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Capítulo 1: Divorcio

Author: Nate
last update publish date: 2026-07-23 18:05:48

Capítulo 1: Divorcio

Seis años después

—¡Quiero el divorcio, Sebastian! ¡No lo soporto más! —Las palabras se le escaparon antes de que Mallory pudiera detenerlas.

Un silencio pesado llenó la habitación.

Sus piernas temblaban de puro agotamiento. Había aguantado la crueldad de Sebastian en privado durante años, pero la humillación pública de la noche anterior había sido la gota que colmó el vaso. Él había organizado una fiesta, la había obligado a servir como una de las camareras y luego había anunciado su compromiso con Stella.

Nunca en su vida se había sentido tan avergonzada.

En lugar de arrepentirse, Sebastian estaba furioso.

El escándalo en los medios solo empeoró las cosas. Stella había mentido descaradamente diciendo que Mallory le había arañado los ojos, cuando lo único que hizo Mallory fue responder a la bofetada que Stella le dio primero.

Todo empezó cuando Mallory derramó accidentalmente unas copas sobre el carísimo vestido de Stella. Esta la llamó “zorra torpe” y le cruzó la cara. Sebastian pasó el resto de la noche en el hospital con ella.

Ahora estaba frente a Mallory, amenazándola con convertirle la vida en un infierno. Ella no podía imaginar nada peor que lo que ya estaba viviendo, y todo por haberse defendido.

Quizá había sido una tonta por casarse con un hombre por pura desesperación.

Ninguna decisión precipitada había terminado bien nunca.

Su mente retrocedió hasta el comienzo de todo. Seis años atrás, estaba en su habitación cuando John, uno de los mejores clientes de la tía Grace, irrumpió sin llamar. Se enfureció, pero el verdadero shock llegó cuando descubrió que su tía había planeado venderla a ese viejo como esposa. El hombre casi la había violado.

Esa misma noche, Mallory huyó y terminó en un bar. Solo quería ahogar su dolor en alcohol… y allí conoció a Sebastian.

Cuando él le ofreció matrimonio, aceptó sin pensarlo dos veces. Le pareció su salvador. Al principio era dulce y atento, así que no cuestionó nada.

Pero un mes después se dio cuenta de que solo había cambiado una cárcel por otra.

La voz cortante de Sebastian la devolvió al presente.

—¿Qué acabas de decir?

Sonaba sorprendido. Le había lanzado papeles de divorcio incontables veces antes, pero ella siempre los había roto.

Siempre supo que terminaría rompiéndose, pero nunca imaginó que sería tan pronto.

Stella le había aconsejado hacer público su compromiso y él se alegraba de haberle hecho caso.

A Mallory se le formó un nudo en la garganta. Una pequeña parte de ella aún esperaba que él se negara al divorcio, tal como ella siempre había rechazado sus papeles.

—Estaba enfadada —dijo en voz baja.

Extendió la mano para tocarlo, pero Sebastian le apartó la mano de un manotazo.

—¡Es lo mejor que has dicho en tu vida, Mallory! —Sus palabras cortaron como cuchillos—. En cuanto llegue a la oficina, le diré a mi abogado que te mande los papeles.

Pasó por su lado, pero Mallory le bloqueó el camino rápidamente, con los ojos llenos de lágrimas.

—Por favor, no hagas esto, Sebastian. Todavía te amo.

El asco inundó los ojos de él. Ella había visto esa mirada muchas veces, pero hoy dolía mucho más.

—Ayer humillaste el apellido Kingsford con tu numerito, ¿y ahora quieres hablar de amor? —espetó—. Quiero que te largues mientras limpio el desastre que has montado.

—Sebastian…

—Después del divorcio, te daré una casa si te preocupa quedarte en la calle —Sus dedos fríos le rozaron la mandíbula. No había ni una gota de calor en ese contacto—. Los dos sabemos que nunca te quise, Mallory. Me casé contigo para conseguir la herencia de mi abuelo, y tú a cambio tenías un techo sobre tu cabeza. Ese era el trato, sobre todo porque Stella no estaba preparada en ese momento. Pero ahora sí lo está, y mi abuelo ya está muerto.

Una sola lágrima rodó por la mejilla de Mallory.

Una esposa suplente.

Eso era todo lo que había sido.

Lo había sabido desde el primer mes de matrimonio, cuando los encontró en la cama juntos. Sebastian hacía el amor con Stella con verdadera pasión, algo que nunca le había mostrado a ella.

Se había disculpado y lo había llamado un error. Pero desde ese día, ella solo fue su esposa de nombre. Sebastian se volvió frío y hostil poco a poco.

Ahora ni siquiera ese título le quedaba.

