INICIAR SESIÓNPunto de vista de Adrian
Escuchamos los pasos y el movimiento dentro de la casa durante varios segundos más.
Lentos.
Cercanos.
Demasiado cerca.
Valentina seguía inmóvil contra mi pecho mientras mi mano cubría su boca y el aroma de su perfume me destruía lentamente la poca cordura que todavía conservaba.
Maldita sea.
No debía tocarla así. No debía disfrutarlo. Pero claro que lo hacía.
Llevaba dos años imaginando cómo se sentiría volver a tenerla cerca y ahora que finalmente estaba aquí… mi cuerpo no parecía dispuesto a obedecer ninguna regla.
Esperamos en silencio hasta que el sonido desapareció dentro de la casa y solo entonces aparté lentamente la mano de su boca.
Grave error, porque Valentina giró apenas el rostro y sus labios rozaron accidentalmente mis dedos.
Sentí el golpe directamente en el estómago.
Y por sus ojos estoy seguro de que ella también lo sintió, lo vi en la manera en que dejó de respirar, así que retrocedió inmediatamente, como si acercarse demasiado a mí fuera peligroso.
Y tenía razón.
—Ya puedes irte —murmuré con voz ronca.
No dijo nada, pero Valentina me sostuvo la mirada unos segundos, rabiosa, herida y hermosa.
Después salió primero de la terraza. Yo esperé unos segundos antes de seguirla, porque necesitaba recuperar el control. Y porque si seguía mirándole las piernas con ese vestido iba a terminar cometiendo un error irreversible.
Subimos las escaleras tras sus pasos y en silencio.
La mansión estaba completamente oscura ahora, iluminada apenas por las luces cálidas de los pasillos.
Valentina caminaba delante de mí y yo odiaba el efecto que tenía sobre mi cabeza incluso algo tan simple como verla alejarse.
Entonces llegamos al segundo piso y cometí otro error, sujeté su muñeca.
Valentina se detuvo bruscamente.
—Suéltame.
No lo hice.
Necesitaba entender algo.
Necesitaba saber por qué seguía mirándome igual que antes si supuestamente me odiaba tanto.
—¿Por qué volviste al país? ¿A qué regresaste? ¿Tanta falta te hice?
Ella soltó una risa baja.
Cruel.
Después tiró de su mano con fuerza.
—Porque todavía eres tan arrogante que crees que todo gira alrededor de ti.
Mis dedos se tensaron alrededor de su piel.
—Valentina —la llame en advertencia.
—No —me interrumpió girándose hacia mí—. ¿Sabes qué es lo peor de todo? Que durante años te puse en un pedestal como si fueras algo extraordinario —sus ojos brillaban. No sabía si de rabia o tristeza. Tal vez ambas—. Y al final solo eres un cobarde —sentí el golpe directamente en el pecho y claro que ella todavía no terminaba—. Mi padre te dio todo lo que tienes, Adrian —continuó con violencia contenida—. Su apellido. Su casa. Su confianza. Y aun así sigues comportandote como si los que te deberíamos algo, fuéramos nosotros.
Mi mandíbula se tensó peligrosamente.
—Valentina…
—No eres un De Luca —soltó finalmente—. Nunca lo fuiste.
Nos quedamos en silencio. Ella acababa de clavarme el cuchillo exactamente donde más dolía.
Y lo sabía. Claro que lo sabía, porque Valentina siempre supo cómo destruirme mejor que nadie.
—Solo eres un adoptado que está aquí por la bondad de mi padre.
Sentí algo oscuro subir violentamente por mi garganta.
Sentí rabia, saboreé la humillación y soporté el dolor de sus palabras.
Por un segundo realmente pensé en perder el control.
Porque nadie… absolutamente nadie… me hablaba así.
Pero entonces escuchamos una puerta abrirse y ambos giramos inmediatamente, Alessandro salió de su habitación ajustándose el reloj sobre la muñeca, iba perfectamente vestido, perfectamente peinado, perfectamente perfumado.
Como un hombre que claramente no iba a dormir.
Nuestros ojos chocaron y por un instante nadie habló.
Valentina todavía tenía el pecho agitado y yo seguía demasiado cerca de ella, mientras Alessandro nos observaba con una expresión demasiado inteligente para mi tranquilidad.
¿Sospecha?
¡Mierda! Tenía que controlarme de verdad.
—¿Sucede algo? —preguntó finalmente mi hermano.
Valentina reaccionó primero. Como siempre.
—Nada —respondió demasiado rápido—. Solo discutíamos.
Alessandro alternó la mirada entre ambos, nos estaba analizando y midiendo, soltó el aire y sacudió su cabeza divertido.
Después sonrió apenas.
Pero no parecía tranquilo.
