Mag-log inEl mismo día
Islas Maldivas
David
Dicen que muchas veces hacemos actos irracionales, cosas sin sentido ante los ojos de los demás, pero en el fondo nosotros conocemos el motivo… o más bien sabemos que el terco del corazón ha empezado a sabotearnos, a arrastrarnos, a nublar nuestros pensamientos. O simplemente encontró, como un chiquillo travieso, a alguien que lo ponga a vibrar.
Y es curioso, porque en esos momentos uno se convierte en espectador de sí mismo: ves cómo tu lógica se desmorona, cómo tus pasos van hacia donde no deberían, cómo tu boca pronuncia palabras que juraste nunca decir. Y aun así no te detienes, porque dentro de ti algo late con más fuerza que cualquier advertencia.
El corazón no pide permiso, no consulta, no razona. Solo empuja, exige, atropella. Y uno, por más que quiera aparentar firmeza, termina siguiéndolo como si no hubiera alternativa. Quizás por eso después cargamos con culpas, con reproches propios o ajenos, pero en el instante exacto en que ocurre, sentimos que esa locura tiene sentido, que ese absurdo es lo más real que hemos hecho en mucho tiempo. Al final, la gente ve un error… nosotros sentimos vida.
Admito que he hecho miles de estupideces, pero lo hice consciente; conocía los motivos que me empujaban. Ahora no sé qué diablos me pasó al mentirle a Cristal. Quizás algo dentro de mí se encendió: me cansé de tanta soledad. Y, lo confieso, hay un placer retorcido en verla enloquecer con la idea de que seamos esposos.
Lo sé, no pensé bien las cosas; solo dije lo primero que se me ocurrió. Pero no voy a retractarme, por más amenazas que repita en su mirada. La conozco: jamás permitiría que el cabrón de mi padre salga de prisión, menos sabiendo todo el daño que hizo.
Y ahora Cristal me fulmina con la mirada, aprieta la toalla contra el pecho hasta que los nudillos se le ponen blancos. Su respiración es rápida, agitada; hay rabia, miedo y una chispa que no quiere admitir.
—David, quiero pruebas que estamos casados —su voz es cortante, pero tiembla—. Si no, me veré obligada a revelar que estás vivo… basta una llamada a mi amigo, el fiscal O’Neill, y pronto la policía te estará buscando por fingir tu muerte.
Sonrío, ladeo la cabeza; la mezcla de amenaza y excitación que emite me resulta irresistible.
—Inténtalo, Cristal —replico, con la voz baja, medida, casi burlona—. Pero también perjudicas a Samantha… tu hermana me ayudó a fingir mi muerte y no creo que quieras meterla en otro escándalo.
Ella frunce el ceño, dudando por un instante; la mandíbula le tiembla y su cuerpo se inclina apenas hacia atrás.
—Debe ser otra de tus mentiras… Sami no… —susurra, como buscando consuelo en la imposibilidad.
—Lo dudas —murmuro con voz grave, casi un juego—. Sabes que tu hermana siempre le encantó vivir al margen de la ley, pero quiero que comencemos con el pie derecho… nuestro matrimonio.
Me acerco un paso más, sin invadir completamente el espacio; mis ojos recorren su silueta con lujuria calculada. La toalla tiembla entre sus manos y un mechón de cabello se le pega a la clavícula húmeda, pero levanta la barbilla para enfrentarme.
—Ni te atrevas a acercarte, porque no respondo —me amenaza fulminándome con la mirada.
Sonrío, un poco divertido, disfrutando el choque entre su orgullo y su vulnerabilidad.
—Vístete —insisto—. Vamos al hotel y después hablamos con el juez… esposa mía.
Su rostro se enrojece; sus ojos arden con rabia y confusión. Aprieta la toalla como si quisiera impedir que mis palabras la atravesaran.
—Deja de repetir que soy algo tuyo —dice, voz quebrada—. Porque si hice algo… no estaba en mis cinco sentidos. Por último, voy a pedir la anulación de ese matrimonio.
