INICIAR SESIÓNEl día de su cumpleaños llegó sin ningún significado para ella, más allá de ser la mayoría de edad, que era esencial para que le permitieran quedarse con sus hermanos.
Ya hacía mucho rato que había llegado al hospital, luego de dejar a los pequeños en el colegio. Esperaba la llegada del pediatra que le diría como evolucionaba la bebé. Quería llevarla a casa, para comenzar a resolver las cosas. Necesitaba darles una sensación de normalidad a los niños.
Al ver llegar al médico, se acercó a él y lo abordó.
—Buenos días, doctor, ¿ha visto ya a mi hermanita? Daniela Vivas.
— Sí, ya la examiné y está muy bien, de hecho, creo que ya voy a darla de alta, hoy mismo podrás llevarla a casa, pero necesito que la traigas a control, al menos una vez al mes. Es esencial comprobar su evolución.
— Sí, la traeré, se lo aseguro, entonces ¿puedo llevármela?
— Así es, te haré todo lo que necesitas. Ven conmigo para entregarte sus indicaciones.
Una hora después, caminaba a casa con la niña en brazos, y fue hasta ahora, cuando notó el enorme parecido de la criatura con su madre. Ningún otro se le parecía tanto. Todos eran distintos entre sí, demasiado parecidos a sus respectivos padres. Bárbara, alta, piel blanca y cabello negrísimo como sus ojos enormes, los gemelos, con ojos castaños rasgados, facciones finas y de talla pequeña; Roselyn absolutamente rubia y de ojos verdes. Sólo esta pequeña se parecía a la madre que no llegó a conocer.
El destino era así.
Tan pronto instaló a la bebé en la cunita que los había visto crecer a todos, la tía Engracia y Xiomara vinieron a conocerla. Conversaron un rato, tomando café, mientras los pequeños jugaban con su nueva hermanita, y Bárbara le pidió a Xiomara que los viera un momento mientras hablaba con don Juvencio. Fue hasta allí, y llegaron al acuerdo de que la joven trabajaría medio día, mientras sus hermanos estaban en el colegio, y durante la mañana, podría tener a la bebé con ella. No ganaría un gran sueldo, de hecho, era muy poco, no sería suficiente para mantenerse, pero era algo. Ya vería cómo hacer para ganar algo más. Cuatro niños requerían muchos gastos.
Así comenzó Bárbara a ser ayudante de pastelería en el negocio de don Juvencio. Y descubrió que le gustaba realmente lo que hacía y con su jefa inmediata, aprendía cada día los secretos de la pastelería. Daniela, crecía rápidamente, y ya casi llegaba a la talla normal para su mes y medio de nacida. Esa tarde, Bárbara llegó a casa con los niños y encontró a aquella mujer alta y delgada, con un maletín en sus manos, y gafas de lentes muy gruesas, parada frente a su puerta.
— ¿Eres Bárbara Vivas? Soy trabajadora social, y vengo a verificar el estado de tus hermanos.
— Todos estamos muy bien ¿por qué no nos dejan en paz? Quiero que mis hermanos comiencen a tener normalidad en sus vidas y superen lo de nuestra mamá.
— Porque el Estado debe cuidar de que tengan lo necesario.
— Si es así, por qué no se ocupan de proveerle ayuda. ¡Sólo les interesa quitármelos! Y yo soy quien les da lo que necesitan, soy su única familia. ¿Cuál es el afán por separarnos? ¿Creen que estarán mejor en un refugio, con gente extraña que conmigo? ¡Por favor! ¿Es que sólo les pueden dar de comer si se los llevan? Pues, déjeme decirle que están bien, comen cada día, van al colegio, duermen en sus propias camas, visten limpio, yo me ocupo de todo, y trabajo para darles lo que requieran.
— Y la bebé ¿con quién está mientras trabajas?
— Conmigo, me permiten tenerla allí, no les falta nada.
— Eso no es sano para una bebé prematura, no podrás seguir llevándola contigo. Las condiciones de tu trabajo no son las mejores.
— ¿Cómo sabe usted eso?— preguntó recelosa.
— Ya he averiguado sobre tu trabajo y creo que con lo que ganas no podrás sostener a los niños.
Ya ella sabía eso, y sabía también que debía hacer algo al respecto.
