MasukCapítulo 2: Quédate
La cabeza de Mallory latía con un dolor que le llegaba hasta los ojos. No tuvo más remedio que ir a una farmacia, comprar medicamentos y volver a casa para recoger sus maletas y marcharse de una vez por todas. Se lavó la cara surcada de lágrimas, se aplicó un poco de maquillaje ligero para disimular la hinchazón y se puso una gorra y gafas de sol para que nadie la reconociera. Cuando llegó a la farmacia, el cuerpo le ardía y los músculos le dolían terriblemente. Se dejó caer en un sofá mientras la farmacéutica la atendía. —¿Qué síntomas tiene, señora? Mallory los enumeró todos. La mujer la escuchó con atención y luego le dirigió una mirada preocupada. —¿Ha pensado en hacerse una prueba de embarazo? Mallory parpadeó, sorprendida. —¿Embarazo? Esa idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza. —Sus síntomas son parecidos a los de un embarazo temprano —explicó la farmacéutica—. Le recomiendo que se haga una prueba para estar segura. El estómago de Mallory se retorció. ¿Una prueba de embarazo? Eso no podía ser posible… ¿verdad? Aun así, la duda y la ansiedad crecieron dentro de ella. En contra de su buen juicio, compró un test casero y salió con la pequeña bolsa de papel marrón. De vuelta en la casa, dudó durante un largo rato antes de hacerse la prueba. Los pocos minutos de espera se le hicieron eternos. El corazón le martilleaba en el pecho. Cuando apareció el resultado… era positivo. Mallory se quedó mirando las dos líneas rojas con incredulidad y negó con la cabeza. No. Esto tenía que estar mal. Las lágrimas le inundaron los ojos. Agarró las llaves del coche y condujo hasta la clínica más cercana. Necesitaba una prueba fiable, hecha por profesionales. En la clínica, una enfermera le tomó una muestra de sangre y le pidió que esperara. Mallory movía nerviosamente la pierna, se clavaba las uñas en las palmas y caminaba de un lado a otro sin parar. Finalmente, la enfermera regresó con una sonrisa cálida. —Felicidades, señora. Está de tres semanas. Mallory sintió que la habitación daba vueltas. Las paredes parecían cerrarse sobre ella. —¿Qué? —jadeó, con la voz ronca. La enfermera le entregó el papel con los resultados. Las manos de Mallory temblaban mientras leía. Estaba claramente escrito en letras grandes: tres semanas de embarazo. Una risa extraña, casi animal, se le escapó de la garganta antes de que pudiera contenerla. Esto no podía ser real. Salió corriendo de la clínica, se metió en el coche y condujo durante horas por la ciudad sin rumbo fijo, sin molestarse en detener el torrente de lágrimas. Su vida parecía una broma cruel. ¿Cómo podía estar embarazada de un hombre que acababa de divorciarse de ella? Un hombre que siempre había pertenecido a otra. Sebastian siempre había dicho que no quería hijos. La había obligado a tomar anticonceptivos —unas pastillas que a veces ella saltaba porque odiaba tomarlas todos los días. Después de años usándolas, también le preocupaban los efectos secundarios. Ahora no sabía qué era peor: los efectos secundarios o este embarazo. La idea de criar a un hijo sola la aterrorizaba. ¿Abortar? No. Eso iba en contra de su fe. --- Horas después, una voz furiosa gritando su nombre la despertó de golpe. Mallory se incorporó en pánico, con los ojos recorriendo la habitación oscura y desconocida hasta que se acostumbraron y apareció el rostro enfurecido de Sebastian. —¿Qué demonios sigues haciendo aquí? El corazón se le cayó a los pies cuando los recuerdos regresaron. Después de conducir sin rumbo durante horas, había vuelto a casa completamente exhausta y solo había pensado en descansar un rato. —Yo… lo