Mi marido me embarazó de otro hombre

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By:  MelindaUpdated just now
Language: Spanish
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Gabriela Mendoza tenía siete meses de embarazo. Fue a un control prenatal y le pidieron que su esposo firmara unos papeles. Así fue como se enteró de que él tenía otra familia desde hacía tiempo, a escondidas de ella. Y la mujer con la que vivía era nada menos que su propia hermana, Camila Mendoza. La niña que ella siempre creyó su sobrina en realidad era hija de su esposo, Carlos Pérez, fuera del matrimonio. Y ni siquiera el bebé que ella esperaba era hijo de Carlos: él había mandado a otro hombre a embarazarla, solo para demostrarle a Camila lo mucho que la quería. Un esposo que ya no la amaba, unos padres que siempre favorecieron a su hermana, unos suegros que la trataban como si nada... Con todo eso junto, algo en Gabriela se apagó para siempre. Esa pareja de desgraciados la acusaba de andar cargando un hijo ajeno, así que ella decidió dárselo por su lado: tendría al bebé y, de paso, le sería infiel a Carlos sin culpa alguna. ¿Creían que la iban a dejar sin nada? Ni loca. Después de tres años soportando ese infierno, no iba a perdonarles ni un centavo de lo que le tocaba. Se apartó de esa familia tóxica y de ese hombre que solo la había hecho sufrir, y se dedicó por completo a salir adelante con su trabajo. Ya que nadie más la quería, aprendió a quererse ella misma. Después del divorcio, Gabriela empezó a brillar como nunca, y fue justo entonces cuando su exmarido, ese sinvergüenza, se arrepintió de todo. —Gaby, si aceptas volver conmigo, no me importa que el niño no sea mío. Santiago Gómez lo interrumpió: —Perdón, pero tanto ella como el niño son míos.

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Chapter 1

Capítulo 1

Gabriela se levantó con la cara enrojecida y se puso la ropa interior.

—Doctor Gómez... ¿voy a poder tener a mi bebé?

Miró con nerviosismo al hombre que estaba junto al lavamanos, inclinado, lavándose las manos bajo el chorro de agua. Las venas de su antebrazo se le marcaban un poco bajo la piel, y ella no pudo evitar quedarse mirando.

Santiago levantó la vista hacia ella. Tenía los ojos oscuros, difíciles de leer, y la miraba con una frialdad que ni se molestaba en disimular.

—¿Tienen problemas en la intimidad con su esposo?

Gabriela se puso roja hasta las orejas. Se mordió el labio y, con vergüenza, asintió apenas.

—Sí... solo ha pasado una vez.

—¿Una vez?

—¿Eso... eso es raro?

Gabriela se aferraba al borde de su ropa, repitiéndose en su cabeza que "para un médico no hay hombres ni mujeres, solo pacientes". Pero al fijarse en los dedos del doctor, se le vino a la mente sin querer la revisión que le acababa de hacer, y la respiración se le desordenó por completo.

Para distraerse, desvió la mirada hacia el historial clínico que él tenía delante. Notó que su letra era limpia y ordenada, muy distinta a la caligrafía ilegible que suele asociarse con los médicos.

—Su cuerpo está muy débil, hay señales de un posible aborto espontáneo. Si quiere seguir adelante con el embarazo, va a tener que quedarse internada en observación. Le recomiendo que avise a su familia ya mismo.

Gabriela se puso pálida.

Se había cuidado todo el embarazo, se había estado poniendo inyecciones para mantenerlo, y como últimamente se sentía mal, había movido contactos para conseguir cita con un especialista. Jamás pensó que estaba en riesgo de perder al bebé.

Se aferró con fuerza a su vestido.

—Doctor, con tal de que mi bebé nazca, hago lo que sea.

Llevaban tres años casados, y desde el día de la boda Carlos nunca la había tocado, porque siempre decía que no le gustaban los niños. Este embarazo había sido un accidente, de una noche en la que él bebió de más.

A Gabriela le aterraba que Carlos no quisiera a ese bebé, así que por primera vez decidió hacer las cosas a su manera sin decirle nada. Aprovechando que él se fue unos meses de viaje de trabajo al extranjero, empezó a ponerse inyecciones a escondidas y a tomar remedios caseros hasta que empezó a sangrarle el estómago, todo para lograr llegar al séptimo mes.

Pensaba que si tenían un hijo juntos, tal vez su matrimonio, cada vez más frío, todavía tenía arreglo...

—Sea que decida seguir con el embarazo o no, de todas formas necesita la firma de un familiar —dijo el doctor con voz fría, como si ya supiera lo que ella estaba pensando.

Gabriela se quedó quieta un segundo. Sus pensamientos, que empezaban a desbocarse, se ordenaron de nuevo con esas palabras. Se mordió el labio y por fin se decidió.

—Está bien, voy a llamarlo ahora mismo.

Cuando salió, ya entraba la siguiente paciente embarazada. Era una clínica privada de alto nivel, así que no había mucha gente. Encontró un rincón vacío en el pasillo y marcó el número de Carlos.

La primera llamada, nadie contestó.

La segunda, tampoco.

Recién al tercer intento, alguien atendió.

Pero no fue Carlos quien habló, sino la voz de una niña pequeña.

—Papi está besando a mami, no molestes.

Gabriela se quedó helada. Antes de que pudiera reaccionar, escuchó la voz del hombre al otro lado, con un tono cariñoso que jamás le había escuchado usar con ella.