— Lo sé, y pronto tendré otro trabajo que me pagará mejor. Mi vecina va a cuidar de los niños mientras lo hago.
— ¿Y dónde será ese trabajo?— dijo con dudas la mujer — ¿Cuándo comienzas?
— Pronto, aún no sé dónde va a ser. Me van a avisar.
— Volveré en una semana, por esa nueva información — la miró seria a través de los gruesos anteojos. — Más vale que la tengas.
— La tendré— respondió secamente y con seguridad. —Más les vale que nos dejen en paz.
La mujer la miró con curiosidad. Era una chica valiente.
— Escúchame bien, Bárbara, no somos tus enemigos. Nosotros...
— Sí lo son, mientras pretendan llevarse a mis hermanos— la miró de frente— No se los voy a permitir, son mi familia y no me la van a quitar. Voy a darles toda la guerra que sea necesaria pero no me los van a quitar, lo que sea que deba trabajar, no me importa: mis hermanos se quedan conmigo.
— Veremos, nos vemos la próxima semana.
La trabajadora social se marchó y Bárbara entró con los niños a la casa. Sólo para darse cuenta de que los gemelos, que habían estado muy callados mientras volvían del colegio, tenían fiebre alta. La joven les dio un baño tibio y medicación para la fiebre. Habría que vigilar que no subiera más. Atendió a las pequeñas y se dedicó a poner paños frescos en las frentes de los niños. Un par de horas después se dio cuenta de que no bajaba la temperatura y se decidió a llevarlos al hospital.
Dejó a las niñas con la vecina y se fue con los varones. Allí los revisaron y dijeron que era un virus, y les recomendaron reposo y antipiréticos.
Los llevó a casa y se preguntó qué haría con los niños mientras trabajaba. La tía Engracia no podría cuidarlos, porque estaría en su trabajo atendiendo un puesto de verduras en el mercado y Xiomara estaría en clases. Tendría que faltar al trabajo, y no podía darse el lujo de perder su empleo.
Mientras pensaba en eso, sentada en la cocina, escuchó que llamaban a la puerta. Al ir a abrir, se encontró con su vecina del frente, Fabiana. Una linda chica, con un cuerpo hermoso que todos los jóvenes del vecindario admiraban. Vivía bien, su casa era una de las mejores del barrio y trabajaba como enfermera particular. Cuidaba de su madre minusválida y de su hermana menor.
— Hola, Fabi, pasa — invitó extrañada, porque no era común que la visitara, siempre parecía estar muy ocupada.
Le sirvió café y se sentaron a la mesa en la cocina.
— Qué extraño tú por aquí.
— Vi a la mujer que vino, estaba en la sala de mi casa y escuché lo que decían. Lo siento, no fue mi intención, pero eso me hizo venir. Quería hablarte de algo, espero que no me tomes a mal y que entiendas que lo hago por ti y tus hermanos.
— No comprendo.
— Te conozco hace tiempo y aunque no seamos muy cercanas, te aprecio, y a tu familia. Hace algún tiempo pasé por una situación similar, cuando mi mamá tuvo aquel accidente. La pasamos realmente mal, pero conseguí una salida. Un trabajo.
— ¿Qué tipo de trabajo?— preguntó extrañada.
— El que te puede permitir conservar a tus hermanos.
— Tú eres enfermera, yo no tengo un título.
— ¿Crees que con mi sueldo de enfermera podría haber costeado la operación de mi mamá? Imposible— negó con la cabeza y miró a los lados sin desear mirar a la cara a Bárbara — Es otro trabajo. Uno al que cuesta acostumbrarse, pero cuando te ves obligada a sacar dinero de donde no hay para salvar a alguien a quien amas, lo haces y ya. Bárbara, yo trabajo con un servicio de acompañantes, para hombres.
— Pero yo no soy...— empezó a decir Bárbara sin saber cómo terminar sin ofender a su amiga. —...no puedo.
— Yo tampoco era y sí puedes. De hecho, puedes decidir hasta dónde estás dispuesta a llegar.
— No entiendo, discúlpame, es difícil aceptar lo que me estás diciendo.
