LOGIN—¿Creíste que no te reconocería?
La puerta del archivo se cerró con fuerza detrás de Avery.
La mano que sostenía la carpeta fue atrapada de inmediato.
Dominic Moretti estaba de pie frente a ella. Su cuerpo alto bloqueaba la salida como un muro. Sus dedos se cerraban firmemente alrededor de la muñeca de Avery.
—No lo conozco. Suéltame —dijo Avery con frialdad.
Dominic no respondió. Sus ojos recorrieron el rostro de la mujer con intensidad, como si los últimos seis años jamás hubieran existido.
—Han pasado seis años —dijo Dominic en voz baja.
Avery intentó liberar su mano, forcejeando.
—Tengo que volver al trabajo.
Dominic presionó su muñeca contra la mesa.
—Tu muñeca izquierda —dijo, como recordándole algo.
Avery se quedó inmóvil.
Dominic giró ligeramente su mano, sus ojos buscando algo en aquella piel.
Una pequeña cicatriz. Una marca de nacimiento en forma de media luna. La señal que había estado buscando todo este tiempo.
Pero se quedó sorprendido al ver la piel limpia, sin ninguna marca.
Dominic entrecerró los ojos. Aún no podía creer lo que veía.
—Imposible… esto no puede ser. ¿Dónde está esa marca de nacimiento, Avery?
Avery retiró su mano con brusquedad y lo miró con dureza.
—Esto ya es demasiado, señor Moretti.
Dominic la observó fijamente. Su respiración se volvió pesada. Estaba completamente seguro de que la mujer frente a él era Avery.
—Deja de fingir.
Avery acomodó la manga de su blusa y sonrió con calma, con un toque de burla.
—¿Parecía que estaba fingiendo?
Dominic dio un paso más cerca.
—Avery.
El nombre quedó suspendido en el aire. Dominic volvió a mirarla a los ojos.
Como un secreto enterrado durante demasiado tiempo.
Avery lo miró sin expresión.
—Lo siento —dijo—. Se ha equivocado de persona.
Dominic soltó una breve risa. Estaba a punto de perder la paciencia porque Avery se negaba a admitir la verdad. Era demasiado imposible encontrar a alguien con un rostro tan idéntico, y él no era un hombre que creyera fácilmente en una coincidencia así.
—Ni siquiera intentas negarlo bien.
Avery alzó una ceja.
—No sé quién es esa Avery de la que habla.
Dominic apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia adelante. La distancia entre ellos era demasiado corta; podían sentir el aliento del otro.
—No hagas esto.
Avery sostuvo la mirada de Dominic. Sus ojos parecían cansados, pero eso no le importaba. Aquellos ojos gris oscuro seguían siendo los mismos: fríos, intimidantes y peligrosos.
Pero esta vez había algo más.
Ira.
Y algo todavía más profundo.
—Realmente no entiendo —dijo Avery con calma—. Mi nombre es Ava Clarke. Nací en Vancouver. Trabajo como traductora.
—Estás mintiendo —interrumpió Dominic. Estaba convencido de que ella era su esposa.
—¿A quién le estaría mintiendo? Ni siquiera lo conozco.
La paciencia de Dominic se desmoronaba cada vez más. Golpeó la mesa con la mano. El estruendo resonó en la pequeña sala.
Avery no retrocedió.
Dominic la miró durante largo rato.
—Tus ojos.
Avery guardó silencio.
—No es solo tu rostro. Tu postura… todo. Avery no tenía gemelas ni hermanas. Deja de evadirlo.
Avery esbozó una leve sonrisa. Tenía muchas formas de esquivar aquello.
—Olvidas que se dice que todos tenemos siete dobles en el mundo. Quizá yo sea uno de ellos, alguien que se parece a la mujer que mencionaste.
Dominic dio otro paso más cerca.
—Tu manera de estar de pie.
Avery cruzó los brazos.
—A eso se le llama estar de pie.
Dominic la observó como si intentara atravesar su piel.
—Tu forma de hablar… todo es igual.
Avery suspiró.
