. Sujeta a condiciones de cierre.

Debajo, en una tabla pequeña, aparecía la referencia C-17.

El nombre le resultó familiar sin que pudiera ubicarlo. No era el momento de perseguir esa sensación. Leyó otra vez las palabras sujeta a condiciones.

—Lo anunciaste como si ya estuviera hecho.

—Es una presentación, Valeria.

—Y a mí me anunciaste como si ya hubiera aceptado.

Por primera vez, Alejandro pareció irritado de verdad.

—Pensé que ibas a entender. Tú siempre has sido razonable.

Ella había llamado razonable a tragarse una decepción para no arruinarle el día. A posponer una conversación porque él estaba cansado. A dejar su nombre fuera de un trabajo para que no se sintiera menos capaz.

La carpeta pesaba muy poco cuando la tomó.

—Mi abogada se pondrá en contacto contigo.

—No tienes que convertirlo en una guerra.

—Entonces no la empieces tú.

Pasó junto a él. En el corredor, la música del salón parecía demasiado alta. Encontró a la recepcionista recogiendo las tarjetas sobrantes.

—¿Le pido un coche, señora Vargas?

Valeria se detuvo.

—Montes. Me llamo Valeria Montes.

La muchacha corrigió el nombre en la pantalla.

—Claro. Disculpe.

Afuera, Valeria canceló la cena. Aceptó el cargo que le mostraba el teléfono sin discutirlo. Después llamó a una amiga para pedirle el número de una abogada que alguna vez le había mencionado. Su voz aguantó hasta que terminó de anotarlo.

Se apartó de la entrada para no bloquear el paso. El hotel seguía recibiendo invitados. Dos mujeres bajaron de un coche riéndose, protegieron sus peinados del aire y entraron sin mirarla.

Valeria sacó el regalo del bolso. No lo abrió ni lo tiró. Lo colocó junto a la carpeta, sobre sus rodillas, cuando llegó el coche.

Había una persona más a la que necesitaba escribir.

Buscó el contacto de Daniela Cruz. El último intercambio era de meses atrás: un informe de seguimiento, una pregunta sobre rendimiento, su propia respuesta pidiendo que cualquier decisión pasara por el comité.

Escribió despacio:

Necesito copia del expediente completo de la inversión de Jacaranda en Vargas Desarrollo. Contratos, autorizaciones y reportes. Mañana, por favor.

No pidió recuperar el dinero. Sabía que no se sacaban treinta y seis millones de una empresa como quien retiraba ropa de un clóset.

Daniela respondió mientras el coche avanzaba hacia la avenida.

¿Hay algún problema con Alejandro?

Valeria vio su reflejo en la ventana. La cara era la misma que había llevado al hotel. Eso la desconcertó: esperaba que algo tan visible por dentro dejara una marca inmediata por fuera.

Sí, escribió. Pero no revisaremos los contratos por eso.

Esperó un momento y añadió:

Esta noche anunció una operación nueva. Quiero saber qué le han informado a Jacaranda.

La respuesta tardó más.

A nosotros no nos han pedido autorización para una operación nueva.

Valeria abrió la carpeta sobre el regalo. Volvió al resumen, a los treinta millones que aún no existían, a las condiciones que Alejandro había presentado como simples detalles.

El coche se detuvo en un semáforo.

Por primera vez en toda la noche, dejó de preguntarse qué le faltaba a ella.

Empezó a preguntarse qué faltaba en aquellos papeles.

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