Su corazón se sentía como una piedra pesada que se hundía cada vez más.

Cuatro años de matrimonio.

Cuatro años de sumisión.

Cuatro años de dolor.

¿De verdad se merecía esto?

Sebastian intentó marcharse de nuevo, pero ella lo agarró del brazo.

—¿En qué me equivoqué, Sebastian? Fui una esposa perfecta. Siempre estuve ahí para ti.

Sentía que le debía todo por haberla salvado aquella noche, por eso había aguantado todo, con la esperanza de que algún día él reconociera su valor.

—No volveremos a pelear, te lo prometo —siguió suplicando—. Stella puede unirse a nosotros… Podemos ser una gran familia feliz.

Sebastian soltó una carcajada fuerte, temblando de la risa.

—¿Una gran familia feliz? —Se rio aún más fuerte—. Eres increíble. Y muy graciosa, tengo que admitirlo.

Sabía que sonaba patética, pero no le importaba. Su corazón estúpido aún lo deseaba.

Le habían enseñado que el amor era paciente y que, si luchabas con suficiente fuerza, al final ganabas.

¿Por qué estaba perdiendo ahora?

¿No había luchado lo suficiente?

—Ya no te quiero, Mallory. Siempre ha sido Stella —dijo él con frialdad cuando se calmó.

—¡Stella te rechazó la noche que me conociste! ¡¿Cómo puedes haberlo olvidado?! —gritó Mallory.

Sebastian la ignoró y se marchó definitivamente.

Mallory se dejó caer lentamente al suelo frío, abrumada por el dolor.

Unos minutos después, sonó su teléfono. Era Evelyn Kingsford, la madre de Sebastian. Mallory dudó antes de contestar.

Como su hijo, Evelyn siempre la había tratado con desprecio.

“Cazafortunas estéril”. Así la llamaba siempre. Pero Mallory nunca reveló que era Sebastian quien se negaba a tener hijos. Jamás habló de sus escasos y fríos encuentros íntimos, que solo ocurrían cuando él necesitaba olvidar sus problemas.

—Niña miserable, trayendo vergüenza a la familia Kingsford, ¿eh? —escupió Evelyn con veneno.

Mallory permaneció en silencio, lo que solo enfureció más a la mujer.

—Veo que vivir con nosotros te ha hecho olvidar lo que realmente eres: una don nadie —continuó—. Pero no lo olvides: si desaparecieras, nadie te echaría de menos, Mallory.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Olvídate de todas las ventajas del divorcio, incluida la casa que Sebastian te prometió. ¿Entendido?

—S-sí —respondió Mallory de inmediato, sacudiendo la cabeza como si Evelyn pudiera verla.

—No mereces nada. Tu vida ya fue pago suficiente por el tiempo que pasaste con nosotros. Así que vete en silencio mientras aún puedas.

La llamada se cortó.

Mallory contuvo las lágrimas. Odiaba sentirse tan débil, y sin embargo eso era lo único que había sido siempre.

Poco después de terminar de hacer las maletas, llegó el abogado de Sebastian. Bajó las escaleras y se quedó mirando los papeles del divorcio.

Recordó cuántas veces había roto esos mismos papeles en el pasado, negándose a rendirse. Pero esta vez los firmó con mano temblorosa.

Tal como Evelyn le había advertido, no recibió nada. Ni un solo centavo.

Lo había perdido todo.

Su matrimonio.

A sí misma.

Su futuro.

Mientras subía de nuevo las escaleras, Sebastian llamó.

—Mallory, necesito que te vayas lo antes posible. Stella ya fue dada de alta. La traeré a casa en cuanto esté lista.

La llamada terminó sin darle oportunidad de responder. De todos modos, ya no le quedaban palabras.

De pronto una náusea violenta la golpeó. Corrió al baño y vomitó con fuerza. Cuando por fin salió, un terrible dolor de cabeza la obligó a tumbarse en la cama. Los recuerdos la invadieron.

Esa era la misma cama que había compartido con Sebastian. La misma cama donde solo habían tenido momentos fríos y vacíos. Después de que Stella regresara, Sebastian casi nunca la tocaba. Y cuando lo hacía, era solo para olvidar sus problemas con la otra.

Lloró en silencio en la habitación vacía.

Recordó la vez que fue tan brusco con ella que sangró. Después desapareció durante una semana entera.

Mirando hacia atrás, ahora entendía la verdad: aquello nunca había sido un matrimonio real.

Era una jaula.

Había aprendido dos de las peores cosas que le pueden pasar a una mujer en un mundo que favorece a los hombres: no tener familia que la proteja de la crueldad de la sociedad, y depender completamente de un hombre. Especialmente del hombre equivocado.

Mallory era víctima de ambas.

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