siento. Me quedé dormida —susurró. La expresión furiosa de Sebastian se volvió aún más oscura. Antes de que pudiera decir nada, una voz alegre llamó desde fuera de la habitación. —¡Cariño! El estómago de Mallory se retorció. Se levantó rápidamente de la cama, con las piernas temblorosas. Tenía que contarle lo del embarazo. Tal vez eso lo cambiaría todo. —Seb—Sebastian… —¿No te dije que te fueras lo antes posible? —espetó él. —Estoy embarazada —soltó ella de golpe, con las manos moviéndose automáticamente hacia su vientre. La habitación se sumió en un silencio mortal. Los ojos de Sebastian bajaron lentamente hasta su estómago. Mallory contuvo la respiración. Entonces él estalló en carcajadas: un sonido frío y burlón. —¿Estás qué? —preguntó, luchando por controlar su diversión. —Embarazada —repitió ella. La palabra sonaba extraña saliendo de su boca. La risa de Sebastian se cortó. Su rostro se oscureció hasta volverse aterrador. Dio un paso hacia ella y Mallory retrocedió instintivamente. —¿Crees que un embarazo falso me hará cambiar de opinión? ¿Hasta dónde puede llegar tu desesperación? Mallory negó con la cabeza, intentando explicarse, pero él la interrumpió de inmediato. —¡No quiero oír más mentiras! Estás tomando anticonceptivos, Mallory. ¿Lo has olvidado? Ella se mordió el labio, preguntándose si debería admitir que había saltado algunas dosis. Antes de que pudiera hablar, la sospecha llenó los ojos de Sebastian. —Espera… ¿has estado saltándote las pastillas? Mallory negó rápidamente con la cabeza, desconcertada por la sombra oscura que había nublado los ojos de Sebastian. —Bien —murmuró él, casi aliviado—. Porque nunca querría tener un hijo con alguien como tú. ¿Alguien como ella? Las palabras le cayeron como una bofetada. Un dolor fresco la invadió. ¿Nunca había querido tener hijos con ella? ¿De verdad era tan indigna para él? Antes de que pudiera procesar el golpe, la molesta voz de Stella volvió a llamar. —Cariño… —Voy, mi vida —respondió Sebastian rápidamente. Mallory se giró y vio a Stella de pie en la puerta. La mujer parecía sorprendida de encontrarla todavía allí. Los ojos de Stella se posaron en Sebastian con clara irritación. Había planeado una noche especial para celebrar su libertad del matrimonio. —Chris, ¿qué hace ella todavía aquí? —preguntó Stella—. Pensé que el divorcio ya estaba finalizado. Sebastian suspiró. —Lo está, cariño. Todo se resolvió esta tarde. Estoy tan sorprendido como tú de que siga aquí. El rostro de Stella se iluminó de satisfacción. La mirada de Mallory cayó sobre el brillante anillo de compromiso en el dedo de Stella: un doloroso recordatorio del amor y el lujo que Sebastian nunca le había dado. Bajó la vista hacia su propio anillo de boda barato. La rabia la recorrió. Con un movimiento rápido, se arrancó el anillo y lo lanzó a los pies de Sebastian, quien simplemente soltó un bufido. La voz estridente de Stella llenó la habitación: —Espero que no estés pensando dormir en esta habitación esta noche, Mallory. Mallory le dirigió una mirada fría y recogió su bolso. —No te preocupes. Me voy de vuestras miserables vidas. —Cuida esa lengua —advirtió Sebastian. Mallory puso los ojos en blanco. —Cariño, tengo calor. Quiero darme un baño. Todavía me duelen los ojos —se quejó Stella, tirando del brazo de Sebastian. Mallory miró el rostro de Stella y vio un corte fresco. Pero no recordaba habérselo hecho. ¿De verdad Stella se había cortado la cara ella misma solo para ganar simpatía? No podía descartar nada de esa bruja. Sebastian se movió, bloqueando hábilmente el paso de Mallory cuando esta intentó salir. —Querida, el