—Vayan a dormir. Mañana será un día largo —se movió para bajar las escaleras, pero se detuvo en el segundo escalón—. Y tienen que madurar de una vez por todas, van a trabajar juntos de nuevo, ya no son los adolescentes que solían vivir en guerra en esta casa.
Valentina no esperó más, se dio media vuelta y prácticamente huyó hacia su habitación.
Yo seguí inmóvil unos segundos.
Y Alessandro me observó demasiado tiempo, como si estuviera intentando descubrir algo o más bien recordando algo.
Finalmente se volvió a mi lado.
—No la presiones demasiado mañana —murmuró—. Sigue siendo mi hija.
Sentí el golpe oculto dentro de esas palabras.
Después se alejó por el pasillo.
Y por primera vez en muchos años… tuve la sensación de que Alessandro De Luca también estaba escondiendo algo.
Punto de vista de Alessandro.
Milán se veía distinta de madrugada.
Más oscura.
Más peligrosa.
Más honesta.
Conduje personalmente hasta el hotel sin escoltas y sin chofer. Justo como lo hacía cada viernes. Justo como siempre hacía cuando iba a verla.
El teléfono vibró varias veces dentro del bolsillo de mi abrigo, pero ignoré todas las llamadas, porque cuando Isabella Moretti me esperaba… el resto del mundo dejaba de importar.
Y no me malinterpreten, nunca existirá una mujer igual que mi esposa en mi vida, mi amada Sofía, pero Isabella es…
Una mezcla explosiva que aún no logró descifrar.
Subí directamente al último piso usando el ascensor privado y mientras más cerca estaba de la habitación… Más fuerte latía mi corazón.
Ridículo para un hombre de mi edad.
A mi edad un hombre ya debería saber controlar ciertas cosas, pero Isabella siempre había sido mi debilidad más vergonzosa.
Abrí la puerta con la tarjeta exclusiva que ella me entregó meses atrás. Y entonces la vi.
De pie junto al enorme ventanal, usando únicamente una bata de seda negra.
Estaba hermosa, devastadoramente hermosa.
Y a medida que me acercaba me di cuenta que algo estaba mal, porque cuando giró lentamente el rostro hacia mí… sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Tenía el labio roto.
Y un moretón oscuro comenzaba a extenderse sobre su mejilla.
La rabia me atravesó tan rápido que ni siquiera pude procesarla.
—¿Quién te hizo eso?
Isabella no respondió inmediatamente.
Solo me observó con esos ojos verdes llenos de algo que se parecía demasiado al cansancio.
Después sonrió apenas.
Y esa sonrisa me destruyó todavía más.
POV. LUCIANOLa herida no era grave. Eso fue lo primero que dijo el médico. Y aun así sentí que podía respirar por primera vez desde que desperté.Leo estaba bien. Eso era lo único que importaba.Lo tenía en mis brazos cuando salimos del hospital.El pequeño dormía. Su rostro descansaba contra mi pecho.Lo miré.Y sentí aquella sensación extraña nuevamente.No sabía ser padre. Pero cada vez me parecía menos aterrador intentarlo.Thiago caminaba a mi lado.—Deberías descansar.—Estoy bien —le dije con un gruñido y la verdad es que no entiendo que sigue haciendo aquí. —Te dispararon, Luciano. No eres una máquina. —Rozó. He tenido heridas peores.—Te desmayaste. Y no lo dudo, pero…—¡No te metas, Thiago! Además, ¿Qué carajos haces aquí todavía? ¿No tienes una vida? No te prohibieron tus papis con apellido de abolengo que no te metas con Valentina y su familia, bueno pues yo hago parte de esa mierda, así que puedes irte antes de que te regañen.Thiago negó con la cabeza.—Sigues siendo
POV. ADRIÁNEl teléfono volvió a vibrar. No necesitaba mirar la pantalla para saber quién era.Alfonsino.Había pasado demasiado tiempo desde que escuché ese nombre pronunciado como una amenaza.Ahora era peor.Era mi padre.Miré hacia Valentina. Estaba de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho. No había llorado. No después de todo lo que había ocurrido.Pero conocía esa expresión. Estaba aterrada.Y aun así intentaba que yo no lo notara.—¿Es él? —preguntó. Asentí.—Quiere verme —Valentina cerró los ojos.—No vayas —la miré.—Tengo que hacerlo.—No —se giró hacia mí.—Adrián, él acaba de aparecer después de veinte años. Tiene hombres. Tiene información. Estoy segura de que atacó a Luciano y a Leo. Y ahora está citándote como si pudiera llamarte y tú simplemente fueras a aparecer.No respondí. Porque tenía razón. Pero había algo más. Algo que no podía ignorar.Leo.Pensé en él.En sus pequeñas manos. En la manera en que se calmaba cuando Valentina lo abrazaba.
