LOGINDevastada tras un matrimonio insoportable y la misteriosa desaparición de su hija, Mallory Pierce pensó que la vida no podía hacerle más daño... hasta que lo hizo. Sin hogar y traicionada por aquellos en quienes más confiaba, la única esperanza de Mallory es encontrar a su hija y vengarse del hombre que destruyó su vida. Pero cuando Lucien, su primer amor y el mismo hombre que la abandonó años atrás sin una sola explicación, reaparece con no solo secretos más oscuros de lo que ella jamás imaginó, sino también con un encanto al que no puede resistirse, Mallory ahora debe decidir si puede volver a confiar en él y aceptar su ayuda.
View MorePrólogo
Mallory salió tambaleándose del club. Las luces de colores se fundían en un borrón mientras intentaba no chocar contra la multitud que bailaba. Algo iba muy mal dentro de ella. Intentó recordar la bebida que había tomado antes. Solo fueron unos sorbos de un cóctel afrutado. No debería haberla dejado así. Pero ahora la cabeza le daba vueltas y un hormigueo extraño e desconocido le recorría el cuerpo. De camino a casa, trató de calmar su corazón desbocado. Un pensamiento inquietante no dejaba de susurrarle que aquel pequeño acto de rebeldía había sido una pésima idea. Su decimosexto cumpleaños se acercaba y, por una vez, había querido sentirse salvaje y libre. Por eso, después de que su tía Grace saliera hacia el burdel para empezar su turno, se escapó de casa. Dos días antes, había escuchado a una vecina hablar de la fiesta. Tras pensarlo detenidamente, decidió ir. El club de striptease quedaba a solo unas cuadras, lo que facilitaba entrar y salir sin que nadie se diera cuenta. Había falsificado su edad y su identificación, sonriendo con emoción mientras mentía para pasar a los gorilas. Tampoco le había dicho nada a Lucien; él podía ser demasiado protector y seguramente habría conseguido disuadirla. Pero ahora, con aquel calor extraño entre los muslos y la piel ardiendo y demasiado sensible, se daba cuenta de que su decisión quizá no había sido tan brillante. El impulso de tocarse se volvía cada vez más fuerte, pero se resistía. Nunca había hecho algo así. Miró hacia atrás, incapaz de quitarse de encima la sensación de que alguien la seguía. Aceleró el paso, casi trotando a pesar de que las piernas le pesaban como plomo. Seguía mirando por encima del hombro y respirando hondo, con la esperanza de que eso le aclarara la mente. Al menos le servía para que el corazón siguiera latiéndole a toda velocidad. «Tengo que llegar a casa antes de que vuelva Grace», se repetía. «O estaré en un lío mucho mayor». Y, sobre todo, necesitaba llegar sana y salva. A medida que el miedo crecía y el sonido de pasos detrás de ella se volvía más nítido, una idea repentina la asaltó. Sacó el teléfono para llamar a Lucien. Tal vez oír su voz la haría sentir más segura. Aunque también más excitada. Apartó ese pensamiento de inmediato. Apenas había empezado a marcar cuando chocó contra algo duro: el pecho de un hombre. El impacto la hizo retroceder tambaleándose. Con los tacones que llevaba, cayó pesadamente al suelo y el teléfono se le escapó de la mano. Jadeó al levantar la vista y encontrarse con unos ojos peligrosos que la miraban desde arriba. Gateando hacia atrás sobre las manos y las nalgas, intentó poner distancia. —¿Quién eres? —preguntó Mallory, con la voz temblorosa. El corazón le retumbaba aún más fuerte. El brillo naranja del cigarrillo del desconocido iluminaba su rostro duro y amenazante con cada calada. —Una chica tan guapa como tú, sola en la oscuridad. Eso es ser valiente —dijo el hombre. Se inclinó y le sopló el humo del cigarrillo directamente a la cara. Mallory se atragantó y tosió. Una sonrisa cruel se extendió por sus labios mientras unos ojos hambrientos y malvados la recorrían de arriba abajo. Dio un paso lento hacia ella, observándola como un gato a punto de saltar sobre un ratón. Mallory quería apartar la mirada, pero no podía. El miedo la tenía paralizada. Se obligó a ponerse de pie, pero entonces vio a otros dos hombres detrás de ella. Fue en ese momento cuando lo entendió: estaba completamente rodeada. —¿Quiénes sois? Por favor, dejadme en paz. No quiero problemas —suplicó. Intentó sonar valiente, pero la voz la delataba. El hombre grande del cigarrillo soltó una carcajada. —No te preocupes, preciosa. Lo haremos rápido. —Y lo disfrutarás todo como una buena chica —añadió otro desde atrás. Sus