baño está por allí —le dijo dulcemente a Stella—. Ve yendo. Me uniré a ti pronto. Stella le dedicó a Mallory una sonrisa petulante y se dirigió al baño. —Hiciste un buen trabajo manteniéndolo ocupado hasta que yo estuviera lista, Mallory. Pero tus servicios ya no son necesarios —dijo antes de desaparecer dentro. Mallory apretó los puños, pero se negó a seguir peleando por un hombre que nunca había sido realmente suyo. Se volvió hacia Sebastian, con voz fría: —Con permiso. Él no se movió. En cambio, preguntó: —¿Adónde crees que vas a estas horas de la noche? —Me voy de tu casa —respondió Mallory bruscamente. Sebastian soltó una risita burlona. —Tuviste toda la tarde para hacerlo, pero te quedaste con la esperanza de que te aceptara de nuevo. Mallory tragó con dificultad. En parte tenía razón. Incluso ahora, estaba tentada de volver a suplicarle de rodillas, pero el poco orgullo que había reunido en las últimas horas la mantenía de pie. —Por favor, solo déjame pasar —susurró débilmente—. Ya no quiero pelear contigo. Sebastian soltó una risa amarga. —Te quedarás en la habitación de invitados esta noche porque ya es tarde. No quiero que me culpen si te pasa algo. Pero mañana por la mañana, te vas. Dicho esto, se dio la vuelta y entró en el baño con Stella.Capítulo 46: ConsecuenciasMallory empezó a cocinar en cuanto llegó a casa. El personal de cocina se sorprendió al ver a la heredera cocinando; algunos incluso más al comprobar que de verdad sabía lo que hacía. Consiguió que Olivia y dos criadas más la ayudaran.Después de verter la masa de los cupcakes en los moldes, los metió en el horno e instruyó a una de las criadas para que los vigilara. Luego pasó a preparar la burrata. A mitad del segundo lote, la atención de Mallory se clavó en la puerta al oír a las criadas saludar a Michelle.La mirada de Michelle barreó la cocina; la sorpresa era evidente al darse cuenta de que su nieta era la causa del aroma tentador que tenía a toda la casa salivando.—Abuela —la saludó Mallory con una sonrisa—. No sabía que ya estabas levantada.—Lo estoy, querida. Mi nariz no podía ignorar este olor delicioso mucho más tiempo —dijo Michelle. Justo entonces el estómago le gruñó, haciendo reír a Mallory y a las criadas.—¿Ves a lo que me refiero? ¿Son bu
Capítulo 45: Esta vez será distinto—¿Emma? —soltó, casi dejando caer la bolsa que llevaba en las manos.—¡Dios mío, Mallory! —Los ojos de Emma se abrieron de par en par por la sorpresa antes de que el rostro se le iluminara con una sonrisa radiante. Las dos mujeres se abrazaron con fuerza—. ¿Dónde has estado? ¡Estás preciosa! —exclamó.Mallory soltó una risita; la mirada se le desvió hacia la mujer de cabello castaño rojizo que estaba junto a Emma. Forzó una sonrisa incómoda y esperó la presentación.—¡Oh, perdonadme, las dos! —dijo Emma con rapidez—. Rebekah, esta es Mallory. Mallory, esta es Rebekah… mi amiga y futura señora Dudley —añadió, casi chillando de emoción.Rebekah se sonrojó, sonriendo tímidamente. Estaba acostumbrada a que Emma anunciara su compromiso a cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar, y siempre le hacía gracia.Los ojos de Mallory se abrieron de par en par.—¿Tu hermano se casa?—¡Claro! Alguna diosa por fin le ha robado el corazón.El sonrojo de Rebekah
