INICIAR SESIÓNUna vez en el coche, Carlos comenzó a explicarme con mayor detalle en qué consistiría mi trabajo. Su tono era serio, casi solemne, como si estuviera recitando un reglamento no escrito.
—Vas a vivir en una casa con tres personas más —me dijo—. Espero que no tengas problema con eso.
—Ninguno —respondí de inmediato—. En la entrevista que me hicieron en Uruguay ya me lo habían aclarado. No tengo inconveniente alguno, ni siquiera si es una casa mixta. Confío en que nos llevaremos bien.
—Tienes que entender que serás la única extranjera —continuó—. Ellos no hablan tu idioma y tú no hablas el suyo. Al principio puede ser complicado.
—Existen los traductores —contesté—. Puedo instalar una aplicación en mi teléfono.
—Sí, eso será útil —asintió—. De todas formas, te aconsejo que te inscribas en algún curso de coreano por internet. Salir del complejo, a menos que tengas un permiso especial o sea tu día libre, está prohibido. Al igual que interactuar con personas que no formen parte del staff. ¿Te ha quedado claro?
—Clarísimo —respondí sin dudar—. Sabía que iba ser así y acepté venir.
Carlos hizo una breve pausa, como si evaluara si debía decirme algo más.
—Hay otra cosa importante —añadió—. No puedes hablar con los miembros del grupo bajo ningún concepto, a menos que ellos se dirijan a ti primero. Y, si eso sucede, debes ser amable, respetuosa y lo más breve posible.
—Tampoco es que vaya a acosarlos, Carlos —le recordé—. Ya te lo he dicho.
—Dana —me miró con seriedad—, tienes que empezar a comprender que esta es una cultura muy distinta a la que estás acostumbrada. Aquí hay cosas que para ti pueden ser normales o incluso bien intencionadas, pero que pueden interpretarse como una grave falta de respeto. Debes manejarte con extremo cuidado, con pie de plomo. No hagas caso a nadie del staff, no sigas consejos ajenos. Si tienes dudas, problemas o cualquier situación extraña, vienes directamente a mí. A mí y a nadie más. ¿Me comprendiste?
—Perfectamente —respondí—. Quédate tranquilo, no voy a fallar.
Carlos no dejaba de darme instrucciones. Se lo agradecía profundamente, aunque, por momentos, su actitud me parecía un tanto extrema. Para él, los miembros del grupo eran casi dioses intocables. Yo no quería perder mi trabajo bajo ninguna circunstancia, pero aun así sentía que exageraba.
Después de casi una hora de viaje, llegamos a un complejo enorme. En mi país, algo así se asemejaría a un barrio privado. Todo estaba rodeado de verde y el camino de acceso estaba flanqueado por árboles de cerezo, típicos de Corea. Era primavera y las flores blancas y rosadas cubrían las ramas en todo su esplendor.
El paisaje era simplemente maravilloso.
Estaba tan absorta mirando por la ventanilla que, sin darme cuenta, tenía la boca abierta. De pronto sentí una mano bajo mi barbilla que empujó suavemente mi mandíbula hacia arriba.
—Vamos, cierra la boca —dijo Carlos entre risas—. Vas a empezar a babear.
Soltó una carcajada estruendosa.
—Sí —respondí sonriendo—, perdón, ni me di cuenta —volví a mirar hacia afuera—. Es que es realmente hermoso.
Tras pasar por otro control de seguridad, y ahora entendía perfectamente por qué había tantos, llegamos a una de las construcciones del predio y el coche se detuvo.
—Bueno, Dana —dijo Carlos—, hemos llegado. A partir de ahora, vivirás aquí mientras dure tu contrato con la empresa.
—Espero que sea por muchos años —respondí sonriendo mientras bajaba del coche.
—Por ahora serán dos —aclaró—, con una revisión a los seis meses. Después se verá.
Casi no lo escuché. Comencé a caminar, observándolo todo con atención, girando sobre mí misma para no perder ningún detalle. Fue entonces cuando quedé completamente inmóvil.
Un vehículo pequeño, de esos que se usan en los campos de golf, pasó frente a nosotros. El conductor llevaba uniforme, y en el asiento del acompañante iba nada más y nada menos que Park Geon-ki.
Por unos segundos, nuestras miradas se cruzaron.
Él me regaló una sonrisa amplia, luminosa. Yo se la devolví de inmediato, incluso levanté la mano y la agité en un gesto espontáneo. El coche siguió su camino y desapareció entre los árboles.
Cuando miré a Carlos, su expresión había cambiado. Fruncía el ceño con evidente desaprobación.
—¡Era Geon-ki! —exclamé sin poder contenerme—. ¡El mismísimo Park Geon-ki!
—Sí, Dana —respondió con calma forzada—. Y te lo cruzarás a menudo. Incluso varias veces al día, al igual que al resto de los miembros. Pero no vuelvas a saludarlo de esa manera. No estás en tu país. Aquí corresponde hacer una reverencia.
—Perdón —dije enseguida—. Es la falta de costumbre. Te prometo que no volverá a pasar.
Sonreía todavía, incapaz de ocultarlo.
—Es que me sonrió… y no pude evitarlo —agregué, soltando un suspiro profundo.
—Ni creas que eres la única chica a la que Geon-ki le provoca eso —dijo con tono seco—. Así que no te ilusiones. Seguro se olvidó de haberte visto apenas giró la esquina.
Sus palabras fueron un golpe directo.
Mi felicidad se desvaneció en cuestión de segundos.
Después de la charla, poco agradable, con mi padre, regresé de inmediato al complejo. Pedí que uno de los coches de la empresa me llevara de vuelta y, al llegar a la entrada principal, llamé a Jin para que fuera a buscarme y me llevara a casa.
Atravesamos el sector donde vivían los miembros del staff. Entonces la vi.
Carlos estaba parado frente a una de las casas, acompañado por una joven. Era la misma chica que había visto en el edificio de la empresa, aquella a la que creí, erróneamente, una coreógrafa. Ahora comprendía que no lo era; esa zona estaba destinada al personal auxiliar.
Cuando nuestras miradas se encontraron, sentí un estremecimiento recorrerme el cuerpo.
Sin pensarlo, le sonreí.
Ella me devolvió la sonrisa y agitó la mano con entusiasmo. Por un instante deseé que Jin redujera la velocidad del vehículo, pero no lo hizo. El coche siguió avanzando y no tuve oportunidad de corresponder su saludo.
No sabía por qué, pero esa chica lograba ponerme nervioso.
—¿Te encuentras bien, Geon-ki? —preguntó Jin, mirándome de reojo.
—Sí —respondí, sacudiendo la cabeza—. ¿Por qué lo dices?
—Porque estás completamente sonrojado —comentó—. Hasta las orejas. Y eso no es habitual en ti.
—No digas tonterías —repliqué, aunque sabía que tenía razón. Sentía el rostro arder, como si me estuviera quemando.
—¿Será por la joven que vimos con Carlos? —preguntó con una sonrisa cómplice—. Es muy bonita, ¿no?
—No sé de qué hablas —respondí—. Apenas la vi.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad. Además, ya me había cruzado con ella en las oficinas. Creí que era una coreógrafa nueva, pero vive en el área del staff auxiliar.
—Si quieres, puedo averiguar quién es…
—No, Jin —lo interrumpí—. No es tu trabajo.
—Mi trabajo es mantenerte contento —rió—. Y sospecho que esa joven podría lograrlo con facilidad.
—¡Cállate ya! —le dije, dándole un golpe suave con el puño en el hombro—. Deja de decir tonterías.
Pero, aun así, no pude evitar que su imagen volviera a mi mente.
Capítulo 81 —Como sucedieron las cosas...NarradorLuego de recibir el mensaje en el que Geon, supuestamente, la abandonaba, Dana quedó devastada.No fue un llanto escandaloso ni una escena dramática. Fue peor. Fue ese tipo de dolor que se instala en el pecho como una piedra, que no grita, que no corre, que simplemente aplasta. Bon intentó consolarla. Le habló con cuidado, con afecto, con esa torpeza noble de quien quiere ayudar y no sabe cómo. Incluso trató de averiguar qué había pasado realmente, pero Dana no quería escuchar razones, ni hipótesis, ni “tal vez”.Para ella, Geon había elegido el silencio. Y el silencio, para Dana, siempre había sido abandono.—Yo sé que la vida de campo no es para ti —le dijo Cho una tarde, con voz cansada pero sincera—. Menos aquí, en Corea. Pero puedes quedarte con nosotros. Afrontemos esto juntos.Dana negó despacio.—Lo sé, Cho. Y se lo agradezco… a usted, a su hija, a su yerno. Me han dado todo, incluso cuando yo no tenía fuerzas. Pero debo volver
Capítulo 80 — Donde el amor deja de pedir permisoNarrador:Luego de besar a Dana para sellar así su matrimonio, ella se quedó inmóvil, como si el cuerpo le hubiera olvidado el manual básico de cómo seguir existiendo. Tenía los labios todavía tibios, el corazón golpeándole el pecho con una fuerza absurda y las manos temblándole como si acabara de sobrevivir a una caída libre.Lo miró con una desesperación casi infantil, con esa necesidad feroz de confirmar que el mundo no se estaba burlando de ella otra vez.—Dime que en verdad eres tú —le pidió, y su voz se le quebró en un sollozo—. Dime que no es un sueño… porque si me despierto, no lo voy a soportar.Geon-ki le sostuvo la cara con ambas manos. No le permitió bajar la mirada. No le permitió esconderse en el miedo.—No es un sueño —dijo, lento, firme—. Soy yo, mi amor. Estoy acá. Y no pienso volver a perderte.Dana parpadeó rápido. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de incredulidad, d