palabras le provocaron escalofríos que le recorrieron todo el cuerpo. De algún modo, sus piernas empezaron a moverse. Se escabulló entre ellos y corrió como si le fuera la vida en ello. Pero los tacones altos y la visión borrosa la ralentizaban. No llegó muy lejos antes de que un golpe potente la derribara al suelo. Vio estrellas. Un cuerpo pesado se abalanzó sobre ella, inmovilizándola contra el suelo mientras ella forcejeaba con desesperación. —¡Quítate de encima! ¡Quítate! —gritó, pataleando con todas sus fuerzas. Los otros dos hombres la sujetaron de los brazos mientras el que estaba encima intentaba desabrocharse los pantalones. Intentó gritar de nuevo, pero una mano le tapó la boca. Un horror puro le inundó la mente al pensar en lo que estaba a punto de suceder. —Yo que vosotros no haría eso —dijo una voz furiosa y helada desde la oscuridad. Los hombres soltaron inmediatamente a Mallory y se volvieron hacia el recién llegado. --- —Estás a salvo ahora, mi cariño. No tengas miedo. La voz de Lucien era suave y tranquilizadora mientras la llevaba en brazos hasta su habitación y la depositaba con delicadeza sobre la cama. Se sentó a su lado y la atrajo en un abrazo apretado, susurrándole palabras de consuelo. Pero ni siquiera con él allí estaba bien. El corazón seguía latiéndole desbocado, atormentado por los pensamientos aterradores de lo que habría pasado si Lucien no hubiera llegado a tiempo. Había estado demasiado ocupada luchando contra su agresor para ver cómo Lucien había derribado a los otros dos. Solo recordaba al tipo grande cayendo inconsciente después de que Lucien lo golpeara con un tablón de madera. Lucien solo tenía dieciocho años, pero era mucho más fuerte que la mayoría de los chicos de su edad. El corazón se le había llenado de pánico cuando contestó la llamada y escuchó voces extrañas de fondo. La había localizado de inmediato. Ni siquiera podía pronunciar en voz alta lo que casi le habían hecho. Solo estaba agradecido de que ella siempre le hiciera caso y mantuviera la ubicación activada. Había dejado a los agresores malheridos, pero primero tenía que ocuparse de Mallory. Sus lágrimas interminables le atravesaban el pecho como agujas. Ahora deseaba volver y acabar con ellos… despacio y con dolor. Cuando la adrenalina empezó a bajar, el extraño hormigueo entre las piernas de Mallory regresó con más fuerza. El peligro la había distraído un rato, pero ahora esa sensación se apoderaba de todo. Se inclinó y presionó los labios contra el cuello de Lucien, besándolo a lo largo de la mandíbula. Los ojos de Lucien se abrieron de golpe, sorprendidos. —¿Estás bien, mi cariño? —Su voz sonó baja y ronca. A Mallory siempre le había encantado que la llamara así, y ahora era como gasolina para sus deseos pecaminosos. El cuerpo de Lucien se tensó cuando Mallory se apretó más contra él. Podía sentir cómo su propio cuerpo reaccionaba, despertando sentimientos que siempre había intentado enterrar. —Te quiero a ti, Lucien —susurró Mallory, sentándose a horcajadas sobre él de repente. Esas palabras pusieron a prueba cada ápice de su autocontrol. Mallory notaba cómo se endurecía debajo de ella. Y el hecho de que Lucien la deseara, aunque intentara ocultarlo con todas sus fuerzas, la volvía loca de necesidad. —No sé qué me pusieron en la bebida, pero por favor… te necesito —dijo, tomándole el rostro entre las manos mientras se frotaba contra él. —Mallory… espera —dijo Lucien con esfuerzo, sujetándola de las caderas para detenerla—. Creo que te echaron un afrodisíaco en la bebida. Las palabras apenas le importaron a Mallory. Se quedó mirando el hambre que ardía en sus hermosos ojos color ámbar. Era distinto a la mirada malvada de los otros hombres. Ese hambre le aceleraba el corazón por una razón completamente diferente. Mallory se levantó un poco y volvió a colocarse sobre él. Lucien cerró los ojos un instante antes de obligarse a abrirlos de nuevo. —Podemos probar otras cosas —sugirió con la voz tensa—. Un baño frío, o puedo usar los dedos. No estás en tus cabales, Mal. No puedo permitir que hagas algo de lo que te arrepientas después. Algo de lo que *él* se arrepentiría. —No quiero un baño. Te quiero a ti, quiero que me tomes entera, Lucien —susurró ella lentamente, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Por favor, no me digas que no. *M****a…* Lucien se estremeció, apretando el puño. La deseaba con desesperación —siempre la había