— Sí, y también es difícil comenzar, pero cuando alguien que te importa depende de lo que hagas, algo te impulsa y lo haces. Por favor, entiende que no se trata de que desee llevarte por el camino fácil, como dirían los demás, como si fuera tan sencillo tomar esa decisión. — Movió la cabeza con tristeza— Es que no quiero que sufras la angustia que yo viví.
— Fabiana, yo no creo que haga falta que llegue a eso. De verdad, te agradezco que te preocupes y te juro por la memoria de mi mamá que jamás se lo comentaré a nadie, pero...
— Te conozco, sé que puedo confiar en ti y ojalá no sea necesario, pero la experiencia me ha enseñado a las malas que nunca es tan fácil. Sólo quiero que sepas que puedo ayudarte, recuerda que la gente pretende tener derecho a meterse en tu vida y critican, pero cuando se trata de ayudarte, allí es cuando nadie te conoce. Si fuera necesario, no quiero que cometas los errores que yo cometí y que corras riesgos innecesarios, hay cosas que puedo enseñarte y te llevaría con una persona que te va a ayudar. Espero que no lo requieras, pero a veces la desesperación nos orilla a cosas: no dejes que se aprovechen de ti. Si te decides, tendrás el control de tu vida. En ese mundo es muy fácil perderse y perderlo todo, porque hasta allí hay gente buena y mala.
— Fabiana, no sé qué decirte.
— No digas nada. No tienes que decidir ahora, sólo quiero que sepas que puedes confiar en mí, como yo lo estoy haciendo al contarte esto. — Se puso de pie —Sabes dónde encontrarme, aunque sinceramente espero que no lo necesites— caminó hacia la puerta— Tienes una opción, quizás logres conseguir ayuda. Yo no la tuve.
— Lo lamento, Fabi, en serio.
— Yo no lo siento, pude salvar a mi mamá y aunque ya no puede trabajar, está viva, con nosotras. Si tuviera que volver a hacerlo, no lo dudaría ni por un segundo. Sólo sería más cuidadosa. Habría cometido menos errores y es lo que te ofrezco: apoyo.
— Gracias, Fabiana, lo tomaré en cuenta.
La joven se fue a su casa y Bárbara quedó pensando lo duro que tuvo que haber sido para su amiga tomar esa decisión, y lo bien que lo había hecho, porque nadie en el barrio había dudado jamás de que era sólo una enfermera.
Se fue a acostar y lo hizo con sus hermanas. Aún no sentía deseos de estar en el cuarto de Daniela.
Un par de meses habían transcurrido desde ese día en que Arturo se había presentado ebrio en su habitación y ya el dolor del momento estaba olvidado, sobre todo porque la chica comprendía la frustración que debía sentir ese hombre que habiendo entregado todo y siendo el apoyo que era para todos, ella aún no sintiera lo mismo que él, o eso era lo que pensaba, porque en su mente había una gran confusión, y por primera vez, Bárbara no podía explicar sus sensaciones ante él. Siempre fueron afines en la intimidad, pero ella no podía entender su negativa a estar en su cama, y si ella sentía eso, mucho peor sería lo que sentiría Arturo.Aquel día, Bárbara decidió pasar por la oficina de Arturo a consultarle algunas cosas sobre el negocio y si fuera posible, almorzar juntos. Al no ver a nadie en la antesala, le extrañó y fue directo hacia la puerta de Arturo, la cual estaba entreabierta. Se asomó apenas y su pecho se agitó al ver a Arturo en su silla y Angelina, parada a su lado, masajeando e
Los meses habían transcurrido casi sin advertirlo. Sus vidas eran agradables, sobre todo porque Arturo procuraba que siempre hicieran actividades como familia y los niños eran en extremo felices con ese padre que los trataba con verdadero afecto y era un ejemplo para ellos.Bárbara se sentía relajada en esa vida serena, compartiendo la custodia de los niños con Arturo, y sintiendo por primera vez la paz de saber que ya no corría el riesgo de perder a sus hermanos.El sentirse más tranquila le permitió disfrutar más de su pasión por la pastelería y consideró que era el momento de crear más sucursales, y se puso manos a la obra.Tras el arduo día de trabajo, bastante entrada la noche, Bárbara llegó a casa y vio con alivio que ya todos los chicos estaban en sus habitaciones.No solía llegar tan tarde, pero la nueva pastelería requería de muchos detalles aún y las horas se le fueron tratando de resolver todo los pendientes.Se sentía realmente cansada y sólo deseaba darse una ducha, meter
