LOGINÉl es Sebastián Montenegro, un hombre que ha cargado con el peso de un imperio. Príncipe regente de la isla de Valdoria hasta que su sobrino alcanzó la mayoría de edad, Sebastián ha dedicado su vida al deber y la tradición. Hace mucho que enterró la esperanza de ser padre, hasta que un error administrativo en una clínica de fertilidad le revela una verdad que lo cambia todo: el bebé que espera Valeria Fuentes, una mujer desconocida para él, es en realidad su heredero. Valeria es una mujer divorciada, embarazada de seis meses, que solo busca tranquilidad para rehacer su vida. Había acudido a la clínica con la ilusión de ser madre, pero un fatídico equívoco hizo que el padre de su bebé, no fuera el donante anónimo que ella había elegido. Ahora, Sebastián aparece en su vida con una propuesta que no admite rechazo: quiere casarse con ella. No por amor, sino por tradición y honor. En Valdoria, un heredero ilegítimo es una mancha imborrable, y él está dispuesto a hacer lo que sea necesario para proteger su legado. Pero lo que ninguno de los dos espera es que, entre la frialdad de un contrato y la vulnerabilidad del embarazo, surja un vínculo que desafíe todas sus convicciones.
View MoreEl aroma a canela y vainilla lo envolvía todo, mezclándose con el suave calor que despedía el horno de piedra que Valeria Fuentes había instalado con tanto esmero en aquella pequeña panadería-dulcería. "Delicias del Mar", rezaba el letrero de madera tallada que colgaba sobre la puerta, un nombre que ella había elegido con la ilusión de comenzar de nuevo en aquel pueblo costero llamado Puerto Esperanza.
Había pasado un año desde que firmó los papeles del divorcio. Un año desde que descubrió a su entonces marido, Darío, en la cama de su propia casa con la conductora del programa de televisión más famoso del país. Las imágenes se habían vuelto virales en cuestión de horas: ella, con el rostro desencajado; él, intentando cubrirse con las sábanas; y la presentadora, con una sonrisa burlona que parecía decir "gané". Valeria había huido. No por vergüenza, sino porque necesitaba respirar. Necesitaba reconstruirse lejos de los flashes, de los titulares sensacionalistas, de las miradas compasivas que le recordaban a cada instante lo que había perdido. —Tenga, doña Carmen —dijo Valeria, extendiendo una bolsa de papel con el pan de masa madre que la señora encargaba cada martes— Le puse un par de galletas de jengibre, de cortesía. Las nuevas, las que tienen ese toque de naranja que le gusta mencionar. La mujer de cabello plateado sonrió con calidez, sus ojos arrugándose en las comisuras mientras pagaba con monedas contadas con precisión. —Eres un ángel, Valeria. Y este pan... no sé qué le pones, pero mi marido ya no quiere probar el del supermercado. —Guardó el cambio en su monedero de tela—¿Y cómo sigue ese bebé? ¿Ya te da muchas pataditas? Valeria rió suavemente, su mano derecha deslizándose de manera instintiva sobre la pronunciada curva de su vientre. Seis meses y medio. Seis meses y medio de un viaje que jamás imaginó emprender sola, y sin embargo, allí estaba. —Es una bailarina, doña Carmen —respondió, con esa luz especial que aparecía en sus ojos cada vez que hablaba del pequeño ser que crecía dentro de ella— Anoche no me dejó dormir, pero... no sé, hay algo en esas pataditas que me recuerda que vale la pena seguir adelante. —Claro que vale la pena, hija. Tú eres fuerte. Y si ese exmarido tuyo no supo valorarte, allá él. —La anciana hizo una pausa, como si considerara decir algo más, pero finalmente se limitó a asentir— Bueno, me retiro. Mi nieto viene a comer y quiere tu pan de plátano. — Doña Carmen. Cuídese. La campanita de bronce colgada de la puerta tintineó cuando la señora salió, dejando tras de sí el aroma a mar que siempre se filtraba por la rendija. Valeria se quedó un momento en silencio, observando el pueblo a través del ventanal: las fachadas de colores pastel, los barcos meciéndose en el puerto, las gaviotas trazando círculos en el cielo grisáceo. Había elegido aquel lugar precisamente por eso. Por la tranquilidad. Por el anonimato. Porque nadie conocía su pasado ni la historia de su divorcio ni los motivos que la habían llevado a huir de la ciudad. Aquí, en Puerto Esperanza, era simplemente Valeria, la panadera dulce que siempre tenía una sonrisa para sus clientes. Y, por supuesto, nadie sabía que el bebé que esperaba no era el hijo del donante anónimo que había elegido en la clínica de fertilidad. Su mano apretó el mostrador de madera, un recuerdo fugaz asomando a su memoria: aquella llamada telefónica, la voz de la enfermera tartamudeando una disculpa, el mundo derrumbándose a sus pies cuando comprendió que la muestra utilizada no era la que ella había elegido. Un error, le habían dicho. Un lamentable error administrativo. Valeria había preferido no indagar. No quería saber quién era el padre biológico de su hijo. No