INICIAR SESIÓNMe dejan apenas cinco minutos para respirar antes de que comience la siguiente fase del suplicio. Claire se mueve por la habitación como una directora de orquesta, marcando el compás con su sola presencia. Yo llevo una bata de satén, sintiendo la tela abrazarme demasiado fuerte, como si me recordara que ya no hay vuelta atrás.
También me doy cuenta de que las mujeres llenan el vestidor, no sin que antes Claire mire con censura mi ropa ahí colgada, pero no dejo que se deshagan de ella. Alexander ha mandado todo un vestuario para mí, que incluye desde vestidos, ropa de diario, zapatos y accesorios.
Es parte del trato.
—Ahora el maquillaje —anuncia la mujer sacándome de mi ensimismamiento, y el hombre de las brochas dio un paso al frente como un soldado obediente.
Después de una limpieza me sientan en una silla frente al espejo. Una lámpara circular se enciende con un clic, bañando mi rostro en una luz blanca que no perdona nada. Me veo ahí, con las ojeras marcadas, el rastro del insomnio dibujado en mi piel que me hace sentir un poco vulnerable.
El tipo sonríe con profesionalismo.
—Confía en mí —susurra, como si yo tuviera opción.
Y entonces empieza el ritual. Brochas que rozan mi piel con suavidad casi erótica, polvos que huelen a flores y a químicos, líquidos fríos que se deslizan por mis mejillas. No en ese orden, pero debo admitir que estoy curiosa de lo que hace. Cierro los ojos mientras siento cada movimiento, intentando concentrarme en las texturas: el terciopelo de la brocha, el roce tibio de sus dedos al difuminar, y el olor dulzón que se cuela en mi nariz. Es como si estuvieran borrando mis facciones para dibujar otras encima.
Los murmullos del equipo flotan en el aire, frases sueltas que yo apenas escucho. Pero algunas dicen “contorno suave”, “labios carmesí”, “iluminador dorado”. Palabras que parecen sacadas de otro mundo. Cuando abro los ojos, casi no me reconozco. Mis labios están pintados de un rojo profundo, parecen peligrosos. Mis ojos, delineados con precisión, brillaban como dos armas listas para matar. ¿Soy yo? ¿O es la versión que Alexander quiere exhibir?
No tengo tiempo para pensar demasiado. Las chicas se acercan con secadores y rizadores. El sonido es lo primero. Un zumbido eléctrico que me eriza la piel. Luego el calor, como una ráfaga controlada que lame mis mechones. Me giran la cabeza, me estiran el cabello, lo enrollan. El olor a laca se vuelve tan intenso que tengo que contener una tos.
El proceso parece interminable, mi estómago ruge, pero dudo que pueda comer algo. «Si lo hago, dudo que ese vestido cierre». Cada mechón que cae ondulado sobre mis hombros es un recordatorio de que estoy siendo esculpida, convertida en algo que quizá no quiero ser.
—Deberías pensar en dejar un solo color uniforme. Es más elegante —comenta Claire, pero tomo mi mechon de cabello en color morado claro.
—No, me gusta mi cabello. —Y es verdad. Siento que es parte de mí. De lo que puedo conservar y seguir siendo yo.
Claire no parece feliz con mi respuesta, pero cuando terminan… ¡wow! No lo digo en voz alta, pero por dentro suelto un suspiro. El cabello cae en ondas perfectas, brillando como si tuviera luz propia. Me veo en el espejo y siento un nudo en el estómago. Ya no soy Nicole, la chica que desayunaba tranquila en una terraza con carboncillos. Soy alguien más. Alguien que, honestamente, da un poco de miedo.
Claire, en cambio, sonríe, complacida.
—Falta lo último —anuncia, como quien revela el toque final de un plato exquisito—. Ensayo de caminata antes de ponerte el vestido.
Y entonces recuerdo las malditas sandalias. Altísimas, finas como agujas. Son como una amenaza latente para mí.
—No creo que sea buena idea. En mi vida he usado nada de esto —le recuerdo, mientras miro esos tacones como quien mira una trampa para osos.
Claire solo alza una ceja.
—Siempre hay una primera vez.
Se acerca y me ayuda a calzarme antes de que pueda inventar una excusa. El cuero frío abraza mis pies, y de inmediato siento que mis tobillos protestan. Me levanto despacio, con los brazos extendidos como si caminara por la cuerda floja.