Capítulo 44: Es como un venenoMallory se revolvía en su cama grande y suave, incapaz de volver a dormirse después de una pesadilla sobre su hija. El encuentro con Lucien del día anterior le había rondado la mente hasta que el sueño por fin la reclamó… solo para despertar de un sobresalto apenas una hora después.Gimió de frustración. Últimamente sus noches estaban perseguidas por sueños recurrentes de sus padres fallecidos y de su hija, dejándola agotada antes siquiera de que empezara el día.La mente se le fue de nuevo a la oferta de Lucien, y una rabia fresca le hirvió por dentro. Ahora lo odiaba más que nunca… por atreverse a aprovecharse de su desesperación.Haría lo que fuera por recuperar a su hija. Pero esto no. Él no.El solo pensamiento de tener una relación con él le provocaba un escalofrío por la espalda. No del todo por cómo le había roto el corazón en el pasado, ni porque temiera que lo volviera a hacer. Sino porque, por muy difícil y vergonzoso que fuera admitirlo, sabí
Capítulo 43: Déjame ir yoLucien se volvió hacia ella; la mirada se le suavizó, menos hostil ahora, más conflictiva. No podía imaginar a su hermana siendo obligada a un matrimonio así. Si alguien lo intentaba, no dudaría en matarlo.Pero aquella no era su familia. No tenía derecho a meterse. Y aun así, no aliviaba su rabia.—Volvamos a la fiesta —dijo, sorprendiéndose incluso a sí mismo—. Y gracias por el regalo.Miró la pequeña caja envuelta en su mano, preguntándose brevemente qué habría dentro antes de guardársela en el bolsillo.La fiesta se alargó un par de horas más hasta que los invitados empezaron a irse poco a poco, dejando solo a Meara, su novio Javier, Margaret, Carl, Amiah y, por supuesto, a un Lucien que fulminaba con la mirada.Había intentado escabullirse varias veces, pero su madre no estaba dispuesta a permitirlo. Aún tenía algo planeado.Margaret se levantó, alisándose el vestido.—Hora del postre, niños.—Mamá, no hace falta que te esfuerces. Déjame ir yo —ofreció M
Capítulo 42: SorpresasFlashback: El día anteriorLucien condujo hasta la casa de su madre, la preocupación marcada en el rostro. Había recibido una llamada de que ella estaba enferma. Estaba en el gimnasio cuando Meara lo llamó, y ni siquiera se molestó en ducharse antes de salir disparado hacia el coche.Al llegar al recinto, donde las flores y los árboles estaban plantados con esmero, aparcó y frunció el ceño. El lugar estaba inusualmente silencioso. Dio largas zancadas hacia la entrada; una sensación de inquietud se le instaló por dentro.En el momento en que abrió la puerta principal, el corazón casi se le salió del pecho cuando una lluvia de confeti y serpentinas cayó sobre él, seguida de un coro ensordecedor.—¡FELIZ CUMPLEAÑOS!Lucien se quedó congelado, aturdido en silencio. El cuerpo y la cara le quedaron cubiertos de confeti brillante, y a través de la pequeña rendija de los ojos pudo distinguir rostros sonrientes.¿Cómo lograban hacerle la misma broma todos los años? ¿Y có
Capítulo 41: Su precioso rayito de solUna risa baja se le escapó a Lucien de la garganta, cargada de ironía, haciendo que la atmósfera ya tensa se volviera aún más incómoda.—Querías que me mantuviera lejos de ti —dijo—. …Y lo hice.Mallory jugueteaba con los dedos, evitando su mirada. Aún se arrepentía de las palabras duras que le había lanzado aquel día, palabras alimentadas por la rabia, el dolor y la frustración. Había hablado sin pensar, impulsada únicamente por la emoción. Y ahora estaba allí, buscando precisamente la ayuda que una vez había rechazado. Se sentía estúpida. La desesperación la había empujado, pero incluso ahora no lograba quitarse de encima la inquietante sensación de haber entrado voluntariamente en la guarida del diablo.—Siento cómo te hablé… No debería haber dicho aquellas cosas —murmuró. El corazón le latía a mil mientras esperaba la respuesta de Lucien. Cuando él permaneció en silencio, insistió—: Estaba enfadada. Me sentía vulnerable.Le costó todo lo que