quería complicaciones, ni reclamos, ni que su sueño de ser madre se convirtiera en una batalla legal. Así que había firmado documentos que la clínica le había entregado, aceptado una compensación económica que no pidió, y se había mudado al extremo del país para empezar de nuevo. Y ahora aquí estaba, en su pequeño negocio, atendiendo a sus clientes y dejando que las pataditas de su bebé le recordaran que la vida seguía su curso. Pum. Una patadita suave, casi juguetona, justo en el costado izquierdo de su vientre. Valeria sonrió, pasando la mano por encima de su delantal de tela blanca con motivos marinos. —¿Ya estás despierta, pequeña? —murmuró, inclinando la cabeza hacia abajo— Oye, no te emociones demasiado que aún tenemos que terminar el turno... Pum. Pum. Dos más. Más fuertes. Como si la criatura estuviera respondiendo a algo. Ting. La campanita de bronce sonó.Valeria palideció. Miró a Sebastián por alguna razón supo que el hombre tenía algo que contarle pero no estaba seguro de cómo ella reaccionaría.—¿Y...? — Sebastián alzó la cabeza, vio la sonrisa en el rostro de Valeria — ¿ Donde está el Pero?—Sí hay un pero —Sebastián asintió—. La idea es que, si lo hacemos público, Francisco pierde su principal arma. Ya no podrá filtrar información, porque no habrá nada que filtrar. Ya no podrá desacreditarte, porque estarás bajo la protección de la corona. Ya no podrá cuestionar la legitimidad del bebé, porque el matrimonio la garantizará.Valeria lo miró, y en sus ojos había una mezcla de miedo y confusión.—¿Y tú qué no me has dicho?Sebastián la miró a los ojos.—Que no te he dicho. —Hizo una pausa— no puedo tomar una decisión que te afecta a ti, a tu vida, a tu futuro, sin consultarte como he hecho antes pero también estoy yo. Valeria en realidad he comenzado a sentir algo más. No quiero presisar ni poner nombre pero te puedo decir que va m
Sebastián sonrió, y en su sonrisa había una gratitud que le robó el aliento.—Gracias —susurró.Se puso de pie, y se giró para irse. Pero antes de salir, se detuvo.—Valeria —dijo, sin volverse.—¿Sí?—Pase lo que pase... Apreció mucho que me estés dando está oportunidad. Oportunidad de conocer a mi familia y de conocerme a mi. Y Por... por darme una segunda oportunidad.Y luego se fue, dejando a Valeria sola en la habitación, con el corazón latiéndole con fuerza y la mente llena de preguntas.Pum.Una patadita.Valeria sonrió, a pesar de todo.—Lo sé, pequeña —susurró—. Lo sé. Tampoco yo sé qué hacer.Pero mientras se acostaba de nuevo, con la mano sobre el vientre y los ojos fijos en el techo, Valeria Fuentes supo que, pasara lo que pasara, aquella noche había cambiado algo.Algo que no tenía nombre.Pero que se parecía peligrosamente al amor.Pum. Pum.Dos pataditas más.Y esta vez, Valeria sonrió.Pero en su pecho, algo se retorcía.Algo que se parecía al miedo.Sebastián se detuv
León se inclinó hacia adelante, y su voz se volvió más seria.—Una rueda de prensa. Anunciar públicamente que Valeria está embarazada. Que el bebé es tuyo. Que vais a casaros.Sebastián parpadeó.—¿Casarnos? León, ella no ha aceptado y no sé si aceptará en un futuro secano...—Lo sé. —León levantó una mano— Pero si lo anunciamos, si lo hacemos público, Francisco pierde su principal arma. Ya no podrá filtrar información, porque no habrá nada que filtrar. Ya no podrá desacreditar a Valeria, porque estará bajo la protección de la corona. Ya no podrá cuestionar la legitimidad del bebé, porque el matrimonio la garantizará. Además tío ustedes pueden decir que están comprometidos, la boda se celebrará luego del nacimiento. No sería la primera vez que se hace en estos días.Sebastián se quedó en silencio, procesando la idea.—Es... es arriesgado —dijo finalmente— Si Valeria no acepta, si se niega a casarse, el anuncio sería un desastre. Pero si ella piensa que es para protección tal vez func
La noche se había instalado sobre el Palacio de los Vientos como un manto de terciopelo negro, salpicado de estrellas que brillaban con una intensidad que solo se veía en los cielos limpios de las islas. El mar, abajo, seguía su eterno vaivén, y el viento, ese viento que daba nombre al palacio, susurraba entre las torres con un lamento suave.Todos dormían.Valeria, en su suite, con la mano sobre el vientre y el retrato de Sofía aún grabado en su memoria.La reina Margarita, en sus aposentos, con el corazón lleno de esperanza y de preocupación a partes iguales.El rey Alejandro, en su habitación adaptada, con el peso de los años y de las pérdidas sobre los hombros.Amelia, en su cuarto de niña que ya no era tan niña, soñando con primos y jardines.E Isabel...Isabel permanecía despierta, como siempre. En su habitación, vestida aún de negro, miraba por la ventana sin ver nada. Sus pensamientos eran un torbellino de emociones que no se atrevía a nombrar. Celos. Resentimiento. Miedo. Y a






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