—Si esto tiene que ver con asuntos de trabajo, estoy dispuesta a ayudar a tu empresa. Si no, debo volver a trabajar.
Dominic se quedó en silencio, observándola.
Avery tomó su carpeta de la mesa.
—¡Con permiso!
Luego caminó hacia la puerta.
Dominic no la detuvo.
Pero cuando la puerta estaba a punto de abrirse, habló en voz baja.
—Avery no murió.
Avery se detuvo un segundo.
Solo un segundo.
Luego abrió la puerta y salió sin mirar atrás.
Dominic quedó solo en el archivo, con las manos aún apretadas en puños.
Él mismo había visto aquella explosión. Había sostenido la bufanda chamuscada de Avery, y también había permanecido en ese muelle hasta el amanecer.
Sin embargo, aquella mujer llamada Ava Clarke… su forma de caminar, de mirar, de negarse a retroceder cuando se enfadaba… era exactamente como Avery.
Dominic cerró los ojos por un momento.
—Debes seguir viva, Avery —murmuró.
Volvió a abrirlos.
—Te encontraré.
---
Los días siguientes se transformaron en un juego silencioso.
Dominic no volvió a preguntarle nada. Pero la observaba desde lejos; la curiosidad seguía viva en su interior.
Por la mañana, Avery llegaba a la oficina a las ocho y media. Siempre traía café de una pequeña cafetería en la esquina de la calle y luego trabajaba con tranquilidad.
Hablaba con todos de manera profesional. No había errores ni nerviosismo.
Como si su vida siempre hubiera sido simple.
Dominic estaba sentado en su coche negro al otro lado de la calle. Marco ocupaba el asiento delantero.
—Don —dijo Marco con cautela—. Hoy es el tercer día que observamos a esa mujer.
Dominic no respondió. Sus ojos permanecían fijos en la puerta del edificio.
—¿Estás seguro de que esto es buena idea?
Finalmente Dominic habló, sin apartar la mirada.
—La viste, ¿verdad?
Marco asintió con desconcierto. El mismo rostro. Pero recordaba aquella noche de la explosión.
—Sí… realmente se parece.
Dominic giró la cabeza.
—¿Se parece?
Marco se encogió de hombros.
—Un rostro puede cambiar en seis años.
Dominic suspiró y desvió la mirada hacia la calle.
—Pero los movimientos no.
Marco guardó silencio.
Dominic abrió una carpeta delgada sobre su regazo: la identidad que había estado investigando.
Ava Clarke, treinta años. Traductora independiente. Historial laboral impecable. Ninguna conexión con Italia. Sin antecedentes penales ni pasado sospechoso.
Demasiado limpio.
Dominic cerró la carpeta, con el ceño fruncido.
—Está mintiendo.
—¿Cuál es tu plan, Don? —preguntó Marco, confundido.
—Síguela. Veamos adónde vuelve.
Aquella tarde Avery salió de la oficina como siempre, con un abrigo gris y el cabello recogido de manera sencilla.
Dominic la siguió a distancia. El coche de Avery era pequeño.
El coche negro de Dominic resultaba demasiado llamativo, así que la siguió manteniendo una distancia prudente.
Las calles de la pequeña ciudad estaban tranquilas. Las farolas comenzaban a encenderse.
El coche de Avery se detuvo frente a un edificio de apartamentos sencillo de tres plantas, con la pintura blanca algo desgastada.
Dominic apagó el motor y esperó dentro del coche.
Avery salió, llevando su bolso de trabajo y una pequeña bolsa de compras.
Dominic salió de su vehículo sin hacer ruido y entró al edificio unos segundos después que ella.
El pasillo del edificio era estrecho, y la luz fluorescente parpadeaba suavemente.
Dominic se quedó en las sombras cerca de la escalera.
Escuchó cómo los pasos de Avery se detenían al final del pasillo.
El sonido de una llave girando. La puerta se abrió y Avery entró.
Dominic la observó durante veinte segundos, a punto de irse.