**POV. LUCIANO**No podía dejar caer al niño. Ese era el único pensamiento que tenía.Uno. Después otro. Después otro.Pero siempre regresaba al mismo.No lo sueltes. No lo dejes caer.Leo lloraba contra mi pecho.Sus pequeñas manos se aferraban desesperadamente a mi camisa. Yo podía sentir cómo la sangre se extendía bajo la tela.No era grave. Eso era lo que me repetía. No era grave.Solo una herida.Solo dolor.Solo sangre.Habíamos salido para caminar unos minutos. Eso era todo. Adrián había insistido en enviar seguridad. Dos vehículos. Cuatro hombres. Me había parecido exagerado.Hasta que comenzaron los disparos. Todo ocurrió demasiado rápido. Un automóvil bloqueando la calle. Hombres saliendo de los vehículos.Armas.Gritos.Los hombres de Adrián reaccionaron antes de que yo pudiera entender qué estaba ocurriendo.Uno cayó. Otro respondió. Yo corrí con Leo en brazos. Porque de pronto nada más importaba.Ni Vittorio.Ni Alfonsino.Ni la guerra.Ni siquiera yo.Solo ese pequeño cue
POV DE VALENTINA—No voy a… Tengo que ir.Lo miré. Él permaneció completamente quieto.—Todavía no entiendes lo que eso significa —susurré.Sus ojos se oscurecieron.—Lo sé.—No. Y haces lo que quieres.Adrián bajó la mirada. Y entonces lo entendí. No tenía miedo de Alfonsino.Tenía miedo de descubrir que, durante toda su vida, había odiado al hombre equivocado.O peor.Que había heredado demasiadas cosas de él.El teléfono volvió a sonar. Adrián lo miró. Y esta vez los dos guardamos silencio. No era el número de Alfonsino.Era Luciano.Adrián contestó inmediatamente.—¿Qué ocurre? —pero no hubo nada. Solo silencio. El rostro de Adrián cambió—. ¡Luciano! —mi respiración se detuvo—. ¿Dónde estás?Se giró hacia mí.La burbuja de esa mañana definitivamente se había roto… Vi miedo en sus ojos.Miedo de verdad.—No cortes.Entonces salió corriendo de la habitación. Y yo fui detrás de él. Sin saber que, a varios kilómetros de distancia… Luciano estaba intentando mantenerse con vida.Con mi s
**POV. VALENTINA**Nunca imaginé que la paz pudiera dar tanto miedo.Estaba recostada sobre el pecho de Adrián, escuchando los latidos de su corazón, y aun así… no podía dejar de pensar que algo estaba a punto de ocurrir.Quizá era porque nuestra historia jamás había sabido quedarse quieta.Cada vez que creíamos haber encontrado un momento para nosotros, algo aparecía.Una mentira.Un padre.Una boda.Un disparo.Un secuestro.La puerta del mundo abriéndose de golpe para recordarnos que nosotros nunca habíamos tenido permitido ser simples.Pero aquella mañana… Aquella maldita mañana… Por unos minutos lo fuimos.Adrián tenía una mano sobre mi espalda. Sus dedos se movían lentamente, dibujando círculos distraídos sobre mi piel.No hablábamos. Y por primera vez, el silencio entre nosotros no estaba lleno de secretos.—¿Qué estás pensando? —pregunté.Sentí cómo su pecho vibraba bajo mi mejilla.—En nada.Sonreí.—Mentiroso.—No estaba mintiendo —levanté la cabeza para mirarlo.—Adrián, ll
POV. ELENAEstaba sola.Eso fue lo primero que comprendí cuando el sonido llegó desde la cocina.No era fuerte. No era el ruido de alguien entrando por la puerta.Fue algo más pequeño. Un vaso moviéndose. Quizá una taza.Me quedé completamente quieta.—¿Valentina? —pero nadie respondió.Fruncí el ceño. Valentina no podía estar allí.Había salido hacía horas. Isabella tampoco.Adrián estaba con Leo. El silencio regresó.Y durante unos segundos pensé que lo había imaginado.Entonces escuché pasos.Lentos.Firmes.Detrás de mí.Mi cuerpo se congeló.No quise girarme.Porque, de pronto, lo supe.Hay personas que reconoces incluso antes de verlas.Por la forma en que el aire cambia.Por el miedo que dejaron enterrado dentro de ti.—Elena.Mi corazón dejó de latir.No.No.No podía ser.Cerré los ojos. Veinte años. Habían pasado veinte años. Me giré lentamente.Y allí estaba.Alfonsino Rossi.No parecía un fantasma. Eso habría sido mucho más sencillo.Parecía real. Terriblemente real. El ca