Yo permanezco en el umbral, calculando cada segundo, disfrutando la cuerda tensa que nos mantiene al borde del desastre. Quién cederá primero… eso es lo que realmente quiero descubrir.
Unas horas más tarde
Después de un desayuno cargado de miradas asesinas de Cristal —donde no perdía oportunidad de enfurecerla con cada palabra, cada sorbo de café— decidimos recoger sus cosas del hotel. Mi plan era acompañarla a su habitación, mostrar algo de caballerosidad… hasta que, claro, me lanzó la puerta en la cara. Sonreí, un gesto mínimo, mientras escuchaba el portazo.
Y ahora estoy en la recepción, apoyado en la barra, charlando con Haroon. El tipo resulta ser nada menos que el hijo del único juez de las islas, y ya desde el principio me mira con esa mezcla de incredulidad y curiosidad que siempre me divierte.
—David —dice, sacudiendo la cabeza—. He escuchado cada solicitud descabellada de la gente para divorciarse, pero nada como lo tuyo… ¿Por qué quieres complicarte la vida con una mujer? ¿Por qué sostener que estás casado?
Respiro hondo, dejando que la ironía se dibuje en mi sonrisa.
—Ni yo mismo sé el motivo… o sí —replico, con voz baja y mordaz, esbozando una sonrisa irónica—. Ella es diferente, auténtica… y disfruto hacerla rabiar.
—Tan pronto caíste en sus redes… —interviene Haroon, alzando las cejas, incrédulo, mientras cruza los brazos.
—No es como tú crees —respondo, encogiéndome de hombros—. Tenemos historia… sin tenerla.
—No entiendo —dice, suspirando y moviendo la cabeza como si todo esto fuera un enigma imposible—…pero ese es tu problema. Mi padre regresará en dos semanas de la India, y entonces tu teatrillo se caerá. Mientras tanto, ya le mandé un mensaje a su asistente para que te dé un acta falsa de matrimonio.
—Tiempo suficiente para… —empiezo, ladeando la cabeza con una sonrisa que mezcla amenaza y diversión.
—Para echarte la soga al cuello, para arruinarte la vida por unas piernas bonitas… —completa Haroon, con un brillo pícaro en los ojos, como si disfrutara el caos tanto como yo.
—Deja de sermonearme —respondo, con voz baja y cargada de sarcasmo, apoyando la espalda contra la barra—, sino me arrepentiré de borrar tu cuenta del bar.
Unos minutos más tarde
Estoy en la sala del registro civil. La sala está casi vacía; un par de turistas hojea papeles distraídamente, un empleado habla por celular mientras otro atiende la ventanilla con atención medida. Cristal está al frente, de pie, cruzando los brazos y moviéndose de un pie al otro, impaciente mientras mira la puerta cada dos segundos.
Finalmente, la empleada aparece con el acta de matrimonio en la mano. Cristal se acerca con paso decidido. Lo examina una, dos, tres veces, sus ojos se abren y parpadea, como intentando convencer a su mente de lo que ve. Yo me mantengo en silencio, apoyado contra el respaldo de una silla, sonriendo apenas, disfrutando la incredulidad que la consume.
—No es posible… —murmura Cristal, la voz apenas un hilo de aire entrecortado, cargado de sorpresa y furia contenida.
La empleada suspira, cruza los brazos, y su mirada crítica no se aparta ni un segundo.
—Es la misma historia todos los fines de semana. Turistas que viven emborrachándose hasta perder el sentido, quebrantando la ley… o que, a veces, terminan casándose en un impulso.
Cristal la fulmina con la mirada, la barbilla en alto.
—No soy una turista descontrolada… —responde, con voz defensiva que apenas logra contener su nerviosismo—. Tampoco es como repite… soy bien responsable.
La empleada la mira fijamente, sin perder autoridad. Sus ojos dicen claramente: “no me vengas con excusas; yo lo he visto todo”. Yo me apoyo en la silla, cruzo los brazos y observo, disfrutando cada segundo de la tensión.
Cristal aprieta los labios y suelta con determinación:
—Quiero la anulación del divorcio.
La empleada suspira otra vez, primero mira a Cristal, luego a mí, con la paciencia de quien ha visto demasiados dramas humanos.