Pero entonces se sorprendió al escuchar la voz de un niño pequeño dentro del apartamento.
Pasos rápidos.
La puerta volvió a abrirse.
Un niño pequeño salió corriendo y abrazó a Avery con fuerza.
—¡Mamá!
La voz era brillante, llena de alegría.
Dominic se quedó paralizado en su lugar, conmocionado por la escena.
Avery se agachó cuando el niño chocó contra su abrazo.
—¿Mamá volvió?
Avery soltó una risita. El cansancio de todo el día de trabajo desapareció al instante.
—Claro que sí. Mamá siempre vuelve, cariño.
Dominic no podía ver su rostro con claridad desde las sombras.
Pero el niño tomó el rostro de Avery con sus pequeñas manos.
—Mamá prometió llevarme a comer pasta esta noche.
Avery besó la mejilla del adorable Leo.
—Por supuesto. Comeremos toda la pasta que queramos.
El niño aplaudió y rió feliz.
Luego giró ligeramente hacia el pasillo, quedando su rostro iluminado por la luz fluorescente por un instante.
Y Dominic lo vio con claridad.
De repente, el mundo se detuvo.
Cabello negro. Una pequeña mandíbula firme. Y unos ojos grises afilados que él conocía demasiado bien.
Dominic contuvo el aliento al ver al niño sonreír.
Una sonrisa suave que le recordó a alguien.
A alguien a quien extrañaba.
Avery se levantó y tomó la mano del niño.
—Vamos adentro —dijo con suavidad.
La puerta comenzó a cerrarse.
Pero antes de que se cerrara por completo, el niño habló otra vez con voz alegre.
—¡Mamá, mañana quiero ir contigo a la oficina!
Dominic permaneció en la oscuridad del pasillo, inmóvil.
Un solo pensamiento golpeó su mente como un rayo.
Avery seguía viva.
Y ese niño…
Ese niño podría ser suyo.
—En esta colina, ya no veo a un tirano —Avery hizo una pausa, girando el rostro para mirar al hombre a su lado—.—Sino al hombre que me salvó.El viento nocturno de las colinas de Singapur soplaba con cierta fuerza, barriendo la superficie del césped y trayendo consigo un frío que se filtraba lentamente en la piel.Debajo de ellos, las luces de la ciudad brillaban intensamente, densas, y aun así parecían tan lejanas. Ya no había el silbido ensordecedor de las balas. No había olor a pólvora impregnado en la ropa, solo un silencio extraño.Dominic volvió la mirada. Sus ojos, normalmente fríos y vigilantes, ahora se suavizaban con un calor inusual. No respondió de inmediato. Su mano firme se alzó para apartar con cuidado algunos mechones del cabello de Avery, desordenados por el viento, colocándolos detrás de su oreja. Su tacto era suave, casi demasiado delicado para alguien cuyas manos habían derramado tanta sangre.—Hablas demasiado esta noche, Avery —susurró Dominic. Su voz era grave,
—Sonríe, papá. Esa cara tan rígida solo arruinará la foto polaroid.Leo dijo aquello con un tono relajado y burlón desde detrás del lente de la cámara de mica negra en su mano.El adolescente de dieciséis años se mantenía erguido sobre la alfombra de césped verde del patio trasero de la mansión.Sus ojos grises se entrecerraban con concentración, encuadrando la composición de la gran familia reunida bajo la sombra de un frondoso árbol.Frente a él, Dominic Moretti se vio obligado a aflojar la mandíbula firme que de pronto se le había tensado; su rostro se sentía extraño al tener que sonreír ampliamente frente a una cámara. Durante años en el mundo clandestino, se había acostumbrado a llevar una expresión plana, sin emociones. ¿Y ahora? Era su propio hijo quien le pedía que sonriera.A su lado, Avery reía con ligereza mientras acomodaba el chal de algodón fino sobre su hombro. Sus dedos esbeltos arreglaban los pliegues de la tela que el viento de la tarde había desplazado.—Mi cara ya