Capítulo 79 — El día que el miedo perdió la batallaDana:Luego de ese día, no volvimos a hablar del tema. Ni una palabra más. Ni una insinuación. Ni una sola grieta por donde pudiera escaparse la verdad que ambas sabíamos y fingíamos no ver.Y entonces, la boda llegó.No llegó como llegan las cosas felices, con ilusión o con ansiedad luminosa. Llegó como llega una sentencia. Como un invierno que se anuncia sin pedir permiso. Yo temblaba como una hoja a punto de caer del árbol, suspendida en ese instante previo a la caída, cuando todavía no toca el suelo, pero ya sabe que no hay vuelta atrás.Mi eterno invierno se avecinaba.Iba a casarme con un hombre que no amaba.Benjamin era un buen hombre, no puedo negarlo. Honesto, presente, respetuoso. Un hombre que había aceptado una historia que no era suya, un hijo que no llevaba su sangre y una boda que ninguno de los dos deseaba de verdad. Él y yo éramos dos personas intentando hacer lo correcto, aunque lo correcto nos estuviera destrozando
Capítulo 78 —Antes del síDana:La noticia de que Geon-ki había tomado finalmente las riendas de PKJ Entertainment me llenaba de una alegría que no podía ni quería disimular. Era algo que todos los chicos habían deseado durante años, una salida necesaria para librarse de la tiranía de Park Kang-jae, un hombre al que Geon nunca había podido llamar padre sin que algo se me revolviera por dentro. Que estuviera ahora al mando significaba libertad para ellos, un futuro distinto, una empresa que ya no estaría construida sobre el miedo.Y aun así, esa alegría venía acompañada de una tristeza silenciosa. Porque sabía que para Geon-ki esa decisión había sido devastadora. No dejaba de ser su padre, por más daño que le hubiera hecho. Y además, dirigir la empresa no era su sueño. Nunca lo había sido. Él quería cantar, crear, subirse a un escenario y dejar el alma ahí, entregarse a su fandom con la misma pasión con la que se entregaba a todo lo que amaba. Pero crecer implicaba eso: aceptar responsa
Capítulo 77 —El nombre que no debía existirNarrador:Dana frunció el ceño, porque no era su pantalla la que estaba mirando… y aun así, el dispositivo estaba entre sus dedos. El impulso natural fue leer, como se lee cualquier cosa que aparece sin avisar. Pero la pantalla apenas mostraba un nombre breve, común, casi insignificante… y un preview recortado en un idioma que Dana no dominaba, el ingles.Verónica dio un paso hacia adelante con una rapidez demasiado medida para parecer casual. Le arrebató el teléfono con suavidad, casi sonriendo, como quien toma un vaso para que no se caiga.—Perdón, perdón… es el reflejo —dijo, fingiendo ligereza—. Siempre me llegan cosas en el peor momento.Dana la miró de reojo, desconfiada.—¿Y desde cuándo no puedo ver tus mensajes? —preguntó, sin humor.Verónica soltó una risita nerviosa.—Desde que tengo un amante marciano y no te conté —improvisó riendoBenjamin, que seguía allí, se cruzó de brazos.—¿Es algo urgente? —preguntó, más por incomodidad qu
Capítulo 76 —Urgencias del corazón y titulares que ardenNarrador:En Uruguay, a miles de kilómetros de esa sala donde acababa de caer un rey, Dana se preparaba para su inminente boda como quien camina hacia una decisión que no termina de reconocer como propia.La casa olía a telas nuevas, a café recalentado, a ansiedad. Había cajas por todas partes: regalos, recuerdos, detalles, listas, papeles. Todo el mundo parecía tener algo que opinar, algo que organizar, algo que preguntar.Dana, sin embargo, se movía como si estuviera un poco fuera de su cuerpo. Sonreía cuando debía sonreír. Asentía cuando la miraban. Decía “sí” cuando le pedían confirmaciones. Pero por dentro… por dentro tenía un ruido constante, como un mar golpeando una pared.Benjamin la encontró en la cocina revisando una lista de invitados con la mirada perdida.—¿Estás segura de querer seguir adelante con esto? —preguntó, sin rodeos.Dana parpadeó, como si recién lo escuchara.—Sí, Benjamín —respondió—. ¿Por qué lo pregun