—Lo siento, señora Forrest, el juez está de vacaciones y volverá en dos semanas… Hasta entonces le toca seguir casada.
No puedo evitar soltar mi voz juguetona.
—Ya lo escuchaste, esposa mía… no puedes deshacerte de mí.
—No me provoques, David, no ahora —responde Cristal, la voz temblando apenas de rabia contenida y frustración.
—Cristal, si vamos a seguir casados, al menos puedes sacar la bandera de tregua y ser un poco más cariñosa conmigo, como anoche —digo, con tono juguetón, sin esperar respuesta, avanzando hacia la salida.
—Dime una cosa, David… ¿cómo puedes ser tan imbécil? ¿Cómo eras tan insufrible? —suelta, los ojos brillantes, los labios apretados, voz cargada de indignación y cierto dejo de fascinación.
—Pues me sale natural… —replico divertido mientras abro la puerta, sonriendo con malicia—…aunque tú no lo aprecias, ni entiendes lo que significa ser alguien tan…
—Tan ególatra, superficial, idiota, pretencioso y… —completa ella, con voz rabiosa, apuntando sus dedos al aire mientras me fulmina con la mirada.
—…y que mueres por volver a repetir la noche ardiente que tuvimos—murmuro con una sonrisa juguetona.
Cristal respira hondo, recuperando un poco de compostura.
—David, sácame de una duda… ¿cubriste todos tus rastros? ¿No hay manera de que alguien nos esté vigilando?
Me quedo un segundo observándola con los ojos entrecerrados: ¿y esas preguntas? ¿Por qué su curiosidad? ¿Acaso es su manera retorcida de vengarse? ¿Vio o sabe algo?
Unos años despuésIslas Phi PhiCristalLa boda había marcado otra etapa en nosotros; fue más que el símbolo de nuestra unión. Fue sentir que, por fin, podíamos abrazar esa paz que durante tanto tiempo nos había sido negada y, al mismo tiempo, compartir ese día con nuestra familia. Aquellos días habían sido especiales: risas, bromas y, claro, algunos pedidos de que regresáramos a Londres, sobre todo cuando supieron de mi embarazo.Sin embargo, una de esas mañanas, antes de que llegara la locura de la familia, apenas abrí los ojos y vi a David en el balcón, con la vista perdida hacia el mar, y supe que algo lo inquietaba. Rodé hacia el borde de la cama, acomodé la bata y caminé hacia él.—Hola, amor, ¿ya despierto…? ¿En qué piensas? —pregunté, apoyando suavemente una mano en su espalda.—Buenos días, mi leona —respondió, dejando un beso fugaz sobre mis labios—. No hemos tenido nuestra luna de miel y sigo pensando cómo solucionarlo.Negué con la cabeza, soltando un pequeño suspiro.—Est
El mismo díaIslas Phi Phi, TailandiaDavidEsa pregunta que cambió nuestras vidas llevaba un peso que Cristal nunca llegó a imaginar. No se trataba solo de pedirle matrimonio a la mujer que amaba; era darle el día que merecía, con su familia, con su historia completa, sin ausencias que dolieran. No podía seguir siendo egoísta. No podía robarle esa ilusión. Tal vez por eso tardé en volver a pedírselo… no por dudas, sino por querer hacerlo bien.Aquel día, después de hablar de mudarnos, la observé desde el marco de la puerta. Cristal terminaba de acomodar a nuestro pequeño torbellino en la cama. Eric respiraba profundo, con las pestañas pegadas por el sueño.—Se durmió al fin… —murmuró ella, alisándole el cabello.Me apoyé en el marco, cruzando los brazos, una sonrisa inevitable dibujándoseme en la cara.—Ya era hora —dije en voz baja—, porque nosotros tenemos un asunto pendiente, futura señora Adams.Ella se giró despacio, arqueando una ceja.—¿Cuál?Di un paso hacia ella.—No pensará