—Tu casa siempre se siente como un jardín de infancia a escala internacional, Dominic —soltó Julian Valenti entre risas claras.Su voz rompió de inmediato el silencio del corredor delantero de la mansión, que hasta entonces permanecía en calma. El hombre entró con paso relajado, dejando desabrochado el primer botón de su camisa de lino.A su lado, Lyra caminaba con elegancia, sosteniendo una cesta de mimbre llena de pastel de manzana. El aroma se expandió enseguida: canela y manzana horneada, un perfume tentador que llenaba el aire.Detrás de ellos, el repiqueteo de pequeños pasos ágiles resonó sobre el suelo de mármol. Su hijo de ocho años se adelantó corriendo mientras conducía un balón de fútbol de cuero. Justo detrás, su hermana menor, de siete años, lo perseguía abrazando su conejo de peluche tejido favorito.—Las puertas de esta casa siempre están abiertas para contener la energía extraordinaria de tus hijos, Julian —respondió Dominic con amabilidad.Extendió la mano y estrechó
—Quienquiera que piense que controlar a las cinco facciones de la mafia es difícil, es porque nunca ha intentado prohibirles a Alex y a Alexa que se suban al árbol de mango del patio trasero.Dominic Moretti gruñó entre dientes mientras se masajeaba el puente de la nariz, aquejado por una jaqueca que lo atormentaba desde el amanecer. Aquella imponente figura que en el pasado infundía terror en toda Italia se encontraba ahora indefensa en medio de la sala de estar. Su camisa de vestir azul ya lucía arrugada, incluso antes de que pudiera dar un solo paso hacia el garaje subterráneo.Frente a él, Alex, que ahora tenía nueve años, corría a toda velocidad alrededor del sofá de cuero, soltando carcajadas estruendosas. El pequeño sostenía con fuerza un fajo de documentos que contenía los informes de análisis del mercado inmobiliario de su padre.Los diminutos pasos de Alex dejaban a su paso briznas de césped del jardín, que quedaban adheridas a la costosa alfombra de lana de la sala.—¡Devue
—No vuelvas a buscarme en el mundo subterráneo, porque el nombre de Dominic Moretti hace mucho que fue borrado del árbol genealógico de la familia Moretti en Italia.Dominic Moretti pronunció aquella frase con voz fría, pero había un alivio imposible de ocultar.Los dedos de sus manos, fuertes, se movían lentamente sobre la pantalla de un dispositivo táctico negro que aún permanecía encendido.La luz azulada de aquel viejo teléfono hacía que su rostro firme luciera más sereno de lo habitual.Estaba apoyado en el borde de una mesa de madera de teca, en su silencioso despacho privado. La notificación que había llegado unos minutos antes lo había sobresaltado, pero resultó no ser una amenaza de las facciones armadas europeas. Línea tras línea de aquel texto encriptado fluía con información legal enviada directamente por un representante de una firma independiente en Palermo.—¿Ese mensaje de Europa trae malas noticias para nuestra paz, Dominic? —preguntó Avery en voz baja desde el umbral
—No tengas miedo. Recuerda quién eres en esta casa, Leo.Dominic Moretti se aseguró de que esas palabras se transmitieran con claridad. Su voz era baja, grave, la de un padre que exige toda la atención de su hijo.Junto a la mesa de mármol de la cocina, sus manos robustas se movían con esmero, acomodando el cuello del uniforme de primaria de Leo. La camisa blanca le quedaba perfecta, resaltando la firmeza de sus hombros, herencia directa de su padre.A su lado, Avery estaba ocupada guardando la lonchera dentro de la mochila. Las mañanas en su nueva residencia en las colinas de Singapur siempre eran bulliciosas con asuntos domésticos como ese.Pero hoy era distinto. Las largas vacaciones habían terminado, al igual que el periodo de recuperación tras el trauma que había mantenido a su familia aislada del mundo exterior.—No le tengo miedo a matemáticas, papá —murmuró Leo, con la mirada fija en la punta de sus zapatos—. Solo… me siento raro.—¿Raro por qué, campeón? —Dominic detuvo sus m