— Odio esas fiestas de caridad, son un montón de desobligados con demasiado dinero y muy poca inteligencia, y me enferman estas tontas trofeo que se cuelgan del brazo de algún gordo rico, como si fuera lo mejor que les ha pasado en la vida. — expresó Bárbara mientras se colocaba unos pendientes de zafiro como complemento a su vestido de terciopelo azul, que se ajustaba a su cuerpo con delicada gracia, mostrando sus curvas con el movimiento de la tela.— ¡Gracias por lo que me toca! Así que soy un desobligado — respondió divertido Arturo, mientras esperaba sentado en un sillón cerca de la peinadora donde Bárbara daba los últimos toques a su apariencia. La chica lo miró y sonrió a través del espejo y observó que Arturo levantaba una ceja al ver los pendientes. Se veía realmente guapo en su smoking, sentado con su pose característica: las piernas cruzadas, recostado cómodamente, una mano sosteniendo levemente su sien; siempre tan seguro de sí mismo.— ¿Zafiros? ¿Por qué no diamantes? Va
Los días pasaban y esa semana firmarían los papeles de la adopción. Gracias a las influencias de Arturo, los abogados habían logrado que los trámites se hicieran rápidamente. Los chicos estaban felices y Bárbara se dio cuenta de que su vida estaba en calma, todo marchaba sobre ruedas. Su nueva pastelería funcionaba maravillosamente, y la clientela crecía día a día. Ya se estaba haciendo de un nombre en el ramo por sí misma. Un par de sus recetas personales habían logrado un lugar de honor en un concurso al que entró por insistencia de su personal y eso la había puesto en la escena entre los mejores pasteleros.Andrés, su padre, estaba haciendo una rutina al cenar con la familia los viernes y se veía rejuvenecido y feliz y a Bárbara le hacía sentir bien tenerlo cerca.Siguiendo el consejo de su esposo, decidió que era el momento de crecer en el negocio, y fue con los administradores de las propiedades de Arturo, para escoger otro local para la nueva sucursal. Acababa de llegar al lugar
Ese fin de semana se llevaría a cabo la boda. La familia de Arturo confirmó su asistencia y el primer sorprendido fue él.Para la ceremonia, Bárbara vistió una linda creación color champaña, a media pierna, con tirantes estilo griego, que dejaba sus hombros a la vista. Peinó su cabello recogido a un lado, y colocó un discreto adorno con pequeñas flores de cristales. Unas sandalias sencillas color beige, de tacón alto completaban el atuendo. Bajó las escaleras y allí la esperaban su futuro esposo y los chicos.Arturo se veía simplemente increíble en su traje color carbón con corbata de moño. Su barba perfecta como siempre y sus ojos relucientes en un azul intenso encuadrados en su cabello rubio, por primera vez peinado correctamente.Los niños se veían hermosos, sonrientes y vestidos con trajes adecuados, la esperaban para acompañarla a la ceremonia.Al bajar todos la abrazaron y Arturo le ofreció su brazo, y así, viéndose como una pintura de familia feliz, salieron al jardín donde los
Esa noche, durante la cena con Andrés, la familia se portó curiosa y cauta, pero él mantuvo el control de los chicos y se mostró muy agradado con todos. Cuando Bárbara le presentó a Arturo, lo miró con curiosidad.— Arturo Montesinos, ¿El magnate hotelero? ¿El mismo de la prensa y revistas de negocio?— preguntó un poco incrédulo.— Arturo Montesinos, el prometido de Bárbara, me gusta más.— Me alegra mucho.— Vamos a casarnos muy pronto, y por supuesto estás invitado.— Me siento honrado de que me incluyan en sus invitados. Al comenzar esta semana, era un hombre solitario que sólo se dedicaba a su trabajo y ahora pasé a ser alguien con una hija y un yerno, e indirectamente, toda una familia. No podría ser más feliz por esto.Ambos hombres compartían el mismo sentimiento y sintieron una agradable conexión.Los chicos hacían preguntas sin filtro a Andrés y aquel contestó todas y cada una manteniendo la calma y con una sonrisa.Esa noche, al despedirse, Andrés tenía otro semblante. Se le