Dos meses despuésIslas Phi Phi, TailandiaCristalMi hijo… mi pequeño Eric… llegó para marcar un antes y un después en nuestras vidas. Ese día, el de su nacimiento, creo que ambos estábamos nerviosos. David estaba paralizado, aterrado… pero después de unos cuantos gritos reaccionó. Y diría que, cuando el llanto de nuestro bebé retumbó en el quirófano, todo cobró sentido. Descubrimos el milagro de la vida. La prueba de nuestro amor estaba entre nuestros brazos.Los días siguientes cambiaron por completo nuestra rutina: biberones, pañales, noches en vela… pero lo que más me conmovía era ver a David en su rol de padre. Tenía una paciencia que jamás imaginé que tendría. Se volvía casi un ritual verlo cada vez que sostenía a Eric entre sus brazos: tarareaba una canción, hacía gestos graciosos, respiraba hondo, le daba un beso en la frente… y finalmente le cambiaba el pañal o le daba el biberón hasta que ambos terminaban dormidos.Y juro que esa escena me derretía. Respiraba profundo y pedí
Un tiempo despuésGruyères, SuizaDavidHay promesas que no hacía falta decir en voz alta; bastaba con cumplirlas, con sentir que no fallaba ni a los demás ni a mí mismo. Y yo no quería —ni podía— permitir que el miedo me paralizara. Al contrario, deseaba estar presente en la vida de mi hijo, darle a Cristal la seguridad de que podía protegerlos. Quería demostrarle que sería un buen padre para nuestro pequeño… no como un reto, sino como una forma de entregarle lo que yo jamás tuve: cariño, una infancia normal, unos padres que se amaran.Mi mujer volvió a tomarme la mano, dándome más razones para darle alas a mis sueños con solo quedarse a mi lado. Aun así, la inquietud por encontrar un refugio seguro no me abandonaba. Pasaba horas revisando páginas en internet, buscando sitios tranquilos, poco visitados, con acceso a hospitales cercanos, hoteles, departamentos en alquiler… pero nada me convencía.Hasta que una mañana encendí el teléfono satelital. Me quedé mirando la pantalla unos seg
Unos meses despuésGruyères, SuizaCristalSupongo que necesitaba la aprobación de mi padre a mi relación con David. No imponer mi decisión, ni pelearme con él… solo su comprensión. Su apoyo.Seguir siendo su hija. Seguir sintiendo que, aunque estuviera lejos, podía llamarlo a cualquier hora para escuchar un simple “hola”, hablarle de mi día o decirle cuánto lo extrañaba, como cuando era niña. Y con eso me bastaba… hasta el día en que volviéramos a encontrarnos.Y sí… fue difícil convencer a Roger Mckeson de soltarme. De aceptar que había encontrado a un hombre que me merecía. Lo hizo a su modo: con reglas absurdas, con palabras duras… y con esa mirada triste que me partía en dos.Sin embargo, después del momento tenso en el Empire State, tuvimos una velada más tranquila en un pequeño y discreto restaurante de la ciudad. Charlamos sobre mamá, sobre mis hermanos, incluso sobre la empresa… como si quisiera recordarme todo a lo que renunciaba. Y después llegó lo inevitable: la despedida.
Unos días después Puerto Escondido, Baja California Sur, México David En esas charlas donde todo fluía, donde solo hablaba de cosas banales con mi mujer, había momentos en los que la sinceridad nos golpeaba sin aviso. Bastaba un gesto, un silencio, o esas pequeñas confesiones que uno suelta sin pensar. Y yo… yo había empezado a prestar atención. A esos detalles mínimos que son esenciales para terminar de conocer de verdad al otro. Eran más que anécdotas de su trabajo o de su vida. Eran verdades disfrazadas. Hubo una que se me quedó grabada. La dijo medio en broma, medio en serio, mientras se acomodaba el cabello detrás de la oreja: —Puedes dar mil razones, David, pero ninguna servirá… porque actuamos en función del corazón. Si el otro lo ve, ya tendrás medio camino recorrido. Ella hablaba como abogada, como si estuviera frente a un caso, pero no era una estrategia. Era una realidad. Si puedes empatizar, si el otro puede ponerse en tu zapato, tal vez pueda comprenderte. Y lo ente







