LOGINJosé Seguí a Madisson cuando se incorporó con Lucía y no pude contener una pequeña risa ante su cara inusual. Es realmente atractiva cuándo se sonroja. No la culpo por repeler el hecho de querer hablarme de ella, yo en su situación estaría igual, tampoco puedo exigirle que confíe en mi de la noche a la mañana, pero si pretendo ganarme su confianza. —¿Segura que por ahí hay mandarinas? —tanteo siguiéndole los pasos. Ella se detiene dudosa y miró hacia atrás. —No lo sé. De hecho si me dejaras aquí me perdería, no sabría ni llegar a casa. Pero quiero caminar, quiero ver cosas diferentes, ¿Sabes hacia cuanto no caminaba libremente?, no tienes ni idea. —Claro, podemos caminar cuanto quieras… Ella iba delante y yo prefería ir detrás, me gustaba ver como se movía a su estilo, a donde quería sin cohibiciones, parecía tan feliz. Empezamos a caminar, hablar de cosas triviales y para nuestra suerte encontramos una fila extensa de árboles de mandarinas. Jugamos con Lucía, al principio no quería participar prefería observarlas, luego, acepté hacerlo y lo cierto es que me divertí mucho. Volvimos a donde tenía la manta de picnic: comimos, hablamos y luego volvimos a la segunda rancha de correr y jugar. Caminamos tanto que Lucía se quedó dormida, nos alejamos mucho y tuvimos que turnarnos para cargarla de regreso. Estoy sorprendido con lo habladora que es Madisson, siempre la visualizaba tan callada, de hecho apenas había escuchado su voz un par de veces. Y la primera vez que la vi no pude evitar sentir una latente curiosidad por la chica de ojos plata. Así la llamé por un tiempo hasta que supe que su nombre era Madisson. El sol ha comenzado a descender procurando ocultarse y no puedo creer lo rápido que pasa el tiempo cuando algo es de mi agrado. —Está empezando a ocultarse el sol —comenta Madisson y se detiene a mirar al horizonte que nos da de frente—. Es un atardecer precioso… Habla anonadada, y yo sigo mirándola a ella totalmente embelesado con lo hermoso que luce su rostro ante los rayos anaranjados. Me descubre mirándola y no parece molestarle el hecho. —¿Qué? —susurra. Me encojo de hombros. —Me gusta mirarte —confieso. Disuado un amago de sonrisa jugando en la comisura de sus labios, pero no estoy seguro. Se hace un silencio consentido en el que nos lanzamos miradas furtivas cada tanto, como si quisiéramos decirnos algo. O quizás solo nos gusta observarnos. —No quiero irme, pero… Vamos a regresar antes de que nos caiga la noche —comento. Ella asiente y continuamos la marcha hasta llegar a la zona donde dejamos la cesta. Madisson se pone el calzado y recoge todo lo que había traído, incluyendo la manta, la deja a un lado y se acerca a cargar a Lucía. Recojo la manta que ella a envuelto y ambos hacemos el mismo trayecto que recorremos para llegar. Subimos al carrito de golf y conduzco en silencio de regreso a casa de Víctor. Cuando llegamos ya está mas oscuro y Lucía se despierta, parece tener hambre y se pone a llorar, Rosefina asoma la cabeza y se preocupa por ayudar a Madisson a calmar a la niña. Hablan entre ellas y finalmente Rosefina se lleva a la niña para darle algo de comer. Madisson y yo nos quedamos solos en la entrada de la puerta, ella parece esperar que yo entre, pero la verdad es que tengo que irme. Tengo que pasar por el invernadero y asesorarme de que las cosas hayan ido bien hoy por ahí, no fui a trabajar y al menos me quedo tranquilo echándole el ojo. —¿No entras? —me pregunta. —No. Tengo que resolver unos asuntos y no quiero que se haga mas oscuro —le explico. —Rosefina, está dándole de comer a Lucía en cuanto termine puedes llevártela sé que… —¿Qué tal si pasa la noche contigo? —¿Eh? —su cara cambia y asiente en automático—. Sí, claro, seria increíble, es… Dios… ¿en serio?, Quiero decir gracias. Sonrío ante su balbuceo. —Víctor no vendrá hasta el jueves así que no tiene por qué enterarse —resalto—. Lo que si tengo es que cerrar la puerta con llave. Ella está tan sorprendida que se queda estática. Me acerco a su mejilla y me inclino con cuidado dejando un beso cauto en su piel. —Hasta mañana —le susurro suave. La escucho murmurar un: hasta luego, bastante bajo. —Que pases buenas noches —añado. Aunque quisiera quedarme mas tiempo me obligo a marcharme, coloco toda la cerradura como de costumbre y salgo. Aunque no lo diga en voz alta, ansío que amanezca para volver a verla.