El primer paso es un desastre. Literalmente, mi rodilla se dobla de una forma que juro que puede ser material para algún un meme si alguien lo graba.
—¡Dios! —suelto, tratando de recuperar el equilibrio mientras las chicas intentaban no reírse—. ¿Quién inventó estas cosas? ¿Un torturador con complejo de artista?
Claire, imperturbable, me observa como una estatua.
Doy otro paso y casi beso la alfombra. Me siento como un pato borracho, o peor, como un pato cagado. Las sandalias parecen tener vida propia, como si cada tacón quisiera ir en dirección contraria.
—Relaja las rodillas —me aconseja una de las chicas, conteniendo la risa.
—Relaja tú… —murmuro, pero obedezco.
Camino otra vez. Paso, paso, balanceo. Brazos extendidos como aspas de molino para no caer de cara. A los cinco minutos sudo más que en una clase de cardio. A los diez, empiezo a odiar a Alexander con una intensidad renovada.
—Si esta noche termino en urgencias, le voy a fracturar una pierna a tu jefe —espeto, apuntando a Claire con el dedo mientras doy otro paso torpe.
Cuando por fin logro cruzar la habitación sin parecer un animal herido. O eso quiero creer. Las chicas aplauden suavemente, como si hubiera dado mis primeros pasos después de una cirugía.
—Excelente —sentencia, Claire, como si acabara de aprobar un examen militar.
Yo solo resoplo, con los pies ardiendo y el ego hecho trizas.
Me dejo caer en la silla, aun con la bata, el maquillaje impecable y los tacones, acechando como demonios en el suelo. Siento el cuerpo tenso y el corazón acelerado. No es solo por la incomodidad. Es por lo que viene después.
Porque todo esto, todo este espectáculo, no es por mí. Es por él. Por Alexander y esta noche que me espera como un monstruo detrás de la puerta. Cierro los ojos y respiro hondo. Me concentro en recordar el olor del carboncillo, de mis pinturas, la sensación del sol en la terraza. Pero todo eso ya parece tan lejano como otro siglo. Pero también pienso en mis sueños, deudas que debo suplir y mis fuerzas se reanudan. Me recuerdan porqué estoy haciendo esto.
Abro los ojos y me veo en el espejo una vez más. La mujer que me devuelve la mirada no es la misma que ha contestado el teléfono esta mañana. Y aunque la imagen me deslumbraba, hay algo que me da miedo.
Porque, por primera vez, pienso que quizá esta versión puede gustarme.
Y eso es peligroso.
Los días se han disuelto en una neblina de pruebas de vestuario, degustaciones de pasteles y batallas campales con madres. Había sido agotador, estresante y, en ocasiones, increíblemente absurdo. Pero todo valió la pena. Hoy, al fin, el gran día ha llegado. Esta tarde, me convertiré en la esposa de Alexander Black.Mi vida, marcada por giros inesperados y decisiones desesperadas, está a punto de dar su último y más importante giro, y con todo mi corazón, espero que sea para siempre.Estoy de pie, justo detrás de las inmensas puertas dobles del salón de baile de The Plaza, el corazón de Manhattan. El aire en la antesala es fresco, gracias al aire acondicionado, pero yo siento que me quema. Mis nervios están a tope, un zumbido eléctrico recorriendo mis venas. Siento el peso de mi vestido, un encaje sublime que había elegido, con un escote en V atrevido, mangas largas que se ceñían a mis brazos con delicadeza y una cola majestuosa. El velo, una catedral de seda y tul, cae desde mi moño b
La recepción del hotel es un hervidero de gente, ruido, movimiento. El caos de la calle, el ir y venir de turistas y empresarios, es un alivio bienvenido comparado con el caos contenido y elegante de esa sala de planificación. Siento una oleada de adrenalina y libertad. Salgo a la Quinta Avenida; el ruido de los taxis, las bocinas y el murmullo de la multitud me envuelve como un abrazo ruidoso, devolviéndome a la realidad.No dudo. No puedo volver a casa, porque el ático está demasiado tranquilo y mi cabeza necesita ruido. Llamo al primer taxi que veo, un viejo Crown Victoria amarillo, y le doy la dirección de BlackTech. El contraste entre el lujo del Plaza y el olor a cuero viejo y ambientador barato del taxi es el choque que necesito para anclarme.Minutos después, llego al edificio futurista de BlackTech. Entro sin problema; ahora que soy oficialmente la prometida de Alexander, la seguridad y el personal me saludan con cordialidad, incluso con una pizca de reverencia que aún me hac
Las semanas que siguen a la propuesta de matrimonio son un torbellino. He pasado de ser la pareja discreta de Alexander Black a su prometida, lo que conllevaba una nueva serie de obligaciones sociales y logísticas de las que ya he sido víctima antes, pero que en realidad sigo sin tener idea. Pero esta vez me sumerjo en una nueva dimensión donde el amor se mide en opciones de encaje, tipos de cubiertos y listas de invitados. La euforia de la propuesta, la ternura de Alexander, el brillo cegador del rubí en mi cuello y el solitario en mi dedo se han visto eclipsados por la abrumadora realidad de casarse con un Black.Me siento como una intrusa en mi propia vida. El sí que le he dado a Alexander, esta vez real, ha sido honesto y sencillo, una verdad que no necesita adornos. Pero ahora, ese "sí" se ha transformado en un proyecto corporativo, una obra de teatro social que debe ser ejecutada con la perfección que el apellido Black exige. Las interminables reuniones, los proveedores que habl
El ascensor sube en un silencio cargado de promesas. Ya no hay testigos, no hay madres en guerra ni amigos emocionados. Solo estamos Alexander y yo, mi mano entrelazada a la suya, el peso del diamante en mi dedo anular sintiéndose extrañamente familiar. Hemos pasado un par de horas deliciosas con la familia y los amigos; la sorpresa de ver a mis padres durante la propuesta ha sido perfecta. El amor que nos rodea ha sido palpable, pero también agotador.Las puertas se abren, revelando la inmensidad oscura y tranquila del ático. El silencio es profundo. Alexander ha orquestado que Aquiles pase la noche en el ático de Charlotte, una maniobra que me ha dejado boquiabierta. Es un avance monumental para ella; un reconocimiento tácito de que mi felicidad y mi intimidad con su hijo son, ahora, una prioridad para él. La idea de Aquiles durmiendo en la casa de Charlotte, bajo su supervisión silenciosa, me trae una ola de alivio y esperanza. Es el primer paso real hacia una tregua duradera.Mi m
La pregunta resuena en el silencio, no solo en mis oídos, sino en cada célula de mi cuerpo.Nicole… ¿Quieres ser mi esposa?Mis labios tiemblan. No de frío, sino de una avalancha emocional que supera toda la contención. El torrente de sensaciones es tan abrumador que me congela por un segundo. Veo el miedo en los ojos de Alexander, el miedo de que, después de todo el amor, la lealtad y la vida que hemos compartido, yo pueda dudar. Es un miedo infundado, lo sabía, pero verlo en el hombre más poderoso que conozco, me hace sentir una ternura inmensurable.Mi mente, esa máquina súper analítica que no para de calcular riesgos y beneficios, se apagó. Solo queda el instinto puro, el alma que grita el nombre de este hombre desde el primer día que lo conocí.Mis ojos, llenos de lágrimas que aún no me atrevo a derramar, se fijaron en él. Veo su rostro: la línea perfecta de su mandíbula, ahora suavizada por la vulnerabilidad; sus ojos verdes, habitualmente llenos de estrategia, ahora desbordante
Me miro al espejo del baño. La luz es suave e indulgente. Llevo puesto el vestido negro de un satén pesado que se desliza sobre mi piel como agua fría. Es ajustado, sin ser vulgar, con un escote de corazón que acentúa mi clavícula y unos tirantes gruesos que ofrecen el soporte perfecto para lo que Alexander aprecia ver. Normalmente, preferiría zapatos planos o stilettos discretos, pero esta noche me he subido a unos tacones que hacen temblar mis piernas, solo por el placer de sentirme poderosa, alta y a la altura de mi hombre. Quiero que Alexander se da cuenta de que, aunque ama mi caos, yo también puedo ser la perfección que su mundo exige.Aquiles está seguro en su habitación, inmerso en un problema de cálculo. Su concentración es admirable, y su nueva rutina me da la paz de saber que, por primera vez en su vida, el chico es solo un adolescente preocupado por su nota, no por su supervivencia.Tomo una bocanada de aire y salgo de la habitación principal. La sala de estar del ático pa