—Lucía, mi amor, pásame el teléfono.

—Papi, ¿no que estabas en el balcón besando a mami? ¿Por qué saliste tan rápido?

—Lucía, no seas traviesa.

Después se oyó una voz de mujer, suave, con un tono de reproche cariñoso:

—Carlos, siempre la consientes tanto, vas a terminar malcriando a Lucía.

Carlos soltó una risita.

—Lucía ya tiene tres años. ¿Cuándo te vas a decidir a casarte conmigo?

—No digas tonterías, tú ya tienes tu propia familia.

—Tú sabes bien que solo me casé con ella para molestarte, porque en su momento me rechazaste.

La voz de Carlos se volvió fría, con un desprecio que ni se esforzaba en ocultar.

—Gabriela no sirve para nada, es solo un adorno. En estos tres años, hasta tocarla me da asco. Seguro hasta el día de hoy sigue creyendo que esa noche fui yo.

Esas palabras cayeron sobre Gabriela como un balde de agua fría. Se le fue el color de la cara de golpe.

Si esa noche no había sido él... entonces, ¿quién había sido?

La noticia la dejó con el estómago revuelto, y sintió un dolor punzante en el vientre. Pero no tenía cabeza para eso; en su mente solo daban vueltas los recuerdos de siete meses atrás.

Siete meses atrás. Carlos, de la nada, la había invitado a un evento social. Llevaban tres años casados y en todo ese tiempo casi nunca la sacaba a ningún lado; ni siquiera habían hecho una boda como corresponde, solo sus padres sabían que estaban casados por lo civil. Por eso ese día Gabriela se sintió tan feliz.

Desde que vio a Carlos por primera vez, se había enamorado de él, y durante seis años lo acompañó en silencio sin que él la mirara siquiera. Hasta que, finalmente, Carlos se fijó en ella y se casaron de un día para otro.

Esa noche, sin saber muy bien por qué, había tomado mucho, y al despertar se encontró completamente sola y desnuda en un cuarto de hotel; Carlos ya se había ido de viaje. Ella siempre creyó que esa noche había estado con él.

En eso, empezaron a llegarle sin parar mensajes de Valentina Ortiz, su mejor amiga y periodista, junto con varias fotos bien nítidas.

"Gaby, ¿qué está pasando? ¿Por qué Carlos está con tu hermana?"

En las fotos, Carlos, con un abrigo negro, cargaba en un brazo a una niña chiquita vestida de princesa rosa, y con la otra mano llevaba de la mano a una mujer con lentes de sol. Aunque las fotos solo mostraban el perfil de la mujer, Gabriela la reconoció al instante: era su hermana, Camila.

La forma en que él se agachaba a acomodarle la bufanda, con tanto cuidado, era algo que ella nunca había recibido de Carlos.

Sintió un líquido tibio bajarle entre las piernas, y el dolor en el vientre se le disparó.

Tres años de casados, y la hija que su hermana tenía con su esposo ya iba a cumplir tres. Esas fotos parecían decirle que sus seis años enamorada en silencio y sus tres años de matrimonio no habían sido más que un chiste de mal gusto.

Se rió.

Si Carlos tantas ganas tenía de que le pusieran los cuernos, entonces ella se los iba a dar.

Gabriela volvió al consultorio. Habló con calma:

—Mi esposo me es infiel. Yo firmaré la autorización para la cirugía.

Santiago, que estaba escribiendo en el historial, se quedó quieto de golpe. Levantó la vista y se topó con los ojos rojos de la mujer y esa expresión de determinación total en su cara.

Un segundo después, el pánico le cruzó la mirada.

Se levantó de inmediato y corrió hacia ella. Justo cuando el cuerpo de Gabriela empezaba a doblarse, la agarró y la levantó en brazos.

La sangre que salía de ella le manchó de rojo la bata blanca, pero él ya no tenía tiempo para pensar en eso; avanzó a paso rápido hacia la sala de urgencias.

—¡Paciente embarazada con hemorragia, hay que operar ya!

***

En el extranjero.

Carlos le quitó el teléfono a Lucía, y al ver en el registro de llamadas el nombre de Gabriela, se quedó paralizado un segundo, y de inmediato sintió una molestia que no sabía explicar.

¿Habría escuchado ella todo lo que acababan de decir?

Él no quería a Gabriela porque estaba convencido de que, en su momento, ella le había cedido su cupo para estudiar en el extranjero a Camila —que en ese entonces estaba embarazada— solo para obligarla a irse del país e ir de un lado a otro sin estabilidad, lejos de todos. Por eso la había tratado con tanta frialdad durante esos tres años. Pero tenía que admitir que había sido una esposa cumplidora. Y ahora, al pensar que todo esto podía convertirse en un escándalo, sintió, para su propia sorpresa, algo de duda...

En eso, unas manos suaves lo abrazaron por detrás. Era Camila, que le habló con voz dulce y un suspiro de resignación:

—Carlos, tal vez deberías volver con Gaby. Si ella se entera de que el bebé que espera no es tuyo, y de que a ella misma la adoptaron nuestros papás de un orfanato... por lo menos tenerte cerca sería un alivio para ella. Si no, imagínate lo mal que la vas a hacer sentir.

—¡Eso se lo merece! —Carlos soltó una risa fría—. No solo va a tener que dejar su lugar como la señora de la casa, sino que se va a ir sin llevarse nada. Voy a hacer que sufra lo mismo que tú sufriste en su momento.

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