Dos años habían pasado desde aquella noche en que Dasha aceptó salir a cenar con Iván. Dos años llenos de pequeños avances, de momentos compartidos y de una confianza que había ido creciendo poco a poco. Dasha había logrado mucho en ese tiempo: estaba a punto de terminar su segundo año en la universidad, había hecho amistades nuevas y, sobre todo, había aprendido a abrir su corazón, aunque fuera con pasos tímidos.Iván había sido una constante en su vida, siempre paciente, siempre atento. Nunca había forzado nada, y eso había permitido que, con el tiempo, la relación entre ellos se convirtiera en algo sólido, aunque aún no del todo definido. Megan, por su parte, lo adoraba. Para ella, Iván no era solo el vecino amable que siempre estaba dispuesto a jugar o a llevarlas a tomar helado; se había convertido en alguien más, alguien especial.Ahora, el cumpleaños de Dasha estaba a la vuelta de la esquina, y Iván había decidido que era el momento de dar un paso más. No quería precipitarse,
Dasha llevaba una rutina estricta y bien organizada. Hacia poco su hermana y madre se habían cambiando a departamento distintos. Ella en la mañana, tomaba de la mano a Megan, y la llevaba al colegio. Luego regresaba a casa, se dedicaba a sus clases de ruso, a sus sesiones de terapia psicológica, y a las tareas del hogar. Por la tarde, volvía a recoger a Megan, y ambas compartían el resto del día entre juegos, cuentos y las pequeñas obligaciones que una vida tranquila exigía. Había hecho progresos importantes. Por fin se sentía lo suficientemente segura con el idioma ruso como para dar un paso que había postergado durante años: inscribirse en la universidad. Era un sueño que había tenido desde mucho antes de mudarse a Rusia, pero la barrera del idioma, sumada a los eventos traumáticos de su pasado, había hecho que lo dejara de lado. Su familia y su círculo cercano, especialmente Iván, la habían animado a intentarlo. Iván era un vecino que se había convertido en un apoyo constante p
Después de unos minutos, se pusieron de pie y retomaron el camino a casa. Megan, aunque más tranquila, no tardó en recuperar su entusiasmo y comenzó a contarle sobre los juegos que había aprendido en la escuela. Dasha la escuchaba, respondiendo con pequeñas sonrisas y asentimientos, mientras en su mente juraba que haría todo lo necesario para mantenerla a salvo y feliz, sin importar lo que costara. Dasha y Megan acababan de regresar del colegio, caminando juntas hacia el edificio donde vivían. El primer día de clases de Megan había sido una mezcla de emoción y nervios, pero parecía haber salido bien. La niña sujetaba firmemente la mano de su madre mientras hablaba sin parar, describiendo con entusiasmo a su maestra, sus nuevos compañeros y todo lo que había aprendido. —¡Mamá! ¿Sabías que mi maestra se llama Elena y que tiene un gatito blanco? Dice que se llama Luna, como la luna del cielo. ¿Podemos tener un gatito también? Dasha sonrió, aunque había un cansancio en sus ojos. —V
El aire frío de San Petersburgo golpeaba con suavidad el rostro de Madison mientras caminaba de la mano de Lucía, mejor dicho: Megan. quien no paraba de contarle con entusiasmo los detalles de su primer día de clases. La niña saltaba de un lado a otro, arrastrando un poco a su madre, quien intentaba mantener el ritmo. Madison, o “Dasha” como era conocida ahora, mantenía su mirada fija en el camino, sus pensamientos divididos entre el presente y las palabras de Megan que resonaban como un eco cálido en medio de su tensión constante. —¡Y mamá! —exclamó Lucía con los ojos brillando de emoción—. Mi amiga nueva se llama Alina, y tiene un gatito que se llama Misha. Me dijo que un día me va a invitar a su casa para verlo. ¿Tú crees que podamos ir? ¡Quiero conocerlo! Dasha sonrió, aunque su mente estaba alerta a cada movimiento a su alrededor. Apretó un poco la mano de su hija, más por necesidad de asegurarse de que estaba allí que por otra cosa. —Claro que sí, mi amor. Si su mamá nos invi
La mañana en San Petersburgo amaneció gris, como si el cielo mismo entendiera la mezcla de emociones que agitaban el corazón de Madison. Era un día importante, uno que había imaginado en innumerables noches solitarias mientras estaba cautiva. En aquel entonces, pensar en este momento —en ver a su hija entrar al colegio por primera vez— era lo único que le daba fuerzas para resistir. Ahora, tres años y medio después, ese día había llegado, pero la emoción de verlo hecho realidad estaba teñida de un temor profundo que no podía evitar. El pequeño apartamento en el que vivía con su madre, sus dos hermanas y los sobrinos estaba lleno de movimiento desde temprano. Su hija, Lucía, de cinco años, saltaba de un lado a otro con una energía desbordante. —Su cabello rubio estaba oculto bajo un tono chocolate oscuro, el cual Madison había teñido al igual que el suyo en una búsqueda cambiar un poco su apariencia y enterrar su pasado, como si ese hecho las hiciera otra persona—Lucía tenía el pelo r
En la celda de VíctorLa celda era pequeña, oscura y olía a humedad y desesperación. Víctor se encontraba acurrucado en un rincón, sus brazos rodeando sus piernas como si eso pudiera protegerlo del frío que sentía en los huesos. Su rostro estaba hinchado por los golpes, y un hilo de sangre seca marcaba una línea desde su ceja hasta su mandíbula. Llevaba días sin comer; cada intento de acercarse al comedor terminaba con otro preso arrebatándole la bandeja, riendo mientras lo humillaban.Víctor, que había pasado años siendo el amo y señor del destino de otros, ahora estaba completamente despojado de poder. En el infierno de la cárcel, los verdugos como él no tenían lugar, habían rumores de que había abusado de su hija y aunque había intentado negarlo, fue inútil y eso lo hacía ser el blanco de todos. Había sido golpeado, escupido, insultado, y su dignidad había sido pisoteada una y otra vez.Esa tarde, mientras el eco de risas crueles resonaba en los pasillos, un guardia se acercó a la