deseado—, pero este momento se sentía mal. Igual que negársela. Porque si por la mañana ella lo miraba de otra forma, lo mataría. Esta no era la verdadera Mallory. Ella nunca se lanzaría así sobre nadie. Tenía que parar… Mallory se inclinó y reclamó sus labios en un beso feroz que borró al instante todos sus pensamientos y le hizo olvidar cada línea prohibida que había jurado no cruzar jamás.Capítulo 46: ConsecuenciasMallory empezó a cocinar en cuanto llegó a casa. El personal de cocina se sorprendió al ver a la heredera cocinando; algunos incluso más al comprobar que de verdad sabía lo que hacía. Consiguió que Olivia y dos criadas más la ayudaran.Después de verter la masa de los cupcakes en los moldes, los metió en el horno e instruyó a una de las criadas para que los vigilara. Luego pasó a preparar la burrata. A mitad del segundo lote, la atención de Mallory se clavó en la puerta al oír a las criadas saludar a Michelle.La mirada de Michelle barreó la cocina; la sorpresa era evidente al darse cuenta de que su nieta era la causa del aroma tentador que tenía a toda la casa salivando.—Abuela —la saludó Mallory con una sonrisa—. No sabía que ya estabas levantada.—Lo estoy, querida. Mi nariz no podía ignorar este olor delicioso mucho más tiempo —dijo Michelle. Justo entonces el estómago le gruñó, haciendo reír a Mallory y a las criadas.—¿Ves a lo que me refiero? ¿Son bu
Capítulo 45: Esta vez será distinto—¿Emma? —soltó, casi dejando caer la bolsa que llevaba en las manos.—¡Dios mío, Mallory! —Los ojos de Emma se abrieron de par en par por la sorpresa antes de que el rostro se le iluminara con una sonrisa radiante. Las dos mujeres se abrazaron con fuerza—. ¿Dónde has estado? ¡Estás preciosa! —exclamó.Mallory soltó una risita; la mirada se le desvió hacia la mujer de cabello castaño rojizo que estaba junto a Emma. Forzó una sonrisa incómoda y esperó la presentación.—¡Oh, perdonadme, las dos! —dijo Emma con rapidez—. Rebekah, esta es Mallory. Mallory, esta es Rebekah… mi amiga y futura señora Dudley —añadió, casi chillando de emoción.Rebekah se sonrojó, sonriendo tímidamente. Estaba acostumbrada a que Emma anunciara su compromiso a cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar, y siempre le hacía gracia.Los ojos de Mallory se abrieron de par en par.—¿Tu hermano se casa?—¡Claro! Alguna diosa por fin le ha robado el corazón.El sonrojo de Rebekah
Capítulo 44: Es como un venenoMallory se revolvía en su cama grande y suave, incapaz de volver a dormirse después de una pesadilla sobre su hija. El encuentro con Lucien del día anterior le había rondado la mente hasta que el sueño por fin la reclamó… solo para despertar de un sobresalto apenas una hora después.Gimió de frustración. Últimamente sus noches estaban perseguidas por sueños recurrentes de sus padres fallecidos y de su hija, dejándola agotada antes siquiera de que empezara el día.La mente se le fue de nuevo a la oferta de Lucien, y una rabia fresca le hirvió por dentro. Ahora lo odiaba más que nunca… por atreverse a aprovecharse de su desesperación.Haría lo que fuera por recuperar a su hija. Pero esto no. Él no.El solo pensamiento de tener una relación con él le provocaba un escalofrío por la espalda. No del todo por cómo le había roto el corazón en el pasado, ni porque temiera que lo volviera a hacer. Sino porque, por muy difícil y vergonzoso que fuera admitirlo, sabí
Capítulo 43: Déjame ir yoLucien se volvió hacia ella; la mirada se le suavizó, menos hostil ahora, más conflictiva. No podía imaginar a su hermana siendo obligada a un matrimonio así. Si alguien lo intentaba, no dudaría en matarlo.Pero aquella no era su familia. No tenía derecho a meterse. Y aun así, no aliviaba su rabia.—Volvamos a la fiesta —dijo, sorprendiéndose incluso a sí mismo—. Y gracias por el regalo.Miró la pequeña caja envuelta en su mano, preguntándose brevemente qué habría dentro antes de guardársela en el bolsillo.La fiesta se alargó un par de horas más hasta que los invitados empezaron a irse poco a poco, dejando solo a Meara, su novio Javier, Margaret, Carl, Amiah y, por supuesto, a un Lucien que fulminaba con la mirada.Había intentado escabullirse varias veces, pero su madre no estaba dispuesta a permitirlo. Aún tenía algo planeado.Margaret se levantó, alisándose el vestido.—Hora del postre, niños.—Mamá, no hace falta que te esfuerces. Déjame ir yo —